10 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO DE RAMOS
CICLO A
10.
Fuente: Catholic.net
Autor: P. Octavio Ortíz
Nexo entre las lecturas
En este domingo se tiene la procesión simple o solemne que conmemora el ingreso
de Jesús en Jerusalén. El evangelio que se proclama al inicio de la procesión
pone de relieve que Jesús es el “Hijo de David”, importante título mesiánico, y
subraya que éste es un Rey humilde, justo y victorioso que restaurará la ciudad
de Jerusalén. El clima de la procesión es festivo y es una anticipación
profética del triunfo definitivo de Cristo sobre el pecado y la muerte en su
misterio pascual.
Las lecturas de la Misa, en cambio, nos exponen las condiciones que serán
necesarias para que Cristo alcance este triunfo. La primera lectura nos presenta
al Siervo doliente con sus sufrimientos y su admirable disponibilidad ante el
sacrificio (1L). El himno cristológico de la carta a los Filipenses hace
hincapié en la humildad y en la obediencia filial, hasta la muerte en Cruz, de
Jesús (2L). Finalmente el relato de la pasión según san Mateo muestra a un
Cristo lleno de majestad que reina, pero que ha sido rechazado por el pueblo y
sus dirigentes y es conducido a la muerte. Sin embargo, a pesar de ser
rechazado, Él es la piedra angular sobre la que se levanta el edificio de la
Iglesia naciente (EV). Obediencia filial hasta la muerte por amor es aquello que
unifica y sobresale en la liturgia de este día.
Mensaje doctrinal
1. La procesión. La cuaresma ha sido un camino de conversión que la Iglesia ha
realizado con Cristo-cabeza en su ascensión hacia la ciudad de Jerusalén. Ahora
llega el momento de hacer el ingreso solemne en la ciudad santa. Cristo mismo
está presente en la procesión por medio de la cruz que precede el caminar de los
fieles; está presente en el evangelio que se proclama al inicio mismo de la
procesión; está presente, finalmente, en quien preside la liturgia procesional.
Esta procesión es un símbolo hermoso de cómo Cristo camina con cada uno de los
hombres en su peregrinar hacia la patria definitiva. La promesa bíblica
encuentra también aquí un hermoso significado: “Yo estaré con vosotros”.
Al mismo tiempo, la procesión de los fieles se dirige hacia Cristo que se
inmolará en el altar. La proclamación de la pasión según san Mateo nos hará ver
el camino de afrentas que Jesús tuvo que soportar por amor de nosotros, hombres
pecadores. La mirada de los fieles, por lo tanto, se dirige con amor a Cristo,
amigo de nuestras almas, cordero inmolado que ha dado su vida en rescate
nuestro. San Bernardo comenta que en la procesión se representa la gloria
celeste, mientras que en la Misa se hace claro cuál es el camino para llegar a
ella. Si en la procesión vemos con claridad la meta hacia la que debemos llegar,
es decir, la patria del cielo, la pasión nos hace ver el camino y las
condiciones que son necesarias: la persecución, la obediencia humilde, la pasión
dolorosa. El ideal sería descubrir ambas realidades: patria celesta y camino
para llegar a ella, en su dimensión cristológica. Cristo que camina con
nosotros, Cristo que camina delante de nosotros abriéndonos la puerta de los
cielos, Cristo que camina y sufre y padece en nosotros que somos su cuerpo.
2. La fe en Cristo en la pasión de San Mateo. En Mateo descubrimos una
perspectiva cristológica. Jesús afirma claramente ante el Sumo Sacerdote que Él
es el Mesías, el Señor y que en él se cumplen las promesas del Reino y se
instaura una nueva alianza. (26,64) Él se muestra dueño de su acciones y se
ofrece libremente al sacrificio por amor. En Getsemaní podría llamar una legión
de ángeles (26, 53), pero no lo hace, va libremente a cumplir la voluntad del
Padre. La corona de espinas, el manto de púrpura, el bastón puesto en su mano
pondrán de relieve, paradójicamente, su majestad y realeza. En su pasión Cristo
es rey y reina. A través de sus sufrimientos es Rey y salva a los hombres.
¡Cristo Rey nuestro!
Sólo Mateo presenta los eventos de la pasión en términos escatológicos: el
temblor de tierra, la obscuridad, los sepulcros abiertos... La cortina del
templo se rasga simbolizando que los sacrificios de la antigua alianza han sido
superados por un sacrificio excelente y que ha sido constituida la nueva alianza
entre Dios y los hombres por la sangre de Cristo. Esa cruz que está en el centro
de la historia es al mismo tiempo el fin de la historia.
