SAN AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA

1 Cor 15,1-11: Encontró qué castigar, pero hizo qué coronar

En efecto, cuando soportaba eso (2 Cor 11,26-27.23.28-29), ¿no lo soportaba en él y con él quien nunca desfallece? Decid¡damente, me atrevo a afirmarlo: No era Pablo mismo quien lo soportaba. Lo soportaba él, porque en su fe así lo quería, y, a la vez, no lo soportaba él, porque en él habitaba la fuerza de Cristo. Cristo reinaba, Cristo otorgaba sus fuerzas, Cristo no lo abandonaba, Cristo corría en la persona del corredor, Cristo lo conducía hacia la palma. Así, pues, no le hago ninguna injuria cuando digo que no lo soportaba él mismo. Lo digo sin dudar, lo digo confiadamente, y confirmo mis palabras poniéndole a él mismo por testigo; repitiendo sus mismas palabras evito que el santo Apóstol se enoje conmigo.

Dinos, Pablo; dinos, santo; dinos, Apóstol; escuchen mis hermanos que no te he hecho ninguna afrenta. ¿Qué dice él mismo comparándose en sus trabajos con los demás apóstoles? No temió decir: He trabajado más que ellos (1 Cor 15,10). Ya aquí se me responde: «Cierto que no él». Di, pues, lo que sigue, para que esta tardanza mía no parezca hinchazón. He trabajado más que todos ellos. Ya habíais comenzado a enojaros conmigo; pero él intercede por mí y en cierto modo os habla a vosotros. No os enojéis: Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo (1 Cor 15,10). De idéntica manera, ¿qué dijo de su pasión inminente? Pues estoy a punto de ser inmolado y es inminente el tiempo de mi partida. He luchado el buen combate, he concluido la carrera, he mantenido la fe. Por lo demás me queda la corona que en aquel día me dará en paga el Señor juez justo (2 Tim 4,6-8). Me recompensará; hay a quién recompensar. He luchado el buen combate, he concluido la carrera, he mantenido la fe. Lo que se da en paga es porque se debe; pero no habría a quien se le debiera, si no se le hubiera dado de antemano lo que no se le debía. Le escuchas ahora para presumir de lo que le debe Dios; escuchas ahora que Cristo le recompensa; escucha también de la boca de Pablo mismo cómo se le dio antes lo que no merecía. No soy digno -dice- de ser llamado apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios (1 Cor 15,9).

Escucha ahora lo que se le debía a aquel a quien ves que ya se le prepara la corona; echa tu mirada atrás y considera si no lo hallas digno de castigo por sus hechos. Persiguió a la Iglesia de Dios. ¿Qué cruz no se merecía? ¿Qué tormentos bastarían para castigarlo? No soy digno -dijo- de ser llamado apóstol. Yo sé lo que se me debía. ¡El apostolado, a mí que perseguía la Iglesia de Dios! ¿De dónde, pues, le vino el ser apóstol? Mas por la gracia de Dios soy lo que soy (1 Cor 15,10). ¡Oh gracia gratuitamente dada! Encontró qué castigar, pero hizo qué coronar. Ved lo que sigue: Por la gracia de Dios -dijo- soy lo que soy. Tampoco soy digno de ser apóstol, pues he perseguido a la Iglesia de Dios: esperaba suplicios, encuentro un premio. ¿De dónde me ha venido esto? Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que trabajé más que todos ellos. ¿Has comenzado otra vez a envanecerte? Mas no yo, sino la gracia de Dios conmigo. Bien, extraordinario; no ya Saulo, sino Pablo; no ya soberbio, sino pequeño. Saulo fue nombre de soberbia, porque aquel rey grande, tanto más envidioso cuanto más hinchado, que persiguió al santo David, se le llamaba Saúl. De él había tomado el nombre nuestro personaje: Saulo viene de Saúl, nombre adecuado a un perseguidor. Y luego ¿qué? ¿Qué significa Pablo? Pequeño, mínimo.

Sermón 299 C,4.