24 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XV -
CICLO C
25-26
25.
Fuente: Catholic.net
Autor: P. Antonio Izquierdo
Nexo entre las lecturas
La cuestión Jesús podría ser el centro de convergencia de los textos litúrgicos.
Jesús es una grande pregunta y la Biblia nos ofrece una grande respuesta. En el
Evangelio Jesús se autopresenta como el buen samaritano, disponible para
cualquier necesidad, allí donde exista y sea quien sea el necesitado. La primera
lectura nos habla de la Palabra cercana, en los labios y en el corazón, y esa
Palabra cercana se identifica con Jesús, el Dios-hombre, que nos habla con
palabras de hombre. En la carta a los colosenses, en un antiguo y bello himno
cristológico, Jesús es cantado como el primogénito de toda la creación, a quien
todo hace referencia y en quien todo encuentra plenitud.
Mensaje doctrinal
1. El buen samaritano, seudónimo de Jesús. La parábola del buen
samaritano no es sólo un tesoro cristiano, pertenece a la riqueza de la
humanidad. Tal vez no sea exagerado decir que no hay hombre que no la conozca,
que no haya pretendido interpretarla alguna vez en su propia vida. Cabe
destacar, por ello, que no es una parábola hecha vida, sino una vida hecha
parábola, y por eso se puede decir que el buen samaritano es un seudónimo de
Jesús. A la pregunta del escriba sobre quién es su prójimo, Jesús habría podido
responder directamente: "Yo soy" prefirió, sin embargo, escoger el camino
parabólico y hacer de la narración un espejo de su existencia, enteramente
entregada al hombre por amor. Verdaderamente Jesucristo es el prójimo de todo
hombre, es decir, cercano, accesible, disponible, acogedor, próximo en cualquier
situación o circunstancia humanas. Una perspectiva interesante para leer los
evangelios podría ser ésta de la proximidad, adoptando como punto de partida el
gran misterio de la encarnación, por la que Dios se hace próximo al hombre en
Jesús de Nazaret. Jesús está próximo a los niños, a los enfermos, a los
discípulos, a los inquietos, a los poderosos, a los pobres y necesitados, a
todos. La proximidad de Jesucristo al hombre forma parte del misterio de la
encarnación y del nacimiento.
2. Jesús, Palabra cercana. Para el Deuteronomista la Palabra es la
revelación de Dios primeramente en el Sinaí y ahora en la llanura de Moab. Una
revelación divina que no es algo principalmente extrínseco, sino que realmente
es una Palabra interior, de la que todo seguidor de Jesucristo se apropia hasta
llegar a hacerla suya. Una Palabra y una revelación que adquieren rostro y
nombre propios en Jesucristo. Él es la Palabra hecha carne. Él es la Palabra que
resuena en todas las palabras de la Biblia. Él es la Palabra que, por obra del
Espíritu Santo, se adentra en el alma del creyente hasta anidar en ella,
convirtiéndola en su morada. Está en nuestros labios la Palabra, porque cuando
leemos la Escritura leemos a Cristo en ella. Está en nuestro corazón, porque la
Palabra no es un sonido hueco, tampoco un mero contenido noético, sino una
persona, a la que se conoce y ama en la intimidad, por la vía del corazón. Para
un cristiano, esa palabra cercana e interior, que está en sus labios y en su
corazón es Jesucristo. Él es la Palabra que nos aproxima al conocimiento y a la
intimidad de Dios, que nos aproxima al verdadero conocimiento de nosotros mismos
y del sentido de toda la creación.
