Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia SALMO 29, COMENTARIO, DOMINGO 13B


 
COMENTARIOS AL SALMO 29

 

1.

PRIMERA LECTURA: CON ISRAEL

Este es un salmo de "todah", de "jubilosa acción de gracias", de "eucaristía". El verbo "dar gracias" aparece tres veces, y es la palabra final del salmo. El vocabulario de alegría es abundante: "fiesta" (2 veces), "exaltar", "gritos de alegría", "felicidad", "danza", "vestido de fiesta".

El "ropaje midráshico", es decir la "situación concreta evocada" es esta: un enfermo importante, en peligro de muerte, ha sido curado... Esta situación evoca la experiencia de Israel, que después de la agonía del exilio reencuentra la alegría de la alabanza. El pueblo de Israel consideró esta liberación como una especie de "Resurrección": "me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa".

SEGUNDA LECTURA: CON JESÚS

La Iglesia nos hace cantar este salmo el domingo después de Pascua (y en los maitines del sábado santo). Lo que es apenas una imagen, para Israel, es una realidad maravillosa para Jesús: "Tú me has levantado... Tú me has sacado del abismo... Tú me has hecho revivir..." Me gusta imaginar los primeros instantes de Jesús, cuando salió "de la muerte" para "revivir": una palabra de Pedro lo resume todo: "muerto en la carne, fue vivificado por el espíritu." (1 Pedro 3,18). Y Pablo dice lo mismo: "El primer hombre, Adán, fue alma viviente, el último Adán, el Cristo, es espíritu vivificante". (1 Corintios 15,45). Y añade: "el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad". (2 Corintios 3,17).

La fórmula más sorprendente es ésta: "sembrado corruptible el cuerpo, resucita incorruptible. Sembrado despreciable, resucita glorioso. Sembrado débil, resucita lleno de fortaleza. ¡Sembrado cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual!" (1 Corintios 15,42 - 44). A través de estos textos vemos que la resurrección de Jesús es mucho más que una simple reanimación biológica: No se trata únicamente para Jesús, de volver a la vida limitada de antes, circunscrita a una nación, sometida a las leyes de una raza, reducida a una acción en favor de sus hermanos más cercanos. Jesús se convirtió en el Señor de la gloria", "Espíritu vivificante" para todos los tiempos, todos los lugares, todas las culturas y todas las razas.

TERCERA LECTURA: CON NUESTRO TIEMPO

El Misterio Pascual es el corazón de nuestra fe cristiana. Un cristiano no es simplemente alguien que "cree en Dios". Esto lo hacen prácticamente todas las grandes religiones. El carácter específico de nuestra fe cristiana es que nosotros "creemos en Jesucristo muerto y resucitado". El credo primitivo se resumía en esta breve afirmación repetida a todos los vientos como un "grito", un "Kerigma". En nuestros tiempos actuales, ávidos de síntesis concretas, el cuerpo de Cristo resucitado es uno de los polos que resumen todo.

Más que un conjunto complejo de doctrinas, más que una moral perfeccionada, la fe cristiana es un "sentido" dado a la existencia. Cualquier persona, así sea de poca cultura, tiene conciencia de que la humanidad está "herida, enferma". Cuando todo va bien, cuando estamos saludables, tenemos la tentación de decir como el salmista: "¡Cuando estaba dichoso me decía: jamás nada me turbará!" Esta es la gran tentación del hombre moderno: creer que ha dominado las fuerzas nocivas. Luego, el riesgo de alejarse de Dios: "¡No necesito de El! ¡me bastan mis propias fuerzas!" Sin embargo, basta poca cosa, basta que Dios "oculte su rostro" y todo está perdido: sin Dios, el hombre es poca cosa... ¡Es evidente!

Pero creemos en la Resurrección... Creemos que Dios envió a su Hijo, para curar la humanidad herida por el pecado... Creemos que nuestra limitación no es absoluta, sino que desemboca en el espíritu mismo de Dios... ¡Creemos que la muerte se transforma en vida, y nuestro duelo y decrepitudes en danza! "Este es el sentido de la vida humana. ¡Vamos, no hacia la muerte, sino hacia la plenitud de vida en Dios!

"Al atardecer nos visita el llanto, por la mañana, el júbilo".

