SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
Rom 4,18-25: Quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti
Por lo tanto, hermanos míos, conservemos esta justificación en la medida en que la poseamos, aumentémosla en la proporción que requiera su pequeñez, para que sea plena cuando lleguemos al lugar donde se dirá: ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria? ¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón? (1 Cor 15,55). Todo proviene de Dios, sin que esta afirmación signifique que podamos echarnos a dormir o que nos ahorremos cualquier esfuerzo o hasta el mismo querer. La justicia de Dios no residirá en ti, si tú no quieres. Pero, aunque la voluntad no es sino tuya, la justicia no es más que de Dios. La justicia de Dios puede existir sin tu voluntad, pero no puede existir en ti al margen de tu voluntad. Se te ha manifestado lo que debes hacer. La ley te dice: «No hagas esto o aquello; haz esto y lo otro». Se te ha manifestado, se te ha mandado, se te ha descubierto: si tienes corazón, sabes qué has de hacer; si conoces la fuerza de la resurrección de Cristo, pide el poder hacerlo. Pues fue entregado por nuestros delitos y resucitó para nuestra justificación (Rom 4,25).
¿Qué significa: para nuestra justificación? Para justificarnos, para hacernos justos. Serás obra de Dios, no sólo en cuanto hombre, sino también en cuanto justo. Mejor es para ti ser justo que ser hombre. Si el ser hombre es obra de Dios y el ser justo obra tuya, al menos esta obra tuya es más grande que la de Dios. Pero Dios te hizo a ti sin ti. Ningún consentimiento le otorgaste para que te hiciera. ¿Cómo podías dar el consentimiento, si no existías? Quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti. Por lo tanto, creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él. Con todo, él es quien justifica para que no sea justicia tuya; para no volver a lo que para ti es daño, perjuicio, estiércol, hállate en él desprovisto de justicia propia, la que procede de la ley, pero poseyendo la que llega por la fe en Cristo, la justicia que proviene de Dios: la justicia de la fe para conocerle a él y la fuerza de su resurrección y la participación en sus dolores (Flp 3, -10). También ella será tu fuerza; la participación en los dolores de Cristo será tu fuerza.
Sermón 169,13
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