MEDITACIÓN LITÚRGICA

Este domingo nos sitúa ante una doble temática muy profunda: el destino de los hombres, que son a imagen del Adán terreno, es ser imagen del Hombre celestial; y la compasión -la misericordia- como realidad que da la talla de los hijos de Dios.

¡Bonito tema el de la imagen! Marca la vocación del cristiano. Lo que se muestra hoy es la identificación con el Hombre nuevo, Cristo muerto y resucitado. El tema de la misericordia, eje nuclear a lo largo de la historia de la salvación, es una exigencia de la unión con Cristo, del hecho de ser hijos del Padre de los cielos.


La imagen

Reza el libro del Génesis que Adán fue creado a imagen y semejanza de Dios. Expresión que resalta la grandeza del hombre. El Señor lo creó después de deliberar consigo mismo, indicio de la grandiosidad de la obra que iba a realizar. El hombre será centro de lo creado. El hecho de ser imagen de Dios comporta una dignidad y una vocación. ¡El hombre -todo hombre- será intangible! Ponerle las manos encima es ponerlas sobre Dios. Pero, de la dignidad reconocida, hay que pasar al talante que conlleva esta dignidad. Se trata de la vocación. Implica reconocer la gloria de Dios a través de una vida acorde con el querer del Hacedor. La imagen de Dios deberá resplandecer en el hombre. Su relación con Yhavé será cordial. Su conducta con los demás será fraternal.

Pero, el hombre fue frívolo y frágil. No supo mantenerse unido y confiado a su Señor. Sus devaneos y delirios de grandeza le llevaron a pecar. La suerte cambió de sentido. Por el pecado que se hizo presente. ¡El que aspiraba a encumbrarse sólo podrá reconocer su situación de pecado! Menos mal que Dios, a pesar de todo, le favorecerá misericordiosamente. Le hará unos vestidos, signo de no abandono, y le prometerá un Salvador. No obstante, la imagen quedará dañada.

La historia humana encontrará en Cristo la novedad. El será el nuevo Adán, el hombre según Dios. Desde su venida al mundo, no hará otra cosa que realizar la voluntad del Padre. Y, con sus hechos y palabras, nos enseñará a ser hombres nuevos a su vera. A base a abrazar su cruz. Los hijos de Adán deberán, ahora, configurarse con Cristo. Tendrán novedad de vida en el Hijo de Dios. Deberán ser a su imagen. Imitadores de Cristo. Esta participación en la imagen del Hombre celestial tendrá su eclosión escatológica.

Ser a imagen de Dios y semejanza de Cristo deviene una manera bien positiva de plantear la vida espiritual. Se trata de hacer brillar este icono.


De la imagen a la magnanimidad

El fragmento del primer libro de Samuel es muy gráfico. Una gozada en realidad. Da la talla del primer rey de Israel. En efecto, Saúl busca, con premeditación y alevosía, la desaparición de David. No puede tolerar su prestigio creciente. Ahora, rendido, Saúl duerme. Incluso su guardia. David no tendrá otra ocasión. ¡Saúl desarmado, exhausto, y sin escolta! No obstante, no se dejará llevar por el primer impulso. La venganza sería una respuesta demasiado fácil. Y la reflexión apostará por la magnanimidad.

David está lejos de la ruindad del «ojo por ojo y diente por diente». Es hombre con vocación de grandes empresas y tiene un corazón grande. Su triunfo será exactamente la magnanimidad. ¡Un buen hijo de Israel, que tiene un Señor que es compasivo y misericordioso! ¡Un ejemplo, del antiguo testamento, acorde con las exigencias de la novedad evangélica!

Jesús exhorta a sus discípulos: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo». Y lo desgrana para que nadie tenga dudas sobre la realidad de esta compasión. Amor a los enemigos, bien a los que nos odian, bendición para los que nos maldicen y oración por los que nos injurian. !No es muy fácil todo esto! ¡Requiere una enorme magnanimidad! ¡Hay que ser hijo de Dios hasta las últimas consecuencias!

La llamada regla de oro es diáfana: «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten». ¡Más claro, agua! ¡Incluso esperamos siempre el perdón y la compasión de los otros! ¡Constantemente quisiéramos otra oportunidad! ¡Debemos darla siempre!

Se nos recuerda que también los paganos aman a los que les aman y que si sólo se presta cuando se espera cobrar, la cosa no tiene ningún mérito. No existe escapatoria: hay que amar a los enemigos, hacer el bien y prestar sin esperar nada. Claro, resulta duro no esperar nada. Lo decimos muchas veces, pero cuando no hay retribución -reconocimiento o gracias- solemos lamentarnos como si nunca hubiéramos leído el evangelio de Jesús.

¡Hay que ser compasivo como el Padre celestial! Jesús va más allá: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros». Cristo supo obrar así. Actuó como Hijo del Padre. Nosotros, llamados a ser imagen de Cristo, debemos hacer lo mismo.


Una plegaria

Pedir a Cristo, el último Adán, su espíritu que da vida. Y suplicarle que avive en nosotros el sentido de la imagen. Que vivamos de acuerdo con nuestra dignidad-vocación.

La misericordia de Dios debe ser reconocida en la historia de la salvación y en nuestra existencia personal. Daremos gracias por esta realidad tan grande. Pediremos la fuerza necesaria para saber usarla cordialmente con los hermanos.

Los enunciados del mismo Cristo, en la perícopa evangélica, pueden convertirse en súplica ardiente y en imploración de perdón.

JOAN GUITERAS
ORACIÓN DE LAS HORAS
Enero 1992, págs. 28-30