HOMILÍAS
PARA LA
BENDICIÓN DE LOS RAMOS
(1-7)
1.
Hermanos:
1. Habéis venido a bendecir ramos y palmas. Porque conmemoramos la entrada de Jesús en Jerusalén. Lo acabamos de leer: Jesús monta en un borrico y la gente le aclama enfervorecida: "¡Hosana! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!". Muchos alfombraban el camino con los mantos en señal de fiesta y cortaban ramas de los árboles y las agitaban para aclamarlo.
2. Jesús entra en Jerusalén en olor de multitudes, aclamado y triunfante. Y ¿qué va a hacer a Jerusalén? Lo sabemos bien. No acude para ser coronado como rey. Bien al contrario: este domingo empieza la última semana de su vida. El jueves al anochecer se reunirá con sus discípulos y celebrará la cena de Pascua (tal como hacían los judíos aquella semana).Será su última cena. Antes de terminar, Jesús instituirá la eucaristía. Después será detenido a las afueras de la ciudad. Al día siguiente le conducirán ante Pilato, el gobernador romano. Y al mediodía será clavado en una cruz en el Calvario, un montículo que había muy cerca de la ciudad, donde morirá a primera hora de la tarde.
3. ¿No resulta un tanto extraño aclamar a Jesús con ramos y palmas pocos días antes de su muerte? Sabemos el motivo: el domingo próximo es Pascua. En la Pascua conmemoramos que Jesús sale victorioso del sepulcro. Porque la aventura de Jesús no termina el Viernes Santo, sino que culmina el domingo de Pascua. Por eso, cuando ahora agitemos los ramos y cantemos "¡Hosana!", no aclamaremos solamente a Jesús que entra en Jerusalén para sufrir y para morir clavado en una cruz; aclamaremos también, y sobre todo, a Jesús que resucita victorioso y que vive por siempre con el Padre.
4. Celebremos, pues, con alegría el domingo de Ramos. Aclamamos a Jesús, el Señor. El es nuestro maestro y nuestro guía. Aclamarlo quiere decir escucharle y hacerle caso. Muchos no le hicieron caso. Algunos incluso consiguieron detenerle y clavarle en una cruz, un horrible suplicio. En este Jesús muerto en cruz porque molestaba con su predicación y su comporta- miento, nosotros reconocemos al Hijo de Dios. Y lo decimos hoy de una manera sencilla, con palmas, laurel y ramos de olivo: "Señor Jesús: Tú eres el Hijo de Dios, tú nos conduces a la felicidad y a la vida. Siguiéndote a Ti, pasaremos también nosotros por situaciones negras. Quizá nos tocará sufrir. Seguro que moriremos como mueren todos los hombres y mujeres. También Tú moriste. Pero nuestra aventura no terminará con la muerte. Como Tú y contigo viviremos por siempre".
JOSÉ
M. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1992, 5
2.
Estamos aquí, en este día de fiesta, con nuestros ramos y nuestras palmas en las manos. Es un encuentro alegre, y nos gusta celebrarlo. Cada año, el domingo de Ramos, a las puertas ya de la Semana Santa, nos reunimos y llenamos las calles con este ambiente de fiesta.
Y estamos aquí recordando lo que la gente -y sobre todo los niños, los chicos y chicas- hicieron hace ya mucho tiempo, cuando Jesús entraba en Jerusalén. Toda aquella gente había oído hablar del profeta Jesús de Nazaret, y sabían que era un hombre de Dios, un hombre que amaba a los enfermos y a los pobres, un hombre que vivía siempre atento a los demás, un hombre que no callaba ante las injusticias, un hombre que invitaba a levantar el ánimo y a vivir de una manera nueva, diferente. A Jesús de Nazaret, toda aquella gente lo recibieron en Jerusalén con un gran entusiasmo, con muchas ganas de tenerlo con ellos.
Nosotros, hoy, también aclamamos a Jesús con entusiasmo. Queremos que su camino, su estilo, su manera de hacer, sea también la nuestra. Reconocemos -aunque a veces nos olvidamos demasiado de ello- que su camino, su estilo, su manera de ser y de vivir, es lo único que vale la pena.
Nosotros, hoy, sabemos que el camino de Jesús acabará con la muerte en la cruz. Sabemos que su libertad, su amor, su entrega a los pobres y a los débiles no serán bien recibidas por los poderes de este mundo, y que le condenarán a muerte, a una muerte terrible. Nosotros, hoy, al iniciar la Semana Santa, decimos con nuestros ramos y nuestras palmas que le agradecemos este amor suyo, que creemos en su camino, que creemos en él, que queremos seguirle.
Y, con fe, con toda la fe, afirmamos que de su cruz, de su amor fiel hasta la muerte, nacerá vida por siempre, vida para todos, vida capaz de transformarnos a todos: estos días en que contemplamos la muerte de Jesús terminan con la Pascua, con la fiesta gozosa de su resurrección. Porque su amor es más fuerte que la muerte, que el mal, que el pecado. Con mucha fe, y con muchas ganas de seguir su camino, aclamemos, pues, hoy, a nuestro Señor Jesús.
