Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia 24 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XV


32 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO XV - CICLO C
25-32


25.

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Antonio Izquierdo

Nexo entre las lecturas

La cuestión Jesús podría ser el centro de convergencia de los textos litúrgicos. Jesús es una grande pregunta y la Biblia nos ofrece una grande respuesta. En el Evangelio Jesús se autopresenta como el buen samaritano, disponible para cualquier necesidad, allí donde exista y sea quien sea el necesitado. La primera lectura nos habla de la Palabra cercana, en los labios y en el corazón, y esa Palabra cercana se identifica con Jesús, el Dios-hombre, que nos habla con palabras de hombre. En la carta a los colosenses, en un antiguo y bello himno cristológico, Jesús es cantado como el primogénito de toda la creación, a quien todo hace referencia y en quien todo encuentra plenitud.


Mensaje doctrinal

1. El buen samaritano, seudónimo de Jesús. La parábola del buen samaritano no es sólo un tesoro cristiano, pertenece a la riqueza de la humanidad. Tal vez no sea exagerado decir que no hay hombre que no la conozca, que no haya pretendido interpretarla alguna vez en su propia vida. Cabe destacar, por ello, que no es una parábola hecha vida, sino una vida hecha parábola, y por eso se puede decir que el buen samaritano es un seudónimo de Jesús. A la pregunta del escriba sobre quién es su prójimo, Jesús habría podido responder directamente: "Yo soy" prefirió, sin embargo, escoger el camino parabólico y hacer de la narración un espejo de su existencia, enteramente entregada al hombre por amor. Verdaderamente Jesucristo es el prójimo de todo hombre, es decir, cercano, accesible, disponible, acogedor, próximo en cualquier situación o circunstancia humanas. Una perspectiva interesante para leer los evangelios podría ser ésta de la proximidad, adoptando como punto de partida el gran misterio de la encarnación, por la que Dios se hace próximo al hombre en Jesús de Nazaret. Jesús está próximo a los niños, a los enfermos, a los discípulos, a los inquietos, a los poderosos, a los pobres y necesitados, a todos. La proximidad de Jesucristo al hombre forma parte del misterio de la encarnación y del nacimiento.

2. Jesús, Palabra cercana. Para el Deuteronomista la Palabra es la revelación de Dios primeramente en el Sinaí y ahora en la llanura de Moab. Una revelación divina que no es algo principalmente extrínseco, sino que realmente es una Palabra interior, de la que todo seguidor de Jesucristo se apropia hasta llegar a hacerla suya. Una Palabra y una revelación que adquieren rostro y nombre propios en Jesucristo. Él es la Palabra hecha carne. Él es la Palabra que resuena en todas las palabras de la Biblia. Él es la Palabra que, por obra del Espíritu Santo, se adentra en el alma del creyente hasta anidar en ella, convirtiéndola en su morada. Está en nuestros labios la Palabra, porque cuando leemos la Escritura leemos a Cristo en ella. Está en nuestro corazón, porque la Palabra no es un sonido hueco, tampoco un mero contenido noético, sino una persona, a la que se conoce y ama en la intimidad, por la vía del corazón. Para un cristiano, esa palabra cercana e interior, que está en sus labios y en su corazón es Jesucristo. Él es la Palabra que nos aproxima al conocimiento y a la intimidad de Dios, que nos aproxima al verdadero conocimiento de nosotros mismos y del sentido de toda la creación.

3. Jesús, primogénito de la creación. El himno de la segunda lectura recurre a varias imágenes para responder a la cuestión Jesús. Jesús es la imagen visible del Dios invisible, es el primogénito, es decir, el arquetipo de toda creatura: punto de referencia, por tanto, del cosmos y de la historia. En definitiva, la creación entera mira hacia Jesucristo como a su modelo, su razón de ser, su último destino. Por eso, el himno de la carta a los colosenses nos dice que en Jesús reside toda la plenitud. Finalmente, aplica a Jesús otros dos nombres: cabeza del cuerpo, que es la Iglesia, o sea, centro de cohesión y de dirección de los cristianos, y primogénito de entre los muertos: Aquel en quien anticipadamente se nos muestra el destino final de todos los hombres que buscan sinceramente a Dios. Como primogénito de la creación, todo lo engloba, todo lo configura, todo lo sella con su imagen y con su amor.


Sugerencias pastorales

1. Haz tú lo mismo. Jesús es el buen samaritano, es el hombre más próximo a todo hombre y a todos los hombres. La grandeza de la vocación cristiana está en que Jesús no nos dice: "ve y enseña tú lo mismo", sino "ve y haz tú lo mismo". Como nos dirá Santiago: "La fe sin obras es una fe muerta". Hoy cada cristiano es llamado a repetir a Jesús en su vida, a hacer del buen samaritano un propio seudónimo. Jesús dice a algunos cristianos: "Haz tú lo mismo en tu casa: con tu mamá que está enferma; con tu vecino, que es anciano y no puede valerse por sí mismo para muchas cosas; con tu hijo que tuvo un accidente y habrá de vivir el resto de su vida en silla de ruedas". A otros cristianos Jesús dirá: "Ve y haz tú lo mismo cuando vas por la calle, dando limosna con gusto a quien te la pida, informando amablemente a quien te pregunta por una dirección o por el nombre de un negocio; ve y haz tú lo mismo cuando vas en el autobús o en el metro, cediendo el asiento a los ancianos, a las madres con niños pequeños, a los minusválidos, siendo respetuoso y dueño de ti mismo cuando el autobús va a tope y te empujan por todas partes o incluso intentan robarte". Haz tú lo mismo: esta frase la deberíamos tener presente en nuestra mente y en nuestro corazón a lo largo de todos los días. Una frase que posee un potencial enorme de creatividad y de impulsos nuevos a la acción en favor de nuestros hermanos los hombres. Haz tú lo mismo: esta sola frase es capaz de inventar el futuro, de fraguar un mundo nuevo y mejor. ¿Cuántos cristianos haremos caso?

2. Una Palabra dirigida a ti. Toda la Biblia es palabra, Palabra de Dios. Las palabras humanas en que está escrita la Biblia son como sonidos que llegan a nuestros oídos, entran dentro de nosotros y a través de ellos escuchamos la Palabra de Dios, su mensaje de verdad, de amor, de auténtico humanismo cristiano. Es una Palabra dirigida a todos, porque todos la podemos entender y a todos nos puede abrir las puertas de la salvación. Pero sobre todo es una Palabra dirigida personalmente a cada uno, a ti. Puede suceder que, cuando tú lees un texto de la Biblia, haya otros hombres leyendo el mismo texto en algún otro lado del planeta, pero es seguro que el mensaje será absolutamente personal, dirigido a ti, con tu nombre y apellidos. Cuando en la liturgia de la Palabra, en la misa, se hacen las tres lecturas, todos los presentes escuchan los mismos textos, pero en cada uno resuenan de modo diferente y a cada uno envían mensajes particulares. Para la Palabra de Dios no cuenta el número, sino la persona, cada persona en su carácter único, irrepetible y diverso de todas las demás. Un Padre de la Iglesia decía que la Escritura es como una carta que Dios escribe a cada hombre. No una carta protocolaria o puramente administrativa, sino una carta de un Padre a su hijo, una carta donde el Padre habla de sí mismo con gran sencillez, pero al mismo tiempo manifestando sus pensamientos y deseos más íntimos. Escucha esa Palabra de Dios para ti, en ella te va la vida y la felicidad, en ella se te da la clave para vivir dando sentido a tu existencia. No te asuste la levedad de la Palabra. Parece frágil y leve, pero posee la solidez del acero. ¡Es Palabra de Dios!


26. DOMINICOS 2004

Buscad al Señor y vivirá vuestro corazón

Ojalá nos empeñemos en vivir este versículo del salmo 68, que repetiremos en el salmo responsorial de este domingo.

Buscar al Señor es invocarlo, tratarlo, pedir su presencia en nuestra vida. También es poner los medios para vivir esa presencia: la oración, la meditación, buscar lo que Dios quiere de mis cosas, de mis actitudes en las circunstancias en las que estoy. Sólo en Dios se serena, se aquieta nuestro corazón.

Si pienso que tengo un corazón, una afectividad, unos sentimientos, unas motivaciones, unas tendencias, ¿quién me las ha dado?, ¿quién me ha hecho? Si Dios es el autor de mi corazón, de mi afectividad, ¿no es Él más que lo que yo tengo?, ¿no puede llenar Él mi corazón?

No hay proporción entre un corazón centrado en Dios y un corazón que se ha instalado en el mundo. El corazón del hombre lo ha hecho Dios y su centro es Dios, el único capaz de satisfacer a una persona. Dios puede llenarnos.

De esa presencia me beneficio yo y se beneficia el hermano, el prójimo, el cercano. Tan cercano que es algo de mi vida, como lo fue el malherido de la vida, el samaritano que...pasaba por allí. No hace falta subir al cielo, como dice la primera lectura, para encontrar ese Dios que deseamos: está en nuestro corazón, un corazón que en Dios descubre al hermano, o en el hermano descubre a Dios.

Comentario Bíblico
La ley de Dios es dar vida


Iª Lectura: Deuteronomio (30,10-14): La Ley en el corazón
I.1. La primera lectura está tomada de uno de los libros que más ha influido en la vida y en la teología del pueblo del Antiguo Testamento, el Deuteromonio (30,10-14). Fue un libro que se escribió para catequizar; la “leyenda” admite que en momentos determinados y de dificultades se escondió en el templo de Jerusalén y que apareció después de muchos años, lo que motivó una reforma religiosa en tiempo de rey Josías (cf 2Re 22,3-4ss), cuando vivía el profeta Jeremías. Pudiera ser que el Deuteronomio no fuera encontrado por el sacerdote Jilquías bajo los cimientos del templo de Jerusalén en el año 622 ac. Según algunos expertos, estos escritos (la obra deuteronomista) fueron redactados para proporcionarle al rey Josías una base de autoridad en la que fundamentar su reforma religiosa, que centralizo la religión alrededor de un solo templo y altar, el de Jerusalén. Algunos defienden que el recopilador y autor de la literatura deuteronomista pudo ser el profeta Jeremías, colaborador de la reforma religiosa que el rey Josías emprendió en el año 621 ac.

I.2. El texto de hoy es de los más densos, profundos y expresivos. Los sabios siempre habían comparado la ley de Dios a la Sabiduría, y ésta se consideraba inaccesible. En esta exhortación de hoy se quiere poner de manifiesto que aquello que Dios quiere para su pueblo y para cada uno de nosotros es muy fácil de entender, con objeto de que se pueda llevar a la práctica. Lo que Dios quiere que hagamos no hay que ir a buscarlo más allá del cielo o a las profundidades del mar: lo bueno, lo hermoso, lo justo, es algo que debe estar en nuestro corazón, debe nacer de nosotros mismos. Y esa es la voluntad de Dios. En la liturgia de hoy resonará con fuerza una concepción de la ley, de la voluntad de Dios, que nada tiene que ver con un determinismo o un fundamentalismo irracional. Dios no nos obliga a hacer cosas porque sí, porque Él sea Dios y nosotros criaturas, sino que pretende conducirnos con libertad para ser liberados de una inercia social y religiosa en la que hasta lo más hermoso se quiere determinar de una forma puntual.


IIª Lectura: Colosenses (1,15-20): Cristo imagen del Dios invisible
II.1. La carta a los Colosenses nos ofrece hoy un himno cristológico de resonancias inigualables: Cristo es la imagen de Dios, pero es criatura como nosotros también. Lo más profundo de Dios, lo más misterioso, se nos hace accesible por medio de Cristo. Y así, Él es el “primogénito de entre los muertos”, lo que significa que nos espera a nosotros lo que a Él. Si a Él, criatura, Dios lo ha resucitado de entre los muertos, también a nosotros se nos dará la vida que Él tiene.

