Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia R E F L E X I O N E S


REFLEXIONES

(Más REFLEXIONES sobre las Bienaventuranzas en DOMINGO/06C)

 

1.

Jesús habla a dos clases de hombres o a dos situaciones del hombre. Unos, los que tienen puesto su corazón (el corazón en sentido bíblico) en una futura situación del mundo, en un porvenir de esperanza. Son aquellos que no se conforman con la situación actual de nuestra vida. Son los nostálgicos de una bondad que no hay. Son los disconformes en bondad. Los que quieren cordialmente una bondad que afecte tanto al cuerpo como al espíritu porque el hombre es una unidad.

Los otros hombres, nosotros mismos en otra situación son o somos los que dicen o decimos "sí" a la situación actual. Los conformistas, que pactan o pactamos con el mal, con la comodidad, con el egoísmo. Los que están o estamos atados a una situación de imperfección, de injusticia, de pecado.

Son bienaventurados los que ansían el Reino, los que ansían un mundo nuevo, pero no en éste o en el otro aspecto, sino radicalmente nuevo que por eso se llama "otro mundo". Es el mundo transfigurado por la Redención. Y los que ansían ese mundo transfigurado son pobres, lloran, padecen, pero gracias a las palabras y los hechos de Jesús tienen esperanza. Una esperanza distinta, nueva, que contradice las esperanzas horizontales de nuestro egoísmo y afán de poder.

Los pobres son los que viven, A LA VEZ, en dos mundos: en el presente lleno de injusticia y en el futuro lleno de promesa.

Jesús condena a los que están "satisfechos" en este mundo tal como está. El hambre que despierta el Sermón de la Montaña sólo se sacia en la fidelidad a Cristo, que no deja descansar. Por eso el Espíritu es perturbador.

CARLOS CASTRO


2. CR/DIFERENTE

Dos ideas claras. Lo que aquí nos interesa es que seamos conscientes de dos cuestiones esenciales:

-Que vivir como cristianos trae una serie de consecuencias.

-Que esas consecuencias no deben llevarnos al desánimo, sino a considerarnos y sentirnos bienaventurados.

El cristiano, un hombre diferente. Ser fiel a Jesús, vivir como cristiano, seguir el Evangelio, trae, necesariamente, una serie de consecuencias; y también podemos formular esta afirmación en sentido inverso: si no aparecen las consecuencias, si no se producen esas situaciones en la vida del cristiano, su cristianismo es, cuando menos, de dudosa fiabilidad. Quizá estamos demasiado acostumbrados a nuestro cristianismo de diario, un cristianismo "especial" reducido al cumplimiento de unas obligaciones religiosas que, por divorciadas de la vida, en nada afectan a ésta; unas prácticas que no tienen más repercusión en la vida que el tiempo que lleva el realizarlas; todo lo demás sigue exactamente igual; y podemos hacer compatible el realizar esas practicas con un estilo de vida plenamente idéntico al de cualquier no creyente.

Pero no debemos tener la más mínima duda al respecto: si hay verdadera fe, si hay auténtica vivencia cristiana, eso se tiene que notar en la vida del creyente. Y se tiene que notar en que su vida es diferente de lo usual. El estilo de vida que se construye sobre el Evangelio es realmente diferente de cualquier otro estilo de vida que no se basa en el Evangelio.

Los bienaventurados. Por decirlo en pocas palabras, vivir al estilo del Evangelio nos puede llevar a "vivir la vida al revés": valorar lo que normalmente no se valora (v.gr.: la fidelidad, la abnegación, la entrega, la servicialidad, el estar al servicio del prójimo, el tener más confianza en Dios que en ninguna otra cosa, el compartir, el renunciar a un afán ilegítimo de posesión, la valoración de las personas por ser seres humanos, no por su categoría, sus posesiones, su edad o su belleza, etc.) y dejar como secundario y no importante aquello por lo que la mayoría se desvive (el dinero, el poder, la superioridad sobre los demás, la presunción, la obsesión por la belleza, la valoración sólo de lo juvenil, el afán de ser más que los demás, etc.).

