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CR/CONDICIONES:
Es
evidente que hay vocaciones y profesiones que requieren especiales cualidades.
No todos los hombres son aptos para todo, y mientras unos descuellan por su
habilidad manual, otros lo hacen por su oratoria o por su talento. Unos son
excelentes operadores y otros espléndidos científicos, mientras que aquéllos,
incapaces de soportar las exigencias de la investigación, descuellan en el
deporte, donde desbordan la vitalidad de su especial forma de ser.
Pues
también para ser cristiano hacen falta determinadas cualidades. También para
seguir a Jesús, para comprometerse con Él, para dejar las redes (tantas redes
como nos envuelven a menudo), es necesario que el hombre tenga un modo especial
de ser. No hace falta especial talento, ni cualidades brillantes, ni sobresalir
por la belleza ni por el prestigio. No. Nada de eso. Hace falta ser como aparece
Pedro en la escena evangélica de hoy: Hace falta ser un hombre -o una mujer,
naturalmente- capaz de:
a)Fiarse
de Jesús. Y no es nada fácil. No tuvo que resultarle fácil a Pedro, pescador
avezado y experimentado, echar las redes en pleno día, cuando sabía
perfectamente que los peces se cogen durante la noche y aquella noche había
sido un estrepitoso fracaso. No debió resultarle fácil a Pedro y lo dijo
asombrado.
Pero
echó la red. Se fió de Jesús, que de pesca -pensaría Pedro- no sabía ni
palabra, y bien que lo estaba demostrando.
b)Autocriticarse.
Ahora está de modo autoanalizarse. Está de moda bajar hasta las profundidades
del ser para conocerse, arrojar fuera los complejos y "liberarse".
Pues bien, Pedro, en este momento, se autoanalizó y llegó rápidamente a una
conclusión sencilla y, sin embargo, difícil de aceptar y de confesar: soy
pecador. Ante la espléndida respuesta del mar al mandato de Jesús, Pedro
siente profundamente el hecho de su duda y la confiesa. Por eso se salvó.
c)Darse
a los demás. Vivir en función de. Pedro recibió entonces de Jesús, una vez
más, el esbozo de su vida: serás para lo otros.
Vivirás
para los hombres, sufrirás por ellos y gozarás por y para ellos. Los hombres
serán, en adelante, la explicación de tu vida.
Tres
cualidades, pero que no están nada mal. De las tres necesitamos los cristianos
con frecuencia, porque:
a)¿No
es cierto que a veces resulta difícil fiarse de Dios? ¿No es cierto que a
veces surge del fondo del ser un sentimiento de rebeldía y alguna pregunta
inquietante ante situaciones que se nos antojan absurdas y sin razón de ser? Es
cierto y cada uno de nosotros lo habrá experimentado en su propia carne. Fiarse
entonces es absolutamente necesario para seguir adelante.
b)¿Y
quién es capaz, de verdad, de confesar que es pecador? Sí. Pecador. Así de
llanamente. Nosotros, tan buenos, tan religiosos, tan generosos... ¿pecadores?
Claro que pecadores. Es éste un sentimiento de lo más sano. Creerse capaz de
todo ayuda a no escandalizarse jamás por lo que vemos (a veces, con lentes de
aumento) en los demás. Ayuda a no juzgar, ayuda a comprender y ayuda -también
muy interesante- a comprenderse y a soportarse.
Ayuda
a no escandalizarse cuando uno se ve pequeño y mezquino, sin paliativos y sin
disimulos.
c)Y
¿cuántos de los cristianos somos capaces de salir de nosotros mismos y vivir
de verdad para los otros? Pues muy pocos, ciertamente. Muy pocos tenemos el
norte de nuestra vida orientado hacia el prójimo. Los más vivimos para
nuestros "yo", al que cuidamos, mimamos y acariciamos, y apenas nos
queda tiempo, tan ocupados estamos en esta tarea, de descubrir cerca de nuestra
vida a "los otros" y de bogar hacia ellos para ver qué piden y cuál
puede ser nuestra respuesta.
Tres
cualidades del discípulo que son, desde luego, de antología.
DABAR
1977, 15
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