SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Lc
10,1-12: En ti debe haber una fuente,
nunca un depósito
Veamos, pues, cómo entendemos nosotros lo que el Señor ordenó a quienes envió a predicar el evangelio y a cosechar la mies ya sazonada. Veámoslo. No llevéis ni bolsa, ni alforja, ni calzado, y no saludéis a nadie por el camino. En cualquier casa en que entréis, decid: «Paz a esta casa»; y si en ella hubiere un hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; si no la hay volverá a vosotros (Lc 10,4-6). Examinemos todo brevemente. No llevéis bolsa alguna. ¿Qué es lo que hacemos? En efecto, cuando vamos de viaje llevamos una bolsa; llevamos bolsos para el camino. Ni alforja. Es posible que no la llevemos. Ni calzado. ¿De qué se trata? ¿Se nos manda caminar con los pies desnudos? Ved que también caminamos calzados. No escondemos los pies cuando hablamos; ante vuestros ojos estamos calzados. Más aún, si alguien nos saludase en el camino y no le devolviéramos el saludo, nos tacharía de soberbios. El reproche a nosotros recaería sobre el Señor. De hecho, saludamos a quienes encontramos en el camino.
Lo otro es ya más fácil, decir: Paz a esta casa, cuando entramos a la de alguien. Pero ¿cómo superamos el obstáculo de la bolsa y el calzado? Dirijamos nuestra mirada al Señor por si nos consuela y concede la compresión de estas palabras. Pues incluso lo que dije que era sencillo, a saber, decir: Paz a esta casa, al entrar en ella -más fácil que lo cual no hay nada-, si lo tomamos de forma carnal, igual que lo que sigue, encontramos un peligro. ¿Qué se nos manda? Decid: Paz a esta casa. Nada más sencillo. Pero ¿cómo sigue? Si hubiere en ella un hijo de paz, descansará sobre él vuestra paz; si no lo hay, volverá a vosotros. ¿De qué se trata? ¿Cómo puede volver a mí la paz? ¿Quiere decir que sólo la tendré si vuelve, mientras que si descansa en él la perdí? ¡Aléjese tal idea de la mente de los sanos! Por consiguiente, aquello no se ha de tomar de forma carnal y, por tanto, quizá, ni el saco, ni el calzado, ni la bolsa; ni esto de no saludar a nadie por el camino, que si lo tomamos como suena, parece que se nos manda ser soberbios.
Pongamos la atención en el Señor, nuestro ejemplo y ayuda verdadera... Pues bien: incluso el mismo Señor tuvo bolsa en el camino de su peregrinación, bolsa que confió a Judas. Aunque era ladrón, lo aguantaba a su lado. Pero yo, con perdón de mi Señor, deseando aprender, le pregunto: «Señor, que soportaste a Judas, un ladrón, ¿cómo es que tenías lo que te pudo robar? A mí, hombre miserable y sin fuerzas, me prohibes hasta llevar bolsa. Tú la llevabas y fue en ella donde tuviste que soportar al ladrón. Si no la hubieses llevado, él no hubiese tenido donde robar». ¿Qué resta, sino que me diga: «Entiendes lo que significa No llevéis bolsa? ¿Qué significa? No seáis sabios para vosotros solos, recibe el Espíritu. En ti debe haber una fuente, nunca un depósito; de donde se pueda dar algo, no donde se acumule. Digase lo mismo de la alforja.
¿Y qué son los zapatos? ¿De qué están hechos los que usamos? De cuero de animales muertos. Nos cubrimos los pies con cuero de animales muertos. ¿Qué se nos manda? Renunciar a las obras de muerte. Esto se nos advirtió de forma figurada en Moisés cuando le dijo el Señor: Descálzate, pues el sitio en que estás es tierra sagrada (Éx 3,5). ¿Hay tierra más santa que la Iglesia de Dios? Puesto que estamos en ella, descalcémonos, renunciemos a las obras de muerte. Respecto al calzado que llevamos en nuestro caminar, el mismo Señor me ofrece consuelo, pues, si no hubiese estado calzado, no hubiese dicho de él el Bautista: No soy digno de desatar la correa de su calzado (Lc 3,16). Obedezcamos, pues, y no se infiltre en nuestro corazón la soberbia empedernida. «Yo -dirá alguien- cumplo el evangelio, pues camino descalzo». Bien, tú puedes, yo no. Guardemos lo que uno y otro hemos recibido; inflamémonos en el amor, amémonos unos a otros, y de esta forma yo amo tu fortaleza y tú soportas mi debilidad.
Sermón
101,5-7 (Sigue)
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