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H O M I L Í A S 

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DOMINGO VII
TIEMPO ORDINARIO

CICLO C

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-Ser discípulo, de nuevo

El Evangelio de hoy nos trae uno de los muchos pasajes que quieren enseñarnos a ser discípulos de Jesús, a ser cristianos. Uno de esos textos cuya formulación es llamativa e impacta: al que te atice en una mejilla, preséntale la otra; al que te robe la capa, dale también la túnica. Pero el fondo aún es mucho más chirriante que la forma. Ante la forma siempre podemos encontrar excusas (son metáforas, se trata de imágenes gráficas muy llamativas para que el auditorio las recuerde, etc.).

Pero ante el fondo ya no hay excusas. Y el fondo nos viene a decir que «ser cristiano es ser una persona diferente. Ante un texto como el de hoy, conceptos como honra, honor y amor propio, tan básicos, fundamentales y centrales en nosotros, pierden mucho de su urgencia básica, fundamental y central, al no ser el yo sino el tú el centro de atención e interés. La inclinación que experimentamos a criticar y a encontrar defectos en los demás es sustituida por la misericordia en las apreciaciones personales...». Parece, por tanto, que el texto evangélico nos invita a la autorrenuncia, a renunciar a algo tan íntimamente nuestro como el creernos los primeros, los mejores, despreciando y degradando, para ello, a todos los demás. Pero ya sabemos que la renuncia no es un valor en alza hoy día; como no lo son la entrega, el sacrificio, la abnegación... Todo eso suena mal en un mundo como el nuestro, en el que todos exigimos nuestros derechos (con el mismo empeño que olvidamos los deberes, que también los tenemos).

-¿Por qué hemos de ser así?

Pero, por mal que suenen, por pasados de moda que parezcan, siguen siendo valores y, por tanto, «valiosos» (aunque sea una redundancia , quizá no nos habíamos dado cuenta). Entonces, ¿por qué no nos atraen, por qué no los valoramos? En definitiva, ¿por qué hemos de ser así, por qué tenemos que renunciar, sacrificarnos, darnos...?

Una madre no necesita que le expliquen por qué ha de sacrificarse por sus hijos; y si le preguntamos por qué lo hace, la respuesta es tan simple como contundente: «¡Son mis hijos!»; y lo mismo pasa con una pareja de novios, un matrimonio, unos amigos... La llamada del cariño no necesita de razones ni de porqués, y su fuerza es imparable. En el otro extremo del arco de posibilidades pasa lo mismo: hay quien renuncia a su familia, a sus amigos (y aun a su propia vida), por el dinero, el poder, la fama, el puesto, la belleza, la carrera...

En definitiva, aunque nos suene mal eso de la «renuncia», lo cierto es que la practicamos con más frecuencia de la que nos gusta reconocer. Lo que sucede es que en todos esos casos (y otros similares) sabemos muy bien por qué y para qué renunciamos a lo que renunciamos. Sabemos muy bien por qué hemos de ser así. El porqué es la clave de todo.

-Lo primero, la fe

Hemos dicho que el texto de hoy nos habla de renuncia. Pero sabemos que éste no es el núcleo del mensaje cristiano. Hay un mensaje previo, que explica el por qué y a qué hemos de renunciar; lo explica y le da sentido. Eso es lo que muchas veces, lamentablemente, olvidamos. El Evangelio no es un mensaje de renuncia, sino una buena noticia de vida, de fraternidad, de justicia...; la renuncia viene después (como primero es el hijo y luego el cariño que se le tiene, y luego viene hacer lo que sea necesario por ese hijo). Con frecuencia olvidamos esto en nuestras reflexiones, homilías, charlas... Y acaso es por eso que tantas palabras nuestras se pierden en el vacío.

El texto de hoy no nos dice cómo hemos de ser, sin más; pocas veces el Evangelio es moralista. El Evangelio pretende que asimilemos la buena noticia de un Dios que es Padre, de un Dios que es Hijo y hermano nuestro, de un Dios que es Espíritu que nos guía por esta vida, camino de la eterna. Lo demás son ayudas para facilitarnos la comprensión de cómo debemos actuar si queremos ser coherentes con esa fe. Aunque, normalmente, si tenemos fe, necesitamos más bien poco que nos digan cómo actuar (como la madre que quiere a sus hijos apenas necesita que le enseñen a entregarse a ellos). Ya lo decía San Agustín: «Ama y haz lo que quieras»; también podría haber dicho: «Obra con fe y seguro que obras bien». Y si no hay, en primer lugar, esa fe, el Evangelio de hoy sobra, está de más; mejor aún: sin tener previamente esa fe, el texto de hoy es absurdo; se podría decir que es incluso inhumano. ¿Ponerle la mejilla derecha al que nos atiza en la izquierda? ¡Qué barbaridad! ¿Darle más al que nos roba? ¡Eso es de locos!

Este texto no nos puede llevar a la fe; este texto es para alguien con fe. O, al menos, para alguien con la mente lo suficientemente abierta como para dejarse interpelar por algo aparentemente absurdo y sin sentido (entonces sí que puede ser camino a la fe). Intentar que alguien no creyente entienda esta página por las buenas es tarea imposible; o alguien cuya fe es rito y cumplimiento, lo mismo. A lo más, en su buena voluntad, aceptará que es lo que Dios quiere y obedecerá sin entender (si es que aún queda gente así). Pero Dios quiere hombres cabales, no máquinas obedientes.

Este texto ayuda, a quien tiene fe, a profundizar en el estilo de vida del creyente, en sus exigencias; pero siempre sin perder de vista que lo nuestro, por encima de todo, es amar a Dios como a nuestro Padre y al prójimo como a nuestro hermano. Todo lo demás tiene que salir de ahí.

LUIS GRACIETA
DABAR 1995, 14

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