SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Mc 1,21-28: El Señor mira a la raíz, no a la flor
La justicia del hombre comienza por la fe. ¿Qué es lo propio de la fe? Creer. Pero incluso esta fe ha de distinguirse de la de los espíritus inmundos. ¿Qué es lo propio de la fe? Creer. Pero he aquí que dice el apóstol Santiago: También los demonios creen, y tiemblan. Si sólo tienes fe, viviendo sin esperanza o careciendo de amor, piensa: También los demonios creen, y tiemblan (Sant 2,19). ¿Qué tiene de grande decir que Cristo es Dios? Lo dijo Pedro y escuchó: Dichoso tú, Simón hijo de Jonás; pero lo dijeron también los demonios y escucharon: Callad. A Pedro se le llamó dichoso porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16,17). Los demonios, en cambio, escucharon: Callad (Mc 1,23). Dicen lo mismo que Pedro y se les rechaza. Dicen lo mismo; pero el Señor mira a la raíz, no a la flor. Por eso dice en la carta a los-Hebreos: Para que ninguna raíz amarga, al brotar, cause molestias y por ellas se contaminen muchos (Heb 12,15).
Ante todo, pues, distingue tu fe de la de los demonios. ¿Cómo? Los demonios dijeron aquellas palabras con temor; Pedro con amor. Añade por ello la esperanza a la fe. ¿Y qué esperanza existe que no surja de cierta bondad de la conciencia? Añade a la misma esperanza el amor. Según el Apóstol, tenemos un camino excelente: Os muestro un camino sobremanera excelente: Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como un bronce que suena o un címbalo que retiñe. Enumera a continuación los demás bienes, confirmando que sin la caridad no sirven para nada. Permanezcan, pues, las tres: la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de todas es la caridad. Perseguid la caridad: discernid, pues, vuestra fe. Formáis parte del grupo de los predestinados, de los llamados y de los justificados. El apóstol Pablo dice: Ni la circuncisión ni el prepucio valen algo; sólo la fe tiene valor. Di algo más, ¡oh Apóstol!, añade algo y distingue: También los demonios creen, y tiemblan. Añade y distingue, pues también los demonios creen lo que odian, y tiemblan. Distingue, ¡oh Apóstol! Marca los límites a mi fe y separa mi causa de la gente no santa. No hay duda de que la distingue, separa y delimita: La fe, dice, que obra por amor (Gál 5,6).
Que cada uno de vosotros, hermanos míos, mire a su interior, se juzgue y examine sus obras, sus buenas obras; vea las que hace por amor, no esperando retribución alguna temporal, sino la promesa y el rostro de Dios. Nada de lo que Dios te prometió vale algo separado de él mismo. Con nada me saciaría Dios a no ser con la promesa de sí mismo. ¿Qué es la tierra entera? ¿Qué la inmensidad del mar? ¿Qué todo el cielo? ¿Qué son todos los astros, el sol, la luna? ¿Qué el ejército de los ángeles? Tengo sed del Creador de todas estas cosas; de él tengo hambre y sed y a él digo: En ti está la fuente de la vida (Sal 35,10). Él, a su vez, me responde: Yo soy el pan que he bajado del cielo (Jn 6,41).
Que mi peregrinación esté marcada por el hambre y sed de ti, para que me sacie en tu presencia. El mundo se sonríe ante muchas cosas, hermosas, resistentes y variadas, pero más hermoso es quien las hizo, más resistente, más resplandeciente, más suave. Me saciaré cuando se manifieste tu gloria (Sal 16,15). Si existe en vosotros la fe que obra por el amor, pertenecéis al grupo de los predestinados, llamados y justificados. Crezca, pues, en vosotros. La fe que obra por el amor no puede existir sin esperanza. Llegados a la meta, ¿existirá allí la fe? ¿Se nos dirá todavía «cree»? Ciertamente no. Lo veremos y le contemplaremos a él. Amadísimos, somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Dado que aún no se ha manifestado, es necesaria la fe. Somos hijos de Dios, hijos predestinados, llamados, justificados. Somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Por lo tanto, de momento, se necesita la fe hasta que se manifieste lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes. ¿En virtud de la fe? No. Porque le veremos tal cual es (1 Jn 3,2).
Sermón 158,6-7
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