VIENTO DE LIBERTAD, FUENTE DE VIDA
(en el año de Espíritu Santo)

Josep Vives


1. Jesús, portador del Espíritu
2. El Espíritu construye la Iglesia de Jesús
(Hechos de los Apóstoles)
3. El Espíritu derramado en nuestros corazones (Pablo)
4. El Espíritu, fuente de vida (escritos joánicos)
5. Conclusión
Notas


* * * * *


Es el Espíritu Santo el que renueva a la Iglesia y le hace de 
maestro, el que la dirige con sus dones y la rejuvenece con la 
fuerza del Evangelio. (Vaticano II, Lumen Gentium, 4).

La primera urgencia de la Iglesia es vivir siempre en Pentecostés. 
(Pablo VI) 


1. JESÚS, PORTADOR DEL ESPÍRITU

A lo largo de estas páginas quisiera que mi sencilla aportación 
ayudara a que los cristianos del cambio de milenio adquirieran una 
conciencia más honda y vital de lo que significa el don del Espíritu.
En otros Cuadernos del próximo 1999 Cristianisme i Justícia 
intentará analizar algunas de las tareas que el Espíritu parece 
proponer a las iglesias y a toda la humanidad, con ocasión del 
cambio de milenio. Pero para comprender estas tareas es preciso 
ante todo despojarse de una concepción sensacionalista y 
maravillosista del Espíritu.
En efecto, hay gente que, con una extraña mentalidad 
apocalíptica, –fomentada por cierta literatura sensacionalista, 
incluso eclesiástica–, parece esperar para fin de siglo una 
intervención especial de Dios que transforme la Iglesia y la 
sociedad.
Pienso que lo que los cristianos tendríamos que esperar de 
verdad es lo que el Señor nos prometió: que nos enviaría su 
Espíritu para quedarse siempre con nosotros siendo luz y fuerza en 
nuestro caminar. Lo que hace falta para transformar la Iglesia y la 
sociedad es permanecer atentos a lo que el Espíritu comunica a las 
Iglesias dejándonos guiar, sin recelos ni resistencias hacia donde él 
nos indique.
Sólo desde la fidelidad al Espíritu de Dios nuestro mundo podrá 
ser transformado y verdaderamente "salvado".

1.1. "Ni siquiera hemos oido hablar del Espíritu Santo"
En los Hechos de los Apóstoles puede leerse un episodio curioso: 
en sus idas y venidas, Pablo recaló una vez en Éfeso y se encontró 
con unos discípulos a los que preguntó si habían recibido el Espíritu 
Santo. Ellos le contestaron con toda sinceridad: "Ni siquiera hemos 
oido hablar del Espíritu Santo" (Act 19,1-7). Resulta que aquellos 
supuestos discípulos sólo habían recibido el bautismo de Juan. 
Entonces Pablo los bautizó en el nombre de Jesús, después les 
impuso las manos y el Espíritu Santo se apoderó de ellos.
Me pregunto si no les ocurre algo semejante a bastantes 
cristianos de hoy. Quizás serían pocos los que dijeran que nunca 
han oído hablar del Espíritu Santo, porque muchos cristianos 
repiten rutinariamente el Credo: "Creo en el Espíritu Santo". Pero si 
urgáramos un poco y preguntáramos qué es el Espíritu, cuál es su 
función, qué significa el Espíritu en la vida individual y en la de la 
Iglesia, seguramente serían pocos los que podrían responder 
pertinentemente.
Sin embargo, la fe en la realidad y en la acción del Espíritu Santo 
en la comunidad de los creyentes y en cada cristiano en particular 
–y también en toda la historia humana y en todos los hombres de 
buena voluntad– es algo absolutamente central y esencial en el 
cristianismo. Tan central como la fe en Dios Padre Creador y la fe 
en Jesucristo Salvador.
No sé si muchos cristianos lo ven y lo sienten así. Parece que 
para la mayoría lo verdaderamente importante es la afirmación de 
los dos primeros artículos del Credo: Creer en Dios, Padre, Creador 
que gobierna el universo, y creer en su Hijo Jesucristo, enviado por 
el Padre para salvar a los hombres. El tercer artículo, sobre el 
Espíritu Santo "que es Señor y dador de vida" (como dice el Credo), 
parece quedar realmente en otro nivel.

