22 HOMILÍAS MÁS PARA EL DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO
15-22

15. ENSEÑAR CON AUTORIDAD

No podemos aguantar la voz de Dios en directo; nos faltan oídos. Como tampoco tenemos ojos para soportar su luz, ni mente para encajar su verdad. Falta adecuación: Dios es demasiado grande para caber en nuestros limitados espacios. ¿Qué hacer entonces? Él quiere comunicarse, porque tiene cosas importantes que decirnos. ¿Cómo hacerlo? Normalmente, se vale de mediadores. Para que la luz nos llegue tamizada; para que tanta verdad nos llegue dosificada, traducida, adaptada a nuestras cortas entendederas. Necesitamos profetas que nos transmitan, en lenguaje asequible, lo que Dios les vaya encomendando. 'Suscitaré un profeta de entre sus hermanos... Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande'. Pero hay un problema, todavía: ¿Cómo saber si el que habla es un profeta de Dios? ¿Cómo discernir si esa palabra que nos llega responde a la verdad que ha salido de Dios? ¿Cómo estar seguros de que no se ha quedado en el filtro?

Algo semejante ocurría con Jesús. ¿Cómo convencer a los oyentes de que esa palabra suya, luminosa y esperanzadora, liberadora de tantas servidumbres, era la Palabra misma del Señor? En su caso había un signo, que hacía a la gente levantar la cabeza y escuchar con especial atención lo que decía. No un signo espectacular que, a modo de aldabonazo, golpeara los ojos, o la mente de quienes lo escuchaban (ni los propios milagros tenían esa finalidad). Era, más bien, el resultado de una suma de datos: el tono de su voz, su manera de mirar y de acoger, sus puntos de insistencia al hablar, su actitud ante las personas -poderosos, pecadores, mendigos- y, sobre todo, la coherencia total entre lo que decía y lo que hacía.

Todo ello, captado por la gente, hacia que fuese corriendo de boca en boca la noticia: ha llegado alguien distinto de los letrados que enseñan, sábado tras sábado, en las sinagogas; alguien que no se limita a recitar lecciones aprendidas, sino que habla desde él mismo; alguien que dice cosas nuevas, verdades que no provocan miedo sino esperanza, que no oprimen sino que liberan; alguien tan sencillo que hasta los más pequeños lo entienden, y tan libre que planta cara a los sabios y a los poderosos; alguien que no engaña, que va subrayando cada palabra con pedazos de su propia vida. A esto la gente le ha puesto un nombre: 'Enseñar con autoridad'. Y esa gente sencilla se va echando, con confianza, en los brazos de ese nuevo Maestro, que es capaz de alejar de sus corazones el dolor y la tristeza, y ponerlos en pie de esperanza.

Hoy, igual. Para que la Palabra llegue desde el corazón de Dios hasta la gente, hacen falta profetas que la lleven. Pero que la lleven, sobre todo, con sus vidas. Que no lleguen canturreando sermones olvidados de puro sabidos. Que no vengan oprimiendo: ya la vida se encarga de hacerlo. Que no traigan más problemas, sino salidas a los eternos problemas que nos angustian. Que no tengan la arrogancia de decir en nombre de Dios palabras inventadas por ellos, ni carguen sobre hombros ajenos cargas que ellos no son capaces de soportar. Hacen falta profetas honrados, humildes, abnegados. Sin ellos, ¿cómo va a llegar la Palabra salvadora del Padre hasta el último rincón de la tierra? Sin cristianos que vivan, y transmitan, la Buena Noticia, ¿cómo va a amanecer sobre el mundo la luz de la esperanza?

JORGE GUILLEN GARCIA
AL HILO DE LA PALABRA
Comentario a las lecturas de domingos y fiestas, ciclo B GRANADA 1993.Pág. 94 s.


16.

Frase evangélica: «No enseñaba como los letrados sino con autoridad»

Tema de predicación: LA LIBERACIÓN DE LO DEMONÍACO

1. Es muy frecuente en las sociedades primitivas la creencia popular en los demonios: ciertas enfermedades psíquicas son consideradas obra del diablo. De ahí que se recurra a toda clase de exorcismos. No creen en el diablo los que son víctimas de lo demoníaco. Hoy se discute sobre la importancia de Satán en la vida humana.

2. A pesar de que los evangelios relatan escenas de una lucha de Jesús contra «espíritus inmundos», el NT nunca califica a Jesús de «exorcista» ni de «mago». La acción antidemoníaca de Jesús consiste en someter a «lo diabólico» para establecer el reino. El denominado «enemigo» es un misterioso poder opresor que actúa en contra del hombre, al que aliena, y en contra de Dios, al que pretende arrebatar su fuerza. Recordemos que el mal demoníaco, superior a la culpa humana, es inferior a la fuerza de Dios o a la actividad de Jesús.

3. La lucha antidiabólica es una parte de la praxis liberadora, ya que la injusticia es provocada por el príncipe de los demonios y sus secuaces. Acciones demoníacas son hoy, por ejemplo, las guerras por el control del poder, el pésimo reparto de los bienes de este mundo, el comercio de armas mortíferas, la violación sistemática de los derechos humanos, etc. En definitiva, el mundo amenazado por lo diabólico es liberado cuando cambia de señor; entonces se instaura el reino.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Cuándo hablamos o actuamos con espíritu diabólico?

¿Detectamos lo demoníaco en este mundo?

CASIANO FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 206


17.

1. Pueblo de profetas

La progresista ciudad de Cafarnaúm, situada a orillas del lago y a cuatro kilómetros del nacimiento del Jordán, será el centro de la predicación de Jesús. No solamente llama allí a sus primeros apóstoles, sino que también allí hace una llamada a toda la población desde la sinagoga para que se abra al Reino de Dios, ya inminente.

El evangelista Marcos nos hace descubrir en los primeros capítulos de su evangelio cómo la palabra divina por boca de Jesús se extiende desde la sinagoga, o sea: desde el pueblo judío, hacia el resto de las poblaciones vecinas, tanto las semipaganas de la Decápolis, como las netamente paganas de Fenicia. Apunta ya así el principio del universalismo cristiano, como se verá mejor el próxima domingo.

Por lo pronto, hay un hecho que queda claro: el pueblo judío es el primero en ser llamado para constituir la comunidad nueva. En un primer momento Jesús parece tener éxito en su empresa, pues todos «se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad». Sin embargo, la fe de aquella gente se quedó en la admiración de Jesús, sin llegar al auténtico discipulado.

En su positiva actitud de asombro ante Jesús, parece que descubren al nuevo profeta anunciado por Moisés. En efecto, según hemos oído en la primera lectura, el gran caudillo hebreo promete en nombre de Dios que con él no morirá el anuncio de la palabra divina. Siempre Dios seguirá hablando por boca de sus profetas, ya que -dice el mismo Dios- "pondré mis palabras en su boca y os dirá lo que yo le mande; y a quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas".

Posteriormente el pueblo interpretará este anuncio -de tipo más bien genérico- relacionándolo con un enviado especial de Dios que actuará como Moisés y con su misma autoridad. En efecto, Moisés actuó con autoridad ya que trajo la primera y fundamental palabra de Dios al pueblo; en cambio, los escribas se contentaban con un cometido mucho más exiguo: anunciarla, repetirla, explicarla. Eran intérpretes; no profetas.

Marcos, continuando con su pensamiento de que Jesús introduce algo nuevo con relación al Antiguo Testamento, nos insinúa que Jesús no viene a repetir lo viejo ni a explicar las tradiciones de los antepasados sino a revelar una novedad auténtica; por eso habla con autoridad y así lo reconoce el pueblo.

Este hablar "con autoridad" no debe interpretarse como una forma oratoria especial, ya que Jesús usó el sencillo lenguaje de las parábolas. Su autoridad consiste en que se desprende del pasado y, como auténtico profeta, nos introduce en una nueva forma de culto a Dios. Esto será lo que atraerá hacia él las iras de los jefes judíos, pues lo considerarán como un innovador sospechoso de herejía.

Aquí debiéramos hacer un alto en nuestra reflexión para subrayar el carácter profético de las palabras de Jesús.