Y aquí se produce una de estas dos consecuencias:

-O uno tiene mucho temple para aceptar esa vida "a contrapelo", aguantando las incomprensiones de quienes le rodean o incluso las burlas de quienes piensan que uno anda perdiendo el tiempo;

-O termina por adaptarse al estilo de vida de la mayoría, valorando, luchando y buscando conseguir exactamente las mismas cosas que cualquier otro, aunque conservando, por la razón que sea, esa capa externa de religiosidad, reducida a su más mínima expresión: unas cuantas prácticas más o menos interesantes. (Y, por una vez, que quede claro que no tenemos, por principio, nada contra dichas prácticas; si son expresiones de una vivencia de fe, buenas y necesarias son; si se pueden utilizar como medio catequético para lograr una mayor vivencia de fe, importantes y útiles resultan; si sirven para sentirse satisfechos, para eludir el compromiso vital, para tranquilizar conciencias, nefastas y diabólicas podemos considerarlas; y mucho nos tememos que este último caso sea de los más frecuentes; no es, por tanto, nuestra crítica contra las prácticas en sí, sino contra el servirse de ellas para fines impropios.

Jesús da ánimos a los suyos. Las bienaventuranzas que hemos leído hoy pueden tener muchas lecturas, muchas interpretaciones; una de ellas es la de verlas como las palabras que Jesús nos dirige para que seamos del primero de los grupos que acabamos de mencionar, para que seamos personas de temple, para que no nos amoldemos cómodamente a la mayoría, para que no nos dejemos arrastrar por la corriente, para que no nos dejemos llevar por el desánimo.

Quien elige vivir como cristiano se verá abocado a una clase de vida que no es del agrado de la mayoría, que no se lleva, que no es bien vista (pobres, pacificadores, humildes, misericordiosos...). Pero Él nos dice: ¡Tranquilos!, vivir así no es una desgracia. Si os ha tocado vivir así, ¡dichosos vosotros!; es que habéis elegido el buen camino. Y aunque muchos os digan que estáis perdiendo el tiempo y malgastando la vida, aunque vosotros mismos sintáis alguna vez la tentación de pensar eso mismo, vosotros sois los verdaderos triunfadores. Y un día vais a alcanzar el triunfo. No os dejéis llevar ni por las apariencias ni por las habladurías:

¡Vosotros sois los Dichosos! ¡Confiad en Mí!

L. GRACIETA
DABAR 1987/13


3. RIQUEZA/FELICIDAD  
MIENTRAS HAYA POBRES SE PUEDE SER RICO PERO NO FELIZ

El dinero no hace la felicidad. Eso decimos con la boca pequeña. Pero lo que pensamos para nuestros adentros es que sin dinero, sin mucho dinero, no hay manera de ser feliz. Y eso es lo que se pone de manifiesto en la vida. Ganar dinero es no sólo una meta, sino también una obsesión colectiva.

Pero en esto, como en otras muchas cosas, ¿no andaremos equivocados? Porque condicionar la felicidad a la riqueza es admitir que fatalmente la felicidad es sólo privilegio de unos pocos. Y lo que es peor, es aceptar con resignación que la felicidad de los unos, los que llegan a ser ricos, conlleva la desgracia de la mayoría, que nunca alcanzará el nivel de los ricos. ¿O acaso podemos ser ricos todos? Mientras haya pobres, y precisamente porque los hay, uno puede llegar a ser rico, pero ¿puede ser feliz? ¿Se puede abrigar la pretensión de ser feliz a costa de la desdicha de los demás? ¿Tan ruin y mezquina es la felicidad a la que aspiramos? A primera vista parece que sí.

Parece que una de las mayores satisfacciones de los ricos es que son pocos, la excepción. Lo que vale tanto como decir que una de las mayores satisfacciones de la riqueza es la pobreza de los otros. Como si para disfrutar del confort exquisito de una gran mansión, fuera necesario saber que muchos no tienen casa confortable. O como si para poder saborear las delicias de un buen menú, hiciera falta recordar el hambre de los que ni siquiera pueden comer.