3. Jesús, primogénito de la creación. El himno de la segunda lectura
recurre a varias imágenes para responder a la cuestión Jesús. Jesús es la imagen
visible del Dios invisible, es el primogénito, es decir, el arquetipo de toda
creatura: punto de referencia, por tanto, del cosmos y de la historia. En
definitiva, la creación entera mira hacia Jesucristo como a su modelo, su razón
de ser, su último destino. Por eso, el himno de la carta a los colosenses nos
dice que en Jesús reside toda la plenitud. Finalmente, aplica a Jesús otros dos
nombres: cabeza del cuerpo, que es la Iglesia, o sea, centro de cohesión y de
dirección de los cristianos, y primogénito de entre los muertos: Aquel en quien
anticipadamente se nos muestra el destino final de todos los hombres que buscan
sinceramente a Dios. Como primogénito de la creación, todo lo engloba, todo lo
configura, todo lo sella con su imagen y con su amor.
Sugerencias pastorales
1. Haz tú lo mismo. Jesús es el buen samaritano, es el hombre más próximo
a todo hombre y a todos los hombres. La grandeza de la vocación cristiana está
en que Jesús no nos dice: "ve y enseña tú lo mismo", sino "ve y haz tú lo
mismo". Como nos dirá Santiago: "La fe sin obras es una fe muerta". Hoy cada
cristiano es llamado a repetir a Jesús en su vida, a hacer del buen samaritano
un propio seudónimo. Jesús dice a algunos cristianos: "Haz tú lo mismo en tu
casa: con tu mamá que está enferma; con tu vecino, que es anciano y no puede
valerse por sí mismo para muchas cosas; con tu hijo que tuvo un accidente y
habrá de vivir el resto de su vida en silla de ruedas". A otros cristianos Jesús
dirá: "Ve y haz tú lo mismo cuando vas por la calle, dando limosna con gusto a
quien te la pida, informando amablemente a quien te pregunta por una dirección o
por el nombre de un negocio; ve y haz tú lo mismo cuando vas en el autobús o en
el metro, cediendo el asiento a los ancianos, a las madres con niños pequeños, a
los minusválidos, siendo respetuoso y dueño de ti mismo cuando el autobús va a
tope y te empujan por todas partes o incluso intentan robarte". Haz tú lo mismo:
esta frase la deberíamos tener presente en nuestra mente y en nuestro corazón a
lo largo de todos los días. Una frase que posee un potencial enorme de
creatividad y de impulsos nuevos a la acción en favor de nuestros hermanos los
hombres. Haz tú lo mismo: esta sola frase es capaz de inventar el futuro, de
fraguar un mundo nuevo y mejor. ¿Cuántos cristianos haremos caso?
2. Una Palabra dirigida a ti. Toda la Biblia es palabra, Palabra de Dios.
Las palabras humanas en que está escrita la Biblia son como sonidos que llegan a
nuestros oídos, entran dentro de nosotros y a través de ellos escuchamos la
Palabra de Dios, su mensaje de verdad, de amor, de auténtico humanismo
cristiano. Es una Palabra dirigida a todos, porque todos la podemos entender y a
todos nos puede abrir las puertas de la salvación. Pero sobre todo es una
Palabra dirigida personalmente a cada uno, a ti. Puede suceder que, cuando tú
lees un texto de la Biblia, haya otros hombres leyendo el mismo texto en algún
otro lado del planeta, pero es seguro que el mensaje será absolutamente
personal, dirigido a ti, con tu nombre y apellidos. Cuando en la liturgia de la
Palabra, en la misa, se hacen las tres lecturas, todos los presentes escuchan
los mismos textos, pero en cada uno resuenan de modo diferente y a cada uno
envían mensajes particulares. Para la Palabra de Dios no cuenta el número, sino
la persona, cada persona en su carácter único, irrepetible y diverso de todas
las demás. Un Padre de la Iglesia decía que la Escritura es como una carta que
Dios escribe a cada hombre. No una carta protocolaria o puramente
administrativa, sino una carta de un Padre a su hijo, una carta donde el Padre
habla de sí mismo con gran sencillez, pero al mismo tiempo manifestando sus
pensamientos y deseos más íntimos. Escucha esa Palabra de Dios para ti, en ella
te va la vida y la felicidad, en ella se te da la clave para vivir dando sentido
a tu existencia. No te asuste la levedad de la Palabra. Parece frágil y leve,
pero posee la solidez del acero. ¡Es Palabra de Dios!