Admirable fórmula poética para definir la actitud existencial del cristiano. Realista, pues mira de frente el mal del mundo y su propio mal, el pecado. Optimista, pues no se desalienta jamás y comienza de nuevo cada mañana.

Las "lágrimas de la tarde", lágrimas preciosas que corren cuando, al mirar la jornada... observamos lo que no ha estado bien, nuestras faltas, nuestras fealdades, nuestras negligencias... y todo lo que el mundo circundante ha añadido al peso de la condición humana... ¡La "revisión de vida" es ante todo una mirada realista! El hombre prudente, en todas las civilizaciones es aquél que es capaz de examinar su jornada lealmente, y dar un juicio de responsabilidad, sin culpabilización excesiva, pero igualmente sin falsas apariencias. Cuánto fango en nuestros caminos, en una jornada humana.

Estas "lágrimas de la tarde" preparan mañanas felices, días nuevos de fidelidad, de trabajo, de amor, de valor, de servicio. Quien se ha juzgado sin engaño, puede iniciar la marcha de nuevo, con "gritos de alegría". ¡Pascua, es eso también!

NOEL QUESSON
50 SALMOS PARA TODOS LOS DIAS. Tomo I
PAULINAS, 2ª Edición. BOGOTA-COLOMBIA-1988. Págs. 74 s.


2. ESPERANZA/FRACASO:
El tema fundamental de la muerte y la vida, la noche y la mañana, el desconcierto y la confianza, el luto y la fiesta, permiten transportar este salmo al momento culminante de estas oposiciones, cuando la muerte llega al extremo de su audacia, y la vida al extremo de su
exaltación: en la muerte y resurrección de Cristo. El cristiano, que vive en Cristo, participa con él de este luto y fiesta, que forman el ciclo litúrgico y la sustancia de nuestra vida en Cristo.

SALMOS Y CÁNTICOS DEL BREVIARIO
CRISTIANDAD/Pág. 83


3.

ALTIBAJOS DEL ALMA

Quiero descubrir mis estados de alma ante ti, Señor, y ante mí mismo, que bien lo necesito. Quiero aprender cómo tratarme a mí mismo cuando estoy de buen humor y cuando estoy de mal talante, cómo capear mi optimismo y mi pesimismo, cómo reaccionar ante la alegría espiritual y el desaliento humano; y, sobre todo, cómo dominar la marea de sentimientos, los cambios de humor, las tormentas repentinas y los gozos inesperados, la luz y las tinieblas, y, por encima de todo ello y a través de todo, la incertidumbre que nunca me deja saber cuánto va a durar un estado de alma y cuándo se va a precipitar el sentimiento opuesto con violencia de huracán.

Vivo a merced de mis sentimientos. Cuando me siento alegre, todo parece fácil, la virtud se hace natural, el amor brota espontáneo, y concibo una firme seguridad de que así ha de ser ya siempre en mi vida. Si, me digo a mí mismo, ya he llegado por fin, ya estoy maduro en el espíritu, ya me domino; he sufrido altibajos, pero ya estoy sereno, ya sé lo que viene en la vida y nada ha de sacudirme ya. Soy un veterano y sé dónde estoy. Con la gracia de Dios, seguiré firme y constante.

Tú que me conoces bien, Señor, has puesto estas palabras en mis labios al invitarme a recitar el Salmo: «Yo pensaba muy seguro: no vacilaré jamás». Sí, esa era mi falsa confianza, mi prematura jactancia. Yo creía que no volvería a vacilar jamás. Bien equivocado estaba, y bien pronto lo iba a verificar.

Tu Salmo continúa como lo hace mi vida: «Pero escondiste tu rostro y quedé desconcertado». Volvía estar peor que antes. No valgo para nada; no aprenderé nunca; después de tantos años, vuelvo a estar como cuando empecé; cualquier viento me lleva para arriba o para abajo sin que yo pueda hacer nada; tan pronto entusiasmado como desesperado; no sé orar, no sé guardar la paz del alma, no sé tratar con Dios, y mucho menos conmigo mismo; no sé nada, y nunca aprenderé nada; lo mismo da que lo eche todo a rodar y me conforme con una existencia rutinaria por los bajos de la vida. Las estrellas no se hicieron para mí.

