CUARTA LECTURA

 

El auténtico pueblo de Dios no es una nación ni una institución, sino el pequeño resto sin contornos que escucha la llamada de Dios y le invoca. EL pueblo bíblico cultivó la imagen de un día de juicio de la historia en su totalidad, le llamó «día del Señor» y lo pintó con rasgos de conmociones cósmicas. Para el pequeño resto será como una nueva creación, en la que todos nacerán con el espíritu profético (Núm 11,24-30; He 2).

 

Lectura del Profeta Joel 2,28-32.

Así dice el Señor Dios:

Derramaré mi espíritu sobre toda carne:
profetizarán vuestros hijos e hijas,
vuestros ancianos soñarán sueños,
y vuestros jóvenes verán visiones.

También sobre mis siervos y siervas
derramaré mi espíritu en aquellos días.

Haré prodigios en el cielo y en la tierra:
sangre, fuego, columnas de humo.

El sol se entenebrecerá,
la luna se pondrá color sangre,
antes de que llegue el día del Señor,
grande y terrible.

Cuantos invoquen el nombre del Señor
se salvarán.

Porque en el monte Sión y en Jerusalén
quedará un resto;
como lo ha prometido el Señor
a los supervivientes que llamó.