COMENTARIOS AL EVANGELIO DE LA BENDICIÓN DE PALMAS DEL CICLO B

Mc 11, 01-10

 

1.

Basta leer unos cuantos comentarios al evangelio de Marcos para caer en la cuenta de que el texto de hoy es uno de esos textos que suscitan las opiniones más contrarias entre los intérpretes. Indicio claro de que nos hallamos ante un texto difícil. Todo intento de comentario deberá, pues, ser humilde y parco en sus afirmaciones.

A diferencia de Mateo (cfr. Mt. 21, 4-5), Marcos no afirma que Jesús estuviera dando cumplimiento a la profecía de Zacarías 9,9: "Aclama, Jerusalén; mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso, humilde, cabalgando un asno". A la vista, sin embargo, de la identidad de circunstancias en ambos textos (Jerusalén, llegada, asno) resulta demasiado aventurado negar su conexión. Lo más probable es que Marcos escribiera relacionándolos ambos. El autor presenta, en efecto, a un Jesús, presa de una clarividencia sobrehumana, al servicio de una necesidad. "El Señor necesita el asno". Creo que esta necesidad no es otra que la de llevar a cabo el viejo texto de Zacarías.

Pero el relato tiene una segunda parte, a partir del v. 7 hasta el v. 10, en la que, inesperadamente, Jesús ya no toma la iniciativa. Esta corre enteramente a cargo de los que están con Jesús, designados de manera genérica como "muchos" y "los que iban delante y detrás". Forman un cortejo y gritan consignas mesiánicas en la línea de una restauración nacional judía al estilo del Estado de David. Por último, de manera muy típica en Marcos, el v. 11 cierra draconianamente el relato cortando toda sugerencia de entrada triunfal, con un Jesús observador en solitario y con la única compañía de los doce. Lo que otros dos sinópticos sitúan aquí, la expulsión de vendedores y cambistas, Marcos lo pospone para el día siguiente, después del extraño episodio con una higuera que tenía muchas hojas pero ningún fruto. Como acabo de indicar, este ordenamiento es exclusivo de Marcos y tal vez haya que buscar en él la clave interpretativa del relato de este domingo. Hasta ahora, Marcos nos ha presentado a un Jesús rechazando o acallando sistemáticamente toda manifestación mesiánica sobre su persona. Ahora, en cambio, Jesús no dice nada. ¿Es que acepta las consignas mesiánicas de los que le rodean? La respuesta a esta pregunta requiere tener en cuenta el ordenamiento de los hechos a que antes me refería. Y en este ordenamiento, el episodio de la higuera juega un papel fundamental. En efecto, la higuera con muchas hojas pero sin ningún fruto es el medio plástico del que se sirve Marcos para expresar la opinión de Jesús sobre el cortejo anterior. No olvidemos que la higuera es uno de los símbolos judíos. ¿Y que dice Jesús? Desautoriza al árbol, es decir, desautoriza al cortejo. Exactamente como hasta ahora había estado haciendo con todo tipo de manifestación sobre su persona. Dentro de la dinámica del segundo evangelio, el relato de hoy es un ejemplo más con que Marcos ilustra su tesis: Jesús, ese gran desconocido, a quien en realidad de verdad nadie o muy pocos entienden.

ALBERTO BENITO
DABAR 1985/20


2.

Texto. La cercanía de Jerusalén determina el encargo de Jesús a dos de sus discípulos de traerle un asno que encontrarán dispuesto al respecto. El autor destaca con fuerza la soberanía de Jesús: es él quien en realidad lo dispone todo. Y todo, en efecto, tiene el desarrollo por él previsto. Jesús es el Señor.

El selecciona, prevé. Y todo acontece puntualmente. Los dos discípulos traen el asno prefijado y en el que nadie, antes, ha montado. El asno cumple así la condición necesaria para poder ser utilizado en el ámbito religioso y cultual. Las acciones siguientes adquieren el carácter festivo de una entronización; engalanamiento de la cabalgadura y del suelo, gritos de saludo y de aclamación. La duración y el recorrido no han interesado al autor. Sólo el hecho es lo importante.