26. DOMINICOS 2004
Buscad
al Señor y vivirá vuestro corazón
Ojalá nos empeñemos en vivir este versículo del salmo 68, que repetiremos en el
salmo responsorial de este domingo.
Buscar al Señor es invocarlo, tratarlo, pedir su presencia en nuestra vida.
También es poner los medios para vivir esa presencia: la oración, la meditación,
buscar lo que Dios quiere de mis cosas, de mis actitudes en las circunstancias
en las que estoy. Sólo en Dios se serena, se aquieta nuestro corazón.
Si pienso que tengo un corazón, una afectividad, unos sentimientos, unas
motivaciones, unas tendencias, ¿quién me las ha dado?, ¿quién me ha hecho? Si
Dios es el autor de mi corazón, de mi afectividad, ¿no es Él más que lo que yo
tengo?, ¿no puede llenar Él mi corazón?
No hay proporción entre un corazón centrado en Dios y un corazón que se ha
instalado en el mundo. El corazón del hombre lo ha hecho Dios y su centro es
Dios, el único capaz de satisfacer a una persona. Dios puede llenarnos.
De esa presencia me beneficio yo y se beneficia el hermano, el prójimo, el
cercano. Tan cercano que es algo de mi vida, como lo fue el malherido de la
vida, el samaritano que...pasaba por allí. No hace falta subir al cielo, como
dice la primera lectura, para encontrar ese Dios que deseamos: está en nuestro
corazón, un corazón que en Dios descubre al hermano, o en el hermano descubre a
Dios.
Comentario Bíblico
La ley de Dios es dar vida
Iª Lectura: Deuteronomio (30,10-14): La Ley en el corazón
I.1. La primera lectura está tomada de uno de los libros que más ha influido en
la vida y en la teología del pueblo del Antiguo Testamento, el Deuteromonio
(30,10-14). Fue un libro que se escribió para catequizar; la “leyenda” admite
que en momentos determinados y de dificultades se escondió en el templo de
Jerusalén y que apareció después de muchos años, lo que motivó una reforma
religiosa en tiempo de rey Josías (cf 2Re 22,3-4ss), cuando vivía el profeta
Jeremías. Pudiera ser que el Deuteronomio no fuera encontrado por el sacerdote
Jilquías bajo los cimientos del templo de Jerusalén en el año 622 ac. Según
algunos expertos, estos escritos (la obra deuteronomista) fueron redactados para
proporcionarle al rey Josías una base de autoridad en la que fundamentar su
reforma religiosa, que centralizo la religión alrededor de un solo templo y
altar, el de Jerusalén. Algunos defienden que el recopilador y autor de la
literatura deuteronomista pudo ser el profeta Jeremías, colaborador de la
reforma religiosa que el rey Josías emprendió en el año 621 ac.
I.2. El texto de hoy es de los más densos, profundos y expresivos. Los sabios
siempre habían comparado la ley de Dios a la Sabiduría, y ésta se consideraba
inaccesible. En esta exhortación de hoy se quiere poner de manifiesto que
aquello que Dios quiere para su pueblo y para cada uno de nosotros es muy fácil
de entender, con objeto de que se pueda llevar a la práctica. Lo que Dios quiere
que hagamos no hay que ir a buscarlo más allá del cielo o a las profundidades
del mar: lo bueno, lo hermoso, lo justo, es algo que debe estar en nuestro
corazón, debe nacer de nosotros mismos. Y esa es la voluntad de Dios. En la
liturgia de hoy resonará con fuerza una concepción de la ley, de la voluntad de
Dios, que nada tiene que ver con un determinismo o un fundamentalismo
irracional. Dios no nos obliga a hacer cosas porque sí, porque Él sea Dios y
nosotros criaturas, sino que pretende conducirnos con libertad para ser
liberados de una inercia social y religiosa en la que hasta lo más hermoso se
quiere determinar de una forma puntual.