II.2. Entre las afirmaciones o títulos sobre Cristo que podrían parecernos alejadas de nuestra cultura y de nuestra mentalidad, podemos escuchar y cantar este “himno” como una alabanza al “primado” de Cristo en todo: en su creaturalidad, en su papel salvífico, en su resurrección de entre los muertos. Para los cristianos ello no debe ser extraño, porque nuestra religión, nuestro acceso a Dios, está fundamentada en Cristo. Puede que, en el trasfondo, se sugiera alguna polémica para afirmar la “plenitud” de todas las cosas en Cristo. Pero este canto es como un grito necesario, porque hoy, más que nunca, podemos seguir afirmando que Cristo es el “salvador” del cosmos.


Evangelio: Lucas (10,25-37): ¿A quién debemos amar?
III.1. Y ahora el evangelio del día: una de las narraciones más majestuosas de todo el Nuevo Testamento y del evangelio de Lucas. Una narración que solamente ha podido salir de los labios de Jesús, aunque Lucas la sitúe junto a ese diálogo con el escriba que pretende algo imposible. El escriba quiere asegurarse la vida eterna, la salvación, y quiere que Jesús le puntualice exactamente qué es lo que debe hacer para ello. Quiere una respuesta “jurídica” que le complazca. Pero los profetas no suelen entrar en esos diálogos imposibles e inhumanos. Ya la tradición cristiana nos puso de manifiesto que Jesús había definido que la ley se resumía en amar a Dios y al prójimo en una misma experiencia de amor (cf Mc 12,28ss). No es distinto el amor a Dios del amor al prójimo, aunque Dios sea Dios y nosotros criaturas. Pero el escriba, que tenía una concepción de la ley demasiado legalista, quiere precisar lo que no se puede precisar: ¿quién es mi prójimo, el que debo amar en concreto? Aquí es donde la parábola comienza a convertirse en contradicción de una mentalidad absurda y puritana.

III.2. Dos personajes, sacerdote y levita, pasan de lejos cuando ven a un hombre medio muerto. Quizás venían del oficio cultual, quizás no querían contaminarse con alguien que podía estar muerto, ya que ellos podrían venir de ofrecer un culto muy sagrado a Dios. ¿Era esto posible? Probablemente sí (es una de las explicaciones válidas). Pero eso no podía ser voluntad de Dios, sino tradición añeja y cerrada, intereses de clase y de religión. Entonces aparece un personaje que es casi siniestro (estamos en territorio judío), un samaritano, un hereje, un maldito de la ley. Éste no tiene reparos, ni normas, ha visto a alguien que lo necesita y se dedica a darle vida. Mi prójimo -piensa Jesús-, el inventor de la parábola, es quien me necesita; pero más aún, lo importante no es saber quién es mi prójimo, sino si yo soy prójimo de quien me necesita. Jesús, con el samaritano, está describiendo a Dios mismo y a nadie más. Lo cuida, lo cura, lo lleva a la posada y la asegura un futuro.

III.3. Una religión que deja al hombre en su muerte, no es una religión verdadera (la del sacerdote y el levita); la religión verdadera es aquella que da vida, como hace el Dios-samaritano. Algunos Santos Padres hicieron una interpretación simbólica muy acertada: vieron en el “samaritano” al mismo Dios. Por tanto cuando Jesús cuenta esta historia o esta parábola, quiere hablar de Dios, de su Dios. Y si eso es así, entonces son verdaderamente extraordinarias las consecuencias a las que podemos llegar. Nuestro Dios es como el “hereje” samaritano que no le importa ser alguien que rompa las leyes de pureza o de culto religiosas con tal de mostrar amor a alguien que lo necesita. La parábola no solamente hablaba de una solidaridad humana, sino de la praxis del amor de Dios. Fue creada, sin duda, para hablar a los "escribas" de Israel del comportamiento heterodoxo de Dios, el cual no se pregunta a quién tiene que amar (como hace el escriba, nómikos del relato), sino que quiere salvar a todos y ofrecerles un futuro.

Fray Miguel de Burgos, O.P.
mdburgos.an@dominicos.org

Pautas para la homilía


Dios quiere habitar en nuestro corazón.

Cuando en el Deuteronomio Moisés instruye al pueblo elegido por Dios para ser su propiedad personal deja bien sentadas las bases de esa amistad: “el mandamiento que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable, está muy cerca de ti: en tu corazón”. Yahvé se empeña en dejarse encontrar en lo más profundo del ser del hombre, quiere permanecer en su núcleo existencial. El corazón es la sede donde se establece la alianza de Dios con su pueblo; desde ahí el creyente debe obrar: “escucha la voz del Señor tu Dios; conviértete al Señor tu Dios con todo el corazón”.

Desde esta atención al corazón, el salmista se atreve a levantar su oración a Dios porque confía en su compasión, su fidelidad y su bondad. La oración es descansar, fortalecer el corazón en Dios.


A Dios le veo en el otro.

Quien se ha encontrado con Dios en su corazón y desde él ha levantado su oración no puede bajar de la ciudad de Dios –Jerusalén- a la ciudad del mundo –Jericó- como el sacerdote y el levita. Son dos expertos de la religión: uno en el culto a Yahvé y el otro en la Palabra de Dios; pero del dios del templo, del culto, de la “teología académica”, no del Dios de la vida.

Ambos han desustantivado la esencia de su misión, porque el verdadero culto y la palabra divina brotan del corazón que siempre está con nosotros y que reacciona en especial ante el malherido, el pobre, el marginado...; y nos mueve a actuar hacia los demás con el mismo amor con que nosotros somos amados por Dios.


El modelo, Jesús.

Jesús es quien nos enseña a recorrer el camino que va de Dios a los hombres; él mismo se hace camino. Jesús es el buen samaritano que “llegó a donde estábamos nosotros -por su encarnación-, nos vio, le dimos lástima, se nos acercó, vendó nuestras heridas –sus heridas nos han curado- echándoles aceite –su Espíritu- y vino –su Sangre-, y montándonos en su propia cabalgadura nos llevó a la posada y cuidó de nosotros –nos hizo hijos en el Hijo-.

Gracias, Jesús, por enseñarnos el lugar donde a Dios le gusta habitar: el corazón. En él realizamos la experiencia divina. Tiene un recorrido: la distancia desde nuestro interior al “tú” de quien pasa por nuestro lado.

Dice Karl Rahner: Si queremos decir hoy: el que ama a su prójimo ha cumplido la ley; si nos amamos recíprocamente, la realidad salvífica de Dios está definitivamente en nosotros, tendríamos también que entender radicalmente por qué en ese amor al prójimo, con tal de que sea auténtico y acepte su propia incomprensible esencia hasta el fin, está ya dada toda la salvación cristiana, todo el cristianismo también, ése que ha de desplegarse todavía en toda su llenumbre y anchura que conocemos y guardamos, pero está ya apresado en su raíz originaria cuando uno ama a otro verdaderamente y hasta el fin.

Sor María Pilar Soler, O.P.
Monjas dominicas de Orihuela
orihueladominicas@alfaexpress.net


27. IVE 2004.

Comentarios Generales


Deuteronomio 30, 10-14:


El autor deuteronomista, con acento muy similar al de los grandes Profetas, profundiza en la Ley y acentúa en ella estos rasgos:



- Su esencia: Conversión a Dios con todo el corazón y con toda el alma (10). Su facilidad: Esta conversión o amor sincero y total a Dios está tan a nuestro alcance, tan a mano de todos, que ni hemos de ir lejos ni si quiera hemos de salir fuera de nosotros (11,12). Su interioridad: está dentro de ti. Está en tu boca. Está en tu corazón (14).

- San Pablo alude a este texto en Rom 8, 14 y nos explica cómo estas palabras del Deuteronomio alcanzan un mayor sentido y una verdadera plenitud en la Nueva Economía, cuando a la Ley sucede la Fe; y al código de Moisés escrito en piedra, la Ley de Gracia grabada en los corazones; y a la Economía provisional y preparatoria, la Economía de Espíritu Santo, perfecta y eterna.

- En la Ley de Gracia, en la Economía Cristiana, son evidentes los rasgos profetizados por el deuteronomista: la esencia de esa Ley es la Caridad; con Dios y con el prójimo. Lo repite cien veces el nuevo Testamento. La facilidad se nos manifiesta en los nombres de “Fe” y “Gracia” con los que se la denomina. La interioridad nos la pondera Pablo con esta palabras: “Sois carta de Cristo; escrita no con tinta, sino con Espíritu Santo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne: en los corazones” (II Cor 3, 3). Cristo nos da el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo es en nuestros corazones norma y vigor: Ley de Gracia; Ley de Caridad; Ley-Espíritu Santo en nuestros corazones. ¿Cabe Ley más amable y más fácil?



Colosenses 1, 15-20:



En un díptico maravilloso nos expone San Pablo las excelencias de Cristo. El texto abarca la Persona y dignidad de Cristo en su triple dimensión: Verbo Eterno-Verbo Encarnado-Y Glorificado.



- Verbo Eterno: en relación con el padre es su Imagen, su Gloria, su Verbo, su Hijo Eterno.

- En relación con el universo o la creación Cristo es su razón de ser, su centro y su cima. Principio y Fin, Alfa y Omega (16). Trasciende a los ángeles, que en la familia de Dios son “Servidores” (Heb 1, 14), mientras Él es el Hijo. Trasciende a todos los seres que son “Creaturas” y Él es el creador. Superior a todo. Todo vive y perdura por Él (17).

- En relación con la Iglesia: Cristo es su “Cabeza” que le da unidad, la preside, la vivifica y la rige. Es el “Principio” de donde dimana toda gracia. El “Primogénito” a cuya imagen somos todos pensados y amados por el Padre. Poseedor de “Toda Plenitud”, ya que es suyo “todo el ser divino” (2.9). el mundo de la gracia es una nueva y mayor creación. Y es en Cristo y por Cristo que somos esta “nueva creación” de Dios. En Cristo y por Cristo Mediador único y Reconciliador de todos con Dios (20). Regenerados en Cristo tenemos vida divina; la Vida del Hijo. Y así la economía del N. T., que se llama de Gracia, supera sin medida la economía mosaica, o de la Ley. La de Cristo es amor, filiación, vida divina en su sentido más real y pleno.



Lucas 10, 25-37:


La lectura del Evangelio insiste en cómo debemos interpretar y vivir la ley del amor. Esta ley de amor promulgada ya en el A. T., con la plena revelación de Cristo alcanza su perfección:

- El Doctor que interroga a Jesús conoce muy bien cómo está formulada en las Escrituras la ley del amor. Lo difícil para él y para todos es entender y practicar sus exigencias. Cierto, la ley del amor abraza a Dios y al prójimo. Pero esta ley tan clara queda envuelta en espesa niebla cuando se nos pregunta: ¿Y quién es mi prójimo? (29). El Doctor cree que va a poner a Jesús en aprieto: Que deslinde quién es el “prójimo”. Cuestión vidriosa entre los rabinos. El judío cumplidor de la ley consideraba “prójimo”: a sus parientes y amigos; a los israelitas; pero no más. La inolvidable parábola de Jesús trae la solución definitiva cuanto a la interpretación y extensión de la ley del amor.

- Si el hombre es “imagen y semejanza de Dios”, si lo es todo hombre, no se puede cumplir con la ley del amor de Dios sin amar al hombre, a todos y cada uno de los hombres. E igualmente, al amar al hombre amamos a Dios en su imagen. En el prójimo, pues, hallo la imagen viva, cercana y auténtica de Dios. En la parábola quedan por siempre más descalificadas y condenadas las “disgregaciones” y las excepciones que nos permitimos en la ley del amor. El “sacerdote” y el “levita” de la parábola personifican a tantos que fundamentan sus egoísmos en falsas razones religiosas o legales. Es “prójimo” todo hombre, bien sea extranjero, bien sea enemigo. Y todos cuantos ante un hombre necesitado “pasan de largo” pecan contra la ley del amor.