Pero eso no es, no puede ser la felicidad, sino su perversión. Eso sería poner la felicidad de los unos en la desdicha de los otros. Uno, en tal caso, sería tanto más feliz cuanto más desdichados fuesen los demás. Pero esa felicidad, la que proporciona la riqueza y al precio que la proporciona, no tiene que ver nada con la felicidad humana. Mientras haya pobres, la riqueza ¿puede dar otra cosa que vergüenza?

EUCARISTÍA 1978/06


4. EP-CRA/EP-HUMANA

La esperanza del más allá y la del más acá no son antagónicas, pues ni siquiera pueden separarse; son, más bien, como el alma y el cuerpo, que no pueden vivir la una sin el otro.


5.

1. Las bienaventuranzas son el gran texto de referencia de nuestra homilía y conviene que sea uno de los textos de referencia para todos los cristianos.

Pero antes que el texto, conviene que captemos su melodía y dejemos que nos embelese y nos subyugue. Y la melodía tiene un doble tema: la gran proclamación -¡dichosos!-; y los destinatarios y los caminos de esta felicidad. Pero también hemos de darnos cuenta de que ambos motivos convergen en Jesús.

Las bienaventuranzas son su retrato espiritual. Como dijo Isabel a María, también nosotros podemos exclamar con toda verdad refiriéndonos a Jesús: "¡Dichosa tú porque has creído!", dichoso tú, que te has fiado del Padre, dichoso tú, el gran creyente, aquel "que inicia y consuma la fe" (Hb 12,2).

2. En un mundo que busca la felicidad de una manera alocada ¿seremos capaces de hacer emerger el mensaje cristiano como una llamada a la felicidad, como una promesa de la felicidad de parte de Dios? Topamos con una imagen que nosotros mismos habíamos dado (¿o continuamos dando?) de Dios y el cristianismo como poco amigo de la alegría de la vida, para ver como Jesús responde a las expectativas de felicidad de las gentes sencillas. Lo recordábamos el domingo pasado: "Acreciste la gloria, aumentaste el gozo, como gozan al segar, como se alegran al repartirse botín" (1. lect. y ev.). Que nuestra presentación del mensaje cristiano no sea de tonalidades oscuras: Dios es luz radiante. Y tenemos la inmensa alegría de anunciar de su parte la Buena Noticia. De gritar "¡Dichosos!" con la fuerza y la verdad de Dios. ¿Quién -excepto él- puede hacer realidad esta esperanza que él mismo ha puesto en nuestro corazón? "¡Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón se halla inquieto hasta que no repose en ti!" (san Agustín).

3. Más que la felicidad, el gozo, muchos jóvenes parece que buscan hoy el placer: constante, ruidoso, exterior, ligado a la excitación, al sexo, al comer, al beber, al "colocarse".

Con un afán que pone de manifiesto un vacío interior. Se acaba un fin de semana, y ya se espera el siguiente, y se piensa en las vacaciones en la nieve y se hacen planes para la gran salida de verano. ¡Cuán lejos nos hallamos de esta plegaria "Señor, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero"! (oración colecta D. 33). En lugar de este gozo de plenitud, las perspectivas se reducen a pasarlo bien superficialmente, con un afán desazonado de exprimir la vida que se escapa. ¿Cómo haremos brillar la luz de Evangelio en su cielo con tantas lucecitas rutilantes multicolores?; ¿cómo les llevaremos el anuncio de felicidad de la Buena Noticia de Jesús? Al menos los que nos decimos cristianos, amémosla, descansemos en ella, gocemos de ella.

J. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1993/02


6. LA MONTAÑA 

El Sermón de la Montaña es el título más elevado que tienen los hombres para existir.

Para su presencia en el universo infinito.

Es nuestra justificación suficiente. Es la patente de nuestra dignidad de seres dotados de alma. Es la prenda de que podemos elevarnos por encima de nosotros mismos y ser más que hombres. Es la promesa de esta suprema posibilidad, de esta esperanza de nuestra ascensión por encima de la bestia.