Cuando me va mal, me desespero, me olvido de que antes me había ido bien y me convenzo de que ya nunca volverá a sonreírme la vida; y cuando me va bien, me olvido también de que antes me ha ido mal, y presumo con seguridad absoluta que ahora ya siempre me irá bien, que no hay nada que temer y que la batalla está ya ganada para siempre. Me falla la memoria, y eso me multiplica el sufrimiento. Si me acordase de los días de sol cuando llueve, y de los días de lluvia cuando hace sol, podría obtener un equilibrio medio de realismo sano. Pero me olvido, y paso del abismo a las cumbres y de las cumbres al abismo con penosa rapidez. Soy esclavo de mis sentimientos, juguete de la brisa, muñeco de humores. Caliente en verano y frío en invierno. Me falta la firme perseverancia del seguidor fiel que sabe de mareas altas y mareas bajas y consigue la ecuanimidad con la paciencia de la fe. Yo vacilo, tropiezo y caigo. Necesito equilibrio, perspectiva, paciencia. Necesito la sabiduría de ver las cosas desde lejos para encajar mejor los altos y los bajos.

Esa es mi oración: Que cuando me vaya bien, me acuerde de que antes me ha ido mal; y que cuando me vaya mal, confíe que pronto me volverá a ir bien. Entonces si que «te daré gracias por siempre, Señor, Dios mío».


4.

Juan Pablo II: Dios disipa la gran pesadilla, el miedo a la muerte
Meditación sobre el Salmo 29

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 11 mayo 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles dedicada a comentar el Salmo 29, «Acción de gracias por la liberación de la muerte».

 

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

Señor, Dios mío, a ti grité,
y tú me sanaste.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos invita el llanto;
por la mañana, el júbilo.

Yo pensaba muy seguro:
«no vacilaré jamás».
Tu bondad, Señor, me aseguraba
el honor y la fuerza;
pero escondiste tu rostro,
y quedé desconcertado.

A ti, Señor, llamé, supliqué a mi Dios:
«¿qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad?
Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme».

Cambiaste mi luto en danzas,
me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
te cantará mi alma sin callarse.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.



1. Una intensa y suave acción de gracias se eleva a Dios desde el corazón de quien reza, después de desvanecerse en él la pesadilla de la muerte. Este es el sentimiento que emerge con fuerza en el Salmo 29, que acaba de resonar en nuestros oídos y, sin duda, también en nuestros corazones. Este himno de gratitud posee una gran fineza literaria y se basa en una serie de contrastes que expresan de manera simbólica la liberación obtenida gracias al Señor.

De este modo, al descenso «a la fosa» se le opone la salida «del abismo» (versículo 4); a su «cólera» que «dura un instante» le sustituye «su bondad de por vida» (versículo 6); al «lloro» del atardecer le sigue el «júbilo» de la mañana (ibídem); al «luto» le sigue la «danza», al «sayal» luctuoso el «vestido de fiesta» (versículo 12).

Pasada, por tanto, la noche de la muerte, surge la aurora del nuevo día. Por este motivo, la tradición cristiana ha visto este Salmo como un canto pascual. Lo atestigua la cita de apertura que la edición del texto litúrgico de las Vísperas toma de una gran escritor monástico del siglo IV, Juan Casiano: «Cristo da gracias al padre por su resurrección gloriosa».

2. El que ora se dirige en varias ocasiones al «Señor» --al menos ocho veces--, ya sea para anunciar que le alabará (Cf. versículos 2 y 13), ya sea para recordar el grito que le ha dirigido en tiempos de prueba (Cf. versículos 3 y 9) y su intervención liberadora (Cf. versículos 2, 3, 4, 8, 12), ya sea para invocar nuevamente su misericordia (Cf. versículo 11). En otro pasaje, el orante invita a los fieles a elevar himnos al Señor para darle gracias (Cf. versículo 5).

Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la pesadilla pasada y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro que ha quedado atrás es grave y todavía provoca escalofríos; el recuerdo del sufrimiento pasado es todavía claro y vivo; hace muy poco tiempo que se ha enjugado el llanto de los ojos. Pero ya ha salido la aurora del nuevo día; a la muerte le ha seguido la perspectiva de la vida que continúa.

3. El Salmo demuestra de este modo que no tenemos que rendirnos ante la oscuridad de la desesperación, cuando parece que todo está perdido. Pero tampoco hay que caer en la ilusión de salvarnos solos, por nuestras propias fuerzas. El salmista, de hecho, está tentado por la soberbia y la autosuficiencia: «Yo pensaba muy seguro: "no vacilaré jamás"» (versículo 7).