IIª Lectura: Colosenses (1,15-20): Cristo imagen del Dios invisible
II.1. La carta a los Colosenses nos ofrece hoy un himno cristológico de
resonancias inigualables: Cristo es la imagen de Dios, pero es criatura como
nosotros también. Lo más profundo de Dios, lo más misterioso, se nos hace
accesible por medio de Cristo. Y así, Él es el “primogénito de entre los
muertos”, lo que significa que nos espera a nosotros lo que a Él. Si a Él,
criatura, Dios lo ha resucitado de entre los muertos, también a nosotros se nos
dará la vida que Él tiene.
II.2. Entre las afirmaciones o títulos sobre Cristo que podrían parecernos
alejadas de nuestra cultura y de nuestra mentalidad, podemos escuchar y cantar
este “himno” como una alabanza al “primado” de Cristo en todo: en su
creaturalidad, en su papel salvífico, en su resurrección de entre los muertos.
Para los cristianos ello no debe ser extraño, porque nuestra religión, nuestro
acceso a Dios, está fundamentada en Cristo. Puede que, en el trasfondo, se
sugiera alguna polémica para afirmar la “plenitud” de todas las cosas en Cristo.
Pero este canto es como un grito necesario, porque hoy, más que nunca, podemos
seguir afirmando que Cristo es el “salvador” del cosmos.
Evangelio: Lucas (10,25-37): ¿A quién debemos amar?
III.1. Y ahora el evangelio del día: una de las narraciones más majestuosas de
todo el Nuevo Testamento y del evangelio de Lucas. Una narración que solamente
ha podido salir de los labios de Jesús, aunque Lucas la sitúe junto a ese
diálogo con el escriba que pretende algo imposible. El escriba quiere asegurarse
la vida eterna, la salvación, y quiere que Jesús le puntualice exactamente qué
es lo que debe hacer para ello. Quiere una respuesta “jurídica” que le
complazca. Pero los profetas no suelen entrar en esos diálogos imposibles e
inhumanos. Ya la tradición cristiana nos puso de manifiesto que Jesús había
definido que la ley se resumía en amar a Dios y al prójimo en una misma
experiencia de amor (cf Mc 12,28ss). No es distinto el amor a Dios del amor al
prójimo, aunque Dios sea Dios y nosotros criaturas. Pero el escriba, que tenía
una concepción de la ley demasiado legalista, quiere precisar lo que no se puede
precisar: ¿quién es mi prójimo, el que debo amar en concreto? Aquí es donde la
parábola comienza a convertirse en contradicción de una mentalidad absurda y
puritana.
III.2. Dos personajes, sacerdote y levita, pasan de lejos cuando ven a un hombre
medio muerto. Quizás venían del oficio cultual, quizás no querían contaminarse
con alguien que podía estar muerto, ya que ellos podrían venir de ofrecer un
culto muy sagrado a Dios. ¿Era esto posible? Probablemente sí (es una de las
explicaciones válidas). Pero eso no podía ser voluntad de Dios, sino tradición
añeja y cerrada, intereses de clase y de religión. Entonces aparece un personaje
que es casi siniestro (estamos en territorio judío), un samaritano, un hereje,
un maldito de la ley. Éste no tiene reparos, ni normas, ha visto a alguien que
lo necesita y se dedica a darle vida. Mi prójimo -piensa Jesús-, el inventor de
la parábola, es quien me necesita; pero más aún, lo importante no es saber quién
es mi prójimo, sino si yo soy prójimo de quien me necesita. Jesús, con el
samaritano, está describiendo a Dios mismo y a nadie más. Lo cuida, lo cura, lo
lleva a la posada y la asegura un futuro.
III.3. Una religión que deja al hombre en su muerte, no es una religión
verdadera (la del sacerdote y el levita); la religión verdadera es aquella que
da vida, como hace el Dios-samaritano. Algunos Santos Padres hicieron una
interpretación simbólica muy acertada: vieron en el “samaritano” al mismo Dios.