El profeta no está atado a las tradiciones del pueblo, no enseña lo que ya todos saben, no repite lo que se transmite de generación en generación. El profeta mira el hoy que vive el pueblo y descubre en él esa ruptura que permite dar un salto hacia delante. Por eso los profetas siempre serán combatidos por los elementos más conservadores y por aquellos que hacen coincidir la palabra de Dios con sus propios intereses o costumbres. Es llamativo el dato de que Jesús no concurrió a las escuelas rabínicas, precisamente porque no estaría a su servicio.

El viene desde el desierto, allí donde se encontró con Dios y donde recibirá el Espíritu, para introducir una ruptura en el esquema reinante.

De ahí que su palabra provocara, por un lado, la admiración y estupor del pueblo; por otro, la agresiva respuesta del poder.

Como bien refleja el texto de Marcos, la Palabra surge de una fuente virgen: el profetismo; después necesita del magisterio tradicional: poner al alcance de todos el mensaje original. El riesgo está en que el magisterio termine por transformar en rutina lo que un día fue profética ruptura, impidiendo, al mismo tiempo, que siga desarrollándose el espíritu profético.

La historia de la Iglesia muestra, al igual que la del pueblo hebreo, que la misión de los letrados y maestros de la ley termina por esterilizar el mensaje revelado si no está sanamente compensado por el profetismo, cuya inspiración viene, no de las escuelas, sino de esa intuición histórica que sabe descubrir la palabra de Dios a través de los mismos acontecimientos que se están viviendo.

La teología, el catecismo, el derecho canónico, la liturgia no deben ser instituciones para congelar el mensaje cristiano, sino para transmitirlo adaptándolo a todas las clases sociales; pero si no están alimentadas regularmente por el viento profético, anquilosan la comunidad y paralizan el proyecto renovador de la fe.

Es importante tener en cuenta que el espíritu profético es una característica del nuevo pueblo mesiánico, «pueblo de profetas», como testifica la profecía de Joel de la que da cuenta la narración de Pentecostés y otros pasajes neotestamentarios.

Desde esta perspectiva es interesante observar que el decaimiento de la fe cristiana en el mundo moderno y contemporáneo corre parejo con un sacerdocio y un laicado carentes de iniciativa profética, lo que llevó al cristianismo a una postura no sólo conservadora, sino retrógrada y antihistórica.

¿Nos imaginamos a Jesús adoptando esta misma postura ante el pueblo? Nuestro error consiste en haber transformado el mensaje profético de Jesús en un frío código teológico-moral como si fuese un esquema inamovible en el que fueran más importantes las palabras y las frases literalmente tomadas que no su espíritu transformador. De ahí que confundamos anunciar el Evangelio con repetir los escritos del Evangelio o los textos teológicos posteriores que intentan explicarlo o comentarlo...

Y cuando se hace esto, el pueblo se aburre de escuchar siempre lo mismo, como si la vida no cambiara o la historia se hubiese estancado en un punto inamovible. Por el contrario, el espíritu profético exige una actitud crítica, no sólo hacia los acontecimientos que se viven, sino también hacia la forma con que interpretamos la vivencia de la fe. ¡Con qué facilidad confundimos las tradiciones cristianas, frutos de determinada cultura, con el espíritu del evangelio! Puede ser que el temor de muchos sectores eclesiásticos ante el profetismo sea un indicio de su preocupación por la fidelidad a las tradiciones..., pero, ¿no podrá ser también un índice de que estamos extinguiendo el Espíritu? El texto del Evangelio de Marcos nos obligará en más de una oportunidad a hacernos este planteo; y si ahora no damos aún una respuesta, bueno será que la vayamos pensando.

2. Pueblo de santos

Un auténtico profetismo, no solamente no se evade de los problemas de los hombres, sino que es una postura concreta en orden a introducir en el mundo la liberación del hombre. A esto se refiere lo que sigue del texto evangélico de Marcos.

La expulsión del demonio del cuerpo de un hombre nos puede parecer una narración bastante pasada de moda y más de interés folclórico que religioso.

De alguna manera esto puede ser cierto si consideramos que el pensamiento de la cultura moderna no incluye como explicación de los fenómenos humanos la existencia del demonio. En cambio, en la antigüedad, había un sinnúmero de fenómenos relacionados con la psiquiatría o la parapsicología que hallaban explicación en la existencia de las fuerzas demoníacas introducidas en el hombre.

Pero distorsionaríamos el sentido del evangelio si nos pusiéramos a discutir sobre estas cuestiones, ya que si bien afectan muchísimo a la relación entre ciencia y religión, aportan muy poco, en cambio, al progreso de la fe cristiana según el espíritu de los textos evangélicos.

Decíamos en otra oportunidad que en estos capítulos el evangelista Marcos pretende, basándose en el modo de actuar de Jesús, presentar cuál debe ser el modo de actuar de cualquier comunidad cristiana.

Si esto es cierto, debiéramos preguntarnos qué significa que nuestra comunidad debe dedicarse a expulsar demonios impuros, de la misma forma que, anteriormente, nos preguntamos sobre el sentido del profetismo de Jesús.

En tiempos de Jesús era creencia universal entre los judíos que, mientras Dios y sus ángeles se ocupaban del bien y de su primacía, existían seres que, enrolados en la lucha antidivina, trataban de inducir a los hombres al mal, al modo de la serpiente que sedujo a Eva.

SAS/MAL: Los demonios, cualquiera que sea la interpretación que queramos darles, son la expresión concreta e histórica del mal introducido en la historia humana como un demonio metido en el cuerpo de un hombre. «Tengo un demonio», solemos decir cuando no podemos controlar ciertos instintos o impulsos que nos llevan a hacer actos que reprobamos. También es común hablar de «fuerzas demoníacas o satánicas», para expresar la fuerza arrolladora que en determinados momentos de la historia adquiere el mal, creando a su paso la desolación y la muerte.

En efecto, existe un hecho que -cualquiera que sea su nombre- todos admitimos como una dolorosa realidad: en la historia de cada comunidad y de cada hombre actúa una fuerza misteriosa que nos impulsa a desviarnos de nuestro recto camino. No solamente nos impulsa, sino que llegamos a obrar con torcidas intenciones, con engaños, con insidia, con crueldad, etc. Es el espíritu de lo impuro que corroe hasta sus últimos fundamentos la vida de la sociedad.

Entre este espíritu de lo impuro y Jesús existe una total oposición. Así grita el demonio del texto de Marcos: «¿Qué quieres de nosotros... Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: eres el santo de Dios.» Jesús obra según el espíritu de Dios, por eso sus obras son santas. Su sola presencia ya es una severa condena del espíritu de la corrupción y del pecado. Y el espíritu demoníaco parece descubrir antes que los hombres quién es Cristo. Las tinieblas intuyen que están delante de la luz; lo impuro frente a lo santo.

Jesús, como enviado de Dios, ha venido precisamente a destruir de raíz el mal existente en el mundo, cualquiera que sea su nombre o su forma. Mientras los judíos esperaban un mesías que los llevase a la guerra santa, Jesús establece con claridad en qué consiste esta guerra santa: es la guerra del espíritu, la que se establece en el mismo interior del hombre (dentro de su cuerpo) y de la sociedad; la que exige que lo corrompido se aleje de la comunidad para que ésta, libre, camine según el espíritu de Dios.

Dramático es el relato de Marcos como dramática es la lucha diaria que entabla el hombre para eliminar de raíz el pecado que lo carcome desde dentro.

Ahora podemos comprender mejor la intención de Marcos al introducir muy al comienzo de su evangelio una narración que, en principio, pudo parecernos un poco fuera de lugar: la comunidad cristiana debe emprender "en nombre de Jesús" una lucha a muerte contra toda forma de pecado introducido en el interior del hombre o de la sociedad. Si Jesús es el santo de Dios, también el pueblo que lo sigue debe ser un pueblo santo, de la misma forma que debe ser un pueblo profético.

Las armas de esta guerra cristiana no son ni las políticas ni las militares... Nuestra arma es la Palabra de Dios asimilada, vivida, practicada y anunciada.

Marcos subraya la eficacia de la palabra de Jesús que manda a los espíritus inmundos y éstos le obedecen. Jesús no apela a ritos exorcistas ni mágicos que eran muy comunes tanto dentro del judaísmo como fuera de él.