Si descendiese hasta nosotros un ángel desde un mundo superior y nos preguntase qué era lo mejor que habíamos hecho en nuestras casas y lo de precio más elevado, la prueba de nuestra certidumbre, la obra maestra del espíritu llegado a la cúspide de su capacidad; si eso nos preguntara, nosotros no lo conduciríamos a que viese las grandes máquinas engrasadas, los prodigios mecánicos de los que estúpidamente nos enorgullecemos, siendo así que han hecho la vida más angustiosa, más esclava, más breve -y son, además, objetos materiales puestos al servicio de necesidades y superfluidades materiales-, sino que le presentaremos el Sermón de la Montaña, y después de éste, únicamente después, algunos centenares de páginas entresacadas de los poetas de todos los pueblos. Pero el Sermón sería siempre el diamante único, refulgente en su limpio esplendor de luz purísima en medio de la miseria coloreada de las esmeraldas y de los zafiros.

Y si los hombres fuesen convocados ante un tribunal sobrehumano; si tuviesen que rendir cuenta a los jueces de todos los errores inexpiables y de las viejas infamias renovadas cada día, de las matanzas que vienen realizándose por espacio de milenios, de toda la sangre que ha manado de las venas de nuestros hermanos y de todas las lágrimas que han caído de los párpados de los hijos de los hombres, y de nuestra dureza de corazón y de nuestra perfidia, que quizá sólo puede parangonarse con nuestra imbecilidad, no nos presentaremos ante ese tribunal con los razonamientos de los filósofos, aunque sean juiciosos y bien hilados; ni con las ciencias, sistemas efímeros de símbolos y de fórmulas; ni con nuestras leyes, miopes transacciones entre la ferocidad y el miedo. Como resaca de tanto mal, como compensación de nuestras insensatas realidades, como apología de sesenta siglos de historia espantosa, como atenuante única y suprema de todas las acusaciones, no tendremos otra cosa que los pocos versículos del Sermón de la Montaña.

Quien lo ha leído y no ha sentido, por lo menos en el corto momento de la lectura, un escalofrío de agradecida ternura, un impulso de llanto en lo más hondo de la garganta, un estrujamiento de amor y de remordimientos, una necesidad confusa, pero punzante, de hacer algo para que aquellas palabras no se queden tan sólo en palabras, para que aquel Sermón no sea únicamente sonido y señal, sino esperanza inminente, vida cálida en todos los vivos, verdad actual, verdad para siempre y para todos; quien lo ha leído una sola vez y no ha experimentado todo eso, es que necesita antes que nadie nuestro amor, porque todo el amor de los hombres no alcanzará jamás a compensarlo de lo que ha perdido.

GIOVANNI PAPINI
HISTORIA DE CRISTO
AGUILAR/MADRID 1957/Pág. 87 s.


7. PO/OTRAS-BITS/MANZANO 

OTRAS BIENAVENTURANZAS (del Disco "Aquí en la tierra", de MANZANO)

Las bienaventuranzas

Las bienaventuranzas 
Son todas estas y muchas más. 
Vuelve al mundo del revés 
y las tendrás. 
Las bienaventuranzas 
son el camino de la verdad. 

1º.— Dichoso el que no pone 
su empeño en el dinero, 
y vive la aventura 
de odiar toda ambición. 
Pero pobres de aquellos 
que sueñan con ser ricos 
y venden su conciencia 
por una posición. 

Dichoso el que no sabe 
jugar a oportunismos 
y dice en cada instante 
las cosas como son. 
Pero pobres de aquellos 
que el sol que más calienta
eligen como norma 
y adoran como un dios. 

2º.— Dichoso el que denuncia 
engaños y opresiones 
y el ruido del dinero 
no puede con su voz. 
Pero pobres de aquellos 
que saben y se callan 
haciendo juego al río 
que riega la ambición. 

Dichoso el perseguido 
por ir contra las leyes 
de alguna insoportable 
e injusta situación. 
Pero pobres de aquellos 
que olvidan la justicia 
y dicen que la calma 
es siempre lo mejor. 

3º.— Dichoso el que algo busca 
y acaso nada encuentra, 
mas sabe que buscando 
se llega siempre a Dios. 
Pero pobres de aquellos 
seguros de sí mismos, 
pues vive en su certeza 
la entera confusión. 