JOSEP
LLIGADAS
MISA DOMINICAL 1993, 5
3.
¿QUIEN ES ESTE HOMBRE?
Estamos al comienzo de la Gran Semana Cristiana. Se acerca el final de la vida terrena de Cristo y se aproxima el momento de la gran verdad: el momento en el que tendrá que demostrar hasta qué punto su doctrina y su vida no eran pura teoría sino durísima práctica.
Estamos en el comienzo de una Semana que es un auténtico compendio de la vida de Jesús: la semana en la que brillará con luz propia la sencillez, la serenidad, la humildad, la entrega, el amor más allá del que merece la propia vida. Acabará esa gran semana con el gran triunfo de la Pascua, el día por excelencia.
Hemos contemplado decenas de veces el espectáculo de Jesús entrando triunfante en Jerusalén, la Ciudad santa de los judíos, la misma que lo verá atravesar sus calles como sentenciado, protagonista directo de toda la crueldad que, inexplicablemente, puede el hombre dedicar al vencido. Pero hoy, parte de esa multitud que está en Jerusalén está entregada a ese hombre que hace su entrada «triunfal» entre ramos de olivos y mantos lanzados a la calle en un arrebato de entusiasmo. Sus discípulos están con él (no lo estarán cuando esas mismas calles las atraviese llevando la cruz) y quieren que todos los que están en Jerusalén se enteren de que por fin, se va a restaurar el «reino», un reino con minúscula pero esperadísimo por los judíos.
Los que no pertenecían al cortejo triunfal y lo presenciaban formularon una pregunta absolutamente lógica: ¿QUIEN ES ESTE HOMBRE? Cualquiera de nosotros, en ocasión semejante, lo hubiéramos hecho. Sin saberlo, estaban formulando una pregunta que, muchísimos hombres de todas las razas y edades, se han preguntado y se preguntan y se preguntarán.
Algunos de los que preguntaron es más probable que, pasando el cortejo, cumpliendo sus prescripciones religiosas y abandonando Jerusalén, nunca más volvieran a acordarse de aquél Hombre; otros, que en algún relato evangélico intentaban acallar las voces de triunfo de los discípulos, fueron más insistentes en la Inquisición, no olvidaron fácilmente el interrogante, quizá vislumbraron alguna respuesta poco apetecible y allí mismo decidieron eliminarlo, acordaron que los gritos de triunfo se convirtieran en acusaciones gritadas a coro por una multitud no menos numerosa y convencida que aquella que hoy lo aclamaba (ya se sabe que las multitudes tienen cambiante el contenido del grito) y otros muchos que en ese momento quizá no se interrogaban sobre la personalidad de Jesús porque creían que lo sabían todo, encontraron al fin la respuesta y, a pesar de sus fragilidades, le siguieron hasta el final de sus días. Estos últimos fueron y son los cristianos.
Pero ¡cuidado! porque quizá se puede ser cristiano, llamarse tal, y no haberse preguntado nunca seriamente quién es JESÚS, quién es ese HOMBRE que trastoca el mundo y dice que son importantes los pobres y no los ricos, los humildes y no los soberbios, los que lloran y no los que ríen. Ese hombre que enaltece a los pacíficos frente a la tendencia que tiene el hombre a dominar al hombre sin importarle los procedimientos aunque rocen la crueldad más asombrosa; ese hombre que habla de los limpios de corazón a unos hombres que no apuestan por la limpieza en todas y cada una de las facetas de su vida: llámese privada o pública. Hay que preguntarse seriamente quién es JESÚS porque para vivir en cristiano, que no es fácil, ni cómodo, hay que tener esa seguridad que tuvo Pedro cuando le fue formulada esa misma pregunta nada menos que por el mismo Cristo.
Es importante saber por qué somos cristianos, a quién seguimos y por qué hemos elegido llevar el apellido que llevamos. Para todo eso necesitamos saber quién es Cristo por que sabiéndolo no seremos unos cristianos rutinarios incapaces de dar al mundo la magnífica lección de vida que dio ese HOMBRE que entra hoy en Jerusalén para apurar hasta el final, un final feliz no lo olvidemos, el cáliz que tanto le costó beber. El nervio, la garra, el distintivo de nuestra vida cristiana depende mucho de que hayamos emprendido el camino preguntándonos, en un momento determinado quién es JESÚS y no siguiendo por inercia una costumbre sociológica, afortunadamente debilitada, que no vale para salar ni alumbrar al mundo.
Quizá en esta Gran Semana que hoy empezamos tengamos categoría espiritual suficiente para encontrar ese gran hallazgo que el silencio, eso tan difícil de conseguir en el ruidoso universo en el que nos movemos, y hacernos, de entrada, la gran pregunta que, quizá, todavía tenemos pendiente.