Simplemente ordena al demonio que deje en libertad a aquel hombre. Y puede ordenar porque él mismo está libre de la corrupción, pues es el santo de Dios. El mundo del mal no puede resistir ante la fuerza de la santidad evangélica: tal parece ser la esencia del mensaje de Marcos.

Si nosotros queremos vivir hoy este evangelio como una realidad, debemos partir del convencimiento de que nuestra santidad de vida es la única forma de acabar con la corrupción de la Iglesia y de la sociedad en general.

La sociedad será regenerada, no agrediéndola con las armas o con la dura ley, sino introduciendo en ella el germen de comunidades que vivan sinceramente el espíritu del evangelio; con hombres que se dejen llevar por el Espíritu de Dios, sin temor y con energía.

Una vez más, y dando en tierra con toda forma de mesianismo político o de Iglesia politizada, debemos afirmar que el evangelio no es una política más ni un simple reformismo social. Es una actitud de lucha frontal y abierta contra toda forma de corrupción, la de dentro y la de fuera. Sin esta santidad evangélica, es inútil repicar con nuestras palabras...

Concluyendo...

Si Jesús es el profeta anunciado que trae toda la palabra de Dios, también es quien vive esa palabra; por eso es el santo de Dios.

Así la comunidad cristiana es el lugar donde se proclama el evangelio como una novedad de vida; de ahí que deba ser el lugar donde se lo viva hasta las últimas consecuencias. La comunidad cristiana debe ser el testimonio viviente de la santidad que se opone y destruye de raíz toda forma corruptora existente.

Si alguien cree que esto es muy poco, puede seguir discutiendo. Pero que no suceda que el seguir discutiendo acerca del testimonio cristiano en el mundo moderno sea una forma de escapar a nuestro primer y más radical compromiso de fe...

Sólo los santos (así se llamaba en los primeros tiempos a los cristianos) pueden renovar la sociedad desde la raíz. ¿Por qué? Porque en ellos ya se obró la renovación del Espíritu.

SANTOS BENETTI
EL PROYECTO CRISTIANO. Ciclo B.1º
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1978.Págs. 198 ss.


18.

1. En el evangelio, con motivo de la expulsión de un demonio, se reconoce que la enseñanza de Jesús es una enseñanza totalmente «nueva», un «enseñar con autoridad» ante el que todos los circunstantes se quedan «estupefactos». Estos ven la prueba de esta novedad en la expulsión del espíritu inmundo, pero ésta es a lo sumo la confirmación de su autoridad, no su enseñanza. Lo auténticamente decisivo aparece al principio del evangelio: Jesús enseña en la sinagoga, y los presentes ase quedaron asombrados de su enseñanza».

En su misma enseñanza se percibe ya la «autoridad divina» que la distingue de la enseñanza de los «letrados». Lo que la nueva enseñanza exige es un radicalismo en la obediencia a Dios totalmente distinto del rigorismo en el cumplimiento de la ley exigido por los letrados. Este radicalismo no exige en absoluto una huida del mundo, tal y como la practicaban por ejemplo los miembros de la secta de Qumrán, sino, en medio del mundo, de su trabajo y de sus penalidades, una vida indivisa para Dios y conforme a su mandamiento.

Este mandamiento que Jesús explica a los hombres es a la vez infinitamente simple e infinitamente exigente; posteriormente Jesús lo repetirá constantemente: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Eso significan la Ley y los Profetas (Mt 7,12). Esta es la perfección que el hombre puede alcanzar y en la que puede y debe parecerse al Padre celeste (cfr. Mt 5,48). Aquí sólo hay totalidad, no hay lugar para la división.

2. Pablo, en la segunda lectura, tiende al mismo radicalismo. Aunque aparentemente distingue dos categorías de hombres: los célibes, que se preocupan de los «asuntos del Señor», y los casados, que se preocupan de los «asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer», ciertamente no quiere (como muestran sus textos parenéticos sobre la vida doméstica) proscribir el matrimonio o las profesiones del siglo, sino a lo sumo mostrar lo que se observa habitualmente en la gente de mundo. Puede conceder al celibato una cierta preeminencia («a todos les desearía que vivieran como yo»: 1 Co 7,7), mas inmediatamente añade: «Pero cada cual tiene el don particular que Dios le ha dado», gracias al cual es perfectamente posible, incluso dentro del mundo y en la vida matrimonial, servir a Dios y amar al prójimo indivisiblemente. Ciertamente en muchos casos cabe preguntarse si esto es más fácil en el estado de los consejos evangélicos que en un matrimonio cristiano correctamente vivido. Las cartas pastorales se oponen a los que «prohíben el matrimonio» (1 Tm 4,3); no: "Todo lo que Dios ha creado es bueno".

3. A esta doctrina definitiva de Jesús, en la que se resume todo con perfecta simplicidad, se refiere ya Moisés anticipadamente cuando habla, en la primera lectura, del profeta que ha de venir, del que Dios dice: «Suscitaré un profeta... Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande». El Señor lo suscitará como cumplimiento de todo lo iniciado en la Antigua Alianza. A él será, por tanto, al que haya que escuchar en todo.

HANS URS von BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 136 s.


19. «EL ELOCUENTE ORADOR SAGRADO»

Me entusiasman los hombres que hablan bien, Señor. Siempre he admirado a quienes manejan el lenguaje con belleza, precisando las palabras, empleando bien los giros, utilizando argumentos apropiados, sorprendiendo con la originalidad de sus imágenes. Me interesaba el «Ars dicendi» en mis años de estudiante. Y disfruto actualmente con la agudeza de los oradores preparados.

Pero está claro que el evangelista Marcos, cuando nos dice que «hablabas con autoridad» y que, «en la sinagoga, todos se quedaron admirados con tu enseñanza», no se refiere a tu «buena oratoria». Se está refiriendo a «la verdad» de tu mensaje, a «tus palabras hechas carne». Y vida.

Tengo que comprender muy bien esto, Señor. La fuerza y la garra de mi predicación no pueden basarse en la perfección de una pieza oratoria, en la galanura de un lenguaje académico, sino en el «aliento del Espíritu» que mueva mis palabras y me lleve al testimonio: « No os preocupéis de lo que vayáis a decir -afirmaste-, porque el Espíritu pondrá palabras en vuestra boca».

Tú, Jesús, no hablabas desde la sabiduría «que tenías», sino desde el profeta que «eras». Aunque «eras la Palabra», no pronunciabas «palabras de orador», sino de profeta. Y el profeta no es alguien que repite palabras más o menos sabidas, tradiciones más o menos heredadas, siempre inmóviles, paralizadas. El profeta es alguien que ayuda a iluminar los sucesos actuales con palabras que le llegan desde «muy lejos». No es alguien que se limita a repetir el dogma de los libros, la moral de los libros; la literalidad de la Ley. Ni se contenta con tener bien alineados muchos libros en los anaqueles de su biblioteca. Eso harán los letrados. El profeta es más bien una luz irresistible que trata de hacer ver las «huellas de Dios» en todos los sucesos de nuestro entorno. Eso hacías Tú. Y ésa era «tu autoridad».

PREDICACION/PALABRERIA: Cada domingo he de predicar. Cada día he de hablar. Somos «embajadores de Dios», como dirá Pablo, y «hemos sido elegidos por El para que vayamos y demos fruto, y nuestro fruto dure». «No podemos menos, por otra parte, que repetir lo que hemos visto y oído». Pero si nuestra predicación -y no me refiero sólo al sacerdote, sino también a los padres, catequistas, educadores, cristianos comprometidos- sólo se basa en la autoridad literaria de la oratoria, y no en la «palabra encarnada» del profetismo, terminaremos siendo «una campana que suene al viento», como decía Pablo. O peor todavía. Seremos «un mar de palabras en un desierto de ideas», como se decía de un determinado orador parlamentario.

No estamos llamados a la «palabrería», sino a la palabra. Nuestro ministerio no es la «logomaquia» sino el «servicio al Logos», «servidores de la palabra», tratando siempre de que «el Espíritu gima en nosotros con sonidos inefables». Se nos pide que «purifiquemos nuestros labios y nuestro corazón con un carbón encendido, si fuera preciso, como el profeta Isaías, para poder anunciar digna y competentemente el Evangelio».

