PRIMERA LECTURA

En el encuentro personal con Dios recibe el profeta su mandato: mediar con su palabra entre el Dios santo y el pueblo pecador. Isaías recuerda su encuentro inefable en el templo y trata de entenderlo y de explicarlo sirviéndose de la circunstancia y del carácter del lugar. Su respuesta al Dios que le purifica y que le envía es la total disponibilidad. Su misión es llevar la palabra que purifique, como a él, al pueblo impuro.


 

Lectura del Profeta Isaías 6,1-2a. 3-8.

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo.

Y vi serafines en pie junto a él.

Y se gritaban uno a otro diciendo:

-¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria!

Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo.

Yo dije:

-¡Ay de mí, estoy perdido!

Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos.

Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:

-Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.

Entonces escuché la voz del Señor, que decía:

-¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?

Contesté:

-Aquí estoy, mándame.