PRIMERA LECTURA
La insignificante y apocada comunidad de repatriados oye de su profeta una palabra de aliento, creadora de esperanza. La Jerusalén del futuro es vista por él como una madre que sin dolor pare hijos numerosos y los cubre de su cariño. Los que por ella sufrieron en la humillación podrán hacerle fiesta; lo harán todos los pueblos. El simbolismo del amor filial y maternal habla de Dios, anuncia paz, ensancha la esperanza y hace sentir presencia salvadora.
Lectura del Profeta Isaías 66,10-14a.
Festejad
a Jerusalén, gozad con ella,
todos los que la amáis,
alegraos de su alegría,
los que por ella llevasteis luto:
mamaréis a sus pechos
y os saciaréis de sus consuelos,
y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes.
Porque
así dice el Señor:
Yo haré derivar hacia ella,
como un río, la paz,
como un torrente en crecida,
las riquezas de las naciones.
Llevarán
en brazos a sus criaturas
y sobre las rodillas las acariciarán;
como a un niño a quien su madre consuela,
así os consolaré yo;
(en Jerusalén seréis consolados).
Al
verlo se alegrará vuestro corazón
y vuestros huesos florecerán como un prado;
la mano del Señor se manifestará a sus siervos.
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