- Es así evidente que en la ley del amor queda sintetizado cuanto debemos a Dios y a los hombres. San Agustín nos lo explica: “La justicia (o ley de amor) que rige a los buenos y santos varones contiene a la vez, de modo eminente y sublime, todos los preceptos; aunque no los manda todos en todos los tiempos, sino que diversifica sus preceptos según la diversidad de los tiempos”.


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CArd. D. ISIDRO GOMA Y TOMAS

Parábola del samaritano:

UNA CUESTIÓN MORAL (25-28).- Y se levantó un doctor de la ley... Esta manera de empezar la narración hace suponer que Jesús estaría hablando estando sentados sus oyentes. No es improbable que se tratase de alguna reunión sabática en alguna sinagoga, quizás la de Jericó, o de alguna población contigua, por lo que se dirá. Y le dijo por tentarle, con ánimo de explotarle, quizás para tenderle un lazo: Maestro, ¿Qué haré para poseer, heredar, la vida eterna? ¿Hay algún acto esencial, único, que permita conquistar la bienaventuranza? Y él le dijo, proponiéndole a su vez una cuestión, según su costumbre cuando se le tentaba: En la ley, ¿qué hay escrito? ¿Cómo lees? Tú eres intérprete de la ley: ¿qué es lo que la ley exige para la vida eterna? Él, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con todo tu entendimiento (Deut. 6, 5; 11, 13): era la síntesis de la vida moral de todo judío, que debía recitar este texto dos veces al día, y que llevaba escrito en sus filacterias: Y a tu prójimo como a ti mismo (Lev. 19, 18). Y le dijo Jesús asintiendo amablemente a la respuesta: Bien has respondido: haz esto y vivirás: hazlo siempre, y lograrás la vida eterna.

PARÁBOLA DEL SAMARITANO (29-37).- Dada la facilidad de la respuesta, que a requerimiento de Jesús hace el escriba a su misma pregunta, hubiese podido parecer que ésta era fútil, superflua; el doctor quiere sincerarse de esta sospecha, y demostrar al mismo tiempo la dificultad práctica de cumplir el precepto: Mas él, queriéndose justificar a sí mismo, dijo a Jesús: Y ¿quién es mi prójimo? Creían los soberbios escribas que eran pocos los que merecían los honores de su amor.

Y Jesús, tomando la palabra, dijo, proponiendo la bellísima parábola del Samaritano, que tan bien encuadra en el “Evangelio de la misericordia”, que así se llama el de Lucas, y en la que algunos, sin razón suficiente, han creído que se describía un hecho histórico: Un hombre, un israelita, quizás judío, ya que viene de la capital, bajaba de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones; es hórrido y desierto el camino de Jerusalén a Jericó, y entonces, como hoy, teatro frecuente de las fechorías de gente maleante. Hacia la mitad del camino que va de Jerusalén a Jericó, atravesando el hórrido desierto de Judea, hay un pobre albergue donde la tradición ha localizado el episodio de esta parábola, y que es conocido con el nombre de “El buen Samaritano”. Los ladrones hicieron lo que suelen en estos casos: Los cuales le despojaron y, después de haberlo herido, se fueron, dejándolo medio muerto; la descripción es rápida; el hombre ha quedado desnudo, exánime, solo, en un desierto. Jesús hace desfilar tres clases de hombres ante aquel miserable.

Aconteció, pues, casualmente, que bajaba por el mismo camino un sacerdote: un hombre que por razón de su vida y de su oficio, debía encarnar los sentimientos de piedad, más que ningún otro judío; venía tal vez de Jerusalén de cumplir sus funciones sacerdotales durante la semana, y volvía a su casa: Y, habiéndolo visto, pasó de largo: diole una mirada furtiva, y siguió impávido su camino; no hizo el sacerdote con aquel desgraciado lo que prescribía la ley cuando se hallaba uno con la bestia de un enemigo caída: ayudar al enemigo a levantarla (Ex. 23, 5).

El segundo personaje es un levita, ministro también del altar, aunque de un orden inferior; siguió éste el ejemplo del de mayor jerarquía: Y asimismo un levita, hallándose cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó también de largo.

Mas un samaritano que iba de camino, se llegó cerca de él: el samaritano es enemigo nato del judío; ha poco el mismo Jesús ha recibido de ellos repulsa: ¿cómo se portará con el desdichado? Su conducta es inesperada: Y al verlo, se movió a compasión, expresión gráfica, dicha con frecuencia por el mismo Jesús (Mt. 9, 36; 15, 32; 20, 34; Mc. 1, 41, etc.). la misericordia mueve al samaritano a hacer por el miserable cuanto puede en aquel estado: Y, acercándose, le vendó las heridas, echando en ellas aceite y vino, mixtura emoliente y detersiva, usada por griegos y romanos, y que aún hoy se llama “bálsamo del Samaritano”. Cedió el samaritano su cabalgadura al herido, y lo llevó a cubierto: Y, poniéndolo sobre su cabalgadura, lo llevó a una venta, y tuvo cuidado de él. Hizo más: sin cuidar de inquirir sobre el estado económico del enfermo, liberalmente, da al encargado del albergue antes de despedirse, dos denarios para que le cuide; un denario (0.80 pesetas) era la paga de un día de trabajo: Al día siguiente sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamelo; encargándole ponga en su cuenta si algo más tiene que gastar: Y cuanto gaste de más, yo te lo daré cuando vuelva; probablemente es conocido del ventero y hace con frecuencia el camino.

Planteado el caso, interroga Jesús al doctor, invitándole a sacar consecuencia moral: ¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los ladrones? ¿Quién le amó como a sí mismo? Es fácil la respuesta, aunque no sin mérito para el escriba, que la da con sinceridad, por más que no quiere pronunciar el nombre odioso del samaritano: Aquel, respondió el doctor, que usó con él de misericordia. La que es profundísima del Corazón de Jesús, acababa de concretar, en forma lapidaria, duradera como los siglos, el ideal de la caridad de fraternidad. Y para que se traduzca en la realidad de la vida: Pues ve, le dijo entonces Jesús, y haz tú lo mismo, sin distinción de raza, categoría, religión, afecto.

Lecciones morales

A) v. 27: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...No consiente Dios un amor ni un corazón mutilado, dice San Basilio, en lo que atañe al cumplimiento del primer precepto de su ley. Desde el momento en que nuestro amor deriva a cosas inferiores a Dios indebidamente, hemos ya faltado a la integridad del precepto. Porque así como si se saca agua, poca o mucha, de un vaso que debe estar lleno, falta ya aquella agua para su plenitud, así falta en nuestro corazón, con respecto a Dios, cualquiera porción de amor que ilegítimamente derivemos de él hacia las criaturas.

B) v. 29: ¿Quién es mi prójimo? En Tiempo de Jesús, hasta el mismo pueblo judío, custodio de la revelación, hasta los mismos intérpretes de ella, desconocen el alcance de la palabra “prójimo”; hasta el punto de que, según la interpretación de muchos Padres, la pregunta de este escriba es hija de su soberbia, que le hacía reputarse hombre único, cuya dignidad no toleraba paridad ni proximidad con los demás hombres. Ya no hay que hablar de los paganos que, como decía San Pablo de los de Roma, eran gente “sin afección, sin misericordia” (Rom. 1, 31). Hoy, gracias a las doctrinas de Jesús, sabemos que nuestro prójimo es todo hombre, de cualquier clase y condición que sea. Pero, en el orden de la vida, ¿qué eficacia tiene este concepto? Tal vez sea éste uno de los puntos en que las modernas costumbres se hayan separado más de la línea trazada por el Evangelio, en el orden personal y en el social.

C) v. 30: Un hombre...cayó en manos de unos ladrones... ¿Quiénes son estos ladrones, dice San Ambrosio, más que los ángeles de la noche y de las tinieblas? Pero no hubiese caído en sus manos, si no hubiese entrado por sus caminos. Así sucedió a Adán, dice San Agustín, que quedó despojado de los dones de Dios, y le malhirieron, produciendo en su libertad una profunda llaga. Es el demonio el “homicida desde el principio” (Ioh. 8, 44); es “nuestro adversario que, como león rugiente, merodea buscando a quién devorar” (1 Petr. 5, 8). No andemos desprevenidos, confiando en nuestras fuerzas, ni por caminos desiertos, abandonados a nosotros mismos, sin la compañía fortísima de Dios, de sus ángeles y de sus santos; y no caeremos en manos de los ladrones de nuestras almas.

D) v. 32: Y viéndole pasó también de largo. ¡Cuántos pasan aún hoy de largo, en pleno Cristianismo, no por los desiertos de la tierra, sino en medio de las populosas ciudades, sin hacer caso de los miserables que, en mil formas, necesitan calor de corazón y auxilio en medio de las angustias en que viven! Necesitados del cuerpo y del espíritu, malheridos en las luchas de la vida, que esperan el paso de los discípulos del buen Samaritano Jesús, y los discípulos todavía no han aprendido las lecciones de la caridad del Maestro...

E) v. 33: Más un samaritano... se llegó cerca de él...El samaritano es Jesús, porque hablando al escriba que estaba hinchado de la ley, le demuestra que ni él, ni el sacerdote, ni el levita eran cumplidores de la ley, y que él es quien vino a cumplirla, lleno de misericordia para con todos los hombres. Divino samaritano, que bajó de la celestial Jerusalén a esta miserable Jericó de la mutabilidad y miseria de las cosas humanas, y curó a la humanidad enferma, que ya no tenía la vida de Dios, y hasta en el orden humano había llegado a todo abismo; que curó nuestras heridas con el bálsamo de su gracia, que nos colocó en el recinto cerrado y fuerte de su Iglesia; que le dejó a nuestra Madre todos los tesoros de sus sacramentos para que acabe nuestra curación. Todo ello después de haber dado su propia vida para arrancarnos de las garras de la muerte, de cuerpo y alma.

F) v. 37: Haz tú lo mismo. Como si dijera, dice el Crisóstomo: Cuando veas a alguno víctima de cualquier miseria, no digas: Malo es, gentil es. Si necesita socorro, no caviles; tiene derecho a tu auxilio, cualquiera que sea el mal que sufra. Porque, dice San Ambrosio, no es el parentesco el que hace que uno sea prójimo, sino la misericordia; porque la misericordia es según la naturaleza: pues nada hay más conforme a la naturaleza que ayudar al que tiene nuestra misma naturaleza.

(Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio explicado, Ed. Acervo, Barcelona, 1967, p. 106-109)


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Jacobo Bossuet

El amor de Dios y el amor del prójimo

A) Cristo ordena que nos unamos en su nombre

“Dice San Agustín, y con gran razón, que no hay nada más pacífico y más fiero que el hombre, nada más sociable por naturaleza ni más discorde y contradictor por sus vicios que él. Hecho para la paz, n respira más que guerras. Se ha mezclado en el género humano un espíritu de disensión y hostilidad, que desterró para siempre la paz del mundo. Ni las leyes, ni la razón, ni la autoridad son capaces de impedir que la confianza padezca un continuo temblor y la amistad sea siempre incierta, en tanto que las sospechas bullen, las envidias son enconadas; la maledicencia, cruel; la adulación, maligna; las enemistades, implacables.

B) El amor humano necesita fundamento sólido: Dios

A pesar de este espíritu de división, existe siempre en nosotros una tendencia a la amistad, de donde viene el placer tan agradable de la conversación y compañía de los santos. De ahí podemos entender que el poder que repartiera la naturaleza humana entre tantos individuos, no nos ha separado a los unos de los otros de forma tal, que no haya quedado en nuestro corazones una especie de secreto lazo y un cierto espíritu de unión que nos atraiga. Por esto tenemos siempre algo de común entre nosotros, y podemos comprobarlo viendo que no sólo el dolor que nos debilita y torna impotente es quien pide naturalmente sostén, sino que la misma alegría, que, abundante en sus propios bienes, parece debiera contentarse con ella misma, busca, sin embargo, el seno de un amigo para expansionarse y sin ello es imperfecta e insípida. Tan cierto es ello, dice San Agustín, que no hay nada que sea placentero al hombre sino lo busca con otro hombre cuya compañía le agrade. “No hay nada admirable para el hombre sin un hombre amigo”.

