SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO

 

Mc 5, 21-43: La Iglesia de la gentilidad

Por lo que hemos dicho, hermanos amadísimos, seamos miembros de aquella de quien era figura la hemorroisa. Decimos que era figura de la Iglesia de los gentiles, pues el Señor iba a resucitar a la hija del jefe de la sinagoga. La hija del jefe de la sinagoga simboliza al pueblo judío. Según sus propias palabras, el Señor no vino más que al pueblo judío: No he sido enviado más que a las ovejas que perecieron de la casa de Israel (Mi 15,24). Vino él como a la hija del jefe de la sinagoga. Entonces, viniendo de no sé dónde, se interpuso aquella mujer, desconocida, porque ignoraba, y tocó al Señor con fe diciendo: Si tocare la orla de su vestido quedaré sana. La tocó y fue sanada. Sufría una enfermedad detestable: flujo de sangre. Todos aborrecen tanto el oírlo como el padecerlo. Aborrecen el flujo de sangre en el cuerpo; no lo sufran, por tanto, en el corazón. La enfermedad ha de evitarse con mayor motivo en el corazón. Ignoro de qué manera se alejó de ella la maldad del alma, pasando a la morada que habita. El señor, es decir, el alma, quiere que se cure su flujo corporal, o sea, su cuerpo, en vez de preferir que sea curado quien habita la casa, es decir, ella misma.

¿Quién saca provecho de una casa de mármol y artesonados, si el padre de familia no está sano? ¿Qué he dicho? ¿De qué sirve un cuerpo sano e incólume donde está enferma el alma que es quien habita el cuerpo? Traspasado al alma, el flujo de la sangre es la lujuria. Como los avaros son semejantes a los hidrópicos -tienen ansias de beber-, así los pródigos son semejantes al flujo de sangre. Los avaros, en efecto, se fatigan apeteciendo; los pródigos gastando. Allí hay apetito, aquí hay flujo; pero ambas cosas matan. Es necesario recurrir al médico que vino a sanar las enfermedades de las almas. Por esto mismo quiso sanar las enfermedades de los cuerpos: para manifestarse como salvador del alma, porque de ambas cosas es creador. En efecto, él es creador del alma igual que del cuerpo. Quiso, por tanto, llamar la atención del alma, para que sanase interiormente, por ese motivo curó el cuerpo: en el cuerpo se significaba el alma, de manera que lo que ésta veía que Jesús obraba exteriormente, había de desear que lo obrase interiormente. ¿Cuál fue la obra de Dios? Curó el flujo de sangre, curó al leproso, curó al paralítico. Todas son enfermedades del alma. La cojera y la ceguera: pues todo el que no camina de forma recta por el camino de la vida, cojea. Es ciego asimismo quien no confía en Dios. El pródigo padece flujo de sangre, y todo el que es inconstante y mendaz tiene manchas de lepra. Es necesario que lo sane por dentro aquel que sanó exteriormente, para que se desee la sanación interior.

Esta mujer, pues, padecía flujo de sangre y quedó curada de la enfermedad de la carne por la que perdía todas sus fuerzas. Del mismo modo el alma gasta todas sus energías, buscando los deseos carnales. Esta mujer consumió en médicos todos sus haberes, según está escrito. De idéntica manera, la desdichada iglesia de los gentiles, buscando la felicidad, buscando poseer más fuerzas o buscando la medicina, ¿cuánto no había gastado en falsos médicos: astrólogos, echadores de suertes, poseídos del espíritu maligno y adivinos de los templos? Todos prometen la salud, pero no pueden otorgarla. Ni ellos la tienen para poder darla. Había gastado toda su fortuna y no había curado. Dijo para sí: «Tocaré su orla». La tocó y quedó curada. Investiguemos qué es la orla del vestido. Esté atenta vuestra caridad. En el vestido del Señor están significados los apóstoles, adheridos a él. Averiguad qué apóstol fue enviado a los gentiles. Hallaréis que el enviado fue el apóstol Pablo, pues la mayor parte de su actividad la constituyó el apostolado entre los gentiles. Por tanto, la orla del vestido es el apóstol Pablo, el enviado a ellos, porque él fue el último de los apóstoles. ¿No es la orla del vestido lo último y lo más bajo? Una y otra cosa dice de sí el Apóstol: Yo soy el último de los apóstoles (1 Cor 15,8) y Soy el menor de los apóstoles (1 Cor 15,9). Es el último, el menor. Tal es la orla del vestido. Y la Iglesia de los gentiles, al igual que la mujer que tocó la orla, padecía flujo de sangre. La tocó y quedó sana. Toquemos también nosotros, es decir, creamos para poder ser sanados.

Sermón 63 A, 2-3