12
HOMILÍAS MÁS PARA EL DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO
7-12
7.
La advertencia de Jesús es fácil de entender. "No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto. No se cosechan higos en las zarzas, ni se vendimian racimos en los espinos".
En una sociedad dañada por tantas injusticias y abusos, donde crecen las «zarzas» de los intereses y las mutuas rivalidades, y donde brotan tantos «espinos» de odios, discordia y agresividad, son necesarias personas sanas que den otra clase de frutos. ¿Qué podemos hacer cada uno para sanar un poco la convivencia social tan dañada entre nosotros? Tal vez hemos de empezar por no hacerle a nadie la vida más difícil de lo que ya es. Esforzarnos por vivir de tal manera que, al menos junto a nosotros, la vida sea más humana y llevadera. No envenenar el ambiente con nuestro pesimismo, nuestra amargura y agresividad. Crear en nuestro entorno unas relaciones diferentes hechas de confianza, bondad y cordialidad.
Son necesarias también personas que sepan acoger. Cuando escuchamos y acogemos a alguien, lo estamos liberando de la soledad y le estamos infundiendo nuevas fuerzas para vivir. Por muy difícil y dolorosa que sea la situación en que se encuentra, si la persona descubre que no está sola y tiene a alguien a quien acudir, nacerá de nuevo en ella la esperanza. Qué gran tarea puede ser hoy ofrecer refugio, acogida y respiro a tantas personas maltratadas por la vida.
Hemos de desarrollar también mucho más la capacidad de comprensión. Que las personas sepan que, hagan lo que hagan y por muy graves que sean sus errores, en mí encontrarán siempre a alguien que las comprenderá. Tal vez hemos de empezar por no despreciar a nadie ni siquiera interiormente.
No condenar ni juzgar precipitadamente y sin compasión alguna. La mayoría de nuestros juicios y condenas de las personas sólo muestran nuestra poca calidad humana. Es también importante poner fuerza interior en el que sufre. Nuestro problema no es tener problemas, sino no tener fuerza para enfrentarnos a ellos. Junto a nosotros hay personas que sufren inseguridad, soledad, fracaso, enfermedad, incomprensión... No necesitan sólo recetas para resolver su crisis. Necesitan a alguien que comparta su sufrimiento y ponga en sus vidas la fuerza interior que las sostenga.
El perdón puede ser otra fuente de esperanza en nuestra sociedad. Las personas que no guardan rencor ni alimentan de manera insana el odio o la venganza, sino que saben perdonar desde dentro, siembran esperanza en el mundo. Junto a esas personas siempre crecerá la vida.
No se trata de cerrar los ojos al mal y a la injusticia del ser humano. Se trata sencillamente de escuchar la consigna de san Pablo: "No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien". La manera más sana de luchar contra el mal en una sociedad tan dañada en algunos valores humanos es hacer el bien «sin devolver a nadie mal por mal...; en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres» (Rm 12, 17-18).
JOSE ANTONIO
PAGOLA
SIN PERDER LA DIRECCION
Escuchando a S.Lucas. Ciclo
C
SAN SEBASTIAN
1984.Pág. 73 s.
8. J/VENCEDOR
El próximo domingo iniciaremos el tiempo de Cuaresma que nos ha de guiar hacia la gran celebración de la Pascua. Por tanto, terminamos hoy este primer período de domingos del tiempo ordinario durante el cual nos hemos fijado especialmente en las lecturas de la primera carta de san Pablo a la comunidad cristiana de la ciudad de Corinto. Dediquemos aún hoy este comentario al mensaje del apóstol.
-Jesucristo no es sólo...
Terminaba el evangelio de hoy con estas palabras de Jesús: "Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca". ¿De qué estaba lleno y rebosaba el corazón de san Pablo de modo que hablara una y otra vez de ello?
Lo hemos escuchado en el fragmento de su carta que hoy hemos leído (un fragmento que corresponde casi al final de esta primera carta a los corintios y es como una expansión, un canto de conclusión). Una palabra repite por tres veces: la palabra victoria. Una palabra que expresa aquello de lo cual el corazón de Pablo estaba lleno hasta rebosar y moverle a repetirlo una y otra vez en sus cartas a aquellas iniciales comunidades de cristianos.
