52 HOMILÍAS PARA EL JUEVES SANTO
1-10

 

1. JUDAS/BESO.

Hay, en la base de todo lo que celebramos hoy, dos entregas; dos entregas de signos bien distintos y, evidentemente, de resultados opuestos. Una es la entrega de Judas. La traición y el beso hipócrita son su esencia, sus componentes. El móvil, como siempre, unas monedas, un dinero, unas ganancias. Era más provechoso tener "liquidez" en el bolsillo, que una vida humana. Los resultados son conocidos: la prisión, el juicio, la condena... la muerte. No podía ser de otra manera; nunca es de otra manera. A diario, como entonces, se vende a personas por unas monedas y el resultado siempre es el mismo: el egoísmo, la falta de solidaridad, el recelo, la envidia... la muerte.

La otra entrega es la de Jesús; él no vende a nadie, se da él mismo; él no busca el interés, ni el dinero, ni la ganancia, sino la vida para sus amigos, el testimonio que les dará fuerza y ánimo para seguir sus pasos, la ratificación, con su carne y su sangre de que sus palabras no son sólo palabras, ni utopías, ni ilusiones, sino realidades tan auténticas y tan serias que, por ellas, se puede pagar un precio tan caro como el dar la propia vida. Y así, en ese gesto de amor que se teje sobre el pan y el vino (el alimento y la alegría, la carne y la sangre) Jesús se deja a sí mismo para permanecer siempre con los suyos, para que nunca se encuentren solos ni desamparados en medio del duro combate de la vida. Frente a uno que vende, que le vende a él por unas pocas monedas, Jesús se da, se ofrece gratuitamente; se quiere quedar para siempre con los suyos y se queda.

Vender o darse; el interés o el ofrecimiento; esa es la disyuntiva que aparece en lo que hoy conmemoramos; y esa es la disyuntiva que se nos plantea a todos y cada uno de nosotros. Al repetirse día a día en nuestro mundo -como se repite- el drama de la última cena, necesitamos saber cuál de los dos papeles queremos representar; porque sin lugar a dudas que, uno u otro, alguno de los dos vamos a ejercer. ¿En lugar de quién nos ponemos? Sería relativamente fácil que, cómodamente sentados, mientras leemos o escuchamos estas palabras, no tengamos ningún inconveniente en responder que, desde luego, nosotros nunca nos pondríamos en lugar de Judas; quizá incluso tengamos un arranque de "pseudorealismo" y lleguemos a aceptar que tampoco podemos afirmar con todas las de la ley que nos pongamos en lugar de Jesús, pero que, eso sí, estamos en ello. Si queremos responder con autenticidad, al estilo del evangelio, tendremos que proceder de otra forma: ver en lugar de quién nos solemos poner en la vida diaria:

-¿En lugar de los parados que andan entre la desesperación y el abatimiento, con pocas -o ninguna- perspectiva de solución, porque el paro crece día a día como un imparable cáncer social?

-¿En el de esos gitanos que, día a día, son vejados, rechazados, aislados, expulsados de sus zonas de concentración, quemadas sus chabolas...?

-¿En lugar del anciano enviado al asilo para que no moleste en casa, del transeúnte que no tiene dónde comer ni dormir?

-¿En lugar del que ha sido metido entre rejas, del drogadicto, de la madre soltera, del homosexual, de la prostituta?

-¿En lugar del campesino salvadoreño, o del inmigrante africano o sudamericano? Esa es la única manera válida para saber en lugar de quién nos ponemos; un método que no lo hemos inventado nosotros; son las mismas palabras de Jesús: "...porque tuve hambre y me diste de comer... cada vez que lo hacías a uno de los más pequeños, me lo hacías a mí" (/Mt/25/31-46).

Si ante la imagen de Jesús dándose a los hombres, que vemos en el evangelio de hoy, no nos tomamos en serio nuestra conversión, si ante este Jesús que se entrega, nosotros somos incapaces de ponernos en su lugar, habrá que pensar que nuestro corazón se ha puesto muy duro y que hemos de trabajar en serio para transformarnos. (...) Porque el evangelio de hoy no es una parábola más o un milagro más, o una reflexión más, es JC mismo dándose a los hombres, e inaugurando una nueva era: la de los hijos de Dios, hermanos de los hombres.

DABAR 1983, 22


2. J/HORA:

LA HORA DE JESÚS. "Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre...". Toda la vida de Jesús ha estado en tensión dramática, dirigida a este momento, a su hora. Cuando su madre le ruega ayuda en Caná, responde Jesús que "todavía no ha llegado su hora" (/Jn/02/04). Durante su vida itinerante y pública "buscaban ocasión de echarle mano, pero nadie lo hizo porque todavía no había llegado su hora" (/Jn/07/30). El día de Ramos siente la proximidad de la hora y habla de glorificación: "Llega la hora de que sea glorificado el hijo del Hombre" (/Jn/12/23).

Cuando Jesús, antes de la fiesta de la Pascua y en los preparativos de la cena, habla de la llegada de su hora, se trata pues, de algo esperado largamente, hacia donde confluyen su vida y su palabra, es el momento decisivo. Aún sin comprenderlo del todo, los discípulos vislumbran la solemnidad del momento. Y desde luego, el evangelista utiliza palabras solemnes para enmarcar la escena: "Sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía..." Lo que va a ocurrir es algo largamente preparado y ahora solemnemente resaltado.

EL GESTO. Por eso es mayor la perplejidad de los discípulos ante el desconcertante gesto del maestro antes de cenar. Recordaban los duros altercados de Jesús con los fariseos para defenderles de acusaciones de tipo ritual: "¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los antepasados? No se lavan las manos a la hora de comer" (Mt. 15, 2). Y, sin embargo, ahora era el mismo Jesús quien recriminaba a Pedro por rehusar el lavatorio de los pies.