Los Padres de la Iglesia también reflexionaron sobre esta tentación que se presenta en tiempos de bienestar, y descubrieron en la prueba un llamamiento divino a la humildad. Es lo que dice, por ejemplo, Fulgencio, obispo de Ruspe (467-532), en su «Carta 3», dirigida a la religiosa Proba, en la que comenta este pasaje del Salmo con estas palabras: «El salmista confesaba que en ocasiones se enorgullecía de estar sano, como si fuera mérito suyo, y que así descubría el peligro de una enfermedad gravísima. De hecho, dice: ¡"Yo pensaba muy seguro: 'no vacilaré jamás'"! Y, dado que al decir esto, había sido abandonado del apoyo de la gracia divina, y turbado, cayó en su enfermedad, siguió diciendo: "Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado". Para mostrar que la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella, tiene que ser de todos modos invocada humildemente sin interrupción, añade: "A ti, Señor, llamo, suplico a mi Dios". Nadie pide ayuda si no reconoce su necesidad, ni cree que puede conservar lo que posee confiando sólo en sus propias fuerzas» (Fulgencio de Ruspe, «Las Cartas» --«Le lettere»--, Roma 1999, p. 113).

4. Después de haber confesado la tentación de soberbia experimentada en tiempos de prosperidad, el salmista recuerda la prueba que le siguió, diciendo al Señor: «escondiste tu rostro, y quedé desconcertado» (versículo 8).

Quien ora recuerda entonces la manera en que imploró al Señor: (Cf. versículos 9-11): gritó, pidió ayuda, suplicó que le preservara de la muerte, ofreciendo como argumento el hecho de que la muerte no ofrece ninguna ventaja a Dios, pues los muertos no son capaces de alabar a Dios, no tienen ya ningún motivo para proclamar la fidelidad de Dios, pues han sido abandonados por Él.

Podemos encontrar este mismo argumento en el Salmo 87, en el que el orante, ante la muerte, le pregunta a Dios: « ¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia, o tu fidelidad en el reino de la muerte?» (Salmo 87, 12). Del mismo modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y después curado, decía a Dios: «El Seol no te alaba ni la Muerte te glorifica..., El que vive, el que vive, ése te alaba» (Isaías 38, 18-19).

El Antiguo Testamento expresaba de este modo el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y hacía referencia a los numerosos casos en los que fue alcanzada esta victoria: personas amenazadas de morir de hambre en el desierto, prisioneros que escaparon a la pena de muerte, enfermos curados, marineros salvados de naufragio (Cf. Salmo 106, 4-32). Ahora bien, se trataba de victorias que no eran definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba imponerse.

La aspiración a la victoria se ha mantenido siempre a pesar de todo y se convirtió al final en una esperanza de resurrección. Es la satisfacción de que esta aspiración poderosa ha sido plenamente asegurada con la resurrección de Cristo, por la que nunca daremos suficientemente gracias a Dios.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Un colaborador del Papa leyó al final de la audiencia esta síntesis en castellano]

Queridos hermanos y hermanas:
El salmo que hemos escuchado nos invita a dar gracias a Dios, que nos ha liberado del temor de la muerte. Pasada esta noche de oscuridad, despunta el alba del nuevo día, que la tradición cristiana ha interpretado como un canto pascual. El salmista se dirige al Señor para alabarlo por la libertad recibida y para invocar de nuevo su misericordia.

Las sensaciones personales oscilan entre el recuerdo del miedo sufrido y la alegría de la salvación, reflejada en la aurora del nuevo día, es decir, la muerte ha dado paso a la vida que permanece para siempre. Por eso el Salmo nos enseña que no hemos de dejarnos aprisionar por la oscuridad de la desesperación, como si todo estuviera perdido. Pero tampoco hemos de caer en la pretensión de que nos salvamos por nuestras propias fuerzas, lo cual sería una tentación de soberbia y autosuficiencia.

Los Padres de la Iglesia nos han enseñado que ésta es una tentación propia de quien vive en el bienestar, y que los momentos de prueba son como un aviso divino para conducirnos a la humildad. La aspiración humana de la victoria se ha convertido, a pesar de todo, en esperanza firme de resurrección.