¿Victoria, de qué victoria se trata? En primer lugar y fundamentalmente, se trata de la victoria de Jesucristo. Para san Pablo, Jesús es sobre todo el Resucitado, el Viviente; es decir, el Victorioso. Este es el centro de la predicación de san Pablo y sin entender esto no se entiende nada de su apasionado mensaje. Jesús no es sólo ni sobre todo un sorprendente predicador de una nueva moral basada en el amor; ni es tampoco sólo y sobre todo el revelador y comunicador de un nuevo modo de entender a Dios como Padre amoroso y cercano; ni tampoco es sólo y sobre todo un ejemplo admirable de un modo de vivir en comunión con el Padre y fraternalmente solidario con los hombres, especialmente los más necesitados de amor. Es todo eso, pero es más, un más que da sentido y fuerza y consistencia a todo eso.
-... es sobre todo el Vencedor
Jesús es además y sobre todo -tal como lo anuncia Pablo- aquel que ha vencido, es el Victorioso, el Vencedor. Lo que da sentido y fuerza y consistencia a todo lo que Jesús de Nazaret hizo y dijo es el hecho de su resurrección, el hecho de que Dios Padre le resucitara y así le constituyera en Señor, en el Cristo, el iniciador y fundamento de una nueva creación. Con Jesús resucitado se ha iniciado el Reino de Dios en la tierra. ¿Por qué y cómo? Porque Jesús, con su entrega de amor hasta el extremo -con su amor de Hijo de Dios que se da hasta la muerte- ha vencido todo lo que hay de mal en el mundo. Ha vencido todo mal, todo pecado. Ha vencido aquello que en el lenguaje de san Pablo resume e incluye todo mal: la muerte.
-Vivir compartiendo la victoria de Jesús
Esto es lo que san Pablo repite una y otra vez porque de ello su corazón de convertido por su encuentro con Jesús resucitado está lleno hasta rebosar. Cree y está convencido que este hecho -Jesús es el Victorioso- es lo que ha cambiado la existencia humana, es la gran revelación y comunicación de Dios a los hombres, a todos los hombres.
Y por eso su apasionamiento para que quienes han creído en Jesús -aquellas primeras pequeñas comunidades de seguidores de Jesús- estén bien convencidas de esta victoria y descubran que creer en Jesús significa compartir su victoria. Es decir, vivir también como vencedores. Aunque lo que hay de mal, de pecado, de muerte en el mundo y en nuestra vida, siga presente, hiriéndonos con su aguijón y su fuerza. Pero en el fondo y radicalmente, creemos que Jesús ha vencido y que su amor y su gracia tienen suficiente fuerza -la fuerza de Dios- para hacernos vivir ya en la nueva creación, en su Reino, ya ahora y con la esperanza de vivirlo después plenamente. El cristiano puede ser aquí y ante el mundo un perdedor (como lo fue Jesús crucificado) pero en su corazón creyente se sabe partícipe de la victoria del Resucitado. Por eso Pablo dice -casi podríamos decir que grita- a sus cristianos: "¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!".
***
Decía al principio que el próximo domingo -y antes ya este miércoles de ceniza iniciaremos el tiempo de Cuaresma. Etapa de renovación de nuestra vida como cristianos, invitación a la conversión más radical y honda de toda nuestra vida a lo que significa creer y seguir a Jesús. Y podríamos decir que la Cuaresma es, básicamente, una oportunidad que se nos brinda a todos nosotros de unirnos más de verdad a la lucha y a la victoria de Jesucristo. Por eso la Cuaresma conduce y desemboca en la gran celebración cristiana que es la Pascua, la celebración de la Resurrección, la celebración de la Victoria. Aquella victoria que anuncia, conmemora y comunica la Eucaristía -la acción de gracias al Padre- que nos reúne cada domingo.
JOAQUIM
GOMIS
MISA DOMINICAL 1995, 3
9.
Llevamos varios domingos repasando en la liturgia el largo discurso que hace Jesús a sus discípulos, a los que le van siguiendo y aceptando su mensaje. Con el texto del Evangelio que hemos leído terminan de momento las palabras del Señor. Si el discurso comenzó con las Bienaventuranzas, termina con una llamada a la autenticidad.