Me gustan, Señor, los hombres que hablan bien. Pero se también que «Tú escondes, a veces, ciertas luces, a la gente sabia e importante y la manifiestas a la gente sencilla». Por eso, más que un «elocuente orador sagrado», quisiera ser un «mensajero» de Ti, «que tienes palabras de vida eterna».

ELVIRA-1.Págs. 148 s.


20.

Nexo entre las lecturas

"Enseñar", "enseñanza" son palabras frecuentes en los textos del Nuevo Testamento. Aparecen también varias veces en la liturgia de este cuarto domingo ordinario. Jesús es presentado por san Marcos como el maestro "que enseña con autoridad", "una enseñanza nueva" (Evangelio). No es una enseñanza cualquiera, sino la de un profeta, al estilo de Moisés, prototipo del profetismo en la mente de los israelitas, maestro y forjador de su pueblo (primera lectura). San Pablo, como profeta del Nuevo Testamento, imparte a los corintios su enseñanza sobre el matrimonio y el celibato, dos estados y dos caminos para vivir la dedicación y entrega al apostolado en la Comunidad eclesial (segunda lectura). Esta enseñanza profética, nueva y dada con autoridad, se dirige al hombre para que la acoja y sea receptor activo de su eficacia.


Mensaje doctrinal

1. Jesús, el maestro. El hombre, al nacer, no es un ser ya formado; posee sólo la capacidad de educarse. Necesita, por tanto, de maestros. En la historia de la humanidad han existido diversos ámbitos en que el niño y el joven reciben la enseñanza de sus mayores: la familia, la escuela o la universidad, la sinagoga o la iglesia, el ágora, o el foro, la academia o el club de debates, el periódico o la televisión. Todas las enseñanzas que se reciben son -o al menos pueden ser- útiles y enriquecedoras en la obra de la educación de una persona. Jesús no es un concurrente de tales enseñanzas, sino un Maestro que con su enseñanza infunde un alma a todas las demás. Porque su enseñanza incide en la historia, pero mira además al mundo del futuro, más allá de la historia. Jesús tampoco se presenta ni aparece en los evangelios como un contrincante de los maestros religiosos del pueblo judío -y podríamos añadir de los pueblos paganos-, sino como el Maestro que lleva a plenitud toda la enseñanza religiosa del pasado y sobre todo goza del poder de Dios para hacerla eficaz en la vida de los hombres y al servicio de su bien integral. Así es como Jesús, ante la enseñanza de los escribas, pobre de fuerza divina y hecha de fórmulas cristalizadas en la tradición de los mayores, se muestra en el evangelio como el Maestro por excelencia, que posee propia autoridad en virtud del poder de Dios que en él actúa, y que hace pensar a los oyentes en una enseñanza nueva, es decir, definitiva, porque en ella se funden palabra y acción, sentido y eficacia.

2. Prefiguración y prolongación de la palabra. Ya en la tradición judía el profeta de la primera lectura era interpretado como prefiguración del Mesías, que debería aparecer ante sus contemporáneos como otro Moisés, es decir como un profeta y maestro legislador y forjador del nuevo pueblo. No es difícil imaginar que Jesús mismo -y con él los primeros cristianos- se apropiaran esta prefiguración al ser Jesús el Mesías esperado y al ser la comunidad cristiana el nuevo pueblo forjado por la enseñanza y la acción de Jesucristo entre los hombres. Siendo Jesús el profeta por excelencia, él es la clave de toque del verdadero o falso profetismo, como es igualmente el punto de referencia y el juez de cualquier otra forma de profetismo extrabíblico (en tiempo del deuteronomista eran los profetas cananeos del dios Baal). Pablo, por su parte, (vale lo mismo para cualquier otro "maestro" de las comunidades cristianas ¿no es un profeta o maestro autónomo, sino que su enseñanza hace referencia a Cristo Maestro o es una enseñanza iluminada por la presencia de Cristo glorioso en los labios o en la pluma de Pablo, bajo la acción viva y vivificante del Espíritu Santo. Pablo enseña con autoridad, pero no propia, sino la misma autoridad de Cristo presente en él por el poder del Espíritu. Pablo enseña que hay dos estados de vida: matrimonio y virginidad, ambos don de Dios, ambos llamados a la dedicación y entrega en el apostolado. Pero a la vez enseña que el célibe está en condiciones de vivir más radicalmente esa dedicación y entrega apostólicas que quien vive en compromiso matrimonial.

3. A la escucha de la palabra. Toda palabra o enseñanza es como una llamada que espera una respuesta. La enseñanza, por tanto, tiene una estructura dialogal por su misma naturaleza. Se puede aceptar, rechazar o discutir la enseñanza, pero es obligado dialogar con ella. Cuando se trata de la enseñanza evangélica y cristiana , no cabe otra respuesta que la acogida. Una acogida que es primeramente aceptación de la enseñanza recibida, porque es "enseñanza de Dios". Una acogida que lleva una carga no pequeña de estupor, porque se trata de enseñanzas nuevas, que no se escuchan de "otros maestros" a los que diariamente uno escucha. Una acogida que comporta quizá algo de temor reverencial, porque en definitiva se trata de acoger "el misterio" de Dios en nuestra vida tan impregnada de materia y de pensamientos terrenos. Una acogida que, sin embargo, lleva el sello de la victoria sobre las cosas importantes (el sentido de la vida y de la muerte, la realidad del más allá, el amor a Dios y al prójimo como esencia de la existencia). Una acogida, finalmente, que no puede callarse, sino que conduce a la difusión de la enseñanza aprendida, porque "no podemos callar lo que hemos visto y oído".


Sugerencias pastorales

1. Una palabra viva. En el gran mercado de la palabra, hay existente y agobiante, no es fácil encontrar una palabra viva y vivificadora. ¿Cuántas palabras , cuántas "enseñanzas" llegan hoy al oído del hombre, del cristiano? ¡Millones! Entre todos esos millones de palabras, ¿dónde está la palabra que dé vida y alimente el alma en ese día? El maestro cristiano (sacerdote, padre de familia, catequista...), actualizando la enseñanza de Jesucristo debe decir palabras vivas, palabras con fuerza de eternidad, que no pasen sino que perduren y den sentido y sirvan de crisol a todos los millones de otras palabras escuchadas. Ante esta realidad tan estupenda, uno siente la tentación de preguntarse por qué a veces son tan aburridas las clases de religión o las homilías dominicales. ¿Qué estamos haciendo con la Palabra Viva? ¿Por qué, siendo viva, no logra vivificar el corazón del predicador cristiano y del oyente? Algo está pasando que hace de la Palabra viva y eficaz una palabra quizá estéril y muerta, o al menos sin garra o impulso vital y transformador. Oremos todos para que los maestros de la Palabra lleven siempre en sus labios y en su corazón la Palabra de Vida.

2. Actitud ante el maestro. Cuando la palabra del maestro no es viva ni vivificante, no podemos esperar otra actitud sino el aburrimiento y el rechazo. Esto es tan evidente casi como un axioma. Pero, ¿por qué, incluso cuando la palabra está llena de vida e infunde vida, no es escuchada ni acogida? Ya Jesús tuvo que afrontar este rechazo de su Palabra, porque los hombres encontraban "duras" sus enseñanzas. Y Pablo, ¿no tuvo acaso que hacer frente a tantos que no mostraban interés por su evangelio o simplemente lo rechazaban? No nos debe extrañar que la Palabra Viva sea como un parteaguas que divide a los hombres entre quienes la acogen o la rechazan. La Palabra Viva se escucha en la libertad y para hacer hombres libres, pero hay quienes eligen ejercer su libre albredío rechazando la fuente de la libertad. La Palabra Viva es como una semilla que cae en tierra buena, pero está dura, no tiene profundidad, está repleta de hierbajos. Pidamos a Dios que con su gracia limpie y cultive su campo, de modo que los hombres -nuestros feligreses, nuestros alumnos, nuestros hijos- acepten la Palabra Viva para que dé en su corazón y en sus obras frutos abundantes.

P. Octavio Ortiz


21.Por Neptalí Díaz Villán CSsR.

Jesús el liberador

La literatura bíblica refleja varias líneas ideológicas, así como diversas experiencias de Dios. En el Pentateuco (cinco primeros libros de la Biblia) tenemos tres líneas ideológicas que testimoniaron la experiencia de Dios: Sacerdotal (P), Yavista (J) y Deuteronomista (D).