Pero, como quiera que este deseo natural de sociedad no se extiende mucho, puesto que sus límites se ciñen ordinariamente a aquellas personas que nos agradan por conformarse de un modo u otro a nuestros gustos, ni es tampoco lo suficientemente cordial, ya que en la mayoría de las ocasiones está cimentado sobre algún interés, lo cual es un flaco y ruinoso fundamento para la amistad mutua, y como, finalmente, tampoco es muy fuerte, pues nuestro amor e intereses son demasiado tornadizos para que sirva de apoyo a una concordia sólida, Dios ha querido que nuestra sociedad y mutua unión dependan del origen más alto y he aquí el orden que ha establecido.

Ha dispuesto que el amor y la caridad dependan primeramente de él como el principio de todas las cosas y que de ese punto de partida se expansionen universalmente sobre todos nuestros semejantes, y que, cuando entablemos lazos de amistades particulares, las hagamos derivar de ese principio común, esto es, de Él mismo, sin el cual no tengo miedo de aseguraros que jamás encontraréis una amistad sólida, constante y sincera.

C) El amor, compendio de la justicia

“Dos mandamientos establecen este orden de la caridad, dos mandamientos que, según el Hijo de Dios, forman el misterioso compendio de la Ley y los Profetas: Amarás al Señor tu Dios con todo corazón y a tu prójimo como a ti mismo. Y a fin de que entendáis con cuanta sabiduría encerró Cristo en estos dos preceptos toda la justicia cristiana, debéis comprobar, si os place, que para observar la justicia tenemos que considerar dos únicas cosas: primeramente, bajo quien debemos vivir, y en seguida, con quien debemos vivir. Vivimos bajo el imperio soberano de Dios y hemos sido creados para Él sólo; por lo tanto la obligación esencial de toda naturaleza racional consiste en unirse santamente a Dios mediante una fiel dependencia. Pero, como al vivir reunidos bajo este imperio supremo tenemos también que vivir en paz y equidad con nuestros semejantes, síguese de ahí que el deber accesorio y segundo es no amor sino por Dios y que lo más apreciable que hemos de tener después de Dios ha de ser nuestra amistad mutua. Veis, pues, claramente que, en realidad, toda la justicia consiste en observar estos dos preceptos, según la frase del Señor”.

D) Dios, único fundamento del amor al prójimo

a) el amor a Dios

“Supuesta esta doctrina, es fácil de entender que el primero de los mandamientos, a saber, el amar a Dios, es el fundamento necesario del segundo, el de amar al prójimo. Porque ¿quién no ve claramente que para amar a éste como a nosotros mismos es necesario ser capaz de desearle, e incluso de procurarle, los mismos bienes que deseamos para nosotros? Y ¿quién no entiende que para levantarnos a una tal alta y pura disposición de ánimo es necesario haber arrancado nuestro corazón de todos los bienes particulares que pueden dividirnos por la parcialidad y competencia para mirar solo en adelante al bien común y general de toda criatura racional, llevados de un casto amor, esto es, para mirar sólo a Dios, que es el único que basta a todos con su abundancia, y al cual poseemos tanto más, cuanto más nos esforzamos en que nuestros semejantes sean partícipes también con Él? El que ama a Dios con un corazón sincero, como exige la Sagrada Escritura, es capaz de amar cordialmente, no sólo algún hombre, sino a todos ellos, y de desearles bien con una caridad perfecta. Por el contrario, el que no ame a Dios, por mucho que diga y prometa, no se amará más que a sí mismo, y todo cuanto amor tuviere por los otros, jamás será ni puro, ni sincero, ni, digámoslo de una vez, lo suficientemente cordial para que podamos fiarnos”.

b) El amor a nosotros mismos

“En efecto, el único apego que nos tenemos a nosotros mismos forma una línea de separación y una pared medianera entre todos los corazones, y es lo que hace que cada uno de nosotros encierre todo él dentro de sus intereses, formando un cantón de sí mismo, pronto siempre a decir lo de Caín: ¿Qué tengo yo que ver con mi hermano? (Gen 4, 9). Por eso el apóstol San Pablo, al hablar de los que se aman a sí mismos, dice que son hombres sin afecto y enemigos de la paz (2 Tim 3, 2-3). Porque es cierto que nuestro amor propio nos impide amar al prójimo como la ley ordena. La ley quiere que le amemos como a nosotros mismos, porque, según la naturaleza y según la gracia, es nuestro prójimo y semejante, y no nuestro inferior; pero el amor propio, obedeciendo con mucho más celo, consigue que le amemos por nosotros mismos y no como a nosotros; que le amemos, no dentro de un espíritu de sociedad, para vivir concordes con él, sino con un espíritu de dominio, para hacerle servir a nuestros deseos. Así es como el mundo ama, bien lo sabéis, y por eso mismo es cierto que el mundo no ama a nadie y que no se encuentra amistad alguna sólida, el hombre no será jamás capaz de amar a su prójimo como a sí mismo y dentro de un espíritu de fiel compañía, hasta que haya triunfado de su amor propio, amando a Dios más que a sí mismo. Porque, para ser ese gran esfuerzo de despegarnos de nosotros mismos, es necesario tener algún objeto de una altura tal, que creamos no perder nada al renunciar a nosotros para abandonarnos a él sin reserva. Ahora bien, Dios es el único de una tal superioridad y preeminencia, que todas las criaturas que nos rodean, lejos de estar naturalmente debajo de nosotros, están colocadas en el mismo grado de dependencia bajo el imperio soberano del Señor primero. Por consiguiente, ¡oh, cristiano!, hasta que no consigamos amar al único que por su dignidad puede arrancarnos de nosotros mismos, sólo a nosotros mismos sabremos amar. La fuente de nuestra amistad podrá, sí, manar alguna especie de amor para con los demás, pero tendrá siempre una marea de reflujo hacia nuestro propio yo, y toda nuestra generosidad no será más que un arte un poquito más honrado de apoderarnos de las criaturas o de dar satisfacción a una gloria interior. El verdadero amor al prójimo tiene su principio necesario en el amor de Dios y camina a compás de su paso, y aunque encontramos alguna vez naturales nobles que parezcan elevarse mucho sobre las flaquezas comunes, sin embargo, yo sostengo que sólo el amor de Dios puede cambiar en nuestro corazón esta inclinación de la naturaleza y hacer que no nos apeguemos a nosotros mismos”.

c) No hay rectitud en los hombres

“Como quiera que Dios es tan poco amado, es lógico que el profeta tenga que exclamar que no puede fiarse de nadie. Vivimos, dice, en medio de fraudes y de engaños, todos desconfían y todos se engañan; no hay rectitud, no hay seguridad y no hay fidelidad entre los hombres. Recela uno del otro y nadie confía en nadie, pues todos se engañan siempre, todos se difaman unos a otros, unos a otros se engañan, no hay en ellos palabras de verdad... (Ier. 9, 4-5). Han desaparecido de la tierra los justos, no hay ninguno recto entre los hombres, todos acechan la sangre, todos tienden redes a su prójimo...No os fiéis del amigo, no creáis al compañero...; los enemigos de cualquiera con sus mismos domésticos” (Mich. 7, 2, 5-5).

Bossuet se extiende describiendo las costumbres de su tiempo y diciendo que las palabras de ambos profetas siguen siendo de triste actualidad. “Desmentidme, señores, si no digo la verdad. Si yo hablase en otro lugar, pondría como ejemplo de lo que digo a la misma corte; pero, ya que estoy predicando delante de ella, conózcase a sí misma y sea ella la prueba de la verdad que digo”.

E) Caridad universal

“De este excelso origen de la caridad se deriva el que deba extenderse generosa sobre todos nuestros semejantes con una inclinación universal a hacernos el bien, empleando para ello todo el poder que Dios nos haya concedido. De este mismo principio deben nacer nuestras amistades particulares, que no serán jamás inviolables ni sagradas si Dios no sirve de mediador”. Jonás y David llamaron a su amistad alianza del Señor, y así ni el trono y sus ambiciones fueron capaces de separarlos: “Feliz el que encuentra un tesoro semejante; bien puede despreciar todas las riquezas del mundo, porque una amistad sellada en nombre de Dios y jurada entre sus manos, no ha de temer ni el disimulo ni el engaño. Todo se lleva a cabo ante los ojos del que lee los corazones, y su verdad eterna es la caución fiel de la fe entregada, que garantiza a esta amistad santa de los infinitos cambios con que el tiempo y los intereses amenazan a las demás. Un amigo de esta clase, fiel a Dios y a los hombres, es un tesoro inestimable y debe sernos más querido que nuestros propios ojos, porque con frecuencia vemos mejor por los suyos que por los nuestros y es capaz de hacernos ver claro cuando nuestro interés nos ciegue”.

(Verbum Vitae, B.A.C., Madrid, 1955, p. 72-77 )


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San Ambrosio

Un hombre baja de Jerusalén a Jericó.. En efecto, Jericó es figura de este mundo, a la cual descendió Adán arrojado del paraíso, es decir, de aquella Jerusalén celeste, por su prevaricadora caída, pasando de la vida a la muerte; destierro este de su naturaleza que le ocasionó un cambio, no ciertamente de lugar, pero sí de costumbres. Y así quedó un Adán bien distinto de aquel primero que gozaba de una felicidad sin ocaso, pero que tan pronto como se lanzó a los pecados de este mundo, cayó en manos de los ladrones, a los que no habría venido a parar si no se hubiese apartado del mandato divino. ¿Quiénes son estos ladrones sino los ángeles de la noche y de las tinieblas, que se transforma a veces en ángeles de luz (2 Cor. 11,14), aunque es un hecho que no puedan permanecer mucho tiempo en ese estado? Estos primero se despojan del vestido de la gracia espiritual que recibimos, y así es como de ordinario logran sus primeros impactos; pero, si guardamos intactos los vestidos recibidos, no sentiremos los golpes de los ladrones. Ten, pues, cuidado para no ser despojado, como lo fue Adán, de la protección del precepto celestial y privado del vestido de la fe, ya que a eso se debió que él fuera herido moralmente, herida mortal que se habría contagiado a todo el género humano si aquel Buen Samaritano, bajando del cielo, no hubiese curado esas peligrosas llagas.

Y no es un samaritano cualquiera este que no despreció a aquel que había sido preterido por el sacerdote y el levita. No desprecies a aquel que lleva el nombre de una secta vocablo cuyo significado te va a admirar; en efecto, el vocablo “samaritano” significa guardián Demos ahora una interpretación a todo esto. En verdad, ¿quién es un custodio verdadero, sino aquel de quien se ha escrito: el Señor guarda a los pequeños? (Ps. 114,6) Pues el mismo modo que hay un judío también se da una manera de ser samaritano que se ve y otra que yace oculta. Mientras bajaba, pues, este samaritano- ¿quién es este que bajó del cielo, sino el que sube al cielo, el Hijo de Dios que está en el cielo? (Io 3,13), habiendo visto a un hombre medio muerto, al que nadie había querido curar, se llegó a él, es decir, compadecido de nuestra miseria, se hizo íntimo y prójimo nuestro para ejercitar su misericordia con nosotros.

Y vendó sus heridas untándolas con aceite y vino. Este médico tiene infinidad de remedios, mediante los cuales lleva a cabo, de ordinario, sus curaciones. Medicamento es su palabra; ésta, unas veces, venda las heridas; otras sirven de aceite, y otras actúa como vino; venda las heridas; Otra sirve de aceite; y otras actúa como vino; venda las heridas cuando expresa un mandato de una dificultad más que regular; suaviza perdonando los pecados, y actúa como el vino anunciado el juicio.

