SEGUNDA LECTURA
Una comunidad cristiana no ha de presentar el aspecto monótono de la uniformidad. La presencia del Espíritu es precisamente garantía de diversidad; eso sí, de una diversidad convergente. No olvidemos las grandes zonas de discriminación evangélica: «ni amo ni esclavo, ni judío ni griego, ni varón ni hembra» (Cf. Gál 3,28).
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12,4-11.
Hermanos:
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A éste le han concedido hacer milagros; a aquél, profetizar. A otro, distinguir los buenos y malos espíritus. A uno, el lenguaje arcano; a otro, el don de interpretarlo. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.
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