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H O M I L Í A S |
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DOMINGO
DE |
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En la estructura litúrgica del domingo de ramos encontramos una anticipación de lo que celebraremos en los días del Triduo Pascual. Puesto que la celebración del misterio pascual contiene dos aspectos de muerte y de vida, fracaso y triunfo, los ritos del domingo de ramos se estructuran en torno a dos ejes: procesión aclamatoria en honor de Cristo, lectura solemne de la pasión de Cristo en la misa. Debemos tener en cuenta la distinción de ambos aspectos así como su mutua dependencia. Antes de adentrarnos en la celebración de la Pascua de Cristo, nos detenemos a considerar que Jesús es Rey. Pero su realeza no consiste simplemente en la posesión del dominio universal, sino que ha sido conquistada al precio del sacrificio de su vida. Ha alcanzado la realeza pasando por la Cruz (como nos dice también la epístola de la misa). Ha alcanzado el pleno dominio gracias a la obediencia perfecta a la voluntad del Padre. Nuestro Rey es un Rey doliente que, en la total posesión de su imperio, conserva las cicatrices gloriosas de las llagas. Penetrar en el sentido de esta paradoja es una gracia propia del domingo de ramos. La contemplación de los dolores sufridos por Jesús durante su pasión y muerte no debe dejarnos únicamente impresiones sensibles y sentimentales. Hay que llegar a una compasión más profunda, a aquella actitud espiritual que nos hace sintonizar con el fondo del sufrimiento de la persona que padece, es decir, con los motivos reales de su sufrimiento. Según el cántico de Isaías, Jesús aceptó voluntariamente los dolores de la pasión para "saber decir al abatido una palabra de aliento" (/Is/50/04), es decir, para destruir el mal profundo de los hombres. Llegaremos al núcleo esencial de la compasión hacia Cristo, cuando hayamos emprendido una lucha efectiva contra el pecado en nosotros y en los demás. En la Iglesia continúan los dolores de Cristo, porque la comunidad cristiana es el lugar de la lucha contra el mal. Ella debe recoger todos los sufrimientos de los hombres, causados en último término por el pecado, y, combatiendo encarnizadamente contra los egoísmos y las faltas de amor, debe convertirse en la gran compasiva. No hay ningún dolor humano que sea extraño a la Iglesia. La pasión de Cristo continúa hoy en todos los hombres que sufren cualquier clase de dolor físico o moral: hambre y desnudez, pobreza y abandono, tristeza, desesperación, falta de comprensión y amor. Continúa, de modo especial, en todos los hombres que son víctimas del odio de los demás hombres. Esto significa, en último término, que el único signo válido de la lucha de los cristianos contra el pecado es la "com-pasión" efectiva de todo el inmenso dolor de la humanidad. No entenderemos nunca del todo por qué Dios condicionó el triunfo de Cristo a la previa aceptación del fracaso. Y sin embargo, según el bellísimo himno cristológico de la epístola de hoy (/Flp/02/06-11), este hecho constituye un componente esencial del misterio de Cristo. Y, desde que Jesús obedeció esta voluntad del Padre, es una ley para todo cristiano la necesidad de la derrota, de la esclavitud, de la muerte, para alcanzar la victoria, la libertad, la vida. Debemos contemplar hoy la Cruz de Cristo con ojos de fe. Desde que Cristo padeció y murió en ella, la cruz ha dejado de ser oprobio e ignominia para convertirse en signo de victoria y salvación. La tradición genuina de la Iglesia no ha considerado nunca la Cruz bajo el aspecto doloroso, sino dentro de una perspectiva de triunfo y exaltación. Por ello, siempre los fieles han usado el signo de la cruz como un gesto específicamente cristiano, que los distingue y los honra. Pero también por esa misma razón constituiría una grave inconsciencia convertirla en un instrumento ornamental. La aceptación de la Cruz en nuestra vida es algo terriblemente serio y comprometido. J. LLOPIS MISA DOMINICAL 1974, nº 3
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