¿Imaginarían quizá por un momento que el Maestro había cambiado de manera de pensar, instituyendo un nuevo rito de purificación legal? Fue al sentarse a cenar -"lo comprenderás más tarde"- cuando Jesús iluminó con su palabra el acontecimiento. "Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros". El gesto no era pues un rito, sino la eclosión de una existencia, la expresión de una riqueza interior. No era el cumplimiento legalista de un precepto, sino la exteriorización sencilla de una actitud vital: el servicio y la entrega a los demás. Era la "hora definitiva" de Jesús porque "el amor iba a llegar hasta el extremo".

Nosotros también utilizamos signos, expresiones, gestos, en la trama de nuestras relaciones con los demás. Pero nos hemos acostumbrado a que constituyan una especie de superestructura ajena a nuestra auténtica existencia personal. La mayor parte de las veces los "gestos" se convierten en "muecas" vacías y hasta llenas de falsedad. Somos capaces de dar un apretón de manos a la persona contra la que vamos a utilizar todos nuestros recursos de calumnia y engaño. Hombres poderosos hablan de paz, mientras nada hacen por detener una carrera de armamentos que beneficia su economía o prestigio. Llamamos "cena-homenaje" o "medalla de oro" a lo que ofrecemos a una persona mientras puede sernos útil, sin que nadie se haga ilusiones de que esas promesas valgan para los momentos de soledad u ostracismo.

RITOS/SINCERIDAD: Pero incluso nuestras relaciones con Dios muchas veces no son de otra manera. Gestos, palabras, ritos. Pero nuestros gestos no son una expresión nacida de nuestra filiación hacia el Padre, de nuestra fraternidad con los hombres, sino ritos que intentan justificarnos ante un Dios lejano y consagrarnos como religiosos ante los demás. La religión adquiere entonces dimensiones de insinceridad. "Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con palabras, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rendís culto..." (Mt/15/08-09). Jesús es diferente. Nos enseña a devolver a los gestos -ante el Padre y los hermanos- su verdad. Y así sus gestos de perdón, consuelo, salud y amor, van creando una nueva realidad que va cobrando verdad en la existencia concreta de los afortunados hombres que salen a su encuentro.

Ahora todo llega a su fin. Es la hora definitiva. Y en un gesto-testamento, frente a un mundo gesticulante quiere afirmar y legarnos la única razón de ser de su vida: vivir para los demás. Un amor que le ha llevado al servicio desde el último lugar.

LA COMUNIÓN Y LA COMUNIDAD. Sabemos que Juan es el único evangelista que no relata expresamente la institución de la Eucaristía. El gesto del lavatorio de pies, enmarcado tan solemnemente, tiene el mismo significado. Pero las tradiciones sinópticas y paulina nos recuerdan y refuerzan el hecho. Así comprendemos, tras el lavatorio como llamada de atención sorprendente (era El, el Señor, quien "estaba a sus pies"), la entrega de su Cuerpo y de su Sangre, "por vosotros". No era una cena-homenaje, sino una cena-entrega, en que el Señor da parte de sí mismo a sus amigos, crea una comunión de vida con ellos. El gesto una vez responde a una realidad. Por eso la cena del jueves no se puede entender sin la cruz del viernes. "Cada vez que coméis de este pan y bebéis de esta copa, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva" (1Co/11/26). No existe mayor amor que el que da la vida por sus amigos, había anunciado Jesús. Dar verdad a estas palabras significaba una entrega sin reservas.

El gesto no quiso ser un recuerdo bello para la historia, sino un mandato que ponía en pie una comunidad nueva: la de los que sirven humildemente a los demás, la de los que en el Cuerpo y Sangre de Jesús reciben fuerza para amar y entregarse hasta la muerte. "Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" (Jn. 13, 15). "Haced esto en memoria mía" (1 Cor. 11, 24).

¿Aceptamos este Jueves Santo unirnos en aquel gesto inolvidable? ¿Están nuestras relaciones con Dios y con los hombres ayunas de verdad en los gestos y en los ritos? ¿Significa cada Eucaristía un robustecimiento de comunión y entrega mutua? ¿Es la comunidad que celebra y proclama la muerte del Señor hasta que vuelva un lugar de servicio a la humanidad de hoy? ¿En qué se podría concretar este servicio?

J. M. ALEMANY
DABAR 1988, 22


3. CZ/SIMBOLO:

Son muchos y muy importantes temas para reflexionar y revisar los que este día de Jueves Santo nos trae. No en vano es este gesto de la fracción del pan el que repetimos a diario en la celebración de la Eucaristía. Por eso hoy más que en otras ocasiones haremos de éstas unas notas para preparar una homilía, más que una homilía propiamente dicha.

EL EVANGELIO DE HOY. Muchas veces hemos dicho desde estas líneas que la cruz, hoy día, puede ser un símbolo confuso; lo que fue un método de ejecución se ha convertido en joya y por eso en ocasiones necesitamos imaginarnos a Jesús colgado de una soga para hacernos idea de lo que fue aquella ejecución. La cruz puede despistarnos; de hecho, en cuanto "emblema", nos despista.

Lo mismo podríamos decir del gesto de lavar los pies que nos trae el Evangelio de hoy; también esta imagen anda últimamente desvirtuada: obispos y sacerdotes "aclarando" -el lavado ha sido previo- pies preseleccionados, rodeados de acólitos, con bandejas de plata... no dan idea clara de lo que Jesús pretendió. Y si no sabemos pasar de ahí no hemos entendido la intención de Jesús.

Quizá también el ver al Papa o algún obispo barriendo una iglesia podría llamarnos poderosamente la atención. "Impropio", diríamos; pero estaríamos reaccionando de la misma forma que los Doce; es decir: estaríamos descubriendo el verdadero alcance del gesto de Jesús. Quien ha venido a servir, no a ser servido, lo manifiesta visiblemente ejerciendo una tarea de esclavos: lavar los pies de los invitados a la cena. En Jesús no resulta extraño: de una u otra forma es lo que había estado haciendo todo el tiempo: a los enfermos los ha curado, a los desesperados les ha regalado una ilusión para vivir, a los que tienen los pies sucios, se los ha lavado; importa servir, sin mirar en qué ni cómo; incluso hay que servir en estas áreas tan "rastreras": lavar pies, propio de esclavos.

