REFLEXIONES

 

1.MIEDOS.

Este mundo nuestro, tecnificado y prometedor, una de las cosas que más está repartiendo es miedo.

Tenemos miedo a ir por una calle desierta, a entrar en nuestro portal con un o una desconocida, a subir con él o ella en el ascensor, a abrir la puerta de casa cuando alguien, al que no identificamos, llama a ella. Es una pena. Yo recuerdo con nostalgia la época todavía reciente en la que en los pueblos no se cerraba nunca la puerta y en la que, en las capitales, se abría tranquilamente sin utilizar la "mirilla" que, evidentemente, no es un invento actual.

Hay mucho miedo a perder el empleo. Y con razón. Diariamente vemos en el periódico informes sobre la viabilidad de alguna gran empresa y como planea sobre los trabajadores la sombra del paro en un momento en el que perder un puesto de trabajo puede suponer la intranquilidad más absoluta. Ha sido el fenómeno del paro una aparición que, no hace mucho, resultaba impensable y que ahora recorre Europa y especialmente España, sembrando de miedo la vida personal y familiar.

Tenemos miedo al porvenir que no se presenta despejado por la crisis económica que no cesa y que impide ofrecer a todos los hombres una actitud serena y confiada ante el futuro. Los padres tienen miedo a que sus hijos crezcan, porque les horroriza la droga, la emancipación prematura, la rebeldía.

Los que aman tienen miedo a que el amor se esfume, porque -¡natural- mente!- sólo debe durar mientras compense y satisfaga, y en esto de la satisfacción cada cual tiene su medida.

Tenemos miedo al desastre nuclear que está ahí, agazapado, teniendo su sombra sobre una Humanidad que no ha olvidado los horrores de la bomba atómica y que, de vez en cuando, se ve sacudida por un accidente serio en una central.

Tenemos miedo a vivir, en muchas ocasiones, porque vivir significa comprometerse, dar la cara, tomar partido, definirse. Y, casi siempre, preferimos mantenernos en una discreta penumbra sin arriesgar una seguridad que nos da miedo perder.

Tenemos miedo a lo que piensen de nosotros, a perder prestigio, a que no nos consideren en todo lo que creemos que valemos. y por eso, en muchas ocasiones no somos capaces de adoptar una decisión valiente ante una situación que sabemos que no resulta de general aceptación.

En la vida de fe tenemos muchísimos miedos. Y esto sí que es incomprensible. Creo que en el terreno religioso estamos viviendo una espléndida época caracterizada por una búsqueda sincera de las raíces cristianas. Y como es natural, el horizonte de la vida de fe se ensancha ante el creyente ofreciéndole un panorama ante el que no cabe la mediocridad ni la indiferencia. Estamos dando un paso decisivo. Estamos pasando de una religión (hablo en términos generales) caracterizada por el cumplimiento y el rito a una religión caracterizada por vivencia práctica de la fe en Jesús con todas las exigencias que ello lleva consigo. Como consecuencia de este nuevo estilo, de este nuevo "aire" (quizá tenga algo que ver en todo esto el Espíritu Santo que sigue irrumpiendo en la Iglesia, afortunadamente) hay muchas formas y modos que han desaparecido, dejando a muchos cristianos en una especie de vacío que les ha producido un auténtico miedo. Es frecuente en determinados ambientes oir hablar de la desorientación que tiene el pueblo cristiano por la predicación de los llamados "teólogos punteros' (así los oí yo calificar el domingo en una Misa muy concurrida), seguramente esos teólogos que intentan acercarse al espíritu del Evangelio para descubrir hasta donde debe arriesgarse el hombre para encontrarse con Dios en el hombre.

Pues bien, de todos los miedos quiere el Señor que estén libres los suyos. El habla del miedo más íntimo, más profundo, más insalvable: el miedo a perder la vida por él. Es un miedo comprensible para el cual el Señor promete su asistencia, una asistencia que ha sido palpable y visible a través de la historia en la que miles de personas, de toda condición y estilo, han vencido con gallardía el miedo a la muerte violenta con la que se encontraron sólo por ser cristianos. Es muy posible que muchos de nosotros no lleguemos a esas situaciones extremas pero, sin embargo, tengamos miedo y miedos, algunos muy profundos. Para los miedos que invaden cuando se nos presenta la ocasión de abrirnos sinceramente a las exigencias de la fe, también son válidas las palabras del Señor asegurando que El estará cerca para hacer de nosotros hombres decididos y resueltos, capaces de salir de nosotros mismos para ir sin complejos al mundo y descubrirle esas grandes verdades en las que decimos creer.

Los otros miedos, esos miedos que se derivan de ese misterio que es la postura del hombre para el hombre, también quedarían aliviados si los hombres se decidieran a admitir a Dios en sus vidas. Es algo que cada día se ve con más claridad: Cuando más se aleja Dios del horizonte del hombre, más miedo tiene el hombre de su prójimo porque se ha convertido en su enemigo.

Hay que leer despacio el evangelio de hoy y sentir fuertemente la voz del Señor que nos asegura que estará cerca de cada una de nuestras angustias para ayudarnos a vencerlas. Es que, no podemos olvidarlo, somos discípulos de alguien que vive eficazmente.

