SAN AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO

Mt 10,26-33: No temo, porque temo

Las palabras divinas que nos han leído nos animan a no temer temiendo y a temer no temiendo. Cuando se leyó el evangelio, advertisteis que Dios nuestro Señor, antes de morir por nosotros, quiso que nos mantuviéramos firmes; pero animándonos a no temer y exhortándonos a temer. Dijo, pues: No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma (Mt 10,28). Ahí nos animó a no temer. Ved ahora dónde nos exhortó a temer: Pero temed a aquel -dijo- que puede matar el alma y el cuerpo en la gehenna (ib.). Por tanto, temamos para no temer. Parece que el temor va asociado a la cobardía; parece que el temor es propio de los débiles, no de los fuertes. Pero ved lo que dice la Escritura: El temor del Señor es la esperanza de fortaleza (Prov 14,26). Temamos para no temer, esto es, temamos prudentemente, para no temer infructuosamente. Los santos mártires... temiendo no temieron: temiendo a Dios, desdeñaron a los hombres.

¿Qué ha de temer el hombre de parte de otros hombres? ¿Y con qué puede aterrar un hombre a otro hombre? Le aterra diciéndole: «Te mato». Y no teme que quizá muera él antes, mientras amenaza. Él dice: «Te mato»; pero ¿quién lo dice y a quién lo dice? Escucho a dos, a uno que amenaza y a otro que teme; uno de ellos es poderoso, el otro débil, pero ambos son mortales. ¿Por qué se excede en el honor la hinchada potestad, que en la carne es igual debilidad? Intime confiado la muerte quien no la teme personalmente. Pero, si teme esa muerte con que amenaza, reflexione y compárese con aquel a quien amenaza. Descubra en él una condición común, y, juntamente con él, pida misericordia al Señor. Porque es un hombre y amenaza a un hombre, una criatura a una criatura; la una que se hincha ante su Creador y la otra que huye hacia el Creador.

Diga, pues, el valerosísimo mártir, como hombre que está ante otro hombre: «No temo, porque temo. Tú no ejecutarás tu amenaza, si él no quiere. En cambio, nadie impedirá que él lleve a cabo la suya. Y, con todo, si él lo permite, ¿qué puedes hacerme con esa amenaza? Puedes ensañarte con la carne, pero el alma está segura. No darás muerte a lo que ni ves, pues como visible aterras a otro visible. Ambos tenemos un Creador invisible, a quien debemos temer juntos. Él creó al hombre de un elemento visible y de otro invisible: hizo al hombre visible de tierra, y animó el invisible con su aliento. Por consiguiente, la sustancia invisible, es decir, el alma que levantó de la tierra la tierra postrada, no teme cuando hieres la tierra. Puedes herir la morada, pero ¿puedes herir al morador? Éste está atado, y si rompes su atadura, huye para ser coronado en lo oculto. ¿Por qué amenazas, si nada puedes hacer al alma? Este cuerpo al que puedes dañar resucitará gracias al alma a la que nada puedes hacer. También la carne resucitará, por mérito del alma. Será devuelta a su morador, no para caerse, sino para mantenerse». Estoy repitiendo las palabras del mártir: «Mira; no temo tus amenazas, ni siquiera pensando en la carne». La carne pende de una autorización, pero los cabellos de la cabeza están contados para el Creador. ¿Por qué he de temer perder la carne, si no pierdo ni un cabello? ¿Cómo no atenderá a mi carne, quien conoce lo más vil que tengo? El cuerpo mismo, que puede ser herido y muerto, será ceniza por algún tiempo, pero en la eternidad será inmortal. ¿Y para quién será? ¿A quién se devolverá para la vida eterna ese cuerpo muerto, magullado, destrozado? A quién se devolverá? A aquel que no temió entregar su vida, ni teme cuando dan muerte a su carne.

Sermón 65,1-3 (Sigue)