Por tanto cuando Jesús cuenta esta historia o esta parábola, quiere hablar de
Dios, de su Dios. Y si eso es así, entonces son verdaderamente extraordinarias
las consecuencias a las que podemos llegar. Nuestro Dios es como el “hereje”
samaritano que no le importa ser alguien que rompa las leyes de pureza o de
culto religiosas con tal de mostrar amor a alguien que lo necesita. La parábola
no solamente hablaba de una solidaridad humana, sino de la praxis del amor de
Dios. Fue creada, sin duda, para hablar a los "escribas" de Israel del
comportamiento heterodoxo de Dios, el cual no se pregunta a quién tiene que amar
(como hace el escriba, nómikos del relato), sino que quiere salvar a todos y
ofrecerles un futuro.
Fray Miguel de Burgos, O.P.
mdburgos.an@dominicos.org
Pautas para la homilía
Dios quiere habitar en nuestro corazón.
Cuando en el Deuteronomio Moisés instruye al pueblo elegido por Dios para ser su
propiedad personal deja bien sentadas las bases de esa amistad: “el mandamiento
que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable, está muy cerca de
ti: en tu corazón”. Yahvé se empeña en dejarse encontrar en lo más profundo del
ser del hombre, quiere permanecer en su núcleo existencial. El corazón es la
sede donde se establece la alianza de Dios con su pueblo; desde ahí el creyente
debe obrar: “escucha la voz del Señor tu Dios; conviértete al Señor tu Dios con
todo el corazón”.
Desde esta atención al corazón, el salmista se atreve a levantar su oración a
Dios porque confía en su compasión, su fidelidad y su bondad. La oración es
descansar, fortalecer el corazón en Dios.
A Dios le veo en el otro.
Quien se ha encontrado con Dios en su corazón y desde él ha levantado su oración
no puede bajar de la ciudad de Dios –Jerusalén- a la ciudad del mundo –Jericó-
como el sacerdote y el levita. Son dos expertos de la religión: uno en el culto
a Yahvé y el otro en la Palabra de Dios; pero del dios del templo, del culto, de
la “teología académica”, no del Dios de la vida.
Ambos han desustantivado la esencia de su misión, porque el verdadero culto y la
palabra divina brotan del corazón que siempre está con nosotros y que reacciona
en especial ante el malherido, el pobre, el marginado...; y nos mueve a actuar
hacia los demás con el mismo amor con que nosotros somos amados por Dios.
El modelo, Jesús.
Jesús es quien nos enseña a recorrer el camino que va de Dios a los hombres; él
mismo se hace camino. Jesús es el buen samaritano que “llegó a donde estábamos
nosotros -por su encarnación-, nos vio, le dimos lástima, se nos acercó, vendó
nuestras heridas –sus heridas nos han curado- echándoles aceite –su Espíritu- y
vino –su Sangre-, y montándonos en su propia cabalgadura nos llevó a la posada y
cuidó de nosotros –nos hizo hijos en el Hijo-.
Gracias, Jesús, por enseñarnos el lugar donde a Dios le gusta habitar: el
corazón. En él realizamos la experiencia divina. Tiene un recorrido: la
distancia desde nuestro interior al “tú” de quien pasa por nuestro lado.
Dice Karl Rahner: Si queremos decir hoy: el que ama a su prójimo ha cumplido la
ley; si nos amamos recíprocamente, la realidad salvífica de Dios está
definitivamente en nosotros, tendríamos también que entender radicalmente por
qué en ese amor al prójimo, con tal de que sea auténtico y acepte su propia
incomprensible esencia hasta el fin, está ya dada toda la salvación cristiana,
todo el cristianismo también, ése que ha de desplegarse todavía en toda su
llenumbre y anchura que conocemos y guardamos, pero está ya apresado en su raíz
originaria cuando uno ama a otro verdaderamente y hasta el fin.
Sor María Pilar Soler, O.P.
Monjas dominicas de Orihuela
orihueladominicas@alfaexpress.net
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