LA ORACIÓN COLECTA
Dios
todopoderoso y eterno,
concede a tu pueblo
que la meditación asidua de tu doctrina
le enseñe a cumplir, de palabra y de obra,
lo que a ti te complace.
Estamos
en la escuela de la Palabra. La reunión dominical nos hace discípulo con
hambre de saber. Y no se trata del saber vulgar, de lo que la mayoría de
nuestros conciudadanos entienden por esta expresión. Nos referimos a sabiduría
interior, al gozo de las cosas espirituales, a la sensibilidad aguda de lo que
es sublime. ¿Y qué hay más sublime que Dios?
En esta oración pedimos al mismo Dios que nos haga comprender. Seguidamente escucharemos su Palabra -su doctrina-, y lo más importante es que el Maestro interior se haga nuestro pedagogo. Así, estar a la escucha de la Palabra es lo mismo que estar a la escucha del Espíritu. Las páginas más bellas de la Biblia no son nada si El mismo no nos habla en nuestro corazón, en el fondo de nuestro ser.
Los ciento setenta y seis versículos del salmo más largo de todo el salterio, el salmo ciento dieciocho, son una meditación y una alabanza de la Ley de Dios, expresada en varios términos: pacto, sentencia, mandamiento, orden, decreto, oráculo, promesa, etc. El salmista se complace en gustar a Dios en sus palabras, en su proximidad humana, en su letra escrita y espiritual. Y de esta meditación surge el deseo de fidelidad, el deseo de observar lo proclamado, el deseo, en fin, de Dios.
Mucho se ha hablado y se ha escrito, también por parte de los cristianos, de las prisas de esta nuestra civilización, del desasosiego de tantas personas, de la inquietud que llevamos a flor de piel, así como de la necesidad que tenemos de todo lo contrario, o sea, de serenidad, de sosiego espiritual, de paz profunda. Mucho hemos comentado, y muy poco hemos corregido. Esta oración nos da una buena clave para empezar a remediar nuestra dispersión: la meditación asidua de la doctrina del Dios todopoderoso y eterno.
Pensar sobre la propia vida de fe es indispensable para progresar en nuestro camino cristiano. Escuchar con atención es indispensable para aprender como discípulos. Si así lo hacemos también nuestro corazón arderá, como los dos de Emaús, y el pan partido tendrá siempre el sabor de la Pascua
JAUME
GONZÁLEZ PADRÓS
ORACIÓN DE LAS hORAS
Enero 1992, pág. 20s.
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