DIA/A-FRATERNO. ¿Qué más puede hacer Jesús? Si algo le queda, lo hará pronto; los mecanismos ya están puestos en marcha; la cruz ya espera en alguna parte, a punto para ser usada. Lo ha hecho todo; lo ha dado todo; incluso va a dar ya su vida en unas horas; el pan y el vino prefiguran lo que va a suceder. Los discípulos sólo tienen una cosa que aprender y no olvidar: hay que amar, hay que amar; amar sin fin; amar como él; es el momento del amor; ya no hay nada que enseñar, nada que decir; sólo vivir esos instantes intensos de amor expansivo que todo lo llena, todo lo desborda; esos instantes de amor que superan el temor a la muerte; la "necesidad" de Jesús de darse ha llegado a colmarse; "necesita" darlo todo; lo que tiene y lo que no tiene; no es momento para la reflexión sino para la vivencia. Y una vivencia dejada como testamento para los discípulos; no teorías, no doctrinas, no dogmas, no leyes: amor, amor al prójimo, amor al que sufre, amor al que está solo. Eso nos deja Jesús.

INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA. Jesús toma un pan; él se ha roto en su vida sirviendo a los demás, repartiéndose entre quienes necesitan su luz, su verdad o su vida. Ahora rompe el pan, lo reparte entre los Doce y les dice: "Tomad, comed. Esto es mi cuerpo". Imposible reflejar mejor lo que su vida ha sido. Imposible perpetuarse de manera más clara entre sus discípulos. Imposible dejar un signo más patente de lo que su vida fue y, por ende, de lo que debe ser la vida de quien camine tras sus pasos: partir y repartir el pan; partirse y repartirse entre los hombres. La primera Eucaristía, resumen, explicación y perpetuación de toda su vida. Nuestras eucaristías ¿también? ¿También son expresión de nuestra vida, partida y repartida entre los hombres? ¿También son "fuente y cumbre de nuestra vida cristiana"? (cf. LG. 11).

CO-SO/SIGNIFICADO: ¿Podremos plantearnos la "comunión" como un acto pío, una práctica piadosa? ¿No fue, esa primera Eucaristía celebrada por Jesús, una expresión y transmisión de la lucha por cambiar el mundo? ¿Eucaristía para dejar en paz nuestra conciencia o Eucaristía para expresar el amor fraterno y la lucha por un mundo más justo? ¿Eucaristía desencarnada de la vida, como acto aparte, relacionado sólo con la "parcela religioso-trascendente" de nuestra persona -si es que vale tal división dentro de la persona- o Eucaristía "a lo Jesús", es decir: expresión de la vida que se está llevando y compromiso de continuar trabajando por la transformación del mundo? ¿Eucaristía "bondadosa" o Eucaristía "peligrosa"? En la vida de Jesús, después de la Eucaristía vinieron: Getsemaní, la prisión, el juicio y la cruz. ¿Qué viene en nuestras vidas después de la Eucaristía? INSTITUCIÓN DEL SACERDOCIO. "El ministerio de la palabra... es situado en primer plano de las funciones sacerdotales (cf LG. 28; PO. 4).

"Tarea de la predicación", "evangelización" y otros términos similares significan aquí no sólo la pronunciación de sermones, sino el ministerio salvífico total llevado hasta las últimas dimensiones del mundo y de la sociedad... Ante la situación actual de la iglesia... la tarea del sacerdote es concebida de nuevo con acentos apostólico-misioneros como tarea de testigo y mensajero de la palabra salvífica de Dios; toda acción salvífica es concebida como un esfuerzo para llevar la salvación al hombre entero" (Cf. "El ministerio sacerdotal", de la C. Episcopal Alemana, núm. 36).

DABAR 1982 23


4. FRACCION/EU: CULTO/V

Dos gestos inolvidables: La Iglesia conserva en su memoria dos gestos de Jesús: el primero es la fracción del pan, el segundo el lavatorio de los pies a sus discípulos. Ambos constituyen el testamento y la herencia que nos ha legado, la tradición que hemos recibido del Señor. De la fracción del pan, de la eucaristía, nos hablan los tres evangelistas sinópticos, lo mismo que Pablo en la segunda lectura de hoy, toma de su primera carta a los corintios. Y sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, tomando una toalla y echando agua en una jofaina, lavó los pies a sus discípulos". Juan no dice nada de la fracción del pan; los evangelistas sinópticos no mencionan el lavatorio de los pies. Y es que lo uno está por lo otro, el lavatorio por la eucaristía. Porque ambos gestos significan en el fondo lo mismo: que Jesús nos ama hasta el extremo, como se vería en el Calvario al día siguiente. Significan, también, que todos los que se consideran discípulos de Jesús deben amarse los unos a los otros, como él los ha amado: "Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis"; "haced esto en memoria mía".

Lo que Jesús hizo en la última Cena es para nosotros, los cristianos, un indicativo y un imperativo: la expresión del amor de Jesús a los hombres y el mandamiento de amarnos los unos a los otros.

-La señal de los cristianos: El distintivo de los cristianos es el amor: "En esto conocerán que sois mis discípulos". No en los ritos, no en la misa, sino el amor hasta el extremo de dar la vida por los enemigos. Porque el sentido de la misa es el amor, de la misma manera que el sentido de la cena de Jesús en la noche del jueves santo es la muerte en la cruz al día siguiente. ¿De qué nos sirve, entonces, comer juntos un mismo pan en las iglesias, si después nos quitamos el pan los unos a los otros? Comulgar con Jesús es siempre comprometerse con su causa, incorporarse a Jesús para entregarse con él a todos los hombres.

Sabemos que los discípulos, que comieron y bebieron con él, lo abandonaron, y uno de ellos lo delató. ¿Qué hacemos nosotros? ¿lo abandonamos también apenas concluida la celebración eucarística? ¿lo traicionamos? Si no somos capaces de amarnos y de amar a todos, como Jesús nos ha amado, no somos auténticamente cristianos. Nadie podrá reconocernos en el mundo como discípulos de Jesús, porque habremos perdido nuestras señas de identidad. Nadie dará ya crédito a nuestras palabras y a nuestra misión, porque seremos como embajadores sin credenciales.