1.2. No vivimos sólo de doctrinas o recuerdos
A veces, se habla de las "religiones del Libro", comprendiendo 
bajo esta denominación, principalmente, al judaísmo, el cristianismo 
y el islam. El judaísmo y el islam quizás sí quedan suficientemente 
caracterizadas como "religiones del Libro": son religiones centradas 
básicamente en una revelación conservada en textos escritos. Pero, 
en el caso del cristianismo se tendrían que matizar más las cosas: el 
cristianismo no se fundamenta exclusivamente en la letra de unos 
textos escritos, sino en la acción de un Espíritu que vivifica y 
actualiza constantemente la revelación divina.
Olvidarlo sería excluir una parte muy importante del Nuevo 
Testamento, especialmente la doctrina paulina que afirma que el 
cristiano vive, no sólo según la letra de la Ley, sino por la luz y la 
fuerza del Espíritu.
La exclusiva fidelidad a la letra lleva a la fosilización de la fe en 
formas anacrónicas y desemboca en fundamentalismos simplistas. 
Sólo la atención al Espíritu como fuerza viviente de Dios que 
interpreta su revelación y su voluntad en cada situación histórica, 
puede ser promesa de vida.
Los cristianos creemos en un Credo que contiene tres artículos 
básicos igualmente esenciales: Creemos en Dios Padre... y en 
Jesucristo, su Hijo... y en el Espíritu Santo... 
El Dios en quien creemos los cristianos no es simplemente el Dios 
que creó el cielo y la tierra según un proyecto admirable, y pronto 
frustrado por el pecado. Tampoco es simplemente el Dios que, para 
rehacer sus planes de amor, envió a su Hijo, Jesucristo, que vivió 
unos años entre nosotros para dejarnos una doctrina maravillosa y 
un estimulante ejemplo, llegando al extremo de morir por nosotros 
en una suprema muestra de amor. No habríamos comprendido 
prácticamente nada del Nuevo Testamento si pensáramos que nos 
presenta a Jesús sólo como una espléndida pero efímera epifanía 
de Dios que vivió entre nosotros unos cuantos años dejando 
después nuestro mundo, de manera que las generaciones 
posteriores pudiéramos vivir ya sólo de su admirable recuerdo y del 
cumplimiento literal de sus preceptos...
No; Jesús vino a ofrecer la salvación inaugurando el Reino de 
Dios, que es propuesta de una nueva forma de convivencia, una 
nueva manera de concebir y vivir responsablemente las relaciones 
de los hombres y mujeres con Dios y entre ellos mismos: una nueva 
situación que nace de la conversión, de una transformación 
profunda de actitudes capaz de hacer que nos reconozcamos 
práxicamente como hijos de Dios, Padre de todos, en la vivencia de 
una fraternidad efectiva entre los que nos reconocemos como hijos 
de un mismo Padre. Ahora bien, esta conversión y transformación 
humana, ha de ser obra del Espíritu, fuerza actuante de Dios, que 
Jesús nos prometió que seguiría actuando cuando él se marchara y 
que sus seguidores experimentaron viviente, presente, activa.
Para los cristianos, Jesús no es sólo un maestro que nos dejó 
una doctrina insuperable (el gran maestro de moralidad que los 
románticos, como Renan, admiraban). Tampoco es sólo un hombre 
bueno, que nos dejó un recuerdo polémico y comprometido de amor 
generoso. Si esto fuera así, Jesús hubiera sido, quizás, como un 
"nuevo Moisés", promulgador de una nueva Ley; o un "nuevo 
profeta" en la línea de los valientes profetas antiguos.
La experiencia de los primeros seguidores de Jesús, reflejada en 
los textos del Nuevo Testamento, muestra que Jesús fue algo 
diferente: él era el inaugurador del Reino de Dios como Reino del 
Espíritu. La misión principal de Jesús fue realmente la de ofrecer el 
Espíritu al mundo. Jesús "salva" haciendo que los que creen en él 
experimenten realmente la fuerza del Espíritu para vencer el pecado 
y para poder vivir una existencia transformada. Como diría San 
Pablo, con el Espíritu podemos ser capaces de realizar aquello que 
nos resultaba imposible sólo con la Ley. Si no vivimos del Espíritu 
permanecemos en el judaísmo y no tenemos posibilidad de 
salvación. Jesús es Salvador porque ofrece el Espíritu al mundo; 
Espíritu "que es Señor y dador de vida", es decir, porque inaugura 
una presencia permanente y actuante de Dios en el corazón de los 
hombres, una fuerza transformadora que los hace, hijos de Dios 
que comparten su misma vida.

1.3. Espíritu de renovación
El Mesías Salvador es el portador del Espíritu que habían 
anunciado los profetas. Cuando los sinópticos nos cuentan que 
durante el bautismo de Jesús los cielos se abrieron y se oyó la voz 
del Padre y se vio al Espíritu Santo posarse sobre él en forma de 
paloma, lo que nos quieren decir es que el hijo del carpintero de 
Nazaret, que aparecía en público por primera vez a orillas del 
Jordán, era el Mesías tan esperado, el prometido, el portador del 
Espíritu.
La primitiva catequesis cristiana reflejada en el texto de los 
sinópticos quería remarcar precisamente ésto: con Jesús comienza 
una nueva presencia y acción de Dios en el mundo a través de su 
Espíritu. En efecto, Jesús no recibe el Espíritu sólo para él. Jesús es 
portador del Espíritu para comunicarlo, para derramarlo sobre el 
mundo y así, renovarlo.
El profeta Ezequiel había expresado la renovación que Dios 
quería hacer en la humanidad a través del Mesías, como una 
transformación interior realizada por el Espíritu de Dios viviente en 
el corazón de los hombres:

