SAN
AGUSTÍN COMENTA EL EVANGELIO
Lc 22,14-23,52: Imitemos el ejemplo de la pasión del Señor
Cristo quiso padecer por nosotros. Dice el apóstol Pedro: Padeció por vosotros dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas (1 Pe 2,21). Te enseñó a padecer y te enseñó padeciendo él. Poca cosa serían sus palabras, si no las hubiese acompañado con el ejemplo. ¿Cómo nos enseñó, hermanos? Pendía de la cruz y los judíos se ensañaban contra él; estaba sujeto con ásperos clavos, pero no perdía la suavidad. Ellos se ensañaban, ladraban en torno suyo y le insultaban cuando estaba colgado. Como a un sólo médico puesto en el medio, ellos, locos furiosos, le atormentaban por todas partes. Él estaba colgado, pero sanaba. Padre -dijo- perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34). Pedía y, con todo, pendía; no descendía, porque iba a convertir su sangre en medicamento para aquellos locos furiosos. Como no pudieron resultar vanas las palabras suplicantes del Señor ni su misericordia que las escuchaba, puesto que al mismo tiempo que eleva súplicas al Padre las escucha con él, después de la resurrección sanó a los dementes que había tolerado en la cruz. Ascendió al cielo, envió al Espíritu Santo.
Pero después de resucitado no se manifestó a todos, sino sólo a los discípulos, para no dar la impresión de que quería burlarse de quienes le habían procurado la muerte. Era más importante enseñar la humildad a los amigos, que echar en cara a los enemigos la verdad. Resucitó y de esta forma hizo más de lo que le pedían, no desde la fe, sino en burla, cuando le decían: Si es Hijo de Dios baje de la cruz (Mt 27,40). Quien no quiso descender del madero, resucitó del sepulcro. Subió al cielo y desde allí envió al Espíritu Santo; llenó de él a los discípulos, corrigió a los temerosos y les dio confianza. El pavor de Pedro se convirtió repentinamente en fortaleza para predicar. ¿De dónde le vino esto al hombre? Busca a Pedro presumiendo, y le hallarás negando; busca a Dios ayudándole, y hallarás a Pedro predicando. Por un momento tembló su flaqueza para vencimiento de la presunción, no para destrucción de la piedad. Lo llena del Espíritu Santo, y convierte en valeroso predicador a aquel presuntuoso a quien había dicho: Me negarás tres veces. Pedro había presumido de sus fuerzas; no del don de Dios, sino de su libre voluntad. Le había dicho: Iré contigo hasta la muerte (Mt 26,33-35). Había dicho en su abundancia: No me moveré nunca jamás. Pero el que por su propia voluntad había dado vigor a su hermosura, retiró su rostro y aquel quedó lleno de turbación (Sal 29,7-8). El Señor, dijo, apartó su rostro: manifestó a Pedro al mismo Pedro, pero luego le miró y afianzó a Pedro sobre la Piedra.
Imitemos, pues, hermanos míos, el ejemplo de la pasión del Señor en cuanto podamos. Podremos, si le pedimos ayuda; no adelantándonos como el presuntuoso Pedro, sino yendo tras él y orando como Pedro, ya restablecido. Poned atención a lo que dice el evangelista cuando Pedro negó al Señor tres veces: Y el Señor le miró, y Pedro se acordó (Lc 22,61). ¿Qué significa: Le miró? En efecto, el Señor no le miró al rostro como para recordárselo. La realidad es otra. Leed el evangelio. El Señor estaba siendo juzgado en el interior de la casa cuando Pedro era tentado en el atrio. Por tanto, el Señor no le miró con el cuerpo, sino con su majestad; no con la mirada de los ojos de la carne, sino con su soberana misericordia. Quien había apartado su rostro de él lo miró y quedó libre. Así, pues, el presuntuoso hubiese perecido de no haberle mirado el redentor. Ved ahora a Pedro, lavado en sus propias lágrimas, corregido y levantado, entregado a la predicación. El que lo había negado, ahora lo anuncia; creen quienes se habían encontrado en el error. La medicina de la sangre del Señor mostró ser eficaz en aquellos dementes. Convertidos en creyentes beben lo que, furiosos, derramaron.
Sermón 284,6
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