Comentario. El sentido del relato creo que hay que verlo al trasluz del siguiente texto de Zacarías: "¡Alégrate, Sión, grita jubilosa, Jerusalén! Tu rey viene a ti; justo y victorioso, humilde y cabalgando sobre un asno. Aniquilará los carros de Efraín y la caballería de Jerusalén. Anunciará la paz a las naciones. Su dominio abarcará de mar a mar, desde el río a los confines de toda la tierra".

Todo el relato está puntualmente al servicio del cumplimiento de esta página y, a través de ella, del cumplimiento de la razón de ser de la Biblia toda: "En ti quedarán bendecidas todas las gentes del mundo" (Gén. 12, 3). Cuando nada era bueno para nadie, Abraham fue necesario para que todo volviera a ser bueno para todos. La vieja promesa que da la salida a la Biblia tiene en este texto de Marcos el primer acto de su cumplimiento.

Delimitado así el sentido del texto, su significado para nosotros es de una incalculable trascendencia. En Jesús montado sobre un asno tenemos todas las gentes del mundo la referencia segura y absoluta de que nuestro mundo debe y puede ser bueno para todos. A propósito del asno y de su elección como cabalgadura, yo no hablaría tanto de humildad cuanto de invitación a la espera y a la esperanza. Vista al trasluz bíblico, la imagen de Jesús sobre el asno es el cumplimiento de una promesa que abría la esperanza para todos. Hoy celebramos la victoria de la espera y la seguridad de la esperanza.

A. BENITO
DABAR 1988/21


3.

De este breve pasaje evangélico, que dice lo mismo que los otros dos autores sinópticos, sólo unos cuantos rasgos originales son privativos del autor del evangelio de Marcos, y merecen ser señalados. Hay que compararlos también con algunas frases tomadas fuera de nuestro texto y que constituyen otros tantos puntos de referencia que orientan la interpretación de nuestros versículos.

Nuestro segundo evangelista se aplica a subrayar el conocimiento previo que Jesús tiene de los más mínimos acontecimientos: excelente manera de sugerir la soberanía con que Jesús va a adentrarse en la Pasión, de la que ni un solo detalle podrá escapar a su presencia y a su autoridad. Jesús "da su vida", nos dijo ya san Marcos. Así, pues, Jesús, profeta extraordinario, envía a sus discípulos, y de antemano les anuncia las cosas más mínimas que van a encontrar. "Encontraréis un borrico atado, que nadie... Y si alguno os pregunta..., contestadle: El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto. Fueron y encontraron... Algunos... se preguntaron...; y se lo permitieron".

Para nuestro autor, Jesús es más que un profeta. "El Señor", dicen los discípulos refiriéndose a él, lo cual invita a descubrir una dignidad supereminente.

En el mismo sentido se orienta, por otra parte, el detalle relativo al borrico llevado a Jesús. La particularidad de este humilde animal está en no haber sido aún montado por nadie. No dejará de chocar este detalle a todo el que se quede en la materialidad de las cosas; hay que compararlo con esta otra puntualización que el tercero y cuarto evangelistas hacen respecto al sepulcro en que los discípulos, dirigidos por José de Arimatea, "pusieron a Jesús": era "un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía" (Lc 23, 53; Jn 19, 41). Pero también este detalle hay que compararlo con aquellas reflexiones, tradicionales en el Antiguo Testamento, según las cuales todo cuanto se utilice en el servicio de Dios ha de ser nuevo, virgen de toda utilización humana. Así es en lo tocante a determinadas víctimas ofrecidas en sacrificio (Nm 19, 2; Dt 21, 3), a los animales puestos al servicio del Arca de la Alianza (15, 6, 7) o del carro que la transporta (25, 6, 3). En el evangelio de Marcos, el detalle del asno todavía "nuevo" refleja todo el respeto que el narrador tributa a su héroe; encuentra normal que, en atención a él, se adopten unas medidas que antiguamente se adoptaban cuando se trataba de Dios.