Os daré un corazón nuevo. Colocaré en vuestras entrañas un 
espíritu nuevo. Arrancaré vuestro corazón de piedra y os regalaré 
un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros para 
que actuéis según mi Ley. (Ez 36,26-27) 

El significado de estas palabras se lo muestra Dios de forma 
visual al profeta cuando tiene una visión de una campo lleno de 
huesos secos: Dios infunde sobre ellos su aliento (= su Espíritu), y 
los huesos se incorporan llenos de vida. En los tiempos mesiánicos 
vendrá así la salvación de Dios:

Ya no les ocultaré más mi rostro, porque habré derramado mi 
Espíritu sobre la casa de Israel; es palabra de Dios. (Ez 39,29). 

El Espíritu es presentado como el rostro amoroso del mismo Dios, 
que ya no permanece oculto al pueblo a causa de sus infidelidades, 
sino que se hace presente entre ellos en el Mesías prometido.
La donación generosa del Espíritu como agua abundante, es la 
manera, de dar a entender que Dios quiere ofrecer una vida nueva 
a nuestros corazones de piedra, y transformar el mundo reseco y 
estéril en tierra viva. El evangelista Juan, en un pasaje que 
comentaremos más adelante, hará decir a Jesús que en él se 
cumple la antigua promesa: El que tenga sed, que venga a mí y 
beba. Si alguno cree en mí, como dice la Escritura, de su interior 
brotarán ríos de agua viva. Y añade el evangelista: Al decir esto se 
refería al Espíritu que recibirían los que creyeran en él... (Jn 
7,38-39) 

1.4. Espíritu de liberación
Hablando de la renovación que iba a realizar el Mesías, Isaías 
pone en su boca estas palabras:

El Espíritu del Señor descansa sobre mi, porque él me ha ungido. 
Me ha enviado a comunicar la buena noticia a los pobres, a 
proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos el retorno a la luz, 
a liberar a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor. (Is 
61,1ss). 

Es conocido por todos que el evangelista Lucas coloca este texto 
en boca de Jesús en el acto en el cual inaugura Jesús su actividad 
pública, en la sinagoga de su pueblo, Nazaret. Con esto quiere 
significar el carácter concreto que tendría la transformación del 
mundo que Jesús venía a realizar: el mundo está destrozado 
porque hemos destruído la fraternidad y la libertad con la 
explotación y la opresión de unos a los otros. Jesús ha sido ungido 
con el Espíritu del Señor, para que los hombres reconstruyan la 
fraternidad, libres de toda explotación y opresión.


2. EL ESPÍRITU CONSTRUYE LA IGLESIA DE JESÚS
(Los Hechos de los Apóstoles)

Los Hechos de los Apóstoles, que quieren ser la historia de la 
Iglesia en sus inicios, comienzan con un curioso episodio.
El autor empieza narrando la última reunión de Jesús con los 
suyos. Jesús les ordena que no se alejen de Jerusalén, porque allí 
recibirán la Promesa del Padre de la que ya os he hablado. Porque, 
efectivamente, así como Juan bautizaba con agua, vosotros seréis 
bautizados dentro de pocos días, con el Espíritu Santo.
Parece que Jesús pensaba que no era necesario extenderse en 
este punto, del que ya habría hablado de él con sus discípulos. 
Pero éstos no parecen saber a qué se refiere, sino que, 
inmediatamente, preguntan con toda ingenuidad: Señor, es ahora 
cuando restaurarás el reino de Israel?
Los apóstoles, después de tantos malos tragos pasados, sólo 
esperaban el día en que Jesús por fin se sentara en el trono de 
David; y ellos, ya se veían como sus ministros. Pero Jesús los 
decepcionó contestádoles: no es asunto vuestro conocer el tiempo 
que el Padre tiene determinado. Pero recibiréis desde arriba la 
fuerza del Espíritu Santo par ser mis testigos (Act 1,4-8).

2.1. El Reino de Dios –el Mundo Nuevo– hemos de construirlo 
con el Espíritu
Jesús había venido a inaugurar el nuevo Reino de Dios. Los 
Apóstoles lo esperaban como una restauración de la antigua gloria 
de David. Pero Jesús, en el mismo momento de su adiós definitivo 
los tenía que desengañar: el nuevo reino de Dios no sería una 
restauración de la gloria davídica, sino la presencia activa del 
Espíritu que les haría capaces de ser sus testigos en todo el 
mundo.
Algunos exégetas se han preguntado cómo es que, mientras en 
los sinópticos Jesús habla con frecuencia del Reino de Dios, este 
concepto prácticamente desaparece en los Hechos de los Apóstoles 
y en los demás autores del Nuevo Testamento, especialmente en 
Pablo. La explicación sería que, como dicen claramente las últimas 
palabras atribuídas a Jesús, el Reino de Dios es el fruto de la 
acción del Espíritu entre los hombres cuando éstos dan testimonio 
de Jesús, es decir, cuando confirman con su vida lo que Jesús 
había revelado: que Dios es Padre de todos y nos pide que todos 
nos amemos como hermanos.