Y lo puso-continúa el texto- sobre su cabalgadura. Observa cómo realiza esto contigo: Él tomó sobre s í nuestros pecados y cargó con nuestros dolores (Is 53, 4) Otra confirmación es la del Buen Pastor, que puso sobre sus hombros a la oveja cansada (Lc 15,5). En efecto, el hombre se ha convertido en un ser semejante a un jumento. (Ps 48, 13), pero Él nos ha colocado sobre su cabalgadura para que no fuésemos como el caballo y el mulo (Ps. 31,9) y ha tomado nuestro mismo cuerpo para suprimir las debilidades de nuestra carne.

Y, al fin, a nosotros, que éramos como jumentos, nos conduce a una posada. Una posada, como se sabe, no es más que un lugar donde suelen descansar los que se encuentran desfallecidos por un largo camino. Y por eso, el Señor, que es el que levanta del polvo al pobre, y alza del estiércol al desvalido (Ps 112,7), nos ha llevado a un mesón.

Y se preocupa con cuidado de él para que ese enfermo pueda observar los mandatos que había recibido. Pero ese enfermo pueda observar los mandatos que había recibido. Pero este samaritano no tenía tiempo de hacer una permanencia larga en la tierra; debía volver al lugar de donde había bajado.

Y al día siguiente- pero, ¿cuál es este otro día, sino el domingo de resurrección del Señor, del que fue dicho; Este es el día que hizo el Señor? (Ps 117, 24)- tomó dos denarios y se los dio al mesonero, diciéndole: cuídale.

¿Qué significan estos dos denarios sino los dos testamentos que llevan impresa la efigie del eterno Rey y con los que nuestras heridas obtienen su curación? Porque hemos sido redimidos a precio de sangre (1 Pe. 1, 19) para no ser víctimas de las heridas de la última muerte.

El mesonero recibió dos denarios... ¿Quiénes son estos hosteleros? Son esos hombres a los que se ha dicho: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura, y el que creyere y se bautizare será salvo. (Mc 15, 16) salvo verdaderamente de la muerte y salvo de las heridas que le pudieran infligir los ladrones.

¡Bienaventurado ese mesonero que puede curar las heridas del prójimo!, Y ¡Bienaventurado aquel a quien dice Jesús: Lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta! El buen dispensador da siempre en demasía. Buen dispensador fue Pablo, cuyos sermones y epístolas son como algo que rebosa a lo que había recibido, cumpliendo el mandato explícito del Señor de trabajar sin descanso corporal ni espiritual, a fin de obtener, por medio de la predicación de su palabra, el perseverar a muchos de la grave flaqueza de espíritu. He aquí el dueño del mesón en el que el asno conoció el pesebre de su amo (Is 1,3) y en el cual hay un lugar seguro para los rebaños de ovejas, con el fin de que, a esos lobos rapaces que braman alrededor de los apriscos, no les resulte fácil llevar a cabo sus ataques a las ovejas.

Pero Él además, promete una recompensa. Y ¿cuándo vas a venir, Señor, a darla sino en el día del juicio? Porque, aunque Tú estés siempre y en todo lugar y vivas entre nosotros, si bien no te vemos, con todo, llegará un momento en el que todo hombre te verá volver. Paga, pues lo que debes. ¡Bienaventurados aquellos hombres a los que debe Dios! ¡Ojalá que nosotros pudiésemos ser deudores dignos para poder pagar todo lo que hemos recibido, sin que nos ensoberbezca el don del sacerdocio o del ministerio! ¿Cómo pagas Tú, Señor Jesús? Prometiste que a los buenos les darías un premio abundante en el cielo, y lo cumples cando dices: Muy bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho, entra en gozo de tu Señor (Mt 25, 21).

Por tanto, puesto que nadie es tan verdaderamente nuestro prójimo como el que ha curado nuestras heridas, amémosle, viendo en él a nuestro Señor, y querámosle como a nuestro prójimo; pues nada hay tan próximo a los miembros como la cabeza.

(Obras Completas. BAC. Madrid. 1966, pag. 379 ss. )


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Juan Pablo II

El buen samaritano

Pertenece también al Evangelio del sufrimiento --y de modo orgánico--la parábola del buen samaritano. Mediante esta parábola Cristo quiso responder a la pregunta "¿Y quién es mi prójimo?" En efecto, entre los tres que viajaban a lo largo de la carretera de Jerusalén a Jericó, donde estaba tendido en tierra medio muerto un hombre robado y herido

por los ladrones, precisamente el samaritano demostró ser verdaderamente el "prójimo" para aquel infeliz. Prójimo" quiere decir también aquel que cumplió el mandamiento del amor al prójimo. Otros dos hombres recorrían el mismo camino; uno era sacerdote y el otro levita, pero cada uno "lo vio y pasó de largo". En cambio, el samaritano "lo vio y tuvo compasión... Acercóse, le vendó las heridas", a continuación "le condujo al mesón y cuidó de él", Y al momento de partir confió el cuidado del hombre herido al mesonero, comprometiéndose a abonar los gastos correspondientes.

La parábola del buen samaritano pertenece al Evangelio del sufrimiento. Indica, en efecto, cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido "pasar de largo", con indiferencia, sino que debemos "pararnos" junto a él. Buen samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro hombre, de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad. Es como el abrirse de una determinada disposición interior del corazón, que tiene también su expresión emotiva. Buen samaritano es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que "se conmueve" ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno. Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre.

Sin embargo, el buen samaritano de la parábola de Cristo no se queda en la mera conmoción y compasión. Estas se convierten para él en estímulo a la acción que tiende a ayudar al hombre herido. Por consiguiente, es, en definitiva, buen samaritano el que ofrece ayuda en el sufrimiento, de cualquier clase que sea. Ayuda, dentro de lo posible, eficaz. En ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio "yo", abriendo este "yo" al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede "encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás". Buen samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo.

Siguiendo la parábola evangélica, se podría decir que el sufrimiento, que bajo tantas formas diversas está presente en el mundo humano, está también presente para irradiar el amor al hombre, precisamente ese desinteresado don del propio "yo" en favor de los demás hombres, de los hombres que sufren. Podría decirse que el mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano; y aquel amor desinteresado, que brota en su corazón y en sus obras, el hombre lo debe de algún modo al sufrimiento. No puede el hombre "prójimo" pasar con desinterés ante el sufrimiento ajeno, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos en nombre del amor al prójimo. Debe "pararse", "conmoverse", actuando como el samaritano de la parábola evangélica. La parábola en sí expresa una verdad profundamente cristiana, pero a la vez tan universalmente humana. No sin razón, aun en el lenguaje habitual, se llama obra "de buen samaritano", toda actividad en favor de los hombres que sufren y de todos los necesitados de ayuda.

Esta actividad asume, en el transcurso de los siglos, formas institucionales organizadas y constituye un terreno de trabajo en las respectivas profesiones. ¡Cuánto tiene "de buen samaritano" la profesión del médico, de la enfermera u otras similares! Por razón del contenido "evangélico" encerrado en ella, nos inclinamos a pensar más bien en una vocación que en una profesión. Y las instituciones que, a lo largo de las generaciones, han realizado un servicio "de samaritano" se han desarrollado y especializado todavía más en nuestros días. Esto prueba indudablemente que el hombre de hoy se para cada vez con mayor atención y perspicacia junto a los sufrimientos del prójimo, intenta comprenderlos y prevenirlos cada vez con mayor precisión. Posee una capacidad y especialización cada vez mayores en este sector. Viendo todo esto, podemos decir que la parábola del samaritano del Evangelio se ha convertido en uno de los elementos esenciales de la cultura moral y de la civilización universalmente humana. Y pensando en todos los hombres que con su ciencia y capacidad prestan tantos servicios al prójimo que sufre, no podemos menos de dirigirles unas palabras de aprecio y gratitud.

Estas se extienden a todos los que ejercen de manera desinteresada el propio servicio al prójimo que sufre, empeñándose voluntariamente en la ayuda "como buenos samaritanos" y destinando a esta causa todo el tiempo y las fuerzas que tienen a su disposición fuera del trabajo profesional. Esta espontánea actividad "de buen samaritano" o caritativa puede llamarse actividad social, puede también definirse como apostolado, siempre que se emprende por motivos auténticamente evangélicos, sobre todo si esto ocurre en unión con la Iglesia o con otra comunidad cristiana. La actividad voluntaria "de buen samaritano" se realiza a través de instituciones adecuadas o también por medio de organizaciones creadas para esta finalidad. Actuar de esta manera tiene una gran importancia, especialmente si se trata de asumir tareas más amplias, que exigen la cooperación y el uso de medios técnicos. No es menos preciosa también la actividad individual, especialmente por parte de las personas que están mejor preparadas para ella, teniendo en cuenta las diversas clases de sufrimiento humano a las que la ayuda no puede ser llevada sino individual o personalmente. Ayuda familiar, por su parte, significa tanto los actos de amor al prójimo hechos a las personas pertenecientes a la misma familia como la ayuda recíproca entre las familias.

Es difícil enumerar aquí todos los tipos y ámbitos de la actividad "como samaritano" que existen en la Iglesia y en la sociedad. Hay que reconocer que son muy numerosos, y expresar también alegría porque, gracias a ellos, los valores morales fundamentales, como el valor de la solidaridad humana, el valor del amor cristiano al prójimo, forman el marco de la vida social y de las relaciones interpersonales, combatiendo en este frente las diversas formas de odio, violencia, crueldad, desprecio por el hombre, o las de la mera "insensibilidad", o sea la indiferencia hacia el prójimo y sus sufrimientos.

Es enorme el significado de las actitudes oportunas que deben emplearse en la educación. La familia, la escuela, las demás instituciones educativas, aunque sólo sea por motivos humanitarios, deben trabajar con perseverancia para despertar y afinar esa sensibilidad hacia el prójimo y su sufrimiento, del que es un símbolo la figura del samaritano evangélico. La Iglesia, obviamente, debe hacer lo mismo, profundizando aún más intensamente --dentro de lo posible--en los motivos que Cristo ha recogido en su parábola y en todo el Evangelio. La elocuencia de la parábola del buen samaritano, como también la de todo el Evangelio, es concretamente ésta: el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento. Las instituciones son muy importantes e indispensables; sin embargo, ninguna institución puede de suyo sustituir el corazón humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno. Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía más si se trata de los múltiples sufrimientos morales y cuando la que sufre es ante todo el alma.

La parábola del buen samaritano, que--como hemos dicho-- pertenece al Evangelio del sufrimiento, camina con él a lo largo de la historia de la Iglesia y del cristianismo, a lo largo de la historia del hombre y de la humanidad. Testimonia que la revelación por parte de Cristo del sentido salvífico del sufrimiento se identifica de ningún modo con una actitud de pasividad. Es todo lo contrario. El Evangelio es la negación de la pasividad ante el sufrimiento. El mismo Cristo, en este aspecto, es sobre todo activo. De este modo realiza el programa mesiánico de su misión, según las palabras del profeta: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor". Cristo realiza con sobreabundancia este programa mesiánico de su misión: El pasa "haciendo el bien", y el bien de sus obras destaca sobre todo ante el sufrimiento humano. La parábola del buen samaritano está en profunda armonía con el comportamiento de Cristo mismo.