ANA
MARÍA CORTES
DABAR 1993, 22
4.
1. Sus seguidores siguen -¿seguimos?- sin entender
Esta entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén es relatada por los cuatro evangelistas, aunque con notables variantes, lo que demuestra su gran importancia. La narración está centrada en la índole del Mesías que llega. Describe la aclamación mesiánica nacionalista y temporal de los discípulos y de la gente y la reacción de Jesús, terminando -en Lucas y en Juan- con los comentarios adversos de un grupo de fariseos. Nos muestra la soledad de un Mesías incomprendido.
Este conocido episodio es más profundo de lo que solemos creer en general llevados por la costumbre. Presenta una enseñanza tan importante, que apenas tiene sentido preguntarnos por su exacto desarrollo y alcance histórico, por la idea que motivaba a sus acompañantes o por la impresión que produjo en la opinión pública. Los evangelistas no buscan tanto la fidelidad histórica como el ayudarnos a desentrañar las intenciones de Jesús; intenciones que los cristianos preferimos esconder entre las palmas de los niños en la procesión del domingo de ramos.
Mientras que para Jesús es un llamamiento a su reino interior de paz y de reconciliación, sus adeptos se imaginan que es el inicio de un reinado temporal, el inicio de la guerra santa que acabe con el sometimiento de Israel a los romanos y haga de ella una nación poderosa. Todos los intentos que se han hecho de atribuir a esta acción de Jesús unos propósitos políticos han fracasado. En el proceso seguido contra él, este episodio no desempeña ningún papel.
Según los sinópticos es la primera vez que Jesús visita la ciudad santa durante su vida pública. Juan informa de varias visitas anteriores (Jn 2,13; 5,1; 7,10; 10,22-23) y nos presenta buena parte de la actividad de Jesús dentro de sus murallas.
El relato de Juan es el más esquemático de todos; omite todo lo anecdótico y providencial. Destaca la repercusión que tuvo la resurrección de Lázaro y distingue dos muchedumbres distintas: la que le acompaña en su recorrido y la que sale de la ciudad. Es el único que menciona las palmas, y es el propio Jesús el que encuentra el borrico. Jesús había resucitado a Lázaro (Jn 11,1-44), acción que le presentaba como vencedor de la muerte. Como consecuencia de ella, el sanedrín lo había condenado a la máxima pena (Jn 11,47- 53). Es el vencedor de la muerte, el Señor de la vida, el que entra en Jerusalén. Es, a la vez, el condenado a muerte por los dirigentes religiosos del pueblo. ¿Hemos reflexionado lo bastante sobre esto?
Intentemos descubrir el significado de esta entrada de Jesús en Jerusalén, el alcance real de este episodio. Es indudable que Jesús ha querido darle al suceso un sentido mesiánico, romper el silencio de otras ocasiones y manifestarse abiertamente tal cual es. ¡Faltaba tan poco para el desenlace! También es evidente que sus seguidores siguen sin entender. Los discípulos comprenderán después de su muerte y resurrección, a cuya luz escribieron los evangelistas. ¿Entenderemos algún día los cristianos?
2. Entramos en la última semana
Juan es el único que precisa el día del acontecimiento: el día siguiente de la unción en Betania (Jn 12,12), ocurrida "seis días antes de la pascua" (Jn 12,1). Sitúa el episodio en conexión con la tarde anterior. Avanza la semana final, y el desenlace se acerca. Como de costumbre en estas fechas, la ciudad estaba repleta de forasteros.
Para los otros tres evangelistas, Jesús ha terminado su largo viaje simbólico a través de Palestina y ha llegado a Jerusalén, donde se desarrollarán los últimos y más importantes acontecimientos de su vida.
Mateo no menciona a Betania, ni Juan a Betfagé. Sorprende a primera vista el orden en que Marcos y Lucas citan a ambas, ya que Betfagé -citada en primer lugar- está más cerca de Jerusalén (es casi un suburbio de ella) que Betania (distante unos tres kilómetros). Quien viaje de Jericó a Jerusalén llega primero a Betania, luego a Betfagé. Parece que los evangelistas que citan las dos ciudades contemplan el camino desde Jerusalén, enjuician el viaje en función de la meta; sólo así se puede comprender debidamente la marcha. Si tenemos en cuenta a los cuatro evangelistas, Jesús y sus acompañantes llegaron a Betania procedentes de Jericó, donde tuvo lugar la cena citada por Juan. Al día siguiente partieron para Jerusalén. Dieron vista a Betfagé, cerca del monte de los Olivos; monte que era presentado por la escatología judía como el lugar donde aparecería el Mesías (Zac 14,4) y donde tendría lugar la resurrección de los muertos. Es curiosa la afirmación de los rabinos: si Israel era puro, el Mesías vendría sobre las nubes (conforme a Dan 7,13); si no, sobre un asno (Zac 9,9).