La entrada en Jerusalén es la entronización regia de Jesús.

Unos cuantos versículos más arriba, se ensalzó ya a Jesús como "Hijo de David". Ahora se le aclama como aquél por quien "llega el reino de nuestro padre David", es decir, por quien se cumplen las promesas hechas a David, de un sucesor privilegiado, rey de un reino venidero. Jesús, descendiente de David, realiza por lo tanto las promesas hechas a su antepasado.

No por decisión suya personal realiza Jesús la esperanza puesta en David, sino por misión divina: Jesús "viene en nombre del Señor". Con él se realiza la salvación. Que se realice efectivamente esta salvación, dada desde ahora en prenda con su presencia, suplican los numerosos testigos. "Hosanna, da la salvación", gritan.

Se ha advertido que el verbo "venir" tiene por sujeto al reino (v. 10) y a Jesús (v. 9). Este notable paralelismo manifiesta que el reino está presente, "viene" en el preciso momento en que Jesús está allí, adonde él mismo "viene". Esta idea, común a todos los evangelistas, sorprende menos aún tratándose del segundo de ellos. A su modo de vez, Jesús hace presentes entre los hombres el misterio de Dios, la gloria de Dios, su obra; presentes dentro de la humanidad, y de la humanidad más humilde, más pobre, de la que muestra su debilidad en la muerte. Así pues, el nuevo tipo de relaciones de Dios con los hombres y de éstos entre sí, en que consiste el Reino, está presente con Jesús que constituye, él mismo, esta novedad a la que se llama a la humanidad entera.

Descendiente del rey David y el rey del nuevo reino, Jesús llega a Jerusalén con un aparato modestísimo, signo del tipo de fraternidad que él quiere implantar. Pero en esta ciudad se presenta también como amo. Lo sugiere el v. 11 (que queda fuera del fragmento seleccionado para este domingo): "Entró en Jerusalén, en el Templo, y después de observar todo a su alrededor, siendo ya tarde, salió con los Doce hacia Betania".

Esta mirada inquisidora de Jesús es, al pie de la letra, "el ojo del amo": indica la autoridad, que el evangelista reconoce a Jesús, sobre este campo reservado y corazón del Judaísmo, que es el Templo.

El amo que viene es también un amo severo; siendo fraternal, también sabe condenar. El que "vino" a los hombres -el comienzo del evangelio ha repetido varias veces este expresivo término- y a unos hombres que no le recibieron "sale" ahora del ambiente de estos incrédulos. Este "Jesús salió" (vv. 11. 19 y 13, 1), tres veces repetido, suena como un doblar a muerto. Es el anuncio de una separación dolorosa; el "discurso escatológico" sobre la ruina de Jerusalén (13, 1-37) anunciará una primera consecuencia; la segunda, no menos trágica, será la muerte de Jesús.

Sabido es que Jesús no "salió" de entre unos cuantos más que para "venir" a todos.

LOUIS MONLOUBOU
LEER Y PREDICAR EL EVANGELIO DE MARCOS
EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág. 147


4.

Aquel sí que es el cortejo de la incomprensión. De la incomunicación.

La gente grita, aclama entusiasta. Pero se tiene la impresión de que las invocaciones se dirigen a otro Mesías, no a aquel que cabalga en el borrico.

Y Jesús debe darse cuenta de que las expresiones que se le dirigen son las justas, exactas. Pero salen equivocadas.

El, ciertamente, las entiende en el sentido justo. El hecho es que nacen mal, estropeadas de raíz. Inconcebibles desde el punto de vista formal de la ortodoxia y, por tanto, inaceptables.