Esta parábola entrará, finalmente, por su contenido esencial, en aquellas desconcertantes palabras sobre el juicio final que Mateo ha recogido en su Evangelio: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; preso, y vinisteis a verme". A los justos que pregunten cuándo han hecho precisamente esto, el Hijo del Hombre responderá: "En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" La sentencia contraria tocará a los que se comportaron diversamente: "En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo". Se podría, ciertamente, alargar la lista de los sufrimientos que han encontrado la sensibilidad humana, la compasión, la ayuda, o que no las han encontrado. La primera y la segunda parte de la declaración de Cristo sobre el juicio final indican sin ambigüedad cuán esencial es, en la perspectiva de la vida eterna de cada hombre, el "pararse", como hizo el buen samaritano, junto al sufrimiento de su prójimo, el tener "compasión" y, finalmente, el dar ayuda. En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la "civilización del amor". En este amor el significado salvífico del sufrimiento se realiza totalmente y alcanza su dimensión definitiva. Las palabras de Cristo sobre el juicio final permiten comprender esto con toda la sencillez y claridad evangélica.

Estas palabras sobre el amor, sobre los actos de amor relacionados con el sufrimiento humano, nos permiten una vez más descubrir, en la raíz de todos los sufrimientos humanos, el mismo sufrimiento redentor de Cristo. Cristo dice: "A mí me lo hicisteis". El mismo es el que en cada uno experimenta el amor; El mismo es el que recibe ayuda cuando esto se hace a cada uno que sufre sin excepción. El mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento salvífico se ha abierto de una vez para siempre a todo sufrimiento humano. Y todos los que sufren han sido llamados de una vez para siempre a ser partícipes "de los sufrimientos de Cristo". Así como todos son llamados a "completar" con el propio sufrimiento "lo que falta a los padecimientos de Cristo". Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento.

(Salvifici Dolores, VII)


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Catecismo de la Iglesia Católica



El Buen Samaritano y la Caridad

1465 Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador.

864 "Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen del apostolado de la Iglesia", es evidente que la fecundidad del apostolado, tanto el de los ministros ordenados como el de los laicos, depende de su unión vital con Cristo. Según sean las vocaciones, las interpretaciones de los tiempos, los dones variados del Espíritu Santo, el apostolado toma las formas más diversas. Pero es siempre la caridad, conseguida sobre todo en la Eucaristía, "que es como el alma de todo apostolado".

915 Los consejos evangélicos están propuestos en su multiplicidad a todos los discípulos de Cristo. La perfección de la caridad a la cual son llamados todos los fieles implica, para quienes asumen libremente el llamamiento a la vida consagrada, la obligación de practicar la castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la obediencia. La profesión de estos consejos en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia es lo que caracteriza la "vida consagrada" a Dios.

916 El estado religioso aparece por consiguiente como una de las maneras de vivir una consagración "más íntima" que tiene su raíz en el bautismo y se dedica totalmente a Dios. En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y, persiguiendo la perfección de la caridad en el servicio del Reino, significar y anunciar en la Iglesia la gloria del mundo futuro.

953 La comunión de la caridad: En la "comunión de los santos", "ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo" (Rm 14,7). "Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el Cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte" (1 Co 12,26-27). "La caridad no busca su interés" (1 Co 13,5) El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión.


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EJEMPLOS PREDICABLES

Por falta de caridad no veía la hostia consagrada

“Y aquí viene a propósito un suceso que refiere Tomás de Kempis. Un joven, hallándose presente en el Santo Sacrificio de la Misa, no veía la hostia consagrada. Temió que esto pudiese provenir de la debilidad de su vista o de la distancia del lugar en que se ponía para asistir al Santo Sacrificio; se acercó al altar y se puso junto al sacerdote que celebraba. Fue inútil su diligencia, porque ni aún tan próximo pudo ver la hostia consagrada en manos del celebrante. Duró dos años este suceso tan prodigioso, después de los cuales, habiendo entrado en gran temor y escrúpulo, se fue a los pies de un docto y discreto sacerdote y en confesión le descubrió tan raro suceso. El confesor, habiéndolo examinado diligentemente, halló que su penitente tenía odio a un sujeto y que en tan largo tiempo no le había querido perdonar. Por eso le dijo: “Hijo, veo que mantienes en tu corazón obstinado rencor con tu prójimo, y ésta es la causa por la que la hostia consagrada se esconde a tus ojos, porque, estando privado de caridad, quiere Jesucristo, con este prodigio, hacerte entender que no participas del sacrificio aunque te halles presente”. Compungido con esto el joven, perdonó de corazón a su enemigo y prometió no tomar venganza de los agravios recibidos. Con eso, viéndole el confesor bien dispuesto, le dio la absolución. Salió del tribunal de la penitencia y se fue a asistir al Santo Sacrificio, y entonces vio sin dificultad, como los demás, la hostia consagrada en manos del sacerdote. De esta manera quiso el Redentor darle, y también a nosotros, un testimonio de esta verdad: que es en vano acercarse al altar para sacrificar, o para participar del sacrificio, si antes, con una sincera reconciliación de ánimo, no se recobra la caridad perdida, porque Dios estima más ésta que las oblaciones y sacrificios”.

(Verbum Vitae, t. V, BAC, 1955, p. 472)


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Caridad Cristiana

Siendo San Pacomio todavía gentil, pasó por el pueblo donde él vivía una legión de soldados romanos. Observó el santo que algunos del pueblo buscaban y obsequiaban con amor a algunos de los soldados. Llamábale esto a Pacomio la atención, porque no veía por dónde aquellos soldados podían tener en el pueblo tantas relaciones y conocimientos; y preguntó porqué así se saludaban y obsequiaban aquellos. Dijéronle:

- Es que esos son cristianos. Y se profesan un cariño y amor especial, sólo por ser cristianos.

Conmoviole este ideal a Pacomio y se hizo cristiano, creyendo que tal religión necesariamente había de ser buena… Verificóse lo que Jesucristo había dicho: “En esto se conocerá que sois mis discípulos”.

(Mauricio Rufino, Vademécum de ejemplo predicables, Ed. Herder, 1962, n. 488)

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Hasta con el enemigo

Se cuenta que durante la Segunda Guerra Mundial un médico militar, mientras estaba inclinado atendiendo a un herido en un lecho de campamento, recibió un tiro de pistola del propio paciente, que era un oficial enemigo.

El tiro falló, y el médico, volviendo la cabeza serenamente, le dijo:

- Vamos; no hagas tonterías.

Y continuó curándole.

(Mauricio Rufino, Vademécum de ejemplo predicables, Ed. Herder, 1962, n. 489)


28. FLUVIUM 2004

Un amor humano a lo divino

Aprendamos de Jesús en este domingo –tomando ocasión del fragmento de san Lucas que nos ofrece para hoy la Liturgia de la Iglesia– a realizar el bien a pesar de todo... En algunas ocasiones nos veremos, como aquel día Jesús ante la pregunta malintencionada del doctor de la ley, pero nosotros posiblemente sentiremos el impulso de corresponder con otra ofensa al mal trato recibido. ¿Acaso no estaríamos en nuestro derecho?, podríamos pensar. Sin embargo, el "ojo por ojo y diente por diente" pertenece ya al pasado, y poco tiene que ver con la caridad cristiana. Jesús, que únicamente vino al mundo para nuestro bien, tuvo que ayudarnos resistiendo a la hostilidad humana. Su divino amor por nosotros le llevó a no considerar si en realidad teníamos derecho o no al tesoro de su Amor.

Esa es la actitud constante de Cristo. En ningún momento hay en Él manifestación alguna de revancha, de venganza. Jesús no sabe de "ajustes de cuentas" o de hacer escarmentar... Ni siquiera es más remiso en su entrega en favor de la gente, por la ingratitud o, incluso, la mala interpretación de sus hechos y palabras por parte de algunos de los favorecidos. Nuestro Señor no se plantea sino ayudarnos a toda costa, en aquello que es nuestro mayor bien: la Salvación. Nada de este mundo le hace desistir de ese empeño generoso y desinteresado. El suyo es un amor que no tiene precio, por cuanto gratuitamente otorga, al hombre que le reconoce como Dios, aquello en lo que consiste su máxima felicidad y plenitud, que únicamente Él puede otorgar.

A continuación de la respuesta sencilla del Señor ante la malintencionada pregunta –dando por otra parte al impertinente doctor de ley ocasión de lucimiento–, Jesús ejemplifica con una parábola cómo debe ser de generosa y desinteresada la caridad. En todo momento resplandece en el buen samaritano el olvido de sí mismo. Cada gesto de su conducta con ocasión de la desgracia de su prójimo, es buscando el mayor bien para quien cayó en manos de los salteadores. ¿Alguna obligación en justicia le forzaba a gastar su tiempo y su dinero en un desconocido? Ningún precepto legal –que sepamos– movió su generosidad. Nos quiere enseñar Jesús que, sólo contemplar la necesidad de otro, es motivo, más que suficiente, para olvidar las propias cosas: lo suficiente, al menos, para remediar esa desgracia humana.

Si somos francos, aceptamos fácilmente que la actitud de ese samaritano es admirable. Sin duda, viajaba por asuntos personales de cierta importancia. De hecho, detiene su viaje, lo necesario para remediar el problema, y continúa su marcha. No se trata, de ordinario, en la caridad de desentenderse absolutamente de las propias cosas. Sin embargo, el bien del prójimo reclama una verdadera responsabilidad. Cuida de él –dice al posadero–, y lo que gastes de más te lo daré a mi vuelta. Porque la caridad bien vivida –en nuestra humana condición es muy importante tenerlo presente– supondrá siempre una cierta "pérdida" para quien la ejercita. Amar siempre costará, aunque el impulso de quien ama parezca quitarle importancia al gasto, al esfuerzo, al tiempo empleado, al cansancio, a la contrariedad, etc. Luego, se siente la humana satisfacción del deber cumplido. En todo caso, no se ayuda por nada personal. Como veíamos, es el bien del prójimo lo que impulsa al desprendimiento en cada caso.

Con esas renuncias a lo propio se agrada a Dios. Cuanto hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis, declaró Jesús, para que entendiéramos el valor de la caridad, y hasta qué punto está Él presente en quienes nos rodean, por desconocidos que nos resulten. También en quienes nos han tratado mal: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan –nos pide el Señor–, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos. En todo momento podemos descubrir una oportunidad de amar a Dios en nuestros prójimos. Posiblemente, cuando más nos cuesta, es más heroico y puro el amor que manifestamos a Dios. Tal vez, entonces, se asemeja más al Suyo por nosotros, y somos así, en efecto, mejores hijos de nuestro Padre del Cielo.

La lealtad a Dios de nuestra Madre, repetidamente probada en momentos difíciles –duros– de fidelidad, será siempre un luminoso ejemplo y un estímulo para sus hijos.


29. 2004. Comentarios Servicio Bíblico Latinoamericano

Deuteronomio 30, 10-14: El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo.

La época del destierro fue para Israel una situación que confrontó el modelo de Alianza entre Dios y su pueblo, como principio de cambio y conversión. Esta conversión incluye la vuelta personal a Dios y el cumplimiento de todos su mandatos, “con todo corazón” como pide Dt.6,4.

Aunque el capítulo 30 está redactado en segunda persona del singular, es de sentido plural en la época del exilio: “cuando te sucedan estas cosas” (v1) ya les han sucedido. Todo el capítulo presupone la destrucción de Judá y Jerusalén el año 587 a.e.c..

La buena nueva para el pueblo se centra en el capítulo 30. Se presenta mostrando que el precepto no supera las fuerzas, ni está fuera del alcance (v11) aunque el pueblo esté en el exilio. No está en el cielo, ni más allá de los mares (vv12-13). La Palabra de Dios ya ha sido pronunciada y se encuentra en nuestra boca y en nuestro corazón. Si nos llenamos de su palabra, se realizará su voluntad en nosotros (v14). Tener cerca la Palabra es amar a nuestro prójimo.