De lo expuesto sacamos lecciones importantes: 

Hay que abandonar toda nostalgia de un reino material: hay que 
dejar de pensar en una iglesia apoyada en los poderes políticos o 
estructurada según los esquemas propios de los poderes políticos. 
El vigor de la iglesia nacerá del vigor de la conversión y de la 
comunión efectiva que el espíritu promueve en ella, no de 
privilegios y glorias mundanas o de manipulaciones políticas.1 
Hemos de dejar de esperar el reino por arte de magia: tendemos 
a esperar que el poder mágico de Dios –o el de las autoridades que 
se supone que lo representan– nos venga a resolver los problemas. 
El Espíritu no puede ser jamás una solución mágica y anuladora de 
nuestras iniciativas, sino que es fuerza interpeladora que nos 
impulsa a asumir nuestras responsabilidades en la historia. 

2.2 En Pentecostés nace la Iglesia
Los Hechos de los Apóstoles dan especial relieve a la escena de 
la efusión del Espíritu del día de Pentecostés. Parece que el autor 
quiera presentar una espléndida escenificación en la que, con un 
sólo golpe de vista, se haga visible cómo surge la Iglesia.

Estaban todos juntos en el mismo lugar, de pronto, sintieron como 
un viento impetuoso que venía del cielo y llenaba toda la casa... Y 
se les aparecieron unas lenguas de fuego que se posaban sobre 
cada uno de ellos.Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y 
empezaron a hablar en diversas lenguas (Act 2, 2ss).

No es necesario que empecemos a preguntarnos sobre lo que 
realmente sucedió aquel día. En el fondo de la narración 
descubrimos una referencia a alguna experiencia muy especial del 
primer grupo de discípulos: el autor de los Hechos intenta 
interpretarla y comunicarla lo mejor que puede, con evidentes 
intenciones catequéticas.
El Espíritu de Dios viene como un viento, cuando estaban todos 
reunidos, y se manifiesta como lenguas de fuego, que se reparten 
sobre cada uno. Todo el relato contiene una profunda carga 
simbólica. El Espíritu se da a cada uno de los miembros de la 
comunidad para construir, con ellos, como enseguida explicará 
Pedro, un nuevo Pueblo de Dios. El viento y el fuego simbolizan la 
nueva fuerza de Dios que estará presente en adelante. El hecho de 
que hubiera entonces en Jerusalén gente de todas las naciones 
que habitan bajo el cielo, pretende remarcar, como también 
subrayará Pedro, la universalidad del nuevo don que Dios ofrece 
para el bien de todos los pueblos. El hecho de que cada uno los oía 
hablar en su propia lengua subraya la misión del Espíritu de 
construir la comunión en la diversidad. Aquí puede haber incluso 
una alusión al antiguo relato de la confusión de lenguas en Babel. 
El pecado de orgullo egoísta había hecho imposible la convivencia, 
llevando la división entre los hombres. El Espíritu derramado de 
nuevo, hará posible recuperar la comunión de todos los que antes 
estaban divididos. El Espíritu hace comunidad desde la diversidad.
El nuevo Pueblo o Reino de Dios ha de resultar de una 
conversión interior, de una transformación existencial cuyo signo es 
el bautismo. El bautismo sella la reconciliación con Dios que vino a 
ofrecernos a Jesucristo, y es manifestación de la fuerza del Espíritu, 
como lo explica Pedro en su primer sermón de Pentecostés:

Convertíos, y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el 
nombre de Jesús, el Cristo, para obtener el perdón de los pecados, 
y así recibiréis el Espíritu Santo. Porque la Promesa es para 
vosotros y para vuestros hijos, y también para los que vienen de 
lejos, para todos los que llamará el Señor nuestro Dios (Act 2, 
38-39). 

El misterio de las lenguas es el misterio de la universalidad 
verdaderamente católica; una universalidad que no nace de la 
imposición de una uniformidad, de un direccionismo impositivo o de 
un centralismo absorbente y anulador de diferencias, lo cual seria 
realmente la degeneración y corrupción de la autentica catolicidad. 

Pentecostés nos impulsa a superar en la iglesia todo lo que hay 
de "poco católico": todo lo que sea imposición de unos 
particularismos en contra de las diferencias legitimas. Pensemos, 
por ejemplo, en la imposición centralista de pastores siguiendo unos 
criterios parciales y dando poca o ninguna importancia a las 
idiosincrasias o a los deseos legítimos de las comunidades. 

