SAN AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA

 

Col 1,15-20: Las raíces de la libertad

Si queremos defender la libertad, no arranquemos sus raíces. Quien combate la gracia, que da a nuestro albedrío la libertad de apartarse del mal y hacer el bien, quiere que siga cautiva su libertad. Dice el Apóstol: Dando gracias al Padre, que nos hizo idóneos de participar en la suerte de los santos en la luz; que nos sacó de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor (Col 1,12-13). Responde, te ruego: «¿Por qué dice eso, si no libra Dios nuestra libertad, sino que ella se libra a sí misma?». Luego mentimos cuando damos gracias a Dios, como si él hiciese lo que no hace. Y erró quien dijo que Dios nos hizo idóneos para participar en la suerte de los santos, porque nos sacó de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor. Responde: «¿Cómo teníamos libertad para apartarnos del mal y hacer el bien, cuando esa libertad estaba bajo el poder de las tinieblas?». Luego, si Dios nos sacó, como dice el Apóstol, él es quien hizo libre a la libertad.

Si tan sólo por la predicación de su doctrina produce tan gran bien para nosotros, ¿qué diremos de aquellos a los que todavía no ha sacado del poder de las tinieblas? ¿Tan sólo hay que predicarles la doctrina divina o hay que orar también por ellos para que Dios les saque del poder de las tinieblas? Si dices que tan sólo hay que predicarles, contradices el mandato de Dios y a las oraciones de la Iglesia. Y si confiesas que hay que orar por ellos, confiesas que hay que orar para que asientan a esa doctrina, libertada ya su libertad del poder de las tinieblas. Así se cumple que no se hacen fieles sin la libertad, y, con todo, se hacen fieles por la gracia de aquel que libertó su libertad del poder de las tinieblas. No se niega la gracia de Dios, sino que se muestra que es auténtica gracia, pues no se da por méritos precedentes. Y al mismo tiempo se defiende la libertad, fundamentándola en la humildad y no precipitándola en el orgullo, para que quien se gloríe, se gloríe, no en el hombre, en sí mismo o en otro, sino en el Señor (1 Cor 1,31).

¿Cuál es el poder de las tinieblas, sino el poder del diablo y de sus ángeles? Fueron ángeles de luz, pero no se mantuvieron en la verdad por la libertad, sino que cayeron de ella y se volvieron tinieblas. No te enseño estas cosas, sino que te las apunto, para que recuerdes lo que ya sabes. El género humano está sometido a ese poder de las tinieblas por la caída de aquel primer hombre a quien ese poder persuadió la prevaricación, y en el cual todos caímos. De tal poder de las tinieblas son sacados incluso los párvulos cuando son regenerados en Cristo. Y no aparece en ellos la libertad sino cuando llegan al uso de la razón, cuando tienen una voluntad que consiente en la doctrina en que les educaron y acaban en ella esta vida, si es que fueron elegidos antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados a los ojos de Dios en caridad, predestinados a la adopción de hijos.

Carta 217,3,8-9