SAN AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
2 Cor 13,11-13: La imagen de Dios Trinidad la buscarás mejor en ti que te eres más conocido
Veamos, por tanto, si conseguimos encontrar algo en las criaturas con que probemos que algún conjunto de tres cosas, que se manifiestan separadas unas de otras, obra. inseparablemente. ¿A dónde hemos de dirigirnos? ¿Al cielo, para disputar acerca del sol, la luna y los astros? ¿O, acaso, a la tierra para hablar, tal vez, de los frutales, de los demás árboles y de los animales que la llenan? ¿O hemos de hablar del cielo mismo, o de la tierra, que contienen todo cuanto hay en cielo y tierra? ¡Oh hombre!, ¿hasta cuándo vas a estar dando vueltas en torno a la creación? Vuélvete a ti mismo, contémplate, sondéate, examínate.
Si buscas en la criatura algún conjunto de tres cosas que se manifiesten separadamente y que obren inseparablemente, si lo buscas en la criatura -repito- búscalo antes en ti mismo. ¿No eres también tú criatura? Buscas una semejanza. ¿Vas, acaso, a buscarla en una bestia? Hablabas de Dios, cuando te vino la idea de buscar una semejanza. Hablabas de la Trinidad, de la inefable Majestad; y como fracasaste en las cosas divinas, confesaste con la debida humildad tu debilidad y te volviste al hombre. Examínalo. ¿Encaminas tu búsqueda a la bestia, al sol o a una estrella? ¿Qué cosa de éstas ha sido hecha a imagen de Dios? Tal cosa la buscarás mejor en ti que te eres más conocido. En efecto, Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza.
Busca en ti mismo; posiblemente la imagen de la Trinidad haya dejado algún vestigio de la Trinidad misma. ¿Qué imagen? Una imagen creada que dista mucho del modelo; una semejanza y una imagen que dista mucho del original. No es imagen como el Hijo, que es lo mismo que el Padre. Una cosa es la imagen que se reproduce en un espejo, y otra la que se reproduce en un hijo. Mucho dista la una de la otra. En tu hijo, tú mismo eres tu imagen. Tu hijo es lo mismo que tú en cuanto a la naturaleza. Es de tu misma sustancia, aunque es una persona diferente. El hombre no es, por tanto, una imagen como lo es el Hijo unigénito, sino que fue hecho a cierta imagen y cierta semejanza. Busque dentro de sí algo, por si puede encontrar un conjunto de tres cosas que se pronuncien separadamente y actúen de forma inseparable. Yo buscaré; buscad conmigo. No yo; en vosotros o vosotros en mí, sino vosotros dentro de vosotros mismos, y yo dentro de mi. Busquemos conjuntamente y exploremos nuestra común naturaleza y sustancia...
Vuelve, pues, la mirada a tu hombre interior. Es allí sobre todo donde se ha de buscar la semejanza de tres cosas que se manifiesten separadamente y que obren de forma inseparable. ¿Qué tiene tu mente? Si me pongo a buscar, tal vez encuentre muchas cosas; pero hay algo que salta a la vista y se comprende más fácilmente. ¿Qué tiene tu alma? «Me acuerdo». Considéralo. No pido que se me crea lo que voy a decir; no lo aceptes, si no lo encuentras en ti. Centra tu mirada, pues. Pero antes consideremos lo que se nos había pasado, a saber, si el hombre es imagen solamente del Hijo, o del Padre y el Hijo y también, como consecuencia, del Espíritu Santo. Dice el Génesis: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Gn 1,26). No lo hace, pues, el Padre sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre. Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Hagamos, no dijo: «Voy a hacer», o «Haz», o «Haga él», sino Hagamos a imagen, no tuya o mía, sino nuestra.
Así, pues, pregunto. Se trata de algo que no se parece mucho. Que nadie, por tanto, diga: «¡Mira con qué ha comparado a Dios!». Ya lo he dicho y redicho, os previne e hice mis salvedades. Son cosas tan distantes como el cielo y el abismo, lo inmutable y lo mudable, el Creador y lo creado, lo divino y lo humano. He aquí, pues, mi primera advertencia: lo que voy a decir, es una comparación muy distante. Que nadie me acuse.
Para que no acontezca que yo esté buscando oídos y que se me enseñen los dientes, esto es lo que he prometido mostraros: un conjunto de tres cosas que se manifiestan separadamente y obran inseparablemente. No hablo ahora sobre el grado de su semejanza o desemejanza con la Trinidad omnipotente. Pero en la criatura, ínfima y mudable, encontramos tres cosas que se manifiestan separadamente y obran inseparablemente. ¡Oh pensamiento carnal, oh conciencia, pertinaz e infiel! ¿Por qué dudas de que exista en aquella Majestad inefable lo que has podido encontrar en ti mismo? Digo, pregunto: «Hombre, ¿tienes memoria?». Si no la tienes, ¿cómo pudiste retener lo que dije? Quizá ya olvidaste lo que dije poco ha, pero esto mismo que acabo de decir, a saber, dije, estas dos silabas no las retendrías sino por la memoria. ¿Cómo sabrías que son dos si al pronunciar la segunda hubieras olvidado la primera? Mas ¿para qué detenerme más tiempo? ¿Por qué me afano y esfuerzo por convenceros? Es evidente que tienes memoria.
Pregunto más: ¿Tienes entendimiento? «Lo tengo», contestas. Si no tuvieras memoria, no retendrías lo que acabo de decir; si no tuvieras entendimiento, no comprenderías lo retenido. También tienes, pues, entendimiento. Lo aplicas a lo que tienes dentro, y lo ves, y viéndolo te das forma y te conviertes en esciente. Busco una tercera realidad. Tienes memoria por la que retienes lo que se dice; tienes entendimiento por el que comprendes lo que se retiene; respecto a estas dos cosas, te pregunto: «¿Las hiciste queriendo?». «Ciertamente», respondes. Tienes, pues, voluntad.
Éstas son las tres cosas que había prometido que iba a decir para vuestros oídos y mentes. En ti se hallaban las tres; puedes enumerarlas y te es posible separarlas. Estas tres realidades, pues; memoria, entendimiento y voluntad. Advierte, te digo, que estas tres cosas se pronuncian separadamente y obran de forma inseparable. El Señor me ayudará. Ya veo que lo está haciendo. Por el hecho de haber comprendido vosotros, advierto que él está presente. Vuestras voces me certifican que habéis entendido. Estoy seguro de que me ayudará todavía para que entendáis todo.
Sermón 52,17-20 (Sigue)