2.3. El Espíritu impulsa a la solidaridad
Según los Hechos de los Apóstoles, con la efusión del Espíritu el 
día de Pentecostés, empieza la formación y el crecimiento de la 
comunidad cristiana. Cuando Pedro explicó lo que había sucedido, 
la gente acogió sus palabras y se bautizaron, y aquel día se unieron 
a los hermanos unas tres mil personas.Con la fuerza del Espíritu la 
vida de la comunidad se revela vigorosa: Todos los creyentes vivían 
unidos y lo ponían todo en común: vendían sus bienes y 
propiedades para distribuir su importe según las necesidades de 
cada uno (Act 2, 41ss). El Espíritu construye la comunidad: no 
solamente una comunidad espiritual y de lazos internos. En la 
nueva comunidad del Reino, la fraternidad de todos los que se 
reconocen como hijos de un mismo Dios y Padre, se manifiesta con 
solidaridad efectiva en el uso de todos los bienes, tanto espirituales 
como materiales.2 

La práctica de la solidaridad en el uso de todas las cosas y la 
disponibilidad efectiva en el compartir, serán siempre signos claros 
del estar viviendo del impulso del Espíritu. 
La falta de sensibilidad hacia las necesidades de los hermanos y 
la incapacidad de compartir los bienes recibidos, serán siempre 
signos de la resistencia pecaminosa a realizar la verdadera 
comunidad del reino según el impulso del Espíritu. 

2.4. El Espíritu nos ayuda a la universalidad
El principio de la universalidad del don del Espíritu salvador 
parece que debería ser evidente desde la experiencia de 
Pentecostés. Pedro había proclamado que aquel día se cumplía la 
promesa profética: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne (Act 2, 
17). Sin embargo, las tendencias particularistas son tan fuertes 
entre los hombres que fue necesario un "nuevo Pentecostés" para 
que el Espíritu pudiera ser acogido sin reservas. Hombres 
adoctrinados en la idea de la elección singular de Israel y educados 
en el desprecio y repugnancia hacia los paganos idólatras e 
impuros, mostraron mucha resistencia en admitir que también los 
paganos podían recibir las promesas, y que, en adelante, tendrían 
que convivir con ellos formando una sola comunidad de hijos de 
Dios bajo el impulso del mismo Espíritu.
Los que al comienzo se unieron a los primeros discípulos eran 
judíos o prosélitos de la diáspora, es decir, conversos al judaísmo 
que se habían circuncidado y adoptado las formas de vida judías. 
Pero esta primera comunidad seguía manteniendo distancias con 
los paganos, especialmente el tabú básico de no entrar en sus 
casas ni comer con ellos. Era necesaria una decisiva intervención 
del Espíritu a Pedro para poder abrir nuevos caminos.
En este momento algo esencial estaba aconteciendo en el 
cristianismo: se decidía si la nueva comunidad cristiana debía 
pensarse a sí misma como una simple continuación del judaísmo, a 
modo de una nueva secta o grupo particular según los esquemas 
religioso–culturales del judaísmo, o bien, al contrario, se tenía que 
considerar como algo realmente nuevo que superaba los 
parámetros del judaísmo, abriéndose a nuevas formas de vida y a 
valores de otras culturas.

El Pentecostés de los paganos 

Para resolver estos problemas resultó decisivo el episodio que 
tuvo lugar en casa del centurión pagano Cornelio. Antes, mientras 
Pedro oraba, tuvo una extraña visión en la que una voz celeste le 
ordenaba que no tuviera recelo de comer alimentos impuros. 
Después, el Espíritu Santo dijo a Pedro que fuera a casa del 
centurión Cornelio, donde se encontraban algunas personas. Al 
entrar, Pedro sintió necesidad de autojustificarse:

Sabéis que a un judío no le está permitido tener trato con un 
extranjero o entrar en su casa; pero a mí, Dios me ha enseñado a 
no considerar nada como impuro. (A petición de Cornelio, Pedro le 
instruye sobre Jesús de Nazaret). Y mientras Pedro hablaba, el 
Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban. Los 
fieles a la circuncisión que habían ido con Pedro se quedaron 
sorprendidos al ver que también sobre los paganos se derramaba 
el Espíritu Santo, ya que los oían hablar en lenguas proclamando 
las maravillas de Dios. Entonces Pedro dijo: ¿Quién puede impedir 
que sean bautizados los que han recibido el Espíritu igual que 
nosotros? Y todos se bautizaron. (10,22-48).

Realmente se trata de un segundo Pentecostés, con prodigios 
semejantes al primero: es el Pentecostés de los paganos. Pero no 
fue aceptado con facilidad. Cuando Pedro regresó a Jerusalén, fue 
criticado porque había entrado en casa de incircuncisos y había 
comido con ellos. Pedro tuvo que explicar que actuó impulsado por 
una voz celeste, que ahora ya reconoce como voz del Espíritu: el 
Espíritu me dijo que me acercara a ellos sin recelos (11.12).