ANA MARÍA CORTES
DABAR 1987/34


2.

La meditación puede empezar con la invocación al Espíritu en tanto que dador de fortaleza. En Pentecostés fue el primero de los frutos: los apóstoles, hombres atemorizados después de «lo que sucedió», osan salir a la calle y proclamar la salvación. No obstante, la persecución se hará presente enseguida. El Espíritu, según la promesa de Jesús, les dará palabras y coraje ante los enemigos.

La valentía es parte integrante del testimonio cristiano. El único temor que cabe es el de perder a Dios, no el ser privado de la vida de este mundo. El don de la gracia de Cristo es abundante y capacita para dar frutos de santidad.

-Valentía

Jeremías, un profeta de espíritu muy delicado, conoció una época tan turbulenta que vivió interiormente crucificado. El cuchicheo fue duro y las acechanzas constantes. No obstante, pudo poner contrapeso a favor de la ecuanimidad interna. El Señor estaba con él, se sentía acompañado de un poderoso guardaespaldas. El tropiezo y el sonrojo son para los que pretenden destrozarle y relegarle. El vidente encomienda la suerte de su vida a Dios; este Abogado es quien lleva su causa y quien gana todos los pleitos.

Jesús exhorta a sus apóstoles a no temer a los hombres. Deben ser pregoneros de su evangelio en pleno día. El temor lo infunde ya la idea de pensar que uno puede perder a Dios y, por tanto, llegar a la máxima frustración. El cristiano no está moviéndose encima de una cuerda sin red debajo, sino que tiene la máxima seguridad en sus movimientos. Porque Dios cuida íntimamente de él. Es Padre que se ocupa de todo lo que precisan sus hijos. Si tiene un cuidado especial de los gorriones, ¿cómo dejará sin atención a unos que han sido hechos por Él mismo a su imagen y semejanza? Cristo será nuestro valedor a la hora del juicio si ahora sabemos serlo de El.

Examine cada uno sus temores en relación con el testimonio cristiano. Considere qué le mueve en su obrar ¿la prudencia de la carne o la prudencia de quien ha edificado sobre la roca? ¿lmporta más el quedar bien que la afirmación del Evangelio? ¿Cede incluso uno a criterios de mayorías intraeclesiales simplemente para demostrar que se es abierto según los criterios en boga? ¿Penetra mucho la mundanidad en la motivación de mi actuar?

-Desproporción

El cristianismo quiere afirmar, por encima de todo, la gracia de Cristo. Como revelación histórica no puede prescindir del hecho del pecado arraigado en el hombre desde el inicio de su existencia. Pero está claro que lo que de verdad pesa es la gracia de Cristo. Nunca, nunca, el pecado será más fuerte que el don salvador de Jesús. Por Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordan sobre todos. Los fieles debemos dar gracias por ello y tener un sentido realista de una historia en la que el bien, en Cristo, es contraste suficiente para equilibrar la marcha del mundo y para que los hombres puedan descubrir el valor de la opción por el bien evangélico. Esta gracia de Cristo es la valentía de todo cristiano.

-Una plegaria

Decirle a Dios que uno confía plenamente en EI - Pedir perdón por todos los miedos y cobardías en lo tocante a la fe - Suplicar el don de una infinita confianza en la providencia divina - Pedir la valentía para un testimonio abierto y gozoso de Cristo.

J. GUITERAS
ORACIÓN DE LAS HORAS 1993/05.Pág. 235 s.


3.

Introducción

Hermanos: en un momento en que todos pregonan sus verdades, en un momento en que muchos se ríen y ridiculizan todo cuanto tenga relación con lo religioso, en un momento en que no sabemos cómo ser fieles a nuestra tarea de evangelizar, la Palabra de Dios de este domingo sale a nuestro paso para decirnos: «Lo que os digo de noche, decidlo en pleno día; y lo que os digo al oído, pregonadlo desde las terrazas.» He aquí un desafío para nuestro cristianismo.

BENETTI-A/3.Págs. 96


4.

NO TENGÁIS MIEDO

La verdad es que temor, lo que se dice temor, no es precisamente la tentación del cristiano. Por eso, la insistencia del evangelio -tres veces lo repite Mateo en seis versos- en que depongamos el miedo nos resulta artificial y embarazosa. ¿Por que hablamos de tener miedo los cristianos, si hemos ido eliminando de la religión todo cuanto pudiera complicarnos la vida?

Sin embargo, Jesús insiste en que no tengamos miedo a los que pueden matar el cuerpo. Pero ¿qué mal hemos hecho nosotros, los cristianos, para que puedan asesinarnos o condenarnos a muerte los tribunales? Vamos a misa, hacemos la primera comunión, nos bautizan, rezamos el credo, hacemos obras piadosas y buenas. Y si alguna vez -contadas veces- salimos de la sacristía, lo hacemos ordenadamente y en procesión. ¡Ah!, y con el visto bueno de los turistas.