Si uno quiere ser de verdad discípulo, seguidor de Jesús, es algo que se ha de notar en su propia vida. No parece que a Jesús le preocupen demasiado las etiquetas, ni propiamente la trasmisión fiel de una «doctrina» sobre Dios ni sobre el Reino de Dios. A los discípulos les encarga que se distingan por los hechos, de tal manera que aquel que haga las obras que hace Jesús, puede considerarse no lejos del Reino de Dios, buen discípulo o en buen camino para serlo. No está el problema en la marca, sino en la calidad y en los resultados. Importan los frutos.
Con esta manera de pensar, Jesús entra dentro de una larga tradición sapiencial de elevada sensatez, tal como nos describía la primera lectura: «el hombre se prueba en su razonar; el fruto muestra el cultivo de un árbol».
Y en esta línea formadora de buenos discípulos, comprometidos incluso en tareas de responsabilidad comunitaria, Jesús el Maestro nos recuerda algunos rasgos bastante elementales:
1. RESPONSABILIDAD
No puedes tomarte a la ligera tu condición de discípulo seguidor de Jesús. Si has tomado tus compromisos bautismales y los has renovado ya maduro, has de ser consecuente. Tienes que velar por la buena salud de tu fe y de tu esperanza. Se te pueden y deben encomendar responsabilidades de ayuda a otros en la comunidad.
Has de ser serio en tu propia preparación y continua evangelización. La vida evangélica de otros muchos puede depender de tu buena disposición. San Pablo mismo nos decía hoy en su carta «trabajad siempre por el Señor, sin reservas». Bastantes confiarán en ti, han de poder confiar en ti, en tu palabra, en tus consejos e indicaciones. Van a observar tus entradas y salidas, tus comportamientos cotidianos. A veces de buena fe, otras veces simplemente para disculparse.
«¿Cómo puede un ciego ser guía de otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?» Es muy probable que Jesús se refiera más directamente a los «malos pastores», escribas y fariseos, que tienen abandonadas a las ovejas. Pero sin duda con el paso de los años es una crítica y un llamada a cuidar más las tareas y responsabilidades que cada uno tenemos en la comunidad: Responsables, Pastores, Catequistas, Predicadores, Confesores, Animadores, etc. El Señor que nos ha encomendado el «amarnos unos a otros», espera que nos ayudemos de verdad unos a otros.
2. CORRECCIÓN FRATERNA
Es consecuencia del punto anterior: el ayudarnos unos a otros. ¿Cómo en concreto? En primer lugar valorando el esfuerzo, la fidelidad en la dificultad, la coherencia en la vida, etc. Pero también es un modo de ayudar el mostrar los fallos, animar en las debilidades, corregir lo mal hecho. NUNCA JUZGANDO, porque hay un mandato del Señor, pero sí deseando un mejor rendimiento evangélico de nuestros compromisos. Difícil y delicado. Supone un ponerse a tiro, un clima de ayuda mutua y confianza sincera...
Pero sobre todo supone en el discípulo o maestro o en el catequista o responsable un esfuerzo personal por ser él mismo coherente y sincero «¡Hipócrita! Sácate primero la vida de tu ojo...». No parece el Evangelio muy proclive a estas prácticas, porque siempre nos quedará a cada uno mucho por andar; antes de corregir a otros, tendremos tanto o más que ser corregidos nosotros mismos.
Parece, sin embargo, el Señor más partidario de la «corrección indirecta», la que brota del buen ejemplo. Es verdad: lo que mueve muchas veces a mejorar es ver tanta generosidad y autenticidad silenciosa. Esto se puede ver... si quisiésemos mirar a nuestro alrededor. ¡Hay tanta gente sencilla tan «edificante», tan sincera y esforzada!
3. AUTENTICIDAD
En los cuatro evangelios hay una continua llamada a prestar atención al criterio de autenticidad del buen discípulo: el fruto de su vida. Los frutos del Reino que va haciendo visible en el mundo la comunidad cristiana. La novedad de vida ya presente en todo aquel que antepone a su propio bien el bien del otro, el interés colectivo por encima del individual, la bondad y el perdón por encima de la condena y agresión. Y todos los temas anteriores de su discurso.