3. Jesús tiene necesidad de un asno
Dan vista "a la aldea de enfrente", que es probablemente Betfagé, lugar donde los peregrinos se sometían a los ritos de la purificación antes de hacer su entrada en la ciudad santa. También Jesús se prepara -según los sinópticos- para su entrada en Jerusalén. En Juan es la multitud la que inicia el acontecimiento.
Los peregrinos que se reunían en la ciudad para las fiestas iban normalmente a pie. La entrada de Jesús será desacostumbrada. El final del camino, que le llevará en pocos días a la cruz, comienza con un gesto de señor. Hasta ahora nunca ha dicho en público que él es el Señor, y sólo ha aceptado de sus discípulos y de algunos marginados (samaritana, ciego de nacimiento, ciegos de Jericó...) una confesión explícita de su mesianismo. Pero ahora prepara conscientemente una manifestación pública mesiánica, destinada a los creyentes. Envía a dos de sus discípulos, cuyos nombres no se citan, con un encargo bien preciso. Los sinópticos subrayan el conocimiento previo que tiene Jesús de los más mínimos detalles; excelente manera de sugerirnos la soberanía y la libertad con que el Mesías va a adentrarse en la pasión.
Jesús tiene necesidad de un borrico. Los guerreros montan a caballo. En el antiguo Oriente, la mula- no el asno- servía de montura a reyes y nobles (I Re 1,33.38.44). El asno era la cabalgadura de los pobres y de las gentes de paz. Eligiendo este tipo de cabalgadura, pretende resaltar el significado pacífico, prioritariamente espiritual e interior de su acción. No es el rey guerrero que viene a conquistar por la fuerza ni un libertador político rodeado de carros de guerra, sino el Mesías de la paz, que trae la salvación, la vida en plenitud para los hombres; una vida que surge de su mismo interior como una fuente (Jn 4,14). Tal es el rey de Israel querido por Dios.
La observación de Marcos y Lucas sobre el asno "que nadie ha montado todavía" tiene su importancia. Subraya la dignidad de Jesús, que utiliza un animal no empleado todavía ni como montura ni como animal de carga. Según textos del Antiguo Testamento, todo cuanto se utilice en el servicio de Dios no ha debido usarse antes: determinadas víctimas (Núm 19,2; Dt 21,3)... Con este detalle nos muestran todo el respeto que sienten por el Maestro: encuentran normal que se adopten unas medidas que antiguamente se adoptaban únicamente cuando se trataba de Dios.
Llama también la atención el que Jesús se designe a sí mismo como "el Señor", y que pretenda disponer libremente del asno de un aldeano desconocido. Basta decir: "El Señor lo necesita". (Mateó menciona "borrica" y "pollino"). Pocos días después será humillado y crucificado, estará a merced de la crueldad humana...; pero ahora se nos advierte que ese hombre maltratado y asesinado es en realidad "el Señor", el que puede disponer de todas las cosas.
En Juan es Jesús el que encuentra el pollino. Según él, al día siguiente al banquete en Betania llega a Jerusalén, traída por la gente que regresa de Betania, la noticia de que Jesús se acerca a la ciudad, lo que provoca una gran conmoción en los peregrinos; y muchos de ellos le salen al encuentro llevando palmas en las manos para escoltarlo solemnemente a la ciudad, y lo aclaman como rey mesiánico.
Sólo Juan menciona los ramos de palmera. Mateo y Marcos hablan de ramas. El uso de las palmas se asociaba a la conmemoración anual del triunfo macabeo, que significaba la liberación de Jerusalén (I Mac 13,50-52; 2 Mac 10,1-8). Al mencionar los ramos, Juan quiere expresar que la multitud vio en Jesús al que, uniendo en sí el poder espiritual y el temporal, llevaría a feliz término la liberación deseada al estilo de lo ocurrido en tiempos de los Macabeos.
El ramo de palma es el símbolo de la victoria, y se llevaba en los cortejos triunfales (I Mac 13,51; Ap 7,9). Alude al ramo que se cogía y agitaba en la fiesta de los campamentos, compuesto de un ramo de palma, otro de sauce y otro de mirto. Al no existir en Jerusalén plantaciones de palmas, los ramos que portaban debían ser los mismos que habían usado en la fiesta de los campamentos y que guardaban en casa.
La multitud anhela la vida que existe en Jesús y que ha expresado resucitando a Lázaro. Pero en sus aclamaciones está latente un equívoco: esperan un rey que se instale en el poder y haga justicia. No entienden el programa de Jesús, sus intenciones: él da vida al hombre desde dentro, dándole la fuerza del Espíritu. Ellos, en cambio, la esperan desde fuera, de la reforma -política y sin compromiso personal- hecha por un rey justo. Es la mentalidad que tratará de deshacer Jesús, de forma silenciosa, montándose en el borrico. Quiere desmentir toda pretensión de violencia y de realeza mundana que la multitud pudiera esperar de él. Su misión es dar libertad y vida a los hombres, como manifestó con la resurrección de Lázaro.