Hoy necesitamos también estar abiertos a la palabra que se nos dirige en los signos de los tiempos y los lugares, como palabra reveladora de la acción de Dios en nuestra historia, con el compromiso de escucharla y vivirla en radicalidad y compromiso


Salmo 68: Humildes, buscad al Señor, y revivirá tu corazón

El tiempo de composición del salmo 68 lo encontramos expresado en la última estrofa que leemos: “el Señor salvará a Sión, reconstruirá las ciudades de Judá” (v36), época inmediatamente posterior al destierro, pensando posiblemente en el grupo de exiliados que anhelaban la reconstrucción del templo.

El salmo es un canto de un “siervo de Yahvé” (v18), que sufre el señalamiento. El rechazado e ignorado por las estructuras de poder, es visto con el cariño de Dios que ve en este siervo un ejemplo y testimonio para los que como pobres, buscan y aguardan la ayuda de Dios. Con este siervo están en juego la confianza y la esperanza de otras personas. El salmo es una invitación a salir del egoísmo, y ponerse en función del servicio a los demás, con la marca inconfundible del amor.


Colosenses 1, 15-20: Todo fue creado por él y para él.

Este himno de Colosenses presenta en toda su profundidad la primacía de Cristo, como hijo de Dios y como principio de toda la nueva humanidad que renace en él. Conecta la acción salvadora de Cristo con la obra de la creación, unidas a un mismo tronco, con las raíces profundas de la fe.

La nueva creación que surge con Cristo, se presenta en el modelo de nueva humanidad, por el mundo y la historia, donde hay que trabajar por ellas para cumplir el plan salvador de Dios en su Hijo. Al ser humano le ha faltado vivir la reconciliación con la obra de Dios y se sigue dando un distanciamiento enorme entre ellos y en la causa de su justicia.


Lucas 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?

Jesús quería que la ley del amor primara sobre la ley del culto y sobre los propios intereses


Visión panorámica de esta parábola:

La mentalidad judía del tiempo de Jesús, absorbida por el legalismo, se había convertido en una conciencia fría, sin calor humano, a la que no le importaban las necesidades ni los derechos del ser humano. Solo se hacía lo que permitía la estructura legal y rechazaba lo que prohibía dicha estructura. El legalismo impuesto por la estructura religiosa era la norma oficial de la moral del pueblo. Se había llegado, por ejemplo, a establecer, desde la legalidad religiosa, que la ley del culto primaba sobre cualquier ley, así fuera la ley del amor al prójimo. Esto asombraba y preocupaba a Jesús pues no era posible que en nombre de Dios se establecieran normas que terminaran deshumanizando al pueblo.

Este era el contexto en que nació la parábola del buen samaritano: un hombre necesitado de ayuda, caído en el camino, más muerto que vivo, sin derechos, violentado en su dignidad de persona, es abandonado por los cumplidores de la ley (sacerdotes y levitas) y en cambio es socorrido por un ilegal samaritano (que no tenían buenas relaciones con los israelitas). Jesús hizo una propuesta de verdadera opción por los derechos de ese ser humano caído, condenado por las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas que aparecen excluyentes (estructuras que se encargan de no respetar los derechos de las personas y no les permitan vivir en libertad y en autonomía). Jesús quiere decirnos cómo la solidaridad es un valor que hay que anteponer no solo a la ley del culto, sino también a la misma necesidad personal, buscando el bienestar social y comunitario, la defensa de los derechos de tantos y tantas que viven en situaciones de falta de solidaridad y de reconocimiento de sus derechos, nos hace pensar en la opción por continuar el camino de compromiso y de trabajo en nuestras comunidades y organizaciones, desde el compromiso solidario con los hermanos y hermanas que están caídos en el camino, por el no reconocimiento de sus derechos.

La parábola es todo menos un juego de palabras bonitas, es algo más que una pieza literaria de la antigüedad. Es una constante interpelación para hoy.


Sólo Lucas nos conserva en su Evangelio esta parábola.

Este texto, tan ampliamente conocido en la liturgia, se inicia con una pregunta de un maestro de la ley, o letrado, frente lo que hay que hacer para ganar la vida eterna.

Jesús, a su vez, le devuelve la pregunta para que el letrado la busque en su especialidad, él tiene la respuesta en la ley... El letrado, citando de memoria Dt.6,5 y Lv.19,18, hace una apretada síntesis del sentido frente a los 613 preceptos y obligaciones que se alcanzaban a contar en la cuenta de los rabinos, para responder en dos que son fundamentales: Amar a Dios y al prójimo... Jesús aprueba la respuesta..

El letrado interroga nuevamente, pues en el Levítico el prójimo es el israelita y en el Deuteronomio se reserva el título de hermanos únicamente para los israelitas...Jesús, en lugar de discutir y entrar en callejones sin salidas, no busca plantear nuevas teorías e interpretaciones frente a la ley antigua y su práctica, sino que propone una parábola como ejemplo vivo de quién es el prójimo.

Podemos contemplar en la parábola los personajes y sacar de allí las consecuencias de enseñanza para el día de hoy: un hombre (v 30) anónimo que es victima de los ladrones y cae medio muerto en el camino; un samaritano (v 33) un medio pagano – o tal vez un pagano completo- cuyo trato y relación con los judíos era casi un insulto a sus tradiciones; un sacerdote (v 31) y un levita (v 32), la contraposición y la diferencia entre dos rangos de poder religioso, pues el levita era un clérigo de rango inferior que se ocupaba principalmente de los sacrificios, “testimonios” de un culto oficial y de los rituales a seguir en la religión establecida.

La relación entre cada uno de los personajes de la parábola es distinta: el sacerdote y el levita frente al hombre caído en el camino no se basa en el plan de la necesidad que tiene este último, sino en el de inutilidad que presentaría ante la ley y el desempeño del oficio, el prestarle cualquier atención al hombre caído, impediría a estos representantes del culto oficial poder ofrecer los sacrificios agradables a Dios. El samaritano, por el contrario, no encuentra ninguna barrera para prestar su servicio desinteresado al desconocido que está tendido y malherido, que necesita la ayuda de alguien que pase por ese camino. El samaritano únicamente siente compasión por la necesidad de ese hombre anónimo y se entrega con infinito amor a defender la vida que está amenazada y desposeída.

Prójimo, compañero, dice Jesús en esta parábola, debe ser para nosotros, en primer lugar el compatriota, pero no sólo él, sino todo ser humano que necesita de nuestra ayuda. El ejemplo del samaritano despreciado nos muestra que ningún ser humano está tan lejos de nosotros, para no estar preparados en todo tiempo y lugar, para arriesgar la vida por el hermano o la hermana, porque son nuestro prójimo.


Para la revisión de vida

-¿nos portamos como prójimo ante el ser humano despojado y abandonado?

-¿hay en nuestras preocupaciones religiosas espacio para aprender lo que Dios nos manifiesta en la vida cotidiana?

-¿somos acaso de los que vamos al culto del templo o al cumplimiento legalista, pero no atendemos en la vida real a los que nos necesitan?

-¿nos hacemos prójimos (próximos) de los necesitados que nos encontramos en nuestro camino?, ¿somos capaces de meternos en caminos ajenos para aproximarnos (aprojimarnos) a los que nos necesitan aunque no estén en nuestro camino?


Para la reunión de grupo

-Se dice que esta parábola de Jesús tiene algo de "anticlerical"; ¿en qué sentido podría ser cierto?

-Las tres actitudes que Jesús compara son la del sacerdote, la del levita y la del samaritano. Pero este "tercer término de la coparación" no era el que lógicamente esperaba el auditorio. Este esperaba que Jesús contrapusiera el comportamiento del sacerdote y del levita con el de "un buen judío misericordioso". ¿Qué lección añade el hecho de que Jesús salte ese término lógicamente esperado y lo sustituya nada menos que por un "samaritano", con lo que entonces éstos significaban?


Para la oración de los fieles

-Para que comprendamos que la ley de Dios no es un capricho voluntarista de Dios, sino que obedece a la dinámica misma de nuestro ser, a la lógica del amor que Dios mismo es, incluso a nuestro interés más profundo, roguemos al Señor...

-Para que los hombres y mujeres de nuestro mundo, especialmente aquellos que no practican ninguna religión, se dejen llevar de las inspiraciones de lo mejor de su corazón, donde Dios actúa y les inspira...
-Para que seamos capaces de hacernos prójimos de los muchos hombres y mujeres que hoy yacen despojados y medio muertos en los márgenes del camino...

-Para que nuestro culto en el templo siempre esté precedido y continuado por el culto del amor y la solidaridad en la calle...

-Por los "samaritanos" de hoy, aquellos de quienes nadie espera nada bueno pero que en realidad a los ojos de Dios practican el amor solidario...

-Para que nuestra Iglesia, y nuestra comunidad cristiana, sean una Iglesia "samaritana", a la que no le importe "echar su suerte con los pobres de la tierra"...


Oración comunitaria

-Gracias, Padre, porque no andamos solos por la vida, ni marchamos a la deriva, perdidos en la niebla del aislamiento o la soledad que nos empobrece. Tú eres presencia constante a nuestro lado, presencia palpable y sensible en tu Hijo hecho carne; presencia hoy actual mediante tantos samaritanos y samaritanas de amor comprometido que, siguiendo las huellas de Cristo saben cambiar desinteresadamente el camino de sus vidas para ofrecer sus servicios a los necesitados. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

-Dios, Padre nuestro, que en Jesús nos has enseñado que el amor y la solidaridad son el culto principal y primero con el que tú quieres ser adorado; ilumina nuestra mirada para descubrir a tantos hombres y mujeres que han sido marginados a la orilla del camino, donde apenas sobreviven, y ensancha nuestro corazón para hacernos solidarios con ellos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.


30. ¿Quién es buen samaritano?

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Sergio A. Córdova

Reflexión

Edith Zirer es una mujer judía que vive en las afueras de Jaifa. Cuenta cómo fue liberada del campo de concentración de Auschwitz cuando tenía 13 años de edad. Había pasado allí tres. "Era una gélida mañana de invierno de 1945, dos días después de la liberación –nos narra—. Llegué a una pequeña estación ferroviaria entre Czestochowa y Cracovia. Me eché en un rincón de una gran sala donde había docenas de prófugos, todavía con el traje a rayas de los campos de exterminio. Él me vio. Vino con una gran taza de té, la primera bebida caliente que probaba en varias semanas. Después me trajo un bocadillo de queso, hecho con un pan negro, exquisito. Yo no quería comer. Estaba demasiado cansada. Me obligó. Luego me dijo que tenía que caminar para poder subir al tren. Lo intenté, pero me caí al suelo. Entonces me tomó en sus brazos y me llevó durante mucho tiempo, kilómetros, a cuestas, mientras caía la nieve. Recuerdo su chaqueta de color marrón y su voz tranquila que me contaba la muerte de sus padres, de su hermano, y me decía que también él sufría, pero que era necesario no dejarse vencer por el dolor y combatir para vivir con esperanza. Su nombre se me quedó grabado para siempre en mi memoria: Karol Wojtyla. Quisiera hoy darle un "gracias" desde lo más profundo de mi corazón.

Hasta aquí este bellísimo y conmovedor testimonio de la vida real, contado por la misma protagonista. Tal vez también a ti te hubiese encantado haber conocido a este joven polaco… Hoy es el Papa Juan Pablo II, como bien sabes. Este hecho es bastante elocuente para comprender un poco más de su persona y de su pontificado. Toda su vida, desde que era seminarista, y luego sacerdote, obispo y Papa, ha sido una constante donación a los demás. A esta luz entendemos mejor su pontificado, sus múltiples viajes apostólicos, su gran humanidad y delicadeza en el trato con todas las personas –ya se trate de niños, jóvenes o ancianos—; y su especial ternura para con los débiles, los enfermos y los que sufren en su cuerpo o en su espíritu. Él conoce muy de cerca el sufrimiento humano, lo ha vivido y experimentado en carne propia, y desde joven aprendió a compadecer al hermano doliente, sin importarle edad, raza, sexo, cultura o religión. ¡Esto es ser un buen samaritano!

