SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
Rom 5,6-11: Tal es la gracia que hemos recibido
No éramos buenos; se compadeció de nosotros y envió a su único Hijo para que muriese, no por los buenos, sino por los malos; no por los justos, sino por los impíos. He aquí que Cristo murió por los impíos. ¿Cómo sigue? Apenas hay quien muera por un justo; pero, efectivamente, quizá alguien se atreva a morir por una persona de bien (Rom 5,6-7). Tal vez se encuentre alguien que esté dispuesto a morir por una persona buena. Mas por una persona injusta, impía, inicua, ¿quién iba a querer morir, sino solamente Cristo, justo hasta el punto de santificar a los injustos? Por lo tanto, hermanos, no poseíamos ninguna obra buena; todas eran malas. Pero aun siendo malas las obras de los hombres, por su misericordia no les abandonó y, siendo merecedores de pena, él, en lugar del castigo que merecían, les otorgó la gracia que no merecían. Envió al Hijo para rescatarnos, no con oro ni con plata, sino con el valor de su sangre derramada, como cordero inmaculado conducido al sacrificio en favor de las ovejas manchadas, si es que sólo manchadas y no totalmente ennegrecidas. Tal es la gracia que hemos recibido. Vivamos, pues de manera digna de la misma, para no hacer injuria a gracia tan sublime. Un médico extraordinario vino hasta nosotros y perdonó todos nuestros pecados. Si queremos enfermar de nuevo, no sólo seremos perniciosos para nosotros mismos, sino también ingratos para con el médico.
Sigamos, pues, los caminos que él nos mostró, sobre todo el de la humildad. Tal se hizo él para nosotros. Nos mostró el camino de la humildad con sus preceptos y lo recorrió él mismo padeciendo por nosotros. No hubiera sufrido, si no se hubiera humillado. ¿Quién sería capaz de dar muerte a Dios, si él no se hubiera rebajado? Cristo es, en efecto, Hijo de Dios, y el Hijo de Dios es ciertamente Dios.
Sermón 23 A, 2-3
![]()