No separemos el culto de la vida: En el antiguo culto de Israel y en el de otras religiones los sacerdotes ofrecían, y ofrecen, a Dios lo mejor de las cosechas y de los ganados, algo de su propiedad; pero no se ofrecían a sí mismos. En este culto el sacerdote no coincide con la víctima. Por lo tanto, siempre es posible que los que ofrecen a Dios algo se queden con el resto, separando así el culto de la vida, lo sagrado de lo profano. Pero Jesús, sacerdote y víctima, se ofrece enteramente al Padre; toda su vida de Belén al Calvario es una sola ofrenda. Por otra parte, el sacrificio de Jesús consiste en cumplir la voluntad del Padre, y ésta es la voluntad del Padre: que, siendo justo, dé la vida por los injustos. Y así, no separó nunca su entrega a Dios y su entrega a los hombres, el amor a Dios y el amor a los hombres.

Nuestro sacrificio no consiste sólo en ofrecer al Padre el cuerpo y la sangre de Jesús, sino también e inseparablemente el ofrecernos con Jesús al Padre por amor a todos los hombres. Por eso comulgamos con Jesús, nos incorporamos a él el día antes de padecer, nos unimos a su sacrificio. Y, en consecuencia, no podemos separar tampoco el culto de la vida, el amor a Dios del amor al prójimo.

EUCARISTÍA 1978, 14


5.

Frase evangélica: «Los amó hasta el extremo»

Tema de predicación: LA HORA DE JESÚS

1. Jueves Santo es el día de la «hora» de Jesús, el día de su entrega. En varios momentos importantes habla san Juan de la «hora» del Señor: en Caná de Galilea y en la fiesta de los Tabernáculos («no ha llegado mi hora...») y en la última cena («ya se acerca la hora...»). Propiamente, la «hora» de Jesús equivale a la fase final de su vida, que incluye muerte, resurrección, ascensión y efusión del Espíritu. Según Juan, el «día» de las obras de Jesús termina con la «noche» de la hora. La «hora», en la Escritura, es el momento de la intervención salvífica de Dios. Es tiempo de revelación, de adoración, de liberación y de persecución. Es el momento fijado por el Padre para glorificar a su Hijo por sus obras y por la cruz. A todos nos llega de un modo u otro nuestra «hora».

2. Especial relieve tiene en este día el lavatorio de los pies, servicio que, en tiempos de Jesús, se prestaba obligatoriamente al huésped por obra de un esclavo no judío o de una mujer (la esposa al marido, y la hija al padre). Era un gesto hospitalario de acogida. Y Jesús lo realizó con sus discípulos como signo de entrega total. Es una catequesis de la eucaristía, una exhortación a la caridad, el mandamiento nuevo. Dios no es un dueño terrible, sino un servidor de los humanos que levanta a la persona en su dignidad.

3. El amor de Dios al hombre se revela en sus intervenciones históricas a favor de su pueblo; es un amor que se renueva de generación en generación. Es un amor, además, que se manifiesta de un modo personal bajo la forma de la amistad. Finalmente, es un amor misericordioso que salva y perdona. Con Jesucristo, en la entrega de su «hora», se revela la plenitud del amor de Dios. Como consecuencia del amor de Dios a los seres humanos, debe brotar el amor fraternal de los hombres entre sí y el amor filial para con Dios. Estos dos últimos mandamientos son la culminación de la ley y el resumen de toda exigencia moral.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Refleja nuestro amor el de Cristo?

¿Cómo aceptamos nosotros nuestra «hora»?

CASIANO FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 114 s.


6.

-"En la noche en que iban a entregarlo". Como judío que era también Jesús, quiso celebrar la pascua. Pero en Jesús la pascua judía se convertiría en la pascua de todos los hombres de todos los pueblos. Esta vez no sería sacrificado un cordero sin taras, sino el cordero de Dios, inocente y sin pecado, que sería sacrificado en la cruz para la remisión de todos los pecados.

Aquel día, la humanidad alcanzó su última victoria frente a la muerte. Con la muerte y resurrección de Jesús, la humanidad ha quedado a salvo de todos sus enemigos: del pecado, del demonio y estructuras del pecado y de la muerte consiguiente al primer pecado. Jesús, la noche antes de padecer, quiso anticipar el sacrificio en la institución de la eucaristía.

-"Los amó hasta la muerte". Lo que Jesús anticipaba ritualmente en la eucaristía, lo realizaría dolorosamente al día siguiente en la cruz, llevando así hasta las últimas consecuencias el incomprensible amor de Dios a los hombres. El Señor, que tantas veces había actuado, simbólicamente, en favor del pueblo elegido, librándolo de Egipto y de la cautividad de Babilonia, actúa ahora y de manera definitiva en su Hijo y por su Hijo. Jesús es la manifestación del amor de Dios a los hombres hasta el colmo de la muerte y más allá de la muerte. En la resurrección puede comprenderse lo que intuimos por la fe: que Dios nos ama incomparablemente, a lo grande, a lo Dios.

-"¿Comprendéis lo que he hecho?". El amor de Dios es amor que nos salva y nos libra de toda esclavitud, incluso de la de la muerte y del miedo a morir. Pero es también amor ejemplar, porque es la norma y el modelo para el establecimiento de cualquier forma de convivencia entre los hombres.

No nos salvará la política económica o la política social, no nos salvarán las organizaciones internacionales, ni las alianzas entre poderosos, no nos salvarán la técnica ni la Declaración de los Derechos Humanos. Todo eso fracasa, lo vemos, por falta de amor, de buena voluntad, de rectitud de intención. Todo eso resulta inútil por el egoísmo, el afán de riquezas, la voluntad de dominar, la insolidaridad. Sólo el amor puede salvar, si amamos como Jesús, si amamos al prójimo como a nosotros mismos.

-"Os he dado ejemplo". Jesús nos dio ejemplo: siendo Dios, no hizo alarde de su categoría divina, sino que se puso a servir y a lavar los pies de sus discípulos. En la eucaristía hacemos memoria del ejemplo de Jesús.