Nosotros no nos metemos con nadie. En nombre de Dios, nos hemos puesto de acuerdo con todo el mundo y lo dejamos en paz. Los negocios son los negocios, lo temporal es lo temporal, la vida es la vida, la política es la política, y la Iglesia es la Iglesia. Así de sencillo. Que la gente muere de hambre, que no tienen casa, que no pueden ir a la escuela, que no cobran lo justo, que no tienen libertad, que no pueden asociarse... es decir: que los cojos siguen cojeando, que los ciegos siguen sin ver y los sordos sin oír y los mudos sin hablar y los muertos sin vida y los pobres sin recibir una palabra de aliento... todo eso es cosa de la política. Nosotros, ¡a lo nuestro!

Entonces, ¿por qué diría Jesús que no tuviésemos miedo7 Posiblemente se equivocó, o exageraba, o tal vez se refiriese sólo a los tres primeros siglos del cristianismo. ¿O estamos equivocados nosotros, que, por miedo a los que sólo pueden matar el cuerpo, nos refugiamos en la sacristía? Una cosa hay cierta. Confesar a Dios delante de los hombres no es recitar el credo en misa. Es dar la cara por Jesús y por los pobres donde haga falta, ante quien sea y pase lo que pase. Y para eso sí que hace falta no tener miedo.

EUCARISTÍA 1973/37


5.

ENTRADA

Todos los que estamos hoy aquí reunidos tenemos "carnet" de cristianos. Por medio de los sacramentos del bautismo y de la confirmación nos encontramos con Cristo un día y decidimos vivir su mensaje con todas las consecuencias. Hoy es necesario, para ocupar cualquier puesto de cierta responsabilidad, el tener audacia, valentía. En el ambiente en el que vivimos y trabajamos, nuestro testimonio cristiano ha de ser valiente y audaz; no avergonzándonos nunca de ser testigos del Señor, proclamando la hermandad y la fraternidad entre todos los hombres. Y no tengamos miedo, las lecturas de hoy nos traen una palabra de aliento para aquellos de entre nosotros que lo vemos todo oscuro, sin salida, difícil. Hablemos alto y fuerte, porque Jesús está de nuestra parte.


6.

TODA VIDA ES MISIÓN (1. lectura y evangelio)

El texto de Jeremías y el evangelio se refieren a la misión y sus dificultades. ¿Cómo se puede situar a los oyentes ante estas lecturas? Sería fácil si se tratase de un público especializado. Pero, dada la heterogeneidad de nuestras asambleas (los diferentes niveles de compromiso apostólico) tal vez sea preferible comunicar el sentido de la misión de manera global. Es decir, hablar de vida cristiana en sí misma, como misión. Se puede introducir en un momento u otro, una exhortación al progreso hacia un mayor grado de testimonio por medio de grupos apostólicos, colaboración parroquial, compromiso... La homilía, con un tono realista, podría versar sobre la fortaleza o valentía que reclama la profesión de la fe en todo momento.

En cierta manera, el caso de Jeremías y la exhortación de Cristo ofrecen situaciones límite. La reflexión homilética podría partir de la vida cotidiana. Vivir la fe no es fácil. El existir cristiano en el nivel personal, familiar, laboral y relacional lo demuestra a cada momento. Perseverar en un comportamiento moral coherente es difícil. Las pasiones ya dificultan el desarrollo de la fe; también juega un papel importante el miedo al ambiente. Todos conocemos la importancia de la presión social y más todavía en un mundo masificado por la propaganda.

La fe pide valentía y se vive en un conjunto de disposiciones (constancia, perseverancia, etc.) que forman juntas la fortaleza. La profesión de la fe ha de ser vista como un camino que se abre haciéndolo. El camino no es fácil. La reacción espontánea es la denegación del esfuerzo y el refugio en la facilidad. La exhortación se sitúa, pues, en el progreso de la fe. Es evidente la existencia de obstáculos, pero el éxito es de los audaces. Aquí cabe un catálogo de actitudes: saber valorar la fe como don, establecer unos medios adecuados para vivirla, tener un plan de vida y observarlo, no hacerse atrás en los momentos difíciles, tener sentido de esperanza, no agobiarse en el dolor, prescindir del respeto humano, incluir en la normalidad de la vida la incomprensión necesaria...

La vida del Señor, la de María y la de los santos no fue fácil. Son modelos de fortaleza. Concretando, de una manera más ordenada se puede sugerir la aplicación en la vida personal (valentía para acoger la Palabra, saber empezar una y otra vez, renovar la caridad), en los quehaceres temporales (fortaleza para mejorar la vida familiar, el trabajo, las actividades) y que un cristianismo vivido seriamente muchas veces comporta dolor (crítica, ser mal visto y atacado, perseguido, etc).

La profesión de fe se presenta en todos los niveles bajo el signo de la lucha. Hay que huir del miedo y optar por la valentía. En realidad luchamos por UNA VIDA que nadie nos puede arrebatar.

La Eucaristía, pan de vida, convendría conectarla con la fortaleza. Es el sacramento que nos asegura el poder hacer camino.

J. GUITERAS
MISA DOMINICAL 1975/13