La Deuteronomista (1ra lect.) pone el énfasis no tanto en el cumplimiento de la ley de manera minuciosa y casi escrupulosa, como lo hacían muchos rabinos, sino en la ley como un don para hacer que en las relaciones humanas reinen la justicia y la buena convivencia.

¿Por qué Dios prometió un profeta? ¿Por qué no le dijo a Moisés todo de una vez? ¿Acaso se le olvidó algo? Para el Deuteronomio la palabra de Dios no es estática, es dinámica. Dios sigue hablando según los signos de los tiempos y es necesario renovar el mensaje sin tergiversarlo. Dinamizar la experiencia de Dios, sin traicionarla: “A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Pero el profeta que se atreva a decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o habla en nombre de otros dioses, será reo de muerte”.

El Deuteronomio fue uno de los textos que más influyó en Jesús. Lo citó en varias oportunidades y se hizo continuador de su manera de interpretar la ley. Aunque Jesús no fue un maestro autorizado por la academia, tuvo la sagacidad de interpretar acertadamente la ley y la Palabra en general. No se limitó a repetir al pie de la letra los preceptos y a aplicarlos sin ningún discernimiento como lo hacían los maestros. Supo comprender que lo esencial era la salvación del ser humano, liberarlo de todas sus esclavitudes, de sus taras y de todo aquello que le impedía vivir a plenitud.

¿De qué libera Jesús en este evangelio? Primero del miedo a la ley, de la interpretación simplista y mediocre, anquilosada y traicionera como lo hacían los maestros oficiales. La gente comprendió que esta era una nueva forma de enseñar: con autoridad, con fundamentos sólidos, con un profundo deseo de liberar al ser humano, y sin algún tipo de interés mezquino, sin nada qué ocultar, sin aspiraciones proselitistas, ni engaños frustrantes.

Jesús nos liberó de la visión del Dios rígido, legislador implacable y nos mostró al papá bueno y misericordioso, con una palabra esperanzadora, siempre dinámica y actualizada. Con el hermoso testimonio de Jesús y con los cambios que vive nuestro mundo contemporáneo, podemos decir con Juan Áreas que “cada época, cada generación, cada nueva revolución histórica, cada nuevo escenario mundial, cada toma de conciencia del mundo y de su devenir necesitan un nuevo Dios, de una nueva forma de concebirlo… lo que no cambia es una cierta insistencia del hombre en la búsqueda de una dimensión que, de alguna forma, lo trascienda en cualquiera de sus actividades, desde la artística a la religiosa, ante la amenaza de vulgaridad de lo sin sentido, que le impide seguir soñando”[1]. Nos corresponde hacer hoy ese discernimiento a la luz del evangelio y analizando nuestro propio devenir histórico.

Jesús libera al hombre los espíritus malignos. ¿Qué es esto? Los demonios o espíritus inmundos no son seres raros que vejan y golpean a las personas; son situaciones internas o externas que desintegran al ser humano. Pueden ser enfermedades físicas, emocionales, espirituales, sicológicas y familiares, corrientes ideológicas o problemas sociales. Pueden ser experiencias traumáticas, recuerdos y/o vivencias de la infancia o de algún otro momento de la historia personal, que enturbian la manera de pensar y sentir, y aunque la persona quiera escapar de ello, no puede; no es capaz de confiar, porque se grabó en ella una profunda desconfianza.

Cuando Jesús estuvo cerca del hombre endemoniado, los malos espíritus no pudieron ocultarse. El camino de Jesús tiene que ayudarnos a identificar los malos espíritus que habitan y dañan la vida personal o social. Con la presencia de Jesús los malos espíritus tienen que salir de su escondite. Ante Jesús, los malos espíritus se dividen; se hace visible lo que es impuro y lo que no puede subsistir ante Dios. Jesús tuvo y sigue teniendo autoridad. Sus Palabras y sus obras producen efecto salvífico en el ser humano.

Hoy tenemos la oportunidad de vivir esta nueva experiencia de salvación. Nos corresponde abrirnos confiadamente al amor misericordioso del Padre manifestado en Jesús y exorcizar los espíritus malignos, es decir, trabajar para eliminar todo aquello que nos impide vivir a plenitud como personas y como sociedad. Nos corresponde evaluar nuestra vida religiosa para evitar todo anacronismo inmovilizador, así como todo libertinaje desbocado. Nos corresponde comunicar nuestra experiencia de salvación para que mucha gente, que vive esclava de los malos espíritus, sea testigo del amor de Dios.


Oraciones de los fieles

1. Por los obispos, nuestros sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas: para que tengan la valentía de predicar el Evangelio en tiempos buenos y difíciles. Roguemos al Señor.

2. Por los padres de familia: para que a través de su autoridad en el hogar, se dediquen más a amar y ser amados que a crear un ambiente de temor. Roguemos al Señor.

3. Por los enfermos y cuantos no han podido venir a nuestra celebración, especialmente los de nuestra parroquia: para que presentes en espíritu, obtengan los bienes de Dios y usen este tiempo para crecer en el amor de Dios. Roguemos al Señor.

4. Por un aumento en las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal; para que tengamos buenos misioneros que lleven la Buena Nueva a los más pobres. Roguemos al Señor.

5. Por todos nosotros presentes aquí: para que cada día la Palabra de Dios sea algo real en nuestra vida. Roguemos al Señor.


Exhortación final

Te bendecimos, Padre, porque Cristo Jesús, tu Hijo,
Basó su autoridad en el carisma y no en la fuerza del poder,
En el servicio liberador y no en la opresión de los demás.

En él nos mostraste que es posible ser hombres libres,
Desposeídos del pecado, señores de nuestro destino,
Hermanos de los demás y solidarios de todo el que sufre.
Ayúdanos a continuar su misión liberadora del hombre actual,
Poseído por los demonios del tener, acaparar y consumir,
Del egoísmo y la soberbia, la insolidaridad y el desamor.

Así el anuncio de tu reino llenará de luz nuestro mundo
Y viviremos en plenitud, libertad y esperanza segura.

Así sea

(Tomado de B. Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 317)


22.

1. "El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, de entre tus hermanos" Deuteronomio 18,15. El Profeta no es el Adivino, Nostradamus, sino "Profanai": El que habla en nombre de Dios. El profetismo fue uno de los mayores regalos que hizo Dios a su pueblo elegido y el que, unido a la monarquía y a la judicatura, mantenían su unidad y contrarrestaban la influencia de los pueblos cananeos, que eran enormemente supersticiosos, y dependían de una caterva de magos, hechiceros, brujos y adivinos, a los que consultaban para conocer el futuro; así como consultaban a los muertos, como el espiritismo actual, y ofrecían sacrificios de niños en holocausto a Moloc. Toda una ralea de degenerados, se aprovechaban de la ingenuidad e ignorancia del pueblo y vivaqueaba a su costa. En este marco, los magos, los hechiceros y los brujos, perniciosa semilla, fueron reemplazados por los profetas auténticos, constituidos por Dios como sus intermediarios que enseñaban al pueblo la voluntad de Dios, para que conformaran a ella su conducta. Benemérita pues la institución profética, que conocemos por el libro del Deuteronomio que nos dice que Moisés era el intermediario entre Dios y el pueblo. David, será el primer rey a quien aconsejará el profeta Natán.

2. Tras el fragor de la entrega en el Sinaí de los Mandamientos, el pueblo se había quejado a Moisés: "Todo el pueblo oía los truenos y el sonido de la trompeta, y veía las llamas y la montaña humeante y atemorizados le dijeron a Moisés: "Háblanos tú y te escucharemos; pero que no nos hable Dios, para que no muramos" (Ex 20, 18). El Señor respondió: Tienen razón...Suscitaré un profeta, como tú. Pondré mis palabras en su boca. A quien no le escuche, yo le pediré cuentas. Cuando muera Moisés, seguirá Dios regalando al pueblo profetas, hasta llegar a Jesucristo. Así se explica que Esteban, arengara a los judíos: "Moisés es el que dijo a los hijos de Israel: "Dios os suscitará de entre vuestros hermanos, un profeta semejante a mí. ¿A qué profeta no mataron vuestros padres? Mataron a los que predijeron la venida del Justo. -Llenos de rabia, apedrearon a Esteban, mientras él veía a Jesús, el auténtico Profeta, intermediario como hombre entre Dios y sus hermanos, de pie a la derecha de Dios en su gloria" (He 7,52). El Profeta debía anunciar todas y solas las palabras de Dios.

