SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
2 Cor 8,7-9.13-15: Su riqueza te creó y su pobreza te recreó
¿Eres avaro? Dios te dice: «Sé avaro; sélo cuanto puedas, pero ponte de acuerdo conmigo en bien de tu avaricia». Dios te dice: «Ponte de acuerdo conmigo, yo que por ti hice pobre a mi Hijo rico». En efecto, Cristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (2 Cor 8,9). ¿Buscas oro? Él lo hizo. ¿Buscas plata? Él la hizo. ¿Buscas familia? Él la hizo. ¿Buscas ganado? Él lo hizo. ¿Buscas posesiones? Él las hizo. ¿Por qué buscas sólo lo que él hizo? Recíbele a él mismo, que lo hizo. Considera cómo te amó. Todas las cosas fueron hechas por él y sin él nada se hizo (Jn 1,3). Todo fue hecho por él y en ese «todo» se incluye él mismo. Quien hizo todas las cosas se hizo a sí mismo entre ellas. El que hizo al hombre se hizo hombre; se hizo lo que había hecho para que no pereciese lo hecho. El que hizo todas las cosas se hizo a sí mismo entre ellas. Considera sus riquezas: ¿Quién más rico que aquel por quien fueron hechas todas las cosas? Y, con todo, a pesar de ser rico, tomó carne humana en el seno de una virgen. Nació como un niño, fue colocado en pañales de niño y colocado en un pesebre; con paciencia esperó el paso de las edades, con paciencia sufrió el paso del tiempo aquel por quien fueron hechos todos los tiempos. Tomó el pecho, lloró, se manifestó como un niño. Pero, aunque yacía; reinaba; estaba en el pesebre, y contenía al mundo; a la vez que era nutrido por su madre, era adorado por los gentiles; su madre lo alimentaba y el resplandor de una estrella lo anunciaba. Tales eran sus riquezas y tal su pobreza: su riqueza te creó, su pobreza te recreó. Si él recibió hospitalidad como si fuera un pobre, se debió a benevolencia por su parte, no a que sintiera necesidad.
Quizá pienses en tu interior: «¡Dichosos los que merecieron acoger a Cristo como huésped! ¡Si yo hubiera estado allí! ¡Si hubiera sido, al menos, uno de aquellos dos a los que encontró en el camino!». Tú sigue en el camino, y Cristo será tu huésped. ¿Piensas que ya no te será posible acoger a Cristo? «¿Cómo -preguntas- voy a tener esa posibilidad? Después de resucitar se apareció a los discípulos y subió al cielo, donde está sentado a la derecha del Padre, y ya no volverá más que al final de los tiempos para juzgar a vivos y a muertos; pero ha de venir revestido de gloria, no de debilidad; vendrá a otorgar el reino, no a solicitar hospitalidad». ¿Te olvidas de que cuando venga a entregar el reino, ha de decir: Cuando lo hicisteis con uno de mis pequeños, conmigo lo hicisteis? (Mt 25,40). Él, aunque rico, sigue estando necesitado hasta el fin del mundo. Tiene necesidad, sí, pero no en la cabeza, sino en los miembros. ¿Dónde está necesitado? En aquellos miembros por los que sentía dolor cuando dijo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hch 9,4). Seamos, pues, condescendientes con Cristo. Él está entre nosotros en sus miembros; está entre nosotros en nosotros mismos.
Sermón 239,6-7
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