Pero la polémica continua 

Con estas palabras, los judaizantes se tranquilizaron. Pero la 
polémica no había terminado. El capítulo 15 de los Hechos de los 
Apóstoles nos informa de uno de los episodios –entre los muchos 
que seguramente surgieron– provocados por esta cuestión 
polémica. Pablo y Bernabé habían establecido una cristiandad 
floreciente en Antioquía. Pero se acercaron algunos de Jerusalén 
que enseñaban a los hermanos: si no os circuncidáis... no podréis 
ser salvados (15,1). Y tuvo lugar una discusión importante, y Pablo 
y Bernabé tuvieron que ir a Jerusalén a tratar el asunto con los 
apóstoles. Tuvo lugar entonces lo que algunos llaman el "Concilio 
de Jerusalén", en el que se expusieron las posturas enfrentadas. El 
argumento definitivo fue el de Pedro, que hizo alusión a su 
experiencia en casa de Cornelio:

Dios me escogió para que, por mi boca, los gentiles escucharan 
la palabra del Evangelio y creyeran... Y Dios dio testimonio a su 
favor, ofreciéndoles el Espíritu Santo igual que a nosotros, de 
manera que ya no existe ninguna diferencia entre ellos y nosotros 
(15, 7.9). 

Santiago, que actuaba como representante de la Iglesia 
judaizante de Jerusalén, reconoció el argumento y la autoridad de 
Pedro (15, 13-20). Y se llegó a un cierto compromiso, reflejado en 
unos actas solemnes dirigidas a los gentiles: 

Nos ha parecido bien, al Espíritu Santo y a nosotros, no 
imponeros ninguna carga, exceptuando la abstención de comer 
carne sacrificada a los ídolos, la sangre de animales estrangulados, 
y de la fornicación (15,28). 

La universalidad pentecostal superadora del particularismo 
judaizante ha de ayudarnos a reconocer hoy en día la urgencia de 
una autentica inculturacion del cristianismo en todas las culturas. 
Desgraciadamente, por falta de un conocimiento profundo de la 
autentica novedad cristiana que ofrece el Espíritu, podemos estar 
imponiendo unas formas de cristianismo que sólo tienen sentido en 
la cultura del pasado y de occidente. El gran desafío de la iglesia 
del siglo XXI será el dejar de ser una institución básicamente 
configurada sobre la cultura de su pasado occidental, para poder 
ser promesa y mediación de salvación para los hombres y mujeres 
de tiempos futuros y de todas las culturas. 
La gran tentación será la de que un grupo duro de 
"romanizantes", –similar al de los primeros "judaizantes"– exija que 
para poder ser cristiano tengan que aceptarse los prejuicios 
mentales y vitales que, de hecho, han configurado nuestra forma 
occidental de pensar y vivir el cristianismo. Todo ello puede tener 
importantes consecuencias respecto a la formulación de los 
dogmas, a la liturgia, la ética, el derecho canónico, la organización 
eclesiástica, las formas de los ministerios, el lugar de la mujer y los 
laicos en la iglesia... y muchas otras cuestiones que empiezan sólo 
a vislumbrarse. 
Nuestro mundo se caracteriza, desgraciadamente, por la cantidad 
y la fuerza de las actitudes excluyentes de diversos grupos 
religiosos, económicos, sociales, étnicos, lingüísticos... Estas 
actitudes excluyentes son incompatibles con el movimiento 
fraternizante del Espíritu. Si hemos señalado que el Espíritu pide el 
respeto a la diversidad y a la diferencia, hemos de añadir que, 
obviamente, pide también que ninguna diversidad pretenda 
convertirse en excluyente de las otras. 


3. EL ESPÍRITU DERRAMADO EN NUESTROS CORAZONES
(San Pablo)

En los relatos de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de 
comentar, podríamos decir que la atención se centra especialmente 
en el aspecto social y público de la acción del Espíritu como 
principio congregador y fuerza configuradora del nuevo pueblo, que 
ha de ser sacramento del mundo nuevo según el querer de Dios. 
En las cartas de Pablo, en cambio, vemos expresada la manera 
cómo el Espíritu actúa en el interior de cada uno de los creyentes. 