Por eso, la eucaristía es siempre un nuevo lanzamiento, la renovación del compromiso cristiano con Jesús, con los pobres, y con el evangelio, que es justicia. Según la Biblia, el cumplimiento de la voluntad divina es algo que, como el alimento, aumenta la vitalidad y felicidad de los fieles.

¿Tragamos a Cristo? ¿Es él quien da sentido a nuestra vida? Si no es así, ¿qué es lo que marca las pautas y metas de nuestro actuar? "Haced esto" no es simplemente "oir misa" sino asimilar (hacer nuestros) los valores, los ideales, los sentimientos y pensamientos del Señor.

El cotidiano e imprescindible pan equivale a la vida del hombre que de él se sustenta. Dar pan es dar vida. Dar tu pan es dar tu vida. La palabra de Dios es, sin embargo, tan necesaria como el pan, puesto que el hombre no puede vivir y ser feliz sólo con éste (Dt 8, 3). El vino, por su parte, expresa la alegría (Sal 104, 15) y la felicidad y, por tanto, la amistad y el amor de aquellos con quienes se bebe. El color rojo del vino tinto se asemeja a la sangre, símbolo de la vida, que sólo pertenece a Dios. La palabra de Dios, presente en Jesús, se convierte en alimento de vida. No es la antigua ley la que nos mueve, es el Espíritu de Jesús quien nos dinamiza.

¿Cómo damos nuestra vida a los demás? ¿Comunicamos alegría, esperanza, amistad, libertad... o somos vino avinagrado? Ante la presencia en la mesa del cordero pascual, asado a la brasa, alguien preguntaba: "¿Por qué hacemos esto hoy?". El presidente contestaba contando las acciones salvadoras de Dios en el éxodo.

¿Cuáles son las verdaderas razones de nuestra presencia en esta Eucaristía? ¿En qué hemos experimentado la salvación y el amor de Dios? Se partía el pan y se tomaba la comida recostados en señal de "no esclavitud". El pan era sin levadura vieja, era el "pan de la libertad". Los antiguos y esclavizantes motivos de vivir, la vieja levadura que dinamizaba la vida, quedaron en Egipto. El padre de familia, con la ayuda de un farol, buscaba todos los restos de pan fermentado que pudiese haber en casa, ya que debían desaparecer completamente. "Guardaos de la levadura de los fariseos y de Herodes", de sus motivos de funcionar (/Mc/08/15).

Echad fuera la vieja levadura para ser masa nueva (/1Co/05/07). En el N. Testamento aparece cuarenta veces el adjetivo "nuevo". Todas con sentido positivo.

¿Vivimos la fe como una normativa social (vieja levadura) o como una libre y agradable relación con Dios? ¿Hemos descubierto la novedad permanente de lo cristiano? ¿Preferimos la instalación al caminar ilusionado? ¿Añoramos un mundo nuevo? Jesús habla de sí mismo como cordero pascual sacrificado, con su carne separada de su sangre, partido como el pan y ensangrentado como el vino tinto. Viene a decir: voy a la muerte como verdadera víctima pascual y mi entrega tiene carácter expiatorio y sustitutivo como describe Isaías en el poema del siervo.

J/CORDERO: A las tres de la tarde, el aire de Jerusalén se pobló con los balidos de los corderos pascuales que eran sacrificados en el templo. Pero el auténtico cordero de Dios que rompía las limitaciones humanas moría fuera de la vieja ciudad, en el calvario.

Comulgar con Cristo supone comprometerse como él a aceptar el papel de siervos en favor de todos. El evangelio de Juan, narrándonos el lavatorio de los pies en lugar de la institución de la eucaristía, quiere darnos el sentido profundo de ésta: identificarnos con Jesús, siervo y solidario con los hombres, para ser factores de liberación. Para el cristiano, la construcción de un mundo solidario y justo está esencialmente ligada con la celebración de la eucaristía. Sin justicia no hay eucaristía.

EUCARISTÍA 1989, 14


7.

-Juan, ¿se ha olvidado hablar de la institución de la Eucaristía? Al escuchar el evangelio de esta tarde de Jueves Santo quizá os hayáis preguntado si el lector no se ha equivocado de página, al leer el relato del lavatorio de los pies, en vez del de la institución de la Eucaristía.

Vuestra sorpresa seguramente aumentaría al daros cuenta de que no sólo el lector no se ha equivocado de página, sino que el mismo san Juan, que no se olvida de hablar de la última cena de Jesús con los Doce, omite el relato de la institución de la Eucaristía.

En compensación, todo hay que decirlo, incluye una extensa catequesis sobre la Eucaristía en la primera parte de su evangelio, después de la narración del signo de la multiplicación de los panes.

Podríamos decir que el relato del lavatorio de los pies, ocupa en el evangelio de Juan, el lugar que en los otros evangelios ocupa el relato de la institución de la Eucaristía. Más aún, si nos fijamos en ello nos daremos cuenta de que uno y otro relato acaban con una exhortación -un mandato- a los Doce de repetir el gesto que Jesús acaba de realizar. "Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis" dice después del lavatorio de los pies; "haced esto en memoria mía", dice después de celebrar la primera eucaristía.

Juan no se ha distraído. Juan no se ha olvidado del relato de la institución. ¿Sería arriesgado decir que para él "eucaristía" y "lavatorio de los pies" son dos gestos que tienen un fondo común, que quieren expresar una misma realidad, que son complementarios e, incluso quizás, como intercambiables? -"Entregar la vida" se expresa por la Eucaristía y por el lavatorio de los pies.

Por parte de Jesús fue un gesto de gran humildad. Hizo lo que estaba reservado al último de los esclavos; más aún, hizo lo que no se podía pedir por ningún amo judío a un esclavo de su mismo pueblo. La reacción de Pedro es totalmente natural; pero, además, nos recuerda la que tuvo en Cesarea, cuando Jesús anunció por vez primera que debía morir: "¡No lo quiera el cielo, Señor! ¡Eso no será jamás!" (Mt 16,22).

