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-Los
criterios de Jesús ante todo
¡Jesús
no nos lo pone fácil, no! El evangelio de hoy empieza con unas frases muy
fuertes: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mi, no es digno de
mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi».
Jesús
habla así, y da la impresión como si fuera un rival, un adversario de las
personas que tenemos a nuestro lado, de las personas que nos sentimos llamados a
amar más: nuestra familia. ¿Qué quiere decir esto? ¿acaso Jesús esta en
contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de
ella?
Realmente,
¡nos resultaría muy extraño que Jesús nos pidiera semejante cosa! Sería
inhumano...
Jesús
no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella.
Pero sí nos advierte de los peligros que tenemos a la hora de pensar en nuestra
familia y en las demás cosas que tenemos cerca y queremos. Jesús nos advierte
de esto porque lo que él quiere, lo que él sí nos exige, es que, en todo lo
que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios:
lo pongamos a él, a su Evangelio, por encima de todo.
-¿Qué
quiere decir amar a los padres o a los hijos más que a Jesús? ¿Qué querría
decir, por ejemplo, amar al padre o a la madre más que a Jesús? Sería el
caso, por ejemplo, de aquel hijo que ve claro que Jesús le pide que se haga
sacerdote, o vaya a ayudar en un país del Tercer Mundo y, por miedo de lo que
dirán sus padres lo deja correr. O -más simple- aquel hijo que ve que podría
dedicar un tiempo a la semana a trabajar en algún servicio social o participar
en un grupo de reflexión cristiana, y no lo hace porque sus padres lo quieren
todo el día a su lado.
Son
ejemplos que no me invento, sino que se dan en la realidad. Es cierto que uno no
debe marchar a un país del Tercer Mundo si sus padres son muy mayores y
necesitan del hijo para que les sostenga. Pero es cierto también que los padres
no deben ser obstáculo para que el hijo pueda realizar su propio seguimiento de
Jesús.
¿Y
que querría decir, por ejemplo, amar a los hijos o a las hijas más que a
Jesús? Sería el caso, por ejemplo, de aquellos que tienen como única
preocupación que sus hijos lo tengan todo, y estén muy preparados para tener
buenos puestos en la sociedad, y se gastan mucho dinero en llevarlos a buenos
colegios, y olvidan que parte de este dinero que gastan en sus hijos deberían
gastarlo más bien en ayudar a otra gente que no tiene tantas posibilidades. O
sería el caso también de aquellos que dan a los hijos todos los caprichos, y
los maleducan haciéndoles creer que son más que los demás, y no les enseñan
el desprendimiento, ni la generosidad, ni el deseo de que en el mundo todos
seamos iguales. O el caso de aquellos que obsesionan a sus hijos con un
espíritu competitivo, y los convencen de que sólo deben vivir para estudiar, y
tratan de evitar que realicen actividades sociales o de Iglesia diciéndoles que
«esto es perder el tiempo en tonterías».
-El
espíritu del Evangelio debe impregnar nuestra vida entera.
Estos
son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia. Y es cierto que
de un modo u otro, los tenemos realmente, Y debemos estar muy atentos para
liberarnos de ellos. Porque si no, querría decir que no creemos suficientemente
en él, que no queremos realmente que el espíritu de su Evangelio impregne de
verdad toda nuestra vida.
Porque
se trata de que el Evangelio nos llene totalmente, impregne todos los poros de
nuestra piel. Por eso, Jesús, después de hablar de los padres y los hijos,
añade: «El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí».
Y
aquí esta el meollo de la cuestión. «Coger la cruz» no quiere decir
únicamente aguantar con espíritu sereno aquellos males que no podemos
resolver. «Coger la cruz» quiere decir seguir el camino de Jesús como él nos
enseñó, afrontando los esfuerzos, sufrimientos y renuncias que este
seguimiento comporta. Amar, ser generoso, trabajar al servicio de los demás,
luchar por la justicia, no es fácil.
Cuesta,
y a veces comporta rupturas, y a veces puede llegar a significar persecución
como lo significó para Jesús.
Pero
este es el camino de la felicidad y de la vida. Es el camino que nosotros
queremos seguir. Es el camino que a nosotros nos ha tocado el corazón y nos ha
cautivado por dentro.
Ahora
celebraremos la Eucaristía. Jesús, la noche antes de llegar al final de su
camino, el día antes de la cruz, nos dejó este pan y este vino como presencia
suya por siempre, como señal por siempre de su amor que es más fuerte que la
muerte, que el mal, que el pecado, que todo egoísmo. Y nosotros, cuando cada
domingo nos reunimos aquí para recibir este alimento, experimentamos su
presencia, el don de su mismo Espíritu que nos empuja en su camino. Demos
gracias por ello.
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