La multitud se va con Jesús, pero sin abandonar sus propios ideales. Una situación ambigua que prepara la próxima decepción.
Quien separe la fe cristiana de la historia concreta de Jesús -incluida su pasión, muerte y resurrección-, habrá inventado una religión que puede ser muy loable, pero que ya no será la del Mesías de Dios. ¿Será nuestro "invento"?
Toda la escena tiene como trasfondo -aunque Marcos y Lucas no lo citan- un pasaje de Zacarías (Zac 9,9), a pesar de la inverosimilitud histórica. La profecía de Zacarías -centro del relato- tuvo lugar entre los años 520 y 518 antes de Cristo. Era la época del retorno de los judíos de la cautividad. El año 536 a.C. habían empezado los trabajos de reconstrucción del templo; pero en forma tan modesta que los viejos, que habían conocido el templo de Salomón, lloraban desconsolados. Zacarías y su contemporáneo Ageo quieren presentar un Mesías sencillo, muy lejos de la imagen que los judíos derrotados y humillados tenían de su soñado jefe. Por eso Zacarías lo presenta sentado sobre un asno.
No es de extrañar que las autoridades de Jerusalén no se alarmasen ante el acontecimiento: un pretendido mesías montado sobre un asno... y prestado.
4. Aclamamos a otro mesías
Los discípulos encontraron el asno. Es la versión de los sinópticos. Todo sucede tal como Jesús les había indicado. Los borricos solían estar atados a una de las argollas o salientes de las casas mientras sus dueños hacían sus encargos. Les dejaron llevarlo. Acaso eran simpatizantes, amigos o conocidos de Jesús. Y, en cualquier caso, era un honor para ellos prestar un servicio al que era considerado como un maestro y taumaturgo famoso.
Los discípulos colocan sus mantos sobre el animal en señal de honor, y Jesús se montó en él. Así montado, acompañado del entusiasmo popular y rodeado de sus discípulos, algunos de los cuales llevarían de un ronzal al asnillo, ya que ésta era la costumbre que tenían los discípulos con sus maestros, se encamina hacia Jerusalén.
Las gentes -según Marcos y Lucas- tienden sus vestiduras en el camino delante de Jesús, que es también una costumbre oriental. Es como una especie de acto de vasallaje. Poniendo a los pies del rey los propios vestidos, se esperaba que él los recubriera con su propia gloria, tomara la defensa de su pueblo y asegurara la justicia. Otros, según nos dicen Mateo y Marcos, alfombraban el camino con ramajes cortados de los árboles.
Se formó un cortejo delante y detrás de él, que le aclamaba con entusiasmo. Un cortejo que no debió revestir un volumen desorbitado. Quizá pudo pasar por una de tantas nutridas caravanas de las que por aquellos días estaban llegando a la ciudad para la fiesta de la pascua, y a las que salían a recibir algunos peregrinos llegados antes.
Cuando estaban cerca de Jerusalén fue cuando comenzó a desbordarse el entusiasmo, al juntarse los que venían con él y los que salieron de la ciudad (Jn 12,12-13). Todo rebosa soberanía, todo es significativo. Aunque Jesús viene sentado en una humilde cabalgadura, es el Señor. Lo proclaman con sus gritos y aclamaciones todos sus acompañantes. Pero se tiene la impresión de que las invocaciones se dirigen a otro mesías, no a aquel que cabalga en el borrico. Y es que pueden existir oraciones bellísimas, ceremonias y fiestas espléndidas..., pero equivocadas al estar dirigidas a "otro". Es posible que Jesús se haya sentido pocas veces tan solo como en medio de aquel griterío.
Las aclamaciones que nos transmiten los cuatro evangelistas son mesiánicas. "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" está tomada del salmo 118 (vv. 25-26), que se cantaba en algunas de las fiestas más solemnes; un salmo que nos ayuda a captar el verdadero sentido de aquel episodio, y que quizá recitaran completo. La aclamación "Hosanna" -"Dios salva"- había perdido su sentido como invocación para pedir la ayuda divina, y se había convertido en una expresión de júbilo y entusiasmo, como nuestro "viva" o "aleluya". La exclamación "Viva el Hijo de David" nos indica la realeza que esperan de Jesús: que restaure la monarquía davídica. De ahí la frase de Marcos: "Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David".
Jesús calla ante las aclamaciones que le dirigen. La plasticidad de la escena se encarga de corregir sus -nuestras- falsas esperanzas.