Gracias a la semejanza de la reacción de Pedro en ambos casos, quizá podemos entrever el significado que Jesús dio al lavatorio de los pies. El hace de su vida un servicio hasta el final, total; hasta la muerte, si es preciso. Esta significación está de acuerdo con otras palabras del mismo Jesús: "Y quien quiera entre vosotros ser el primero, será esclavo de todos. Pues también el Hijo del hombre no vino a ser servido sino a servir; y a dar su vida como rescate por todos" (Mc 10,44s).

Lavar los pies a los discípulos era anunciarles su muerte. Pedro, entonces, no podía entenderlo de ningún modo. Lo comprendió después de la Resurrección. Como nosotros también lo entendemos ahora, gracias a la fe pascual que ilumina la cruz.

En el pensamiento de san Juan, el don que Jesús hace de la Eucaristía es inseparable del don de su vida como servicio hasta la muerte. Otra vez encontraremos expresiones equivalentes en los otros evangelios: "Esto es mi cuerpo (yo mismo) entregado a la muerte por vosotros"; "Este cáliz es mi sangre (mi vida) derramada (en la muerte) por vosotros y por todos los hombres".

-No podemos participar en la Eucaristía sin lavarnos mutuamente los pies ¿Qué es lo que debemos hacer para cumplir el mandato de Jesús? Del mismo modo que Jesús ha unido el don de la Eucaristía al don total de su vida, de un modo semejante, para nosotros, debería ser impensable celebrar este sacramento de Jesús sin que comportara un compromiso total de nosotros mismos.

No podemos separar estos dos gestos -última cena/cruz; eucaristía/lavatorio de pies- ni en nuestro recuerdo ni en nuestra actuación. No basta con escuchar la Palabra de Dios (recordarla); hay que llevarla a la práctica.

En cambio, al contrario de lo que le sucedía a Pedro, quizá nos parezca del todo natural que Jesús nos lave los pies, nos sirva, muera por nosotros; y quizá también nos parezca del todo natural que los demás, de mil modos, estén a nuestro servicio...

Participar en la Eucaristía -sea del Jueves Santo, sea de cualquier domingo- debería cambiarnos la mentalidad. Nosotros, los cristianos, los que hemos sido invitados a la Cena del Señor, somos los que deberíamos ser servidores de los demás: en casa, en el trabajo, en nuestras comunidades (parroquiales)... El primer fruto de la Eucaristía en nuestras vidas debería ser el de convertirnos en servidores los unos de los otros.

El lavatorio de los pies no es en absoluto un gesto de caridad paternalista. Es un gesto mucho más comprometido y comprometedor: tanto, que no puede ser comprendido ni aceptado, si no es como una forma de compartir la Cruz de Jesús. Que el alimento del Pan eucarístico nos haga fuertes para ponernos al servicio los unos de los otros tal como Jesús estuvo al servicio de todos.

ÁNGEL CASAS
MISA DOMINICAL 1986, 7


8.

-¿Qué nos dejó Jesús?

Ya en otras ocasiones hemos recordado un hecho muy significativo: Jesús no dejó a los discípulos (a la primera comunidad) ni un catálogo de dogmas que resumiera lo que debe creerse, ni un código articulado de moral que fijara lo que debe practicarse, ni un organigrama que determinara cómo debía organizarse la Iglesia.

Confió que los discípulos (la comunidad) sabría hallar la verdad que debía vivir y anunciar, el camino que debía seguir, la organización -el es- tilo de convivir- conveniente para las comunidades cristianas. El Espíritu guiaría a los creyentes en JC vivo y Señor. El recuerdo del Señor se irá haciendo vivo, concreto, en cada lugar y momento, bajo la guía del Espíritu. No era necesario dejarlo todo predeterminado (sería como dejarlo muerto). Pero aquella noche, la noche del gran final, la noche antes de la muerte, Jesús dejó a los discípulos un gesto sencillo como memorial suyo. No un catálogo, no un código, no una organización, pero sí el pan y el vino. El pan y el vino que son su cuerpo ofrecido y entregado por nosotros, su sangre alianza nueva y para siempre. Y el pan y el vino, el cuerpo y la sangre, son su memorial. Para siempre más, hasta que vuelva.

Esto es lo que el apóstol Pablo dice que es la tradición que ha recibido, la tradición que viene del Señor. Esto es lo que hacía la primera comunidad ya desde la resurrección, lo que siglo tras siglo han hecho en todo el mundo la multitud de comunidades de cristianos. Esto es lo que hoy, esta tarde, nosotros, comunidad de cristianos, hacemos. Renovando la memoria del Señor. Hasta que vuelva.

-¿Qué hacemos cuando celebramos la Eucaristía?

Por tanto, vale la pena que nos preguntemos, muy seriamente, qué significa para nosotros eso que hacemos como memoria del Señor.

Para ser fieles a la gran confianza, a la gran fuerza, que Jesús puso en este pan y vino compartido, único memorial suyo. ¿No debe significar que en la Eucaristía hemos de hallar (más que en ningún otro sitio) qué significa ser cristiano, cómo se es cristiano? Es posible que a veces nos cueste de entender, incluso de aceptar las afirmaciones de la fe cristiana, por lo menos algunas de la fe cristiana. Es posible que no preguntemos qué significa decirse cristiano, qué diferencia hay entre el cristiano y otros hombres que creen también en la fuerza del amor, en la causa de la justicia, en la necesidad de buscar la verdad. Es posible: la fe no es fácil, no resuelve todos los problemas, no es una seguridad. Pero cuando nos encontramos para renovar el memorial del Señor, nos encontramos para renovar aquello que es central en nuestra fe, aquello que nos define como cristianos: no hacemos sólo un piadoso recuerdo de algo que sucedió hace 20 siglos, sino que expresamos nuestra convicción más íntima, más radical, más comprometedora.

¿Cuál es esta convicción? Es la convicción de que la realidad más básica, más profunda de nuestra vida es Dios, el Dios revelado por JC, el Dios que es Amor absoluto y total, el Dios que nos da a conocer su rostro (su manera de ser) en la donación de JC hasta la muerte y la muerte en cruz. El Dios que es nuestra vida (el pan y el vino, el cuerpo y la sangre), el Dios que establece la alianza de amor que ya nunca nada ni nadie podrá anular. La alianza de amor que es más fuerte que nuestro pecado (por eso perdona, borra el pecado), la alianza que es fecunda, eficaz, que construye el Reino, cueste lo que cueste, siempre más, hasta la plenitud de la vida eterna.