Sugerencias pastorales
1. La vida humana es un camino en el que descubrimos el valor de la cruz. El
ingreso festivo de Jesús en Jerusalén sugiere a nuestra reflexión muchos
momentos de la existencia humana. Momentos de alegría, de plenitud, de amistad
sincera, de realización personal. Momentos en los que se experimenta más
vivamente el amor de Dios, la cercanía y cariño de los seres queridos, la
belleza de la vida. Sin embargo, en este caminar de la existencia humana
advertimos también momentos de tristeza, de pérdida, de dolor, de fracaso. Una
enfermedad, la muerte de un ser querido, una pena moral, una incomprensión...
Todo ello nos indica que nuestra patria definitiva no se encuentra aquí, sino
que esta vida, que es en sí misma bella y digna de ser vivida, no es sino el
inicio de una vida que ya no conocerá el dolor. Todo esto nos recuerda que somos
peregrinos hacia la posesión eterna de Dios y que debemos siempre seguir
caminando sin rendirnos ante el cansancio, la fatiga, las penas o los pecados de
esta vida. Caminar siempre, avanzar siempre para alcanzar la felicidad eterna
que, de algún modo, ha ya iniciado en esta tierra por la fe en Cristo Jesús. No
rendirnos ante el tedio de la vida, sino asumir con paz que el camino de la
felicidad pasa por la cruz; pero no por cualquier cruz, sino aquella que se vive
por Cristo, con Cristo y en Cristo. Se trata de saber descubrir en nuestra vida
los “ingresos festivos” en Jerusalén para ensanchar nuestro corazón y caminar
por las vías del Señor. Pero al mismo tiempo, disponer el alma para vivir la
cruz de cada día, los dolores domésticos, las penas cotidianas con amor, con
serenidad, unidos a Cristo.
2. La educación de la infancia. Una segunda reflexión se sugiere al ver a los
“niños hebreos” que agitan los ramos al paso de Jesús. Se trata de considerar la
importancia de educar en la fe y en los valores cristianos a nuestra niñez.
Quizá las generaciones jóvenes están hoy más expuestas que en otras épocas, al
influjo negativo de los medios de comunicación. Vivimos en una cultura de la
imagen que imprime sellos indelebles en el alma de los pequeños: imágenes de
violencia, de injusticias, de lucha entre los hombres, de terror... van dejando
sin duda una huella.
Cada cristiano debe sentirse responsable ante esta situación, debe sentir el
anhelo de imprimir en el corazón de los que vienen detrás, no sólo imágenes
positivas que les ayuden a vivir y esperar, sino también contenidos de fe, de
esperanza de amor que los sostengan cuando lleguen a la edad madura. Esta tarea
es responsabilidad principalísima de los padres de familia, que forman su hogar
como una iglesia doméstica donde se aprende la fe. Cada niño es como un tesoro
que pertenece a Dios y que el mismo Dios ha puesto bajo el cuidado y protección
de sus padres. Sin embargo, se trata de una responsabilidad en la que participan
también todos los que intervienen en el proceso educativo: los profesores, los
catequistas, los párrocos...
Dediquemos, como lo hacía el Cura de Ars, una parte no indiferente de nuestro
tiempo a la catequesis infantil porque ésos, que hoy son los niños que agitan
los ramos de olivo en el atrio de nuestras iglesias, serán los que mañana
predicarán el evangelio, formarán comunidades cristianas, entregarán su vida en
consagración a Dios, educarán hijos y transmitirán la fe y los valores. Arte de
las artes es educar un niño. Eduquemos a los niños como lo hacía Jesús:
dirijámoslos por las sendas de la virtud, por el amor a la verdad superando toda
mentira, por el camino del desprendimiento personal para que sepan darse a los
demás.
Un peligro no pequeño de nuestra sociedad es un excesivo individualismo y
egocentrismo que recluye a la persona en sí y le impide ser feliz y realizarse
en la vida. Aprendamos a valorar los recursos infantiles: ellos, los pequeños,
constituyen un ejército de apóstoles por su sencillez, por su amistad íntima y
espontánea con Jesús, por su capacidad de lanzarse a grandes empresas sin temor.
Los mayores también tenemos que aprender grandes cosas de esos pequeños que
agitan traviesos sus ramos en medio de nuestras parroquias y son la
preocupación, pero también la felicidad, de sus padres.
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