3. Comprendemos mejor así la palabra clave de hoy. Puesto que Dios nos va a hablar: "Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestros corazones"... Salmo 94. La Palabra esencial de hoy pues, es: ESCUCHAR.

4. El Evangelio de Marcos resume la predicación de Pedro, que hoy quiere manifestar la actividad taumatúrgica de Jesús y la extensión de su fama. Jesús habla con autoridad Marcos 1,21. Es la correspondencia con el Deuteronomio: Jesús es el "Profeta" prometido, que habla con autoridad porque sus palabras brotan del manantial interior donde el hombre confluye con la Palabra: Las palabras de Jesús son palabras de Dios: "Pondré mis palabras en su boca", había dicho el Señor a Moisés. Jesús no habla como los escribas, que no tienen más autoridad que la que les dan sus hopalandas, la recitación de la ley de memoria, y la observancia del rito sin apelar a la conversión. Y Jesús, para garantizar su derecho de predicar, impera sobre los demonios y los saca de sus guaridas ennegrecidas de los rincones del alma de los hombres: "Cállate y sal de él". Esto se llama hablar con autoridad. Esto y la coherencia de sus obras con sus palabras. Protesta el demonio, porque ve la que se le viene encima: "¿Has venido a acabar con nosotros?".

5. ¿Por qué Jesús habla con autoridad? Jesús ve al Padre y está íntimamente unido a El. El Padre habla por El. El es la Palabra encarnada. Sin esa Palabra no hubiéramos conocido al Padre, porque nadie sabe nada del Padre, sino el Hijo, y mientras el Hijo no comience a revelarnos su Palabra, no podemos conocer al Padre. La palabra humana es la fuente del conocimiento. Mientras el hombre no hable no le conoceremos. No sabremos lo que piensa, lo que lleva por dentro. Aunque Dios había hablado por sus profetas, sólo Jesús, que es su Hijo y Dios pudo darnos a conocer a Dios y sus deseos y voluntad. También San Pablo, al invocar una vez la autoridad de su palabra, la identifica con la fuerza portentosa del Espíritu Santo, con la que actuaba entre los Tesalonicenses: "Cuando se proclamó el evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además, fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda" (1 Tes 1,4). Jesús enseña, expulsa a los demonios, sana a los enfermos y reza. El día de sábado, entrando en la sinagoga, enseñaba: Fue al lugar público de la reunión y de la plegaria el día en que todos estaban allí, e hizo la homilía. Se inserta en la vida religiosa clásica de su tiempo, pero sin encerrarse en ella, pues predicará preferentemente en la vida profana. Se maravillaban de su doctrina, porque hablaba como hombre que tiene autoridad y no como los escribas, que se limitaban a repetir las lecciones y textos memorizados. De la abundancia del corazón, habla la boca. Jesús se distingue por su autoridad soberana, que viene del interior de sí mismo, de su misteriosa persona que un día se descubrirá como divina. De momento se quedan asombrados. "Hoy el mundo no necesita maestros, sino testigos". El cristiano ha de ser un testigo que ha sabido interiorizar personalmente el evangelio y que se compromete con lo que dice.

6. Entre los asistentes en la Sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, empezó a gritar diciendo: ¿Qué hay entre Tú y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Te conozco, Tú eres el Santo, el Santo de Dios.” Los demonios han sido los primeros en descubrir “quién” es Jesús. Por su naturaleza espiritual, eran más sutiles que los hombres. Mientras los hombres sólo se preguntan y se asombran, los demonios, saben. Jesús le mandó: “Cállate y sal de este hombre.” Marcos destaca de una manera singular el secreto mesiánico, porque Jesús quiere revelar progresivamente que El es el “Hijo de Dios”, para evitar un entusiasmo popular que falsearía el sentido de su misión. Una revelación demasiado rápida hubiera sido el mejor medio para desviar esta misión. ¡Lo que muchos cristianos habrían hecho en esa situación! “¡Mirad cómo los mismos demonios reconocen quién soy yo!”. Dios no quiere la publicidad ruidosa. El Verbo no se ha encarnado en la época de los “periodistas” y de la “televisión”, de los móviles y de los mas media. Dios es más discreto. “Todos se preguntaban: ¿Qué significa todo esto? ¡Es una enseñanza nueva, proclamada con autoridad! ¡Manda incluso a los espíritus impuros, y le obedecen!”.

7. Jesús va a vivir una vida muy sencilla, muy humana. Pudo haber nacido de la mujer del Sumo Sacerdote, al fin y a la postre, estaban en la línea religiosa. ¡De cuántas complicaciones se habría librado! ¡Cómo se le habrían facilitado las cosas! Se le habrían abierto todas las puertas. Como hijo del cuerpo, lo menos que habría logrado, habría sido evitar la crucifixión. Pero, no; nace de una joven sencilla y pobre, y un carpintero, que no pinta nada, hace de padre. Y los pobres no gozan de muchos favores. Cuando un notario joven o un médico, comienzan a actuar porque sus padres se han jubilado, gozan de toda la clientela, fama y posición que su padre notario o médico, les han acumulado. También en el orden eclesial sucede algo parecido, no por vía de generación sino de simpatía, de servilismo, de relaciones e influencias, de intereses, etc. Pero Jesús venía a perfeccionar la Ley y a corregir muchas cosas, y si hubiera entrado en el mismo gremio, no habría tenido libertad, ni le hubieran dejado usarla; habría estado mediatizado.

8. En todos los pueblos había una sinagoga. La liturgia tenía dos partes: una, de oración; otra, de lectura y exposición de la Escritura: la Ley y los Profetas, a cargo de un sacerdote, del jefe de la sinagoga, o de algún invitado, capacitado. Y consistía en un parafraseo de la Ley; o una exposición literal o alegórica, o en normas de conducta, parábolas, exhortaciones, etc. El tema era libre y amplio, pero no el método, que consistía en probar la exposición, con la Escritura, la tradición, o las sentencias de los rabinos. Cuando aquel día habló Cristo, causó «estupefacción» en los oyentes, porque «enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mt 7,28). La sorpresa de los oyentes no la produjo el método, sino la doctrina expuesta; doctrina nueva, con el método nuevo de su propia autoridad.

9. Los expositores de la Ley y los Profetas seguían el mismo molde, que consistía en ensartar una insoportable cadena de opiniones: «El rabí tal, dijo esto; el otro rabí dijo lo otro...», y así, toda una inacabable repetición de textos, que no resolvían nada. El mayor elogio de los rabinos célebres, consistía precisamente en que no había dicho nada, ni había enseñado nada, que no lo hubiese aprendido de su maestro.

LA ENSEÑANZA RELIGIOSA

El siglo I conoció varios modelos de maestros y discípulos. En Palestina se daba esta relación magisterial entre los esenios, los bautistas, los fariseos y los saduceos. Los rabinos fariseos agrupaban a varios discípulos a su alrededor. Hillel. Que vivió en tiempos de Herodes el Grande, llegó a tener hasta 80 discípulos. Saulo, llamado después Pablo, era fariseo discípulo del rabino Gamaliel, en Jerusalén: Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres (Hech 22,3).

Los discípulos compartían estrechamente la vida del maestro, trabajaban con sus manos como él y recibían la enseñanza de la Torá. Los estudios, largos y exigentes, convertían en rabinos a esos alumnos. Según una regla del siglo I, el alumno tenía que esperar hasta los 40 años para ser doctor titulado de la Ley. Los escribas o doctores de la Ley participaban de la vida del país y en los tribunales para los asuntos concernientes a la aplicación de la ley que, como hay que recordar, afectaba al conjunto de los sectores de la vida privada y social.

Los alumnos conocían el texto de la Ley. También se aprendían de memoria los escritos de los profetas y los demás escritos sagrados. Conocían asimismo la tradición (ley oral) que para ellos tenía el mismo valor que la Ley escrita. En las escuelas había diferentes tendencias para interpretar la Ley. La escuela de Hillel se distinguía de la de Shammay por su tendencia menos rigorista.