-Una manera de vivir: saber lavar los pies

Pero esta fe, mucho más que una afirmación teórica, es una manera de vivir. Una manera de vivir que venimos a recordar, a aprender, a alimentar en el memorial de JC. Por eso lo que hacemos, es sobre todo un gesto de comunión. Participar del amor vivo de JC, para vivirlo en nuestra vida. Cuando no sepamos qué significa vivir cristianamente, recordemos qué hacemos en el memorial del Señor.

Y también, cuando nos cueste entender qué es la Iglesia, qué es la comunidad cristiana, recordemos también el memorial del Señor.

Eso es (sobre todo) la Iglesia: la comunidad de los que se reúnen para renovar (vivir) la fiesta del Señor, la lucha del Señor. Sabiendo que lo que Dios espera de nosotros, como comunidad cristiana, es que seamos fieles a su ejemplo, a su servicio. Precisamente hoy hemos recordado aquel gesto simbólico de Jesús: El, el Maestro y Señor, lava los pies a los discípulos. Y durante siglos la Iglesia ha renovado hoy este símbolo: que aquellos que por su ministerio presiden la comunidad recuerden que eso les hace (sobre todo) servidores humildes de todos. "Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis". ¿Sabemos nosotros lavar los pies a los hermanos? "Os he dado ejemplo" nos dice esta tarde Jesús. ¿Sabemos seguir su ejemplo? Preguntémonoslo hoy, en vigilias de celebrar la Pascua de Jesús.

JOAQUIM GOMIS
MISA DOMINICAL 1987, 8


9.

-Pascua: un don de amor, el paso de la esclavitud a la libertad

"Fue ANTES DE LA FIESTA DE LA PASCUA", hemos escuchado en el evangelio. "Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". Fue antes de la fiesta de la Pascua, de aquella fiesta que los judíos celebraban como recuerdo del momento más trascendental de su historia, cuando fueron LIBERADOS DE LA ESCLAVITUD DE EGIPTO y consiguieron su libertad nacional. Aquella fiesta que -como nos narraba la primera lectura de hoy- era una acción de gracias al Dios que, lleno de fuerza, los había sacado de las manos de sus opresores.

Antes de la fiesta de Pascua. Y Jesús, también, como el pueblo judío, SE DISPONE A REALIZAR AQUEL PASO que nos abrirá a nosotros el camino y nos transportará de la esclavitud a la libertad.

Jesús se dispone a demostrar a sus discípulos -y a todos nosotros- que nos ama hasta el extremo. Jesús, por amor -convertido todo él en amor- subirá a la cruz como último y más pleno acto de su camino en este mundo, como ULTIMO Y MAS PLENO ACTO de lealtad a los hombres y al Padre, y hará nacer de esta cruz el estallido de toda vida, para él y para todos nosotros: el estallido de Pascua, de su Pascua, de nuestra Pascua y la del mundo entero. Que no será ya sólo la liberación de un pueblo de la esclavitud, sino que es el CAMINO ABIERTO PARA QUE TODO HOMBRE, todo pueblo, toda la humanidad, con las solas armas del amor, pueda seguir este camino que, a través de los pequeños pasos de cada día, a través del amor y la libertad de cada día, lleva a LA VIDA PLENA QUE EL PADRE NOS OFRECE a todos sus hijos.

Jesús, convertido todo él en amor, nos ha lavado los pies. Ha puesto TODA SU VIDA AL SERVICIO de cada uno de nosotros, y así ha puesto en marcha en el mundo un estilo de vivir que es el único que puede llevar a la felicidad que todos -cada uno a su manera- deseamos desde el fondo de nosotros mismos. A nosotros, como a los discípulos, también hoy nos pregunta Jesús si comprendemos lo que él ha hecho. "Vosotros -nos dice- me llamáis "El Maestro" y "El Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, TAMBIÉN VOSOTROS debéis lavaros los pies unos a otros". Porque así hermanos -poniendo nuestra vida al servicio de los demás: ¡y cuántas cosas significa esto!-, seguiremos su camino: este camino que conduce a la vida.

-La Eucaristía, memorial de amor

Jesús, mañana- Viernes Santo- dará hasta la última gota de su sangre, al servicio de los hombres. Y esta sangra brotará llena de fuerza y de vida en la Noche Santa de Pascua, y nos renovará, y nos reconstruirá por dentro, y nos quemará con su impulso siempre poderoso. Y hoy, mientras nos disponemos a empezar estas celebraciones de la muerte y la resurrección de Jesús, recordamos cómo él mismo, PARA QUE TUVIÉRAMOS SIEMPRE NOSOTROS UNA SEÑAL, una memoria permanente, una presencia constante, nos deja este sacramento del pan y del vino, de su cuerpo y su sangre que se entregan por nosotros.

Su cuerpo y su sangre, que cada domingo nos reúnen para alimentarnos, para hacernos participar de nuevo de la Pascua, para unirnos al Jesús que, dando la vida, nos ha llenado de vida a nosotros. Cada domingo, cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, HACEMOS PRESENTE ENTRE NOSOTROS LO QUE ESTOS DÍAS nos disponemos a conmemorar: Jesús, el Señor, que por amor se entrega a la muerte, y por la fuerza de este mismo amor la vence y nos hace participar a nosotros de su victoria. Y por eso cada domingo, nuestra reunión es una gozosa acción de gracias al Padre por todo lo que somos y tenemos, y por lo más grande que somos y tenemos: la salvación de Jesús, la vida de Jesús, la fe y la esperanza que brotan de su Pascua.