El mejor «evangelio», la mejor «buena noticia» para nuestro modo es una vida evangélica, sencilla pero auténtica, sin pretensiones pero sin concesiones a intereses cortos: ambición, intolerancia, discordia, idolatría, partidismo, etc. Es lo que San Pablo llamará los «frutos de los bajos instintos». La verdad principal es ésta: «Cada árbol se conoce por su fruto: el que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien».
JUANJO
MARTINEZ DOMINGO
DABAR 1995, 15
10.
1. «Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca».
Conviene partir de esta sentencia final para reflexionar sobre el evangelio de hoy (que contiene además otras sentencias). La relación entre lo que pensamos interiormente y lo que expresamos, entre el corazón y la palabra, es normalmente una relación de correspondencia. En Dios el Verbo, su Palabra encarnada, es la expresión exacta del que habla, del Padre. En los seres infrahumanos, su forma externa revela su esencia: si un animal ladra, se sabe que es un perro. En los hombres, que pueden mentir, hay que andar con más cuidado y examinar detenidamente su conducta: a la larga será no una palabra sino todo su comportamiento lo que revele su actitud interior. Al igual que el árbol se conoce por su fruto, así también el hombre se conoce por todo su comportamiento. Jesús nos da dos indicaciones al respecto: ante todo el hombre que ha de juzgar a otro debe ser alguien que ve espiritualmente, no un ciego o alguien que cree o no cree ciegamente. Después, antes de intentar enmendar el equívoco en otro, debe examinar si entre lo que siente su corazón y lo que dice su boca hay una auténtica correspondencia. Conviene primero ajustarse a la medida de Cristo, que es la verdad total y definitiva de su Padre; y tras haberse apropiado realmente de esta medida, se estará más cerca de la forma correcta de ser veraz. Las indicaciones de Jesús para juzgar a los hombres se mueven entre la prudencia humana práctica y su propia comprensión divino-humana de la verdad.
2. «En su reflexión se ven las vilezas del hombre» (texto de la primera lectura según la Biblia de Jerusalén).
El texto del Antiguo Testamento establece la misma proporción entre las convicciones de un hombre y su expresión. (En el texto no se trata de probar a un hombre, sino del criterio válido para probarlo). Del mismo modo que Jesús quiere que se juzgue al corazón según lo que habla la boca (como se conoce al árbol por su fruto), así también el sabio recomienda ya no elogiar a nadie antes de haber escuchado su palabra como prueba de su corazón. Como los hombres pueden mentir y disimular hay que observar en cada persona si realmente se da una correspondencia entre su corazón y su boca.
3. «Trabajar siempre por el Señor, sin reservas».
Si se quiere insertar la segunda lectura en este contexto, hay que tener presente la recomendación de Pablo de que el cristiano tiene que trabajar siempre -lo que también puede incluir nuestro juicio sobre los hombres y las relaciones humanas- «sin reservas», según el criterio con el que Jesús juzga las cosas de este mundo. El las valora a la luz de la verdad eterna, donde lo perecedero ha recibido su forma final definitiva e imperecedera. Si se nos dice que «el día del juicio los hombres darán cuenta de toda palabra falsa que hayan pronunciado» (Mt 12,36), entonces no sólo Jesús sino también su discípulo puede distinguir ya en la tierra entre un discurso fecundo y un discurso estéril. El Señor «no dejará sin recompensa esta fatiga». Ciertamente hay discursos que sólo conciernen a los asuntos temporales, pero también éstos deben ser pronunciados con una responsabilidad definitiva.
HANS URS von
BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C.
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág.
259 s.
11. DIME DE QUÉ HABLAS Y...
Más de una vez hemos admirado la sabiduría encerrada en los viejos refranes. Los refranes son sentencias llenas de experiencia popular y humana, de sentido común. Los «sénecas» de todas las épocas han sabido concentrar, en pocas palabras, largas y probadas vivencias. La sabiduría, los proverbios, el Eclesiástico -del cual leemos hoy un pasaje-, son recopilaciones felices de sentencias morales, muy aptas para el hombre de todos los tiempos. También Jesús acudió a este estilo de la sabiduría popular. Y, en el evangelio de hoy vemos muy claro, cómo, para inculcarnos dos valores imprescindibles -la Verdad y la Bondad- se valió de cuatro expresivas sentencias.