Los discípulos no entendieron el alcance de aquella escena hasta que Jesús fue glorificado (Jn 12,16). Sólo entonces se les iluminó el misterio de Jesús, la intención que tuvo con aquel gesto. Comprendieron también el error de la multitud, que entendió el mesianismo en un sentido completamente distinto a como lo había anunciado Zacarías. Ha sido la Iglesia primitiva la que, reflexionando sobre este hecho a la luz de la pascua, ha descubierto todas las características de una manifestación mesiánica. Así ha sido revivido el acontecimiento y se lo ha comprendido cuando ya había pasado. El modo que ha elegido para su entrada era muy apropiado para declarar su mesianidad a los que estaban abiertos a comprenderla, y al mismo tiempo para esconderla a los demás. Jesús se manifiesta únicamente a los que tienen "ojos" para ver y "oídos" para escuchar y entender.
5. Aparecen los fariseos
Entre la multitud y los discípulos que lo aclaman se hallan "algunos fariseos" (Lucas). Le llaman Maestro y le insinúan que mande guardar silencio a sus discípulos. Muchas veces se lo había mandado él, pero ha pasado ya el tiempo de callar. A pesar del equívoco de sus seguidores sobre su verdadero mesianismo, Jesús les deja gritar porque ya ha llegado su hora: va a morir, y su muerte quitará toda ambigüedad a su realeza, a los que se dejen guiar por el Espíritu (Jn 14,26). Para él, los únicos que reaccionan negativamente son los dirigentes religiosos de Jerusalén, en claro contraste con el pueblo. Eran los que más tenían que perder..., porque su mesianismo amenazaba seriamente toda su estructura religiosa. Jesús era y es un peligro para los que viven aferrados a sus bienes económicos, a sus privilegios humanos y religiosos; bienes y privilegios que Jesús pone en crisis.
La respuesta de Jesús les debió desconcertar. Si callaran gritarían las piedras. Acaso esta expresión fuese un proverbio. Las piedras están más dispuestas a acoger al Mesías de Dios que los jefes religiosos del pueblo, cuya incredulidad es tan tenaz que parece persistir aún. ¡Qué obstinación en cerrarse al Dios de Jesús en los que se consideran sus máximos representantes! ¡Qué enseñanza para nosotros! Los incrédulos y adversarios de Jesús, de corazón más duro que la piedra, formaban parte de la élite espiritual que todos consideraban la más dispuesta a recibir al Enviado de Dios. ¿Se repite la historia? Sólo Mateo nos describe la reacción de Jerusalén a la entrada del cortejo. Toda la ciudad, jefes y pueblo, sintió una fuerte sacudida, como un seísmo. Emplea el verbo que se usa para los temblores de tierra. Es lo que sucede cuando, creyendo estar en la verdad, descubrimos el error y el profundo cambio de mentalidad y de vida que requiere el retorno a la fe en el Dios de Jesucristo. Quizá nunca nos enteremos, lamentablemente, de que estamos siguiendo a otro mesías...
"¿Quién es éste?" El entusiasmo de la juventud parece apagarse dentro de la ciudad. Ya no hablan del Mesías triunfador; se limitan a presentarlo como el gran profeta de Nazaret. Son las rebajas ¿por miedo a los dirigentes?, ¿o una prueba más de la inconstancia de sus convicciones? Lo que es evidente es que para ellos el Mesías no representa una ruptura, sino una continuidad con las instituciones de Israel.
Al margen de la concentración de la gente alrededor de Jesús, Juan menciona a los fariseos, que no participan en el tumulto y que reaccionan en el interior de su círculo -"entre sí"- ante los acontecimientos que se están desarrollando en su presencia. No hacen un simple comentario pesimista de la situación, sino que se echan unos a otros la culpa de lo que sucede: "¿Véis? No adelantáis nada; todo el mundo se ha ido tras él" (Jn 12,19). Ninguno se hace responsable (hablan de "no adelantáis nada", en lugar de "no adelantamos"). Están unidos contra Jesús, pero ante el fracaso se dividen (Jn 9,16).
Constatan que la multitud se marcha con Jesús -al que ellos ya han condenado a muerte-, lo que para ellos y su sistema significaría la ruina. Es posible que con su amarga reflexión estén precipitando aún más los acontecimientos. Es indudable que también se equivocaban al afirmar que todos se iban con Jesús...
6. El silencio de Jesús
En el relato de Juan, Jesús no ha dicho ni una palabra. En los sinópticos, su silencio ha sido total después de los preparativos. Este silencio de Jesús nos debe hacer pensar, porque el silencio de Dios es más inquietante que cualquier palabra suya. Cuando los hombres nos empeñamos en hablar en su nombre, se calla para desmentirnos. No tiene nada que ver con lo que tramamos los hombres. Sus caminos y sus pensamientos raramente coinciden con los nuestros (Is 55,8-9).
Es posible que para Jesús esta entrada haya sido casi como una crucifixión. No existía la más mínima comunión entre el que cabalgaba y la multitud que gritaba. El pueblo pensaba en algo muy distinto a la pasión y muerte que se cernía sobre él. Se comprende su reacción unos días después...