En el Evangelio de hoy nos narra Jesús la bella parábola del buen samaritano. Un letrado se le acerca al Señor y le pregunta qué tiene que hacer para heredar la vida eterna. Y nuestro Señor no duda ni un segundo: cumple el primer mandamiento de la Ley. O sea, “ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”. Pero el letrado insiste y trata de justificarse. Entonces brota de los labios y del corazón de Jesús esta parábola tan humana y tan llena de misericordia.

Pero hay un dato muy interesante que conviene notar: el letrado le pregunta a Jesús quién es su prójimo. Y nuestro Señor, al concluir su narración, le pregunta al letrado: “¿Cuál de éstos tres se portó como prójimo?”. Jesús da la vuelta a la tortilla y le cambia la pregunta: no basta con saber quién es nuestro prójimo, sino que tenemos que comportarnos como auténticos prójimos de los demás. “Prójimo” no es, pues, un concepto; ni es sólo el que está a nuestro lado. Para Jesús y para el cristiano adquiere una connotación moral profundamente antropológica –y, por tanto, de un fuerte carácter espiritual—: “prójimo” son todos los seres humanos, sin distinción alguna, y merecen todo nuestro respeto, nuestra consideración y lo más profundo de nuestro amor. Exactamente como hace el Papa. Lo contrario al egoísmo, a los intereses personales o a la satisfacción de las propias pasiones desordenadas.

O como la Madre Teresa de Calcuta.Y como hicieron tantos santos y fieles hijos de la Iglesia. Teresa de Calcuta solía repetir con frecuencia: “Nunca dejemos que alguien se acerque a nosotros y no se vaya mejor y más feliz. Lo más importante no es lo que damos, sino el AMOR que ponemos al dar. Halla tu tiempo para practicar la caridad. Es la llave del Paraíso”.

El Papa Juan Pablo II, en su encíclica sobre el dolor humano, “Salvifici doloris”, nos hace una reflexión profunda sobre el buen samaritano: “El samaritano –dice— demostró ser, de verdad, el ‘prójimo’ de aquel infeliz que cayó en manos de los ladrones. ‘Prójimo’ significa también el que cumple el mandamiento del amor al prójimo… No nos es lícito ‘pasar de largo’ con indiferencia, sino que debemos ‘detenernos’ al lado del que sufre. Buen samaritano, en efecto, es todo hombre que se detiene al lado del sufrimiento de otro hombre, cualquiera que sea. Y ese detenerse no significa curiosidad, sino disponibilidad. Ésta es como el abrirse de una cierta disposición interior del corazón, que tiene también su expresión emotiva” (Salv. Dol., n. 28).

“Buen samaritano es –continúa el Papa— todo hombre sensible al dolor ajeno, el hombre que ‘se conmueve’ por la desgracia del prójimo. Si Cristo, profundo conocedor del corazón humano, subraya esta compasión, quiere decir que es ésta es importante en todo nuestro comportamiento de frente al sufrimiento de los demás. Es necesario, por tanto, cultivar en nosotros esta sensibilidad del corazón, que testimonia la ‘compasión’ hacia el que sufre”.

Pero no basta con esto. Este saber comprender y sufrir con el que sufre; alegrarse con el que se alegra y llorar con el que llora; este “hacerse todo a todos” de san Pablo es “para salvarlos a todos” (I Cor 9, 22). El buen samaritano es el que tiene un corazón bueno, compasivo y misericordioso, el que se enternece ante el sufrimiento del otro. Pero, además, que hace todo lo posible por aliviarlo, no sólo compartiendo y “con-padeciendo” en sus dolores, sino también haciendo algo eficaz por remediarlos. Como hizo el samaritano de la parábola.

El buen samaritano por antonomasia es nuestro buen Jesús. Él “se compadecía y se enternecía de las muchedumbres porque andaban como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36) . Y enseguida ponía manos a la obra para remediar sus necesidades espirituales y corporales: las consolaba, les predicaba el amor del Padre; y también curaba sus enfermedades físicas y sanaba toda dolencia, multiplicaba los panes para darles de comer, a los ciegos les devolvía la vista, curaba a los leprosos, resucitaba a los muertos. Y, al final de su vida terrena, Él mismo quiso darnos su ser entero en la Eucaristía y en el Calvario, muriendo por nosotros para darnos vida eterna.

Esto es ser buen samaritano. Y tú, ¿eres ya un buen samaritano? ¿te has detenido alguna vez a lo largo del camino de la vida para curar las heridas del que sufre en su cuerpo o en su alma? ¿quieres ser, a partir de hoy, un buen samaritano para tu prójimo? Ojalá que sí. ¡Haz esto y vivirás!


31.

Predicador del Papa: «¿De quién me puedo hacer prójimo, aquí, ahora?»
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo

ROMA, viernes, 13 julio 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap. -predicador de la Casa Pontificia- a la liturgia del próximo domingo.

* * *

XV Domingo del Tiempo Ordinario (C)
Deuteronomio 30, 10-14; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37

El buen samaritano

Nos hemos propuesto, decía, comentar algunos evangelios dominicales inspirándonos en el libro de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret. A la parábola del buen samaritano se dedican varias páginas del libro. La parábola no se comprende si no se tiene en cuenta la pregunta a la que, con aquella, Jesús intentaba responder: «¿Quién es mi prójimo?».

A este interrogante de un doctor de la ley, Jesús responde narrando una parábola. En la música y en la literatura mundial, hay comienzos que se han hecho célebres. Cuatro notas, en determinada secuencia, y cualquier entendido exclama inmediatamente, por ejemplo: «Quinta sinfonía de Beethoven: ¡el destino llama a la puerta!». Muchas parábolas de Jesús comparten esta característica: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó...», y todos entienden inmediatamente: ¡la parábola del buen samaritano!

En el ambiente judaico de aquel tiempo se discutía sobre quién debía ser considerado, para un israelita, el propio prójimo. Se llegaba en general a comprender, en la categoría de prójimo, a todos los compatriotas y a los prosélitos, esto es, a los gentiles que se habían adherido al judaísmo. Con la elección de los personajes (¡un samaritano que socorre a un judío!) Jesús viene a decir que la categoría de prójimo es universal, no particular. Tiene como horizonte el hombre, no el círculo familiar, étnico o religioso. ¡Prójimo es también el enemigo! Se sabe que de hecho los judíos «no tenían buenas relaciones con los samaritanos» (cfr. Jn 4, 9).

La parábola enseña que el amor al prójimo debe ser no sólo universal, sino también concreto y activo. ¿Cómo se comporta el samaritano de la parábola? Si el samaritano se hubiera contentado con acercarse y decir a ese desdichado que yacía en su propia sangre: «¡Pobrecito! ¡Cuánto lo siento! ¿Qué ha pasado? ¡Ánimo!», o palabras así, y después se hubiera marchado, ¿no habría sido todo ello una ironía y un insulto? Hizo otra cosa: «Acercándosele, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. A día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: “Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva”».

Pero lo verdaderamente nuevo, en la parábola del buen samaritano, no es que en ella Jesús exija un amor universal y concreto. La auténtica novedad, observa el Papa en su libro, está en otro punto. Después de narrar la parábola, Jesús pregunta al doctor de la ley que le había interrogado: «¿Quién de estos tres [el levita, el sacerdote, el samaritano] te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?».

Jesús opera una inversión inesperada respecto al concepto tradicional de prójimo. Prójimo es el samaritano, no el herido, como nos habríamos esperado. Esto significa que no hay que esperar pasivamente a que el prójimo se cruce en nuestro camino, tal vez con luces de emergencia y alarmas. Nos toca a nosotros estar dispuestos a percibir quién es, a descubrirle. ¡Prójimo es aquello a lo que cada uno de nosotros está llamado a convertirse! El problema del doctor de la ley aparece derribado; de problema abstracto y académico, se hace problema concreto y operativo. La cuestión que hay que plantearse no es: «¿Quién es mi prójimo?», sino: «¿De quién me puedo hacer prójimo, ahora, aquí?».

En su libro, el Papa realiza una aplicación actual de la parábola del buen samaritano. Ve a todo el continente africano simbolizado en el desventurado que ha sido despojado, herido y dejado medio muerto en la cuneta, y ve en nosotros, los de los países ricos del hemisferio norte, a los dos personajes que pasan de largo, si no incluso a los salteadores que le han dejado en esas condiciones.

Desearía apuntar otra posible actualización de la parábola. Estoy convencido de que si Jesús viviera hoy en Israel, y un doctor de la ley le preguntara de nuevo: «¿Quién es mi prójimo?», cambiaría ligeramente la parábola, ¡y en el lugar de un samaritano pondría a un palestino! Si después le interrogara un palestino, ¡en el lugar del samaritano encontraríamos a un judío!

Pero es muy cómodo limitar el tema a África o a Oriente Medio. Si fuéramos uno de nosotros el que le preguntara a Jesús: «¿quién es mi prójimo?», ¿qué respondería? Nos recordaría ciertamente que nuestro prójimo no es sólo el compatriota, sino también el extracomunitario; no sólo el cristiano, sino también el musulmán; no sólo el católico, sino también el protestante. Pero añadiría enseguida que no es esto lo más importante; lo más importante no es saber quién es mi prójimo, sino ver de quién me puedo hacer yo prójimo, ahora, aquí; para quién puedo ser yo el buen samaritano.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]


 
32. JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net. SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 07/07/10.- Para no salir malparado de una conversación con Jesús, un maestro de la ley termina preguntándole: «Y ¿quién es mi prójimo?». Es la pregunta de quien sólo se preocupa de cumplir la ley. Le interesa saber a quién debe amar y a quién puede excluir de su amor. No piensa en los sufrimientos de la gente.

Jesús, que vive aliviando el sufrimiento de quienes encuentra en su camino, rompiendo si hace falta la ley del sábado o las normas de pureza, le responde con un relato que denuncia de manera provocativa todo legalismo religioso que ignore el amor al necesitado.

En el camino que baja de Jerusalén a Jericó, un hombre ha sido asaltado por unos bandidos. Agredido y despojado de todo, queda en la cuneta medio muerto, abandonado a su suerte. No sabemos quién es. Sólo que es un «hombre». Podría ser cualquiera de nosotros. Cualquier ser humano abatido por la violencia, la enfermedad, la desgracia o la desesperanza.

«Por casualidad» aparece por el camino un sacerdote. El texto indica que es por azar, como si nada tuviera que ver allí un hombre dedicado al culto. Lo suyo no es bajar hasta los heridos que están en las cunetas. Su lugar es el templo. Su ocupación, las celebraciones sagradas. Cuando llega a la altura del herido, «lo ve, da un rodeo y pasa de largo».

Su falta de compasión no es sólo una reacción personal, pues también un levita del templo que pasa junto al herido «hace lo mismo». Es más bien una actitud y un peligro que acecha a quienes se dedican al mundo de lo sagrado: vivir lejos del mundo real donde la gente lucha, trabaja y sufre.

Cuando la religión no está centrada en un Dios, Amigo de la vida y Padre de los que sufren, el culto sagrado puede convertirse en una experiencia que distancia de la vida profana, preserva del contacto directo con el sufrimiento de las gentes y nos hace caminar sin reaccionar ante los heridos que vemos en las cunetas. Según Jesús, no son los hombres del culto los que mejor nos pueden indicar cómo hemos de tratar a los que sufren, sino las personas que tienen corazón.

Por el camino llega un samaritano. No viene del templo. No pertenece siquiera al pueblo elegido de Israel. Vive dedicado a algo tan poco sagrado como su pequeño negocio de comerciante. Pero, cuando ve al herido, no se pregunta si es prójimo o no. Se conmueve y hace por él todo lo que puede. Es a éste a quien hemos de imitar. Así dice Jesús al legista: «Vete y haz tú lo mismo». ¿A quién imitaremos al encontrarnos en nuestro camino con las víctimas más golpeadas por la crisis económica de nuestros días? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).