3.1. El Espíritu, fuerza de Dios en la impotencia humana
Pablo, que se había sentido él mismo "convertido" por una gracia 
extraordinaria del Espíritu, tiene una particular conciencia de que al 
entrar a formar parte del nuevo Pueblo de Dios, ha de darse una 
profunda transformación interior, que sólo puede ser obra de la 
misma fuerza de Dios en el hombre. Se da un paso de enemigos de 
Dios y enemigos de nosotros mismos, a hombres y mujeres 
transformados radicalmente, capaces de vivir como hijos de Dios y 
hermanos entre sí.
Esto, según el Apóstol, supera todo aquello que somos capaces 
de conseguir con nuestra sola voluntad. El mismo Pablo había 
vivido esta limitación humana en su propia experiencia personal y 
conocía también la historia de las infidelidades del pueblo de Israel. 
Sólo con nuestro esfuerzo no podemos recuperar la amistad con 
Dios, ni vivir una fraternidad gozosa entre nosotros. La naturaleza 
humana ha quedado como estropeada y debilitada a consecuencia 
de la historia de pecado que pesa sobre nosotros. Esto es lo que el 
Apóstol explica, principalmente, en los dos primeros capítulos de su 
carta a los Romanos. El pecado lo domina todo, y la naturaleza 
humana permanece reducida a la impotencia. Es necesario que el 
mismo Dios venga a transformar la humanidad y a darle una nueva 
fuerza. Esto es lo que hará Jesús, ofreciéndonos la fuerza de su 
Espíritu. Esta es la auténtica "buena noticia".

3.2. El Espíritu nos hace hijos
San Pablo expresa la reconciliación con Dios que el Espíritu obra 
en nosotros, diciendo que el Espíritu nos hace hijos de Dios. Con 
ello quiere significar que Dios, del que nos habíamos alienado por 
el pecado, se manifiesta como un Padre que nos acoje nuevamente 
como hijos al enviarnos el Espíritu de su Hijo Jesús.
Más todavía, según Pablo, el Espíritu nos da la fuerza para poder 
vivir en adelante como hijos de Dios, viviendo y realizando una 
fraternidad efectiva entre nosotros. Esto es lo que Pablo remarca 
siempre, especialmente en las cartas a los Romanos y a los 
cristianos de Galacia. Escribe a los de Roma: 

Los que se dejan guiar por el Espíritu, éstos son hijos de Dios. 
Realmente, no habéis recibido un espíritu de esclavitud que os 
haga vivir de nuevo en el temor, sino que habéis recibido un 
Espíritu de hijos adoptivos que os permite clamar: ¡Abba!, ¡Padre!. 
(Rm 8, 14-17). 

En la epístola a los cristianos de Galacia, que no acababan de 
comprender en qué consistía la aportación específica del 
cristianismo a la salvación, el Apóstol escribe:

La prueba de que somos hijos de Dios es que Dios ha enviado a 
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abba!, Padre. 
Así ya no somos esclavos sino hijos; y si somos hijos, también 
somos herederos por voluntad de Dios. (Ga 4, 4-7) 

Como podemos ver, Pablo explica la acción del Espíritu en 
nosotros dentro del contexto de la dialéctica entre esclavitud y 
libertad. Somos esclavos del pecado, de nosotros mismos y de la 
locura del mundo que nos rodea. No hacemos realmente lo que 
queremos, sino lo que nos viene impuesto desde fuera por las 
estructuras de pecado que nos dominan. 

En un mundo injusto y descabellado, bajo el peso de las 
influencias contradictorias de los medios de comunicación puestos 
al servicio de intereses desconocidos, bombardeados por miles de 
mensajes publicitarios, manipulados sin saber bien por quienes, y 
conscientes, además, de nuestro propio caos interior y de nuestra 
propia debilidad, verdaderamente podemos llegar a encontrarnos 
en una angustia y un temor propio de esclavos, de gente 
desposeída de sí misma. 
El Espíritu nos devuelve la capacidad de ser personas en la 
libertad y el gozo de ser hijos. El Espíritu es verdadera 
manifestación en nosotros del amor gratuito y perdonador de Dios 
Padre, y fuerza interior para poder vivir en adelante como hijos en 
la fraternidad. 