El estudiante lo aprendía todo de memoria. Los maestros procuraban enseñar frases concisas, acuñadas de tal forma que llamaran la atención. El alumno no tenía reparos en repetir innumerables veces un pasaje: El hombre que repite un capítulo cien veces no puede compararse con el que lo repite ciento y una vez, decía Hillel.

Pero a diferencia de estos maestros, Jesús no hacía referencia a ninguna tradición recibida. No citaba a ningún rabino anterior en busca de autoridad para sus palabras: Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas (Mt 7,28). Las palabras tenían una fuerza propia, al margen de toda tradición interpretativa de la Ley que conectara a los maestros actuales con el mismo Moisés. Apartándose de esta cadena de transmisión de la Ley revelada, parecía que el mismo Dios hablara por su boca. Y eso era una pretensión inaceptable para muchos.

Además las enseñanzas de los rabinos concentraban a sus alumnos en la Ley, como centro de toda su vida religiosa. Los discípulos de Jesús se centran en la persona misma de Jesús, porque él declara que en su persona se manifiesta el Reino de Dios que ya había llegado.

10. El método de Cristo era distinto. El, prescindiendo de esas sentencias, interpretaba con su autoridad; y dictaminaba por sí mismo: «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo... Pero yo os digo...» (Mt 5,38). Insinuaba su divinidad, porque la Escritura era palabra de Dios y sólo Dios podía interpretarla con autoridad propia. Un profeta hablaba en nombre de Dios. Pero Cristo hablaba de la Ley de Dios, y la interpretaba y la exponía, con autoridad propia. Luego era Dios.

11. El «endemoniado», al oír la enseñanza de Cristo grita, en medio de la asamblea: «¿Qué hay entre ti y nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Te conozco; tú eres el Santo de Dios». El calificativo que marca la diferencia entre ti y nosotros, denota de una manera muy clara la lucha entre los dos antagonistas y la victoria sobre el «espíritu impuro». Por eso el «endemoniado» le increpa que no venga a «perdernos". Isaías ya había dicho que los poderes celestiales malos, demoníacos (Ef 2,2) serán al final encadenados por Dios (Is 24,22). A esto alude esta exclamación. El tiempo dominado especialmente por la acción diabólica en el mundo, comenzaba a quedar sometido con la inauguración del reino mesiánico (Jn 12,31). Los evangelistas recogen que la fama de Jesús, se fue extendiendo, en «toda la tierra de los alrededores de Galilea", por la «doctrina nueva», «revestida de autoridad y rubricada por el milagro sobre los espíritus impuros», que probaba el dominio de Cristo sobre el reino del maligno. Había comenzado ya su victoria, demostrando que el reino de Dios actuaba ya en Israel (Mt 2,28). La acción diabólica en el mundo quedaba sometida al imperio de Jesús (Jn 2,31). Los oyentes de Jesús saben además, lo que les ha pasado por dentro, cómo les ha nacido el deseo de conversión y de ser mejores. Cómo han brotado en ellos fuerzas y decisiones. Y las fuerzas del mal..., existen. ¡No como amuletos!

12. Las fuerzas del mal están en el mundo, y también dentro de nosotros. ¿Por qué sentimos tanto la inclinación hacia el mal? ¿Cuántas veces nos decimos a nosotros mismos: “Parece que tuviera el demonio dentro”? ¿En cuántas oportunidades destruimos a nuestros hermanos con nuestros comentarios o nuestros chismes? Tantas otras veces..., hacemos de nuestra vida un verdadero infierno. ¡No es posible negarlo! El mal es una realidad, y una realidad espantosa. Pero Si bien es cierto que existe el mal, existe “el que es más fuerte que el mal”. En el siglo XX hemos experimentado o conocido las fuerzas del mal y, como si Satanás se hubiera encarnado en personas determinadas que obraban, planeaban y organizaban como demonios. Existe el que hace “callar” y expulsa el “espíritu impuro”. Jesús posee el poder del Reino de Dios. Él vino para liberarnos de todo lo que nos oprime, de todo lo que nos esclaviza. La Palabra del Señor, no es “sólo sonido”, la Palabra del Señor es “Palabra de poder”. Es Palabra creadora. La gente se dio perfectamente cuenta de que Jesús no enseñaba como los escribas que no hacían más que interpretar la doctrina de los profetas anteriores.

13. Los mejores maestros enseñaban siempre repitiendo lo que habían dicho Moisés y los profetas. Pero en la primera lectura de la misa de hoy se lee que el Señor dijo a Moisés: "Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que yo le ordene” La gente descubre en Jesús al “nuevo profeta”, anunciado en el Antiguo Testamento Jesús no vino a repetir lo viejo ni a explicar las tradiciones de los antepasados sino a revelar una novedad auténtica; por eso habla con autoridad y así lo reconoce el pueblo. Ese “hablar con autoridad”, no significa que Jesús tenía una forma muy erudita de decir las cosas. El Señor usó un lenguaje sencillo La autoridad de Jesús no es sólo lo que dice, sino que realiza lo que dice. Las palabras de los hombres pueden ser maravillosas. Hay sabios que han dejado enseñanzas que sorprenden por su profundidad. Pero estas enseñanzas no tienen el poder para cambiar la realidad. En el mejor de los casos serán proyectos para un mundo mejor, pero sin fuerzas para realizarlo. La Palabra de Dios, en cambio, realiza lo que dice. No se trata de repetir siempre lo mismo, sino de crear un mundo nuevo. El diablo comprendió que el poder de Jesús ponía en peligro su reino del mal. Por eso le presenta a Jesús sus quejas. Se siente dueño de este mundo. Desde el origen de la historia humana el mal ha ido creciendo. Ahora aparece Jesús y no solamente habla sino que también demuestra que tiene poder para destruir las obras del demonio. La obra del diablo está en peligro, por eso dice: “¡Has venido a acabar con nosotros!”. Jesús ni siquiera se molesta en contestar a las preguntas del diablo. Dando una nueva prueba de su autoridad, solamente da una orden: que se vaya y deje en paz al pobre hombre. Y con grandes muestras de contrariedad se aleja el demonio dejando libre al hombre. Es bueno observar que Jesús no arroja al demonio con ninguna práctica de magia o espiritismo. Jesús lo expulsa sencillamente con su orden..., con el “poder de Dios”. La Palabra de Dios tiene ese mismo poder que mostró Jesús con el demonio en la sinagoga de Cafarnaún. La Palabra de Dios nos libera de lo que nos oprime, nos perdona, nos da salud y Salvación. Jesús habla con autoridad y poder también hoy. Pero para que Jesús pueda obrar, necesita que escuchemos su Palabra y que la vivamos con sinceridad. Si Jesús es el Santo de Dios, como lo reconoce el demonio en este pasaje del Evangelio, el pueblo que lo sigue –cada uno de nosotros-, debe ser un pueblo santo. El arma del cristiano es la Palabra de Dios, vivida, practicada y anunciada. Jesús puede ordenar al demonio que deje en libertad a aquel hombre, porque Jesús mismo está libre de corrupción, es el “Santo de Dios”.

Si nosotros queremos vivir hoy este evangelio como una realidad, debemos partir del convencimiento de que nuestra santidad de vida es la única forma de renovar nuestro mundo de hoy. La comunidad cristiana debe ser el testimonio viviente de la santidad que se opone y destruye la raíz de todo mal. Sólo los santos –y así se llamaban en los primeros tiempos los cristianos- pueden renovar la sociedad desde la raíz. ¿Por qué? Porque en ellas ya se obró la renovación del Espíritu.

14. ¿"Qué creéis que es predicar? ¿Estar una hora hablando de Dios y de la solidaridad? No. Que venga a ti un demonio y salga hecho un ángel, decía San Juan de Avila. Y al cura de Ars le decía el demonio: ¡Sapo negro, ¿por qué me haces tanto daño? ¡Hay muchos sapos negros que no me hacen tanto daño como tú"!. ¿Por qué no le haces caso al vestido violado, que te ha dicho que no madrugues tanto y que no estés tantas horas en el confesionario? Los vestidos violados actuales no tendrán que ejercitar mucho la persuasión para que esto se cumpla.