Y es que la masa nunca se entusiasma con la verdad. Cuando una multitud se enardece, no está jamás por la verdad...; se guía por la ley del mínimo esfuerzo y por las ventajas personales. Amar a los individuos que la componen significa, antes de nada, tomar distancias. La ideología y la política son las que captan a la gente en cuanto multitud. Es su función: halagarla para lograr los propios fines.
Jesús no acepta las adhesiones superficiales porque sabe de qué están hechas. Nos quiere personas reflexivas, libres, comprometidas con el bien y la justicia para todos. Quiere que usemos nuestra propia cabeza. Cualquier sistema de sugestión o de presión para captar a los hombres como masa, fuera de la adhesión interior, va en contra de sus procedimientos.
Los últimos días de vida de Jesús estarán marcados por dos desilusiones: la de Jesús y la del pueblo. La de Jesús, porque no encuentra la respuesta adecuada a su misión; la del pueblo, porque evidentemente esperaba a otro mesías. Una desilusión que viene de lejos... desde que Dios había elegido al pueblo de Israel. Dos desilusiones que nacen de dos motivos opuestos. Israel y el hombre masificado y robotizado buscan la libertad y la vida sin tener que pagar su verdadero precio; les gustaría un Dios que se acomodara a sus deseos. Dios y Jesús quieren hacer de Israel un pueblo testigo, y de cada hombre un ser solidario y fraternal. Sorprende la obstinación de Dios y de su Cristo en esta empresa: ¿por qué se empeñan en querer construir su reino con nosotros?, ¿no estarán hartos de tantas desilusiones?... ¡Qué gran lección para nuestro cansancio y derrotismo, para nuestro "no hay nada que hacer"!
En la capital permanecerá Jesús solamente durante el día. Las noches las pasará en Betania. La única noche que quedará en Jerusalén será la de la pasión.
FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET- 4 PAULINAS/MADRID 1986.Págs.
9-17
5.
Hermanos: nuestro camino de conversión se une hoy al de Jesús para aprender de él que lo más importante de la vida es ponerla al servicio de una causa digna. Si nos hemos esforzado por cambiar actitudes y afinar nuestros sentimientos durante las semanas de cuaresma es sencillamente para identificarnos mejor con este Jesús que hoy entra triunfante en Jerusalén, y comprender que la alegría y la felicidad forman parte de nuestro ser cristiano. Pero también para saber compartir en la intimidad y ternura familiar del jueves santo las emociones y la sensibilidad del hermano. Para asumir con fortaleza y decisión las dificultades que comporta nuestra vocación cristiana de tantos viernes santos. Para vivir esperanzadamente los momentos de vacío y de aflicción de tantos sábados de soledad. Para celebrar y vivir más auténticamente unidos a Cristo resucitado la nueva vida que él nos ofrece en el domingo de Pascua.
Nuestro caminar al lado de Jesús a lo largo de esta semana es la mejor escuela que podemos frecuentar para nuestra vida de cada día. Con la seguridad de que nuestro camino ya no lo hacemos solos, sino con este Jesús de la semana santa y con tantos hermanos en la fe que tienen nuestros mismos gozos y esperanzas, nuestros mismos anhelos e inquietudes. Hoy, una vez más, se nos enseña a caminar juntos: Jesús, los hermanos, yo mismo.
En procesión, pues, acompañamos a este hombre, Jesús, que entra en Jerusalén para llevar a cabo su misión. Prevé las consecuencias que le pueden venir, pero no se echa atrás. Lo importante es ser fiel a sí mismo, respondiendo al mismo tiempo a lo que Dios espera de él. Sumémonos a cuantos, desde la inocencia del niño hasta la serenidad del anciano, queremos significar con la procesión una adhesión incondicional a Jesucristo. Hagámoslo alegres y gozosos de tener como camino, verdad y vida a Jesús de Nazaret. Y compartamos la fuerza de su entrega y el ejemplo de su vida.
ÁNGEL
M. BRIÑAS
MISA DOMINICAL 1994, 5
6.
Esto que acabamos de escuchar en el evangelio, es lo que hoy repetimos nosotros aquí. Jesús procedía de su tierra, de Galilea, y se acercaba a Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua, fiesta que reunía a todos los judíos para recordar las grandes obras que Dios había obrado en favor de su pueblo escogido.
Con Jesús, otros muchos se encaminaban también hacia Jerusalén. Gentes que llegaban de todas partes. Gentes que venían también de Galilea, y conocían ya a Jesús, y habían escuchado su predicación sobre el Reino de Dios, y le habían visto cómo se acercaba a pobres y a los débiles, y cómo curaba a los enfermos, y cómo plantaba cara a la injusticia y a la maldad.
