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H O M I L Í A S 

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DOMINGO VI
TIEMPO ORDINARIO

CICLO C

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-Un solo evangelio: Pero esto no quiere decir que el evangelio de Jesús sea una buena  noticia para todos. Es buena noticia para los pobres, porque los pobres son los  evangelizados. Pero es mala noticia para los ricos que no se dejan evangelizar, que  persisten en su riqueza y en su dureza de corazón en un mundo lleno de pobres y  desigualdades injustas. Por eso el texto de las bienaventuranzas, según S. Lucas, se  presenta acompañado inmediatamente por el de las malaventuranzas. El mismo Jesús que  dice: "¡Dichosos, los pobres!", es el que añade a continuación: "¡Ay de vosotros, los ricos!".  Porque no puede olvidarse ni de unos ni de otros, porque no hay unos sin los otros y  porque quiere la salvación de todos.

Los ricos y poderosos de este mundo siempre han necesitado una religión que les  bendiga. Porque no basta con ser ricos para seguir siendo ricos, si no se obtiene además la  justificación de la riqueza. Por eso siempre ha habido una religión inventada para estos menesteres o un abuso de la religión para justificar ideológicamente la riqueza o el poder.  Incluso se ha llegado a ver en las riquezas y en el éxito de los negocios una señal de las  bendiciones divinas y como un signo de predestinación. Pero sin llegar a esos extremos, lo  cierto es que la iglesia se ha avenido con frecuencia a sacralizar con sus bendiciones un  orden construido por los ricos y los señores de este mundo. Sin embargo, Jesús no ha  confiado a la iglesia ninguna bienaventuranza ni bendición alguna para los ricos.

¿Podría decirse, al menos, que puesto que la iglesia de Jesús no tiene para los ricos y  para los poderosos de este mundo ninguna bendición, los dejará tranquilos y abandonados  de la mano de Dios? Nada de eso. La iglesia ha recibido el encargo de anunciar a todos su  evangelio. Los que no quieren escucharlo como buena noticia, tendrán que oírlo como  denuncia de sus injusticias.

-"Dichosos los pobres": ¿Cuál es la dicha de los pobres que proclama Jesús? No es su  pobreza, sino el reino de Dios y la tierra que les ha sido prometido. Tampoco es la riqueza  de los ricos. Jesús no pronuncia palabras de resignación para que los pobres sigan siendo  pobres, para que los que lloran sigan llorando sin esperanza, o para que los que sufren  gocen masoquístamente con su sufrimiento. Menos aún predica la revancha o el cambio de  la tortilla, de modo que los pobres lleguen a ser ricos a costa de los ricos que pasarían a  ser pobres.

POBREZA/VIRTUD: La pobreza no es exactamente una virtud en la que hay que  permanecer, no es un bien que no se debe abandonar. Es una situación en la que, sin  embargo, resulta más fácil escuchar y creer en el evangelio. Esa es la ventaja no el mérito,  de los pobres, y por eso Jesús les llama dichosos en vistas al reino y a su evangelio. La  pobreza es también una actitud -"pobres de espíritu"- de desprendimiento y de generosidad,  los que adoptan esa actitud ya están en la línea del reinado de Dios que se acerca. Estos  son los que comparten todo lo que tienen, los que saben dar la vida y lo que es menos que  la vida, los que construyen la fraternidad.

Jesús no se limitó a llamar dichosos a los pobres, sino que entró en solidaridad con ellos  y, entre todos ellos, fue el más dichoso, el Bendito del Padre. Fue pobre, no tuvo donde  descansar la cabeza ni donde caerse muerto. Murió en una cruz. Pero resucitó y puso en  pie la esperanza de todos los pobres de la tierra.

-"Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres": Todas las bienaventuranzas las  pronuncia Jesús, sin distinción alguna, para los pobres, para los hambrientos, para los que  lloran..., sin que se refiriera sólo a sus discípulos. De modo que éstos, si quieren compartir  la dicha de ser pobres, deberán entrar en comunión y solidaridad con los pobres y no al  contrario. Sin embargo, Jesús reservó una bienaventuranza y una promesa para aquellos,  exclusivamente para aquellos, que padecieran el odio y la persecución del mundo por su  causa, para aquellos que fueran sus testigos. También reservó una amenaza y una  malaventuranza para sus discípulos si en vez de ser objeto de difamación y persecución  son objeto de aplauso y todo el mundo habla bien de ellos. Porque esto seria una prueba  de que se habrían apartado ya de su evangelio y de la solidaridad con los pobres y  marginados de la tierra, que es con los que deben estar.

No quiere decir esto que los cristianos debamos considerarnos felices y fieles al  evangelio precisamente y sólo cuando alguien nos odia y nos persigue. Por desgracia,  también se nos puede odiar porque no somos como Dios manda y el evangelio que  predicamos nos exige. Ningún profeta, ningún testigo del evangelio, lo tiene fácil en un  mundo lleno de injusticias, puesto que tiene que denunciar la injusticia en todas partes. Pero nadie puede considerarse ya un profeta y un testigo de Cristo porque otros hablen  mal de él y lo persigan. En toda situación de conflicto nuestra obligación es examinar a  fondo nuestras conductas. Si nos persiguen sin motivo alguno o sólo porque somos  cristianos y hemos abrazado el evangelio y la causa de los pobres, podemos considerarnos  dichosos. Pero si no es así, seremos doblemente desgraciados. 

EUCARISTÍA 1983, 9

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