El contraste, insanable, está en las intenciones. Un pensamiento verdaderamente incómodo: pueden existir oraciones bellísimas, ceremonias y fiestas "muy logradas". Pero el Señor pretende otra cosa.

Hemos dicho lo que estaba establecido y nos hemos equivocado totalmente... Quizá Jesús no se haya sentido jamás tan solo como en medio de aquella gente. Apretado por todas partes. Sin embargo, distante. Muy lejano.

El señor tiene necesidad de ti.

Tiene necesidad de un borrico para unas horas.

Nada más que esto.

Si estuviéramos convencidos, estaríamos siempre disponibles, sin tomarnos demasiado en serio y sin darnos aires de importancia.

Aquel borrico debería entrar con todo derecho en un tratado sobre la humildad. Ser el borrico que está allí, dispuesto a ser utilizado como, cuando y cuanto quiera él, y después devuelto, porque ya no sirve más, y está contento pues el triunfo es de otro, él vuelve a su puesto, "junto a la puerta", no pretende el primer plano de la televisión, un borrico sin importancia, pero siempre dispuesto en el caso de que volviera a ser requisado, siempre para un servicio y no para un premio.

Un borrico que entre otras cosas tiene el gran mérito de estar callado.

Debemos meternos en la cabeza que el Señor tiene necesidad sólo de un borrico por horas.

Mientras que nosotros no podemos prescindir de él ni un instante.

ALESSANDRO PRONZATO
EL PAN DEL DOMINGO CICLO B
EDIT. SIGUEME SALAMANCA 1987.Pág. 75


5.

Aquí empieza la tercera parte del segundo evangelio (11, 1-16, 20). En ella se contiene el epílogo del drama del hijo del hombre, se divide claramente en tres actos.

El primer acto (cap 11-13) presenta la actividad de Jesús en Jerusalén, toda ella dirigida a subrayar el inevitable choque con los jefes judíos. A pesar de su constante rechazo del triunfalismo, Jesús no renuncia a realizar un acto altamente significativo: la entrada en el templo en calidad de Mesías. Esta decisión provoca, como era de prever, la mas violenta reacción de los jefes judíos.

El segundo acto (cap 14-15) presenta el momento culminante de la actuación de Jesús: la pasión y la muerte. Ordinariamente los nacionalistas eran castigados severamente por las autoridades romanas de ocupación, pero más o menos abiertamente eran también apoyados por las autoridades locales. Jesús, por el contrario, es víctima total del poder, de toda clase de poder, tanto el romano como el local.

Acto tercero (cap 16): Jesús resucita y reanuda su comunicación con los amigos y con los discípulos. La vinculación entre el Jesús históricos y el Jesús resucitado es tan sutil que a veces es difícil determinar la frontera entre el ayer del Jesús evangelizador y el hoy del Jesús resucitado. Misteriosa, pero concretamente, Jesús está presente en medio de su comunidad.

El relato de la entrada de Jesús en Jerusalén refleja evidentemente un acontecimiento real; sin embargo, el montaje literario está realizado con determinados textos del A.T. Es sobre todo el profeta Zacarías el que constituye el trasfondo de nuestro relato.