Dichoso el que no vive 
de historia y experiencias 
y gana cada día 
el pan con su sudor. 
Pero pobres de aquellos 
que viven de su fama 
durmiendo en los laureles 
de alguna situación. 

4º.-- Dichoso aquel que a veces 
también escandaliza 
y sabe que al hacerlo 
consigue un bien mayor. 
Pero pobres de aquellos 
que rompen inocencias 
y quiebran ilusiones 
y siembran sinsabor. 

Dichoso el que edifica 
la paz, y no propaga 
el precio que supuso 
traerla a su mansión. 
Pero pobres de aquellos 
que atados por el odio 
desatan sangre y guerra 
y engendran el dolor.

.......................................

8.

LAS OCHO DESCONCERTANTES FELICIDADES (BIENAVENTURANZAS)

Las Bienaventuranzas fueron predicadas por Jesús desde la altura de la montaña, que baja hasta el lago de Tiberíades. La imagen invertida de la montaña reflejada en el lago terso nos enseña que todos los que quieren iniciarse en los místerios del espíritu deben aprender a invertir todas sus maneras de ver y de hacer, la dirección de sus deseos, el diseño de su vida.

1. La felicidad de la pobreza en el espíritu. Es apetecer la simplicidad, por encima de las satisfacciones del propio pensar y saber. Es disponibilidad de despojo y de renuncia, para no quedarse en lo inmediato y buscar lo trascendente. Ante el Reino de los cielos no hay ninguna riqueza comparable.

2. La felicidad del sufrir. Es manifestación de aguante interior, de serenidad y mansedumbre. Dios es el que reivindica y defiende. Hay que saber sufrir los sufrimientos y las privaciones. El mundo necesita testigos de mansedumbre, de dulzura y de fortaleza en el sufrimiento.

3. La felicidad del llanto. ¿Qué es llorar? Es el primer grito, la primera expresión del hombre. Llora el que es capaz de una nostalgia, el que siente una separación, el que anhela volver al ámbito cálido y profundo de lo original. La felicidad de las lágrimas lavan los ojos para ver el consuelo de la ternura de Dios. No son lágrimas de tristeza o melancolía, sino de fe.

4. La felicidad del hambre y de la sed. Desde la experiencia de las necesidades del cuerpo, hay que descubrir el hambre y la sed de justicia, que es el alimento del alma y significa la voluntad de Dios. Por lo tanto, la justicia es la salvación total. No hay que hambrear lo perecedero, que no sacia, ni beber lo que no tiene espíritu de transcendencia.

5. La felicidad de la misericordia. Significa caridad recíproca y activa, significa perdón. Esta bienaventuranza se opone al materialismo y positivismo farisaico, que despreciaba a los pobres, a los desgraciados y a los pecadores. Seremos medidos por Dios con la misma medida de misericordia que usemos con los demás.

6. La felicidad de la limpieza. bienaventurados lo que tienen limpio el corazón, como si fuese agua clara de montaña que permite ver el fondo en el que Dios se refleja. El que quiera ver a Dios que lave su corazón sucio para que pueda contemplar en lo profundo de su interior el valor de lo eterno.

7. La felicidad de la paz. Los pacíficos no son los tranquilos, sino los que hacen la paz, quienes la componen a partir del desorden, quienes la crean desde el caos. La paz es el sello de Dios, la plenitud en la unidad.

8. La felicidad de la persecución. El creyente sabe que la vida no es fácil, que la fidelidad al Evangelio exige muchas renuncias, que la incomprensión es el distintivo de los que siguen las enseñanzas del Maestro, pero sobre todo que el Reino de los cielos bien vale cualquier persecución.

Andrés Pardo


9. Para orar con la liturgia

Cristo , Señor nuestro,
retoño inmaculado de la raíz de una Virgen,
proclamó dichosos a los limpios de corazón
y, con el ejemplo de su vida reveló la grandeza de la castidad.
Él quiso hacer de la obediencia sacrificio perfecto,
siguiendo en todo tu voluntad, hasta morir por nosotros.
Él prometió las riquezas del cielo
a los que, dejándolo todo en la tierra,
viven solamente para tu servicio.

Prefacio de la Misa de la Profesión Religiosa