LA VERDAD.-«No puede un ciego guiar a otro ciego, porque ambos caerán en el hoyo». Se refería indudablemente a los fariseos, presuntuosos de la Ley, sí, pero poco receptivos a la Verdad, que no podían, por tanto, guiar al pueblo de Israel con garantía. Se refería a sus discípulos, a los que más tarde les diría: «El que a vosotros oye, a mí me oye». Y se refería, por supuesto, a nosotros que estamos llamados a ser «luz del mundo». De difícil manera podremos inundar a nadie de luz, si antes, no nos hemos llenado de ese Jesús que nos dice: «El que me sigue, no anda en tinieblas».
Si no lo hacemos así, pronto caeremos en la otra sentencia que también hoy Jesús nos dice: «Veréis la mota en el ojo ajeno y no veréis la viga en el vuestro». Es decir, veremos desenfocada y parcialmente. Denunciaremos los defectos de los demás y los nuestros quedarán en penumbra.
LA BONDAD.-Pero, por encima de todo, lo que Jesús buscaba en nosotros era la bondad: «Esta es la voluntad de Dios: que seáis santos como el Padre celestial es santo». A eso se dirigió toda la aventura humana de Jesús. ¡Qué bien lo resumió San Lucas: «Pasó haciendo el bien»! A eso se emplazó su Encarnación, su Muerte y su Resurrección. A purificar de raíz, con su «gracia», toda nuestra naturaleza viciada. Por una elemental razón que el mismo Jesús nos aclara con su refrán en el evangelio de hoy: «Porque un árbol malo no puede dar frutos buenos».
Jesús debió de fijarse mucho en aquellos injertos que hacían los labradores. Y, desde esa experiencia, habló: «Del mismo modo que los sarmientos no pueden dar fruto si no están unidos a la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis unidos a mí». Injertarse en Cristo será, por tanto, el secreto y la garantía.
Efectivamente. Ese aceptar la transformación en Cristo y desde Cristo, ese «vivir en El» -«mi vivir es Cristo», decía Pablo-, estallará en una espléndida y primaveral cosecha de buenas obras. «Porque el que es bueno, de la bondad que atesore en su corazón, saca el bien». De la bondad interior brotarán espontáneamente las acciones buenas, hasta las palabras buenas.
Eso, «las palabras buenas». Hoy, parodiando el viejo refrán, podríamos decir: «Dime de qué hablas y te diré quién eres». En efecto, ¿de qué habla el hombre de hoy? Un rápido análisis nos llevaría a comprobar que el sexo, el dinero, la consecución del poder o del placer son temas que se repiten y se repiten en nuestra conversación de cada día. ¿Esas son, entonces, las máximas aspiraciones de nuestro corazón? Porque dice Jesús: «De la abundancia del corazón habla la boca». ¿No habrá manera, amigos, de que «otras» abundancias más altas nos broten del corazón?
ELVIRA-1.Págs. 238 s.
12.
Frase evangélica: «Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca»
Tema de predicación: EL DISCÍPULO EJEMPLAR
1. Para especificar las actitudes que deben tener los discípulos, Jesús afirma cuatro cosas: un ciego no es un buen guía; un discípulo no es más que su maestro; la viga en el ojo propio es mayor que la mota en el ojo ajeno; y todo árbol debe ser podado para que dé fruto abundante
2. El verdadero discípulo cristiano se reconoce por su misericordia y por sus obras. Para guiar a otros hace falta lucidez; para dejarse guiar es preciso tener confianza. Sin autocrítica no es posible ejercer la crítica.
3. Lo que importa es la palabra que sale del corazón, lo que va de dentro afuera: así es el amor. Es secundario lo que procede del mero cumplimiento: así es la ley. Pero, en definitiva, lo que importa es hacer, dar fruto.
REFLEXIÓN CRISTIANA:
¿Por qué juzgamos mucho más duramente a los demás que a nosotros mismos?
¿Con qué criterios decimos que se producen frutos?
CASIANO
FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 285 s.
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