Según Za 14, 4 la aparición escatológica de Dios habría debido tener lugar precisamente sobre el monte de los Olivos; y Flavio Josefo confirma esta vieja tradición judía. Pero sobre todo la profecía de Zacarías, especialmente en la segunda parte (cap 9-14), presenta una imagen insólita del Mesías: "Alégrate, hija de Sión; da saltos de alegría, hija de Jerusalén. Mira: tu rey viene hacia ti. Justo y victorioso; humilde, cabalga sobre un asno y sobre un jumentillo, cría de un asna. Hará desaparecer los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será destruido, anunciará paz a los gentiles" (/Za/09/09-10). La profecía de Zacarías tuvo lugar entre el 520 y el 518 a. C. Era la época del retorno de los judíos de la cautividad. En 536 a.C. empezaron los trabajos de reconstrucción del templo, pero en forma tan modesta que los viejos, que habían conocido el templo de Salomón, lloraban desconsolados. Zacarías, como su contemporáneo Ageo, quiere presentar un mesías nada triunfalista, muy lejos de la imagen que los judíos derrotados y humillados tenían de su soñado jefe. Por eso, lo presenta sentado sobre un asno, que, si en tiempos de Salomón podría servir para trasportar dignamente a un rey, en los tiempos de Zacarías no podía rivalizar con los espléndidos caballos, montados por los triunfadores. El profeta incluso subraya expresamente que el mesías hará que "desaparezcan los carros en medio de Efraim y los caballos de en medio de Jerusalén", y que "el arco de guerra será destrozado". Por lo tanto, no hay que admirarse de que el "triunfo" de Jesús en su entrada mesiánica no hubiera producido alarma a las autoridades de Jerusalén. El evangelista subraya aún más esta ausencia de pretensiones cuando refiere que el asno sobre el que Jesús cabalgaba no solamente era un animal modesto, sino tomado en préstamo para aquel momento.

Sin embargo, no hay duda de que Jesús entra en Jerusalén en calidad de mesías. El no renuncia a la dignidad mesiánica, pero los signos de esta dignidad quedan reducidas al minimum por la irrenunciable cristología del hijo del hombre, que domina el evangelio desde la primera hasta la última página.

La descripción final de cómo Jesús observa el templo da un poco la impresión de la visita de un provinciano -un pobre galileo- que da vueltas por aquellas grandes construcciones mirando alrededor lleno de asombro (periblepsámenos pánta, v. 11)

COMENTARIOS A LA BIBLIA LITURGICA NT
EDIC MAROVA/MADRID 1976.Pág. 1182 ss.


6.

Evangelio de la procesión de los ramos:
Marcos 11,1-10 o bien Juan 12,12-16.
Bendito el que viene en nombre del Señor

La entrada de Jesús en Jerusalén aclamado por el gentío es un acontecimiento expresamente relevante. Jesús, que siempre ha evitado ser llamado Mesías, por miedo a la confusión con el mesianismo guerrero que muchos israelitas esperaban, podríamos decir que aquí "prepara" él mismo una manifestación mesiánica para mostrar qué clase de Mesías es. Y, desde este momento hasta su detención, se irán encadenando actos de mostración de este mesianismo.

Jesús es un personaje conocido en Jerusalén. Allí hay gente dispuesta a recibirle y aclamarle: pueden ser galileos venidos para la Pascua, o gente de la misma Judea con los que él ha tenido contactos anteriores (Juan lo enlaza con la resurrección de Lázaro). Para esa gente, Jesús se deja aclamar con los gritos mesiánicos: 1) el "Hosanna", que literalmente es un grito de quiere decir "sálvanos", se había convertido en una aclamación al Mesías que había de liberar al pueblo; 2) el "Bendito el que viene..." es un grito propio de una entronización del rey davídico, que en la tradición más antigua (la de Marcos) no se personaliza en Jesús sino en el "reino que viene", el reino del que Jesús es mensajero, mientras que después la tradición habló directamente del "rey de Israel", personalizado en Jesús (Juan).

Aceptando ser aclamado como Mesías, Jesús muestra simbólicamente cuál será su mesianismo: entrará montado en un borrico, significando normalidad, abajamiento y deseos de paz, contra lo que el caballo significaba de supremacía y poder guerrero. Es un signo similar al del lavatorio de los pies del Jueves Santo. Marcos explica largamente la preparación del borrico, pero no menciona la profecía de Zacarías 9,9 que lo anuncia; Juan no resalta la preparación pero sí menciona, en cambio, la profecía. Y Juan termina diciendo que el sentido del mesianismo de Jesús se descubrirá en la resurrección.

JOSEP LLIGADAS
MISA DOMINICAL 1994/05