Hermanos, DEMOS HOY GRACIAS al Padre por esta exuberancia de amor que celebramos. Pero al mismo tiempo sintámonos también llamados a seguir el camino de Jesús, su estilo de actuar, lo que él nos enseña en estos días con su absoluta entrega. Porque si no, si como él no hiciéramos el esfuerzo constante de poner nuestra vida al servicio de los demás, NO SERIAMOS DIGNOS de su nombre, no seríamos dignos de participar de su cuerpo y su sangre, no seguiríamos el mandato que nos dejó en el momento más decisivo de su vida: el mandamiento de amarnos como él nos ha amado. Hermanos, CELEBRAMOS HOY LA EUCARISTÍA con todo el agradecimiento, con toda la fe. Y esta noche, ante la reserva del sacramento -o si no nos es posible, en nuestra casa-, busquemos unos momentos de silencio PARA CONTEMPLAR EL MISTERIO del amor infinito que nos muestra el Señor. Para poder vivir de verdad de su vida, para poder recibir de verdad la fuerza del alimento de su cuerpo y su sangre, para poder ser de verdad mensajeros de su amor. Y así, hermanos, nuestra fe será viva para celebrar mañana la muerte del Señor que nos salva, y llegaremos llenos de alegría a las fiestas de Pascua.

JOSÉ LLIGADAS
MISA DOMINICAL 1978, 5


10.

1.La última comida de Jesús con sus discípulos tuvo un significado único. No sólo porque eran los últimos gestos y palabras de Jesús, ni tan siquiera por la trascendencia de lo que hizo y dijo sino porque, en la paz y la plenitud de aquellos momentos, Jesucristo abrió el sentido del misterio de su vida y misión.

Difícilmente podemos saber si los discípulos captaban la trascendencia de lo que se estaba realizando; con todo, la primera comunidad, y con ella toda la Iglesia, ha retornado constantemente a aquel momento, a aquellas palabras y aquellos hechos, para recuperar el núcleo del misterio de su Señor. Hacia atrás estaba toda la vida de Jesús; hacia delante, el hecho culminante de su muerte terrible y su gloriosa resurrección.

Aquellos momentos simples, íntimos y sublimes son como el sol que ilumina el misterio escondido en el camino de Jesús. La Iglesia y nosotros mismos pronunciamos las palabras de los discípulos aquella noche: "Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten" (Jn 16, 29-30).

2.El evangelio de Juan inicia la narración de la cena con gran solemnidad, como si todo el evangelio hubiera sido su preparación: "Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre".

En este contexto, el primer gran signo; "Jesús se levanta de la cena y se pone a lavarles los pies a los discípulos". La vida entera de Jesús está resumida en este gesto: sus palabras, sus milagros, su amistad con los pecadores, su llamada a la conversión, su defensa de la verdadera vida humana, su simplicidad y su dureza, su muerte, toda su vida es vida de comunión con los hombres, de servicio. "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". El gesto de arrodillarse ante los discípulos tiene la cruz en el horizonte. Dice Juan que "se quita el manto", símbolo de la muerte, cuando será despojado de los vestidos, de los amigos e incluso de la vida, en la última y suprema manifestación de su amor. "Y se pone a lavarles los pies a los discípulos" para purificarlos. Este gesto tiene resonancia en todo el evangelio: la purificación del leproso, la liberación del endemoniado, la curación del ciego, la resurrección del joven, la libertad vivida y comunicada. La vida entera de Jesús, su muerte y resurrección han sido la purificación del hombre, la recuperación de nuestra vida, la liberación de nuestras esclavitudes, el nuevo florecimiento de la paz, la alegría, la esperanza, la libertad.

El solemne comienzo de Juan, además, es un desvelamiento total: "sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre..." Esta es la decisiva profundidad de aquella vida sublime. Amando y sirviendo había manifestado que venía de Dios y amando hasta la muerte volvía a El. Es su hora; la hora de realizar hasta el extremo lo que había sido la razón de ser de su vida entera. De Dios venía entregándose a los hombres y a Dios volvía dando incluso la vida por nuestra purificación. Es la propia imagen de Dios que se revela definitivamente en la vida de Jesús. Dios es amor; el que ama ha nacido de Dios y vive en Dios, y no hay otro modo de volver a El más que entregándolo todo.

Habiendo realizado su gesto, Jesús concluye: "...para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis". Jesús es, El en persona, la imagen del hombre vivo, acabado, pleno. Su vida nos dice cuál es la vida humana. No existe otra felicidad que la de acoger a todos los hombres y toda la realidad amándolos como El los amó; ésta es nuestra comunión con Dios.

3.El segundo gran gesto de Jesús en la última cena fue la Comunión del Pan y el Vino, la institución de la Eucaristía. El espíritu que hizo plástico el lavatorio de pies, lo realiza la Eucaristía en el signo sacramental de la fe: el amor total de Jesucristo hasta su muerte y resurrección en Dios. Los hechos e incluso las palabras se superponen mutuamente. "Este es mi cuerpo entregado por vosotros" nos recuerda a Jesús arrodillándose ante los discípulos y todos los hombres. "Este es el cáliz de mi Sangre, derramada por vosotros en remisión de los pecados" evoca a Jesús lavándoles los pies, purificándonos con su entrega.

"Haced esto en memoria mía" repite el encargo hecho a los discípulos de amarse según su Espíritu. Y en el centro, su único misterio, como luz que ilumina, como fuerza que atrae: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor" (Jn 15,10).

4.Hoy, Jueves Santo, celebramos en la Eucaristía el núcleo y el todo de nuestra fe. En un mundo tan complejo, en medio de experiencias nada fáciles, personales y colectivas, ante mil posibilidades de error y destrucción, celebramos la memoria del Señor Jesús y afirmamos nuestra fe en El. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). Esto es lo que intentamos vivir cada día, en cada momento de relación con los demás, en cada modo de juzgar las situaciones y de actuar en ellas, en cada decisión que tomamos. Este es nuestro culto agradable a Dios como pueblo santo y sacerdotal, y esta vida según el Espíritu de Jesucristo es la que nos construye como Iglesia suya. Es así como nos unimos realmente a su muerte y resurrección, comunión que significamos y celebramos ahora en la participación del Pan y el Vino de la Eucaristía.

G. MORA
MISA DOMINICAL 1981, 8

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