15. El hecho cristiano puede ser vivido de varias maneras. Una: yo soy cristiano, pero no dejo nada de lo que tengo, quiero poseer lo más que pueda; viviré sin que nadie pueda reprocharme ninguna palabra ni acto, conservando intactos mi fama y mi prestigio. No dejaré ninguna misa...Lo pasarlo bien aquí, y como he hecho los primeros viernes, tengo el cielo asegurado. Es una especie de superstición. Otra: El misterio. La semilla de Dios sembrada en mí debe crecer... Esta manera rompe el esquema humano. De la primera deviene una religión humanista, ética, que busca en los libros cómo cumplir los deberes morales. Hasta dónde podré llegar para no pecar. De la segunda, en fe, busca saber cuál es la voluntad de Dios. La primera, forcejea con Dios para que le de lo que humanamente le apetece. Es un chalaneo. La segunda acepta la voluntad de Dios: "No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22,42). Esta es la forma de enseñar Jesús con autoridad y con vida; no con la rutina de un profesional, sino con la seguridad de un entregado, que construye el Reino apasionadamente.

16. "Hasta los espíritus inmundos le obedecen". El Reino de Dios y el demonio son antagonistas. Cuando vive el Espíritu Santo en un hombre, vive en él el Reino de Dios. Cuando el hombre vive según la carne, vive en él el diablo, que le domina por la: avaricia, lujuria, envidia, soberbia, vanidad, rivalidad...(Gal 5,19). Las obras de la carne someten al hombre al diablo. Y para salir de su poder, serán inútiles todas las razones. La destrucción de ese reino es obra de Jesús. "Si queréis que convenza a ese calvinista, traédmelo; si queréis que se convierta, llevadlo a San Francisco de Sales, dijo el Cardenal Belarmino.

17. Los discípulos de Jesús, habían forcejeado con un demonio inútilmente. El padre del muchacho, se lo trajo a Jesús, y le dijo: "Maestro, he pedido a tus discípulos que lo echasen, pero no han podido". -¿Por qué nosotros no hemos podido?-, preguntaron sus discípulos. "Esta clase de demonios se lanza sólo con oración y ayuno" (Mt 17,20).

18. Nos lee San Marcos la agenda de Jesús: Va a la sinagoga. Visita la casa de Simón y Andrés. Curó a la suegra de Simón. Cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos e impedidos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó enfermos y expulsó demonios. Una jornada agotadora. Por la noche durmió: Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar (Mc 1,29). "Todo el mundo te busca", le dijeron Simón y sus compañeros. "Vámonos a predicar". Ya podía ir a predicar. Había madrugado para estar con su Padre. Hoy no madrugamos porque la televisión nos invita a quedarnos ante la caja tonta. Y la predicación, resulta floja y repetitiva, sin garra. Y los demonios juegan con los hombres que es un gusto.

19. Si no hay oración, ya vemos cuántos demonios habrá. Sólo Jesús por su Palabra y por los Sacramentos obra con poder salvador. Si fallamos en la oración, frenamos la venida del Reino. Esterilizamos la oración del Padre Nuestro: "Venga a nosotros tu Reino".

20. Hemos celebrado estos días la Semana por la Unión de las Iglesias, problema siempre en todos los órdenes, arduo. Ni siquiera en la familia hogar reina siempre la paz y la armonía. Ni siempre hay comprensión. Muchas veces en vez de ser el hogar “el sedante”, que calme la agitación moderna en que vivimos, es allí donde se agudizan las tensiones que pueden llegar a exasperarnos. Hay muchos hogares rotos. Hay demasiadas casas que no son hogares; a lo sumo, residencias u hoteles; son muchas las casas en las que hay personas físicamente cerca pero con los corazones muy distantes. Y esto ocurre en todos los aspectos de la vida. También en la vida de la fe, hay abismos de incomprensión entre los mismos familiares. A veces, las distancias comienzan por cosas insignificantes, caracteres diferentes, dominantes, absorbentes, tímidos y cobardes, suspicaces, hipersensibles al yo soy primero, o debo saberlo antes y me he enterado después, no se me ha contado con mi autoridad, aunque sea de cabeza de ratón; no me has dicho que ha sonado el teléfono, o si lo has cogido tú, cuando era yo quien primero debía de recibir la llamada. Yo no soy nadie, cuando tengo vocación de ser el perejil de todas las salsas. Un amigo sacerdote me contaba, que tenía un ama de llaves que si oía en la misa alguna advertencia que no la hubiera comentado de antemano con ella, estaba bien servido de cara larga meses enteros. Soberbia, dominancia y orgullo clarísimos, que crea ambiente tenso, desagradable, inaguantable y causa malestar y deseo de romper con la que debía ser familia hogar. Se ama poco a Cristo y mucho al yo. Y eso no es seguir a Cristo ni a diez kilómetros. También el Señor sufrió la incomprensión de sus familiares...Y puede suceder que a nosotros nos pase lo mismo. Puede ser que “nuestra gente” nos llame “exagerados”, cuando dedicamos a juicio de ellos, demasiado tiempo en dar a conocer a Dios. Comprendo una Semana de oración para conseguir la Unidad de los hermanos separados, porque si es difícil mantener la unidad familiar, de congregación a congregación, de Orden a Orden, ¿cómo no va a hacer falta un milagro, que sólo se logra con oración y ayuno, para que confesiones religiosas separadas a través de tantos siglos y con preeminencias tan arraigadas, cedan en algo para conseguir la unidad que es el máximo deseo de Cristo, manifestado en las últimas horas de su vida?

21. Después del imperio napoleónico, en el siglo de las luces, surgió la herejía del galicanismo: primero franceses, después católicos. Por poco inteligente que sea el lector, no es necesario que me esfuerce en seguir enumerando nacionalismos. Los nacionalismos se curan viajando, y estudiando. Todos conocemos al Doctor Gregorio Marañón. Un hombre de tanta categoría, era presidente de varias asociaciones. Cierto día tuvieron que visitar a Franco tres o cuatro de éstas y, naturalmente él las presentaba a todas y a cada una. Al terminar la última visita, Franco le dijo a Marañón, y usted, Marañón, ¿cuándo estudia? Tomás de Kempis dice: "Qui multum pregrinantur, tarde sanctificantur". "Los que mucho viajan, tarde se santifican". Viajando constantemente, ¿cuándo estudian, cuándo atienden a la familia de la fe? El Padre Lombardi dio una conferencia a religiosas y les contó lo siguiente: Estando con el Papa Pío XII, el Santo Padre se lamentaba de la escasa formación de las religiosas y le decía: Una aldeana dice que tiene vocación de monja y se mete en un convento. Y ¡a contemplar! ¿Queréis decirme qué contempla esa monja? Lo mismo vale para los religiosos.

22. Y en lo tocante al particularismo, ocurre lo mismito en el orden religioso: el apellido delante del nombre: antes cartujo, después el nombre: católico. Y ahora, tampoco voy a seguir. Está en la mente de todos. Y no digamos cuando alguien, que siempre estuvo supeditado en su trabajo a obedecer, si llega un día a mandar, cómo procede en el ejercicio de su mando, parece que desahoga toda su alergia en los que para él siempre serán súbditos, como él se sintió, haciendo bueno el refrán que dice: “No sirvas a quien sirvió ni ames a quien amó”. Ya entre los primeros, dice Juan: "Maestro hemos encontrado a uno lanzando demonios y se lo hemos prohibido, porque no es de los nuestros". Es primero que actúen los nuestros y preferible que sigan dominando los demonios. Si no es de los nuestros no tenemos por qué ayudarle. ¿A quién servimos? ¿Son nuestras las almas? Y comulgamos y rezamos mucho, pero los nuestros delante para que el burrito no se espante. ¿Actuó Cristo así? Pero, como he dicho, hacen falta milagros para que se logre esa metanoia, que además nos parece tan normal y, siendo tan antievangélica, pensamos que no tenemos mala intención, pero estamos haciendo la competencia, como si estuviéramos en un comercio. Y Jesús esto no lo quiere, ni lo bendice, aunque crezcan los números y aumenten las cuentas de resultados. Se vive según el mundo, pero no según el evangelio. Pensémoslo un poco porque nunca de tan poco depende tanto.

JESÍS MARTÍ BALLESTER