Y todas estas personas que ya le conocían, le aclaman ahora cuando entra en Jerusalén, mientras los que no le conocían preguntan: "¿Quién es éste?".
Nosotros estamos hoy aquí porque conocemos a Jesús. Conocemos su amor, creemos en él, sabemos que él nos propone un camino de felicidad. Y por ese motivo, también nosotros le aclamamos con nuestros ramos y palmas.
Pero sabemos también otra cosa. Sabemos que las autoridades religiosas y los poderosos de su pueblo le miran con malos ojos. Les molesta aquel predicador del amor y de la justicia de Dios, y se lo quieren quitar de delante. Y por eso hoy mismo, desde su llegada a Jerusalén, empezarán a perseguirlo hasta lograr su detención; y lo torturarán y lo ejecutarán colgándolo de una cruz. Aparentemente será el gran fracaso de Jesús y de su mensaje.
Pero nosotros, cristianos, creemos con toda nuestra fe que Jesús no fracasó, que Jesús no quedó sepultado para siempre en la muerte. Nosotros, cristianos, creemos con toda nuestra fe que Jesús resucitó, y que vive para siempre, y que su camino es el camino de la vida. Esto es lo que empezamos a celebrar hoy, esto es lo que celebraremos con gran alegna en la noche santa de Pascua.
Que estos ramos y palmas que tenemos en las manos sean, hoy y cada día, la señal de nuestra fe, la señal de nuestra alegría de seguir a Jesús, la señal de nuestra convicción profunda de que su camino es el único camino de vida, de esperanza, de luz, de salvación para siempre.
EQUIPO-MD
MISA DOMINICAL 1999, 5, 11
7.Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén
Desde la cima del monte de los Olivos, Jesús contempla la ciudad de Jerusalén, y
llora por ella. Mira cómo la ciudad se hunde en el pecado, en su ignorancia y en
su ceguera. Lleno de misericordia se compadece de esta ciudad que le rechaza.
Nada quedó por intentar: ni en milagros, ni en palabras... En nuestra vida
tampoco ha quedado nada por intentar.
I. Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías en un humilde borrico, como
había sido profetizado muchos siglos antes (Zacarías 4, 4). Y los cantos del
pueblo son claramente mesiánicos; esta gente conocía bien las profecías y se
llena de júbilo. Jesús admite el homenaje. Su triunfo es sencillo, sobre un
pobre animal por trono. Jesús quiere también entrar hoy triunfante en la vida de
los hombres sobre una cabalgadura humilde: quiere que demos testimonio de Él, en
la sencillez de nuestro trabajo bien hecho, con nuestra alegría, con nuestra
serenidad, con nuestra sincera preocupación por los demás. Hoy nos puede servir
de jaculatoria repitiendo: Como un borrico soy ante Ti, Señor..., como un
borrico de carga, y siempre estaré contigo (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, citado por A.
VÁZQUEZ DE PRADA). El Señor ha entrado triunfante en Jerusalén. Pocos días más
tarde, en esta ciudad, será clavado en la Cruz.
II. Desde la cima del monte de los Olivos, Jesús contempla la ciudad de
Jerusalén, y llora por ella. Mira cómo la ciudad se hunde en el pecado, en su
ignorancia y en su ceguera. Lleno de misericordia se compadece de esta ciudad
que le rechaza. Nada quedó por intentar: ni en milagros, ni en palabras... En
nuestra vida tampoco ha quedado nada por intentar. ¡Tantas veces Jesús se ha
hecho el encontradizo con nosotros! ¡Tantas gracias ordinarias y extraordinarias
ha derramado sobre nuestra vida! La historia de cada hombre es la historia de la
continua solicitud de Dios sobre él. Cada hombre es objeto de la predilección
del Señor. Sin embargo, podemos rechazarlo como Jerusalén. Es el misterio de la
libertad humana, que tiene la triste posibilidad de rechazar la gracia divina.
Hoy nos preguntamos: ¿Cómo estamos respondiendo a los innumerables
requerimientos del Espíritu Santo para que seamos santos en medio de nuestras
tareas, en nuestro ambiente?
III. Nosotros sabemos que aquella entrada triunfal fue muy efímera. Los ramos
verdes se marchitaron pronto y cinco días más tarde el hosanna se transformó en
un grito enfurecido: ¡Crucifícale! La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén
pide de nosotros coherencia y perseverancia, ahondar en nuestra fidelidad, para
que nuestros propósitos no sean luces que brillan momentáneamente y pronto se
apagan. Somos capaces de lo mejor y de lo peor. Si queremos tener la vida
divina, triunfar con Cristo, hemos de ser constantes y hacer morir por la
penitencia lo que nos aparta de Dios y nos impide acompañar al Señor hasta la
Cruz. No nos separemos de la Virgen. Ella nos enseñará a ser constantes.
Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco Fernández Carvajal, Ediciones
Palabra.
Resumido por Tere Correa de Valdés Chabre
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