P Ó R T I C O

 

Se trata de contemplar -como recomienda San Ignacio- "como si presente me hallare"- el misterio de la muerte en cruz del Hijo de Dios, del Jesús, hermano y redentor nuestro. Un misterio, lleno de sentido salvador para cada hombre, que no requiere hoy tanto exhortaciones sentimentales ni explicaciones doctrinales, como hondura de fe.

Es el núcleo de la fe que incide en la vida de cada uno de nosotros. No es solamente un misterio a contemplar, sino un misterio que debemos vivir como la fuente más profunda de todo nuestro comportamiento. Nadie puede ser cristiano sino a partir de asumir este hecho: el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, ha entregado su vida aceptando la muerte y la muerte en cruz.

Sin duda ya hoy -y especialmente mañana y durante todas las semanas de Pascua- debemos proclamar el anuncio pascual de la Resurrección, del triunfo de la Vida, del triunfo de Jesús. Pero no podemos olvidar que esta victoria es fruto de la entrega hasta la muerte, de la lucha hasta el extremo por amor. Si el cristiano no puede quedarse en la muerte de Jesús, como si fuera el fin de la historia, tampoco puede escamotearla como si la Resurrección no exigiera-implicara antes la muerte y muerte de cruz.