3.3. El Espíritu nos hace personas libres y responsables
Es un contrasentido insostenible –aunque muy divulgado y 
seguramente no del todo inexplicable– pretender que la afirmación 
de Dios es incompatible con la afirmación de una auténtica libertad 
humana. Naturalmente, todo depende de cuál sea el concepto de 
Dios y el concepto de libertad humana que se tengan.
Desgraciadamente, quizás cierta predicación tradicional sólo 
sabía presentar la imagen de un Dios-Poder Absoluto, e incluso 
irresponsable. Ese Dios-Poder resulta evidentemente incompatible 
con la libertad humana; pero se trata de un Dios que no tiene nada 
que ver con el Dios de la revelación cristiana. Por otro lado, hay 
gente que sólo parece ser capaz de concebir la libertad como 
"libertad de arbitrio" o de elección irresponsable (poder hacer lo 
que me place). No parece que sea ésta la facultad que hace del 
hombre un ser superior a todos los demás seres, más determinados 
a obrar según las leyes de la necesidad. Como explica lúcidamente 
Agustín, la libertad es la capacidad de descubrir y de tender hacia 
el propio bien, buscado por propio impulso interior y no por mera 
determinación o imposición externa. Ser libre no consiste en ser 
capaz de realizar cualquier cosa, sino en ser capaz de amar todo 
aquello que descubro como bueno. 
Aquí es donde se descubre la profundidad de la doctrina de San 
Pablo sobre el Espíritu. Según Pablo, Dios ha colocado en nuestros 
corazones el don del Espíritu (2Co 1,22); y también, el amor de Dios 
ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu 
Santo que nos ha sido dado (Rm 5,5).
En las enseñanzas de Pablo, el Dios de Jesús no se nos presenta 
imponiéndonos una nueva Ley extrínseca. Al contrario, el cristiano 
experimenta a Dios como una fuerza interior que actúa desde 
dentro de su propio ser –desde el fondo de su corazón– 
ayudándole en la praxis de su libertad. El Espíritu es Dios como 
realidad nuestra y actuando con nosotros como luz y fuerza de 
nuestra libertad. El Espíritu es Dios, no como legislador externo que 
exige obediencia, sino fuerza interior que nos ofrece la posibilidad 
de superar la propia debilidad y los condicionamientos que pueden 
ahogar nuestra libertad. El Espíritu se une a nuestro espíritu 
testificando que somos hijos de Dios (Rm8,16). El Espíritu viene en 
ayuda de nuestra debilidad...
Por eso, el Dios que se comunica, no con la imposición de una 
Ley, sino a través del don gratuito del Espíritu, no es solamente 
compatible con la libertad humana, sino que es el único que 
garantiza la adecuada praxis de dicha libertad. El Dios-Espíritu nos 
personaliza: hace de nosotros personas responsables y nos 
impulsa más allá de la pseudo-libertad de poder hacer, 
irresponsablemente, cualquier cosa que se nos ocurra. El Espíritu 
de Dios es interpelación y estímulo hacia una libertad responsable.

En la iglesia, el Espíritu pide que todos los cristianos sean 
personas (Cf: CIC, 96), hombres y mujeres libres, adultos y 
responsables; que sean respetados sus derechos, pero que 
cumplan también con sus obligaciones, según las diversas 
condiciones de cada uno. Esto es válido para todos los miembros 
de la iglesia: tanto para las jerarquías, que no han de actuar a su 
arbitrio, sin contar con los fieles, o sin respetar sus derechos; como 
para los fieles, que tampoco han de limitarse a esperar que todo les 
venga determinado por las jerarquías.3 
La iglesia es una comunión en un mismo Espíritu que nos hace 
clamar a todos: Abba, Padre; una comunidad en la que todos 
hemos de cooperar con responsabilidad, desde condiciones 
diversas, a la construcción del reino de fraternidad de los hijos de 
un mismo padre. En general, cuanto mayor sea la coimplicación de 
todos en la vida de la iglesia, mas nos acercaremos al ideal del 
reino; y al contrario, las actitudes autoritarias, secretistas o elitistas, 
a la larga atentan contra la verdadera comunión; comunión sin la 
cual la iglesia degenera en "sal que no sazona".4 

3.4. La paradoja de la libertad cristiana: servir por amor
El Espíritu se ofrece para hacernos hijos de un Dios-Padre, no 
esclavos de un Dios-Poder dominador. Dios, al enviarnos su 
Espíritu al fondo de nuestros corazones, nos muestra que espera 
de nosotros una confianza libre y total, no un temor de esclavo. 
Dios no es un poder hostil que tengamos que aplacar con esfuerzos 
serviles y al que tengamos que mirar con desconfiado recelo. Con 
el Espíritu, Dios nos enseña que quiere ser Dios-con-nosotros; un 
Dios que se relaciona libre y amorosamente. 
Esta relación filial, lejos de llevarnos a una praxis insolidaria de la 
libertad entendida de forma individualista, nos ha de conducir a una 
solidaridad amorosa y generosa con todos los hombres. No 
podemos considerarnos verdaderamente hijos de Dios Padre, si no 
tratamos de vivir práxicamente como hermanos, hijos del mismo 
Padre. San Pablo extrae las últimas consecuencias de lo que el 
Maestro había enseñado en relatos como la parábola del hijo 
pródigo, el fariseo y el publicano, o el buen samaritano.

Hemos sido llamados a la libertad: sólo que no debéis utilizar la 
libertad como un pretexto para imponer vuestro egoísmo, sino que, 
al contrario, ha de llevaros a haceros servidores por amor unos de 
otros. En efecto, toda la Ley culmina en el precepto: ama a los 
demás como a ti mismo. En cambio, si vivís destrozandoos unos a 
otros, acabaréis destruyéndoos.(Ga 5, 13-17)

Vemos una espléndida paradoja: el Espíritu nos hace libres, pero 
con una libertad que nos impulsa a hacernos servidores unos de 
otros por amor.Ya no podemos pretender vivir de la libertad egoísta 
que sólo conduce a la autodestrucción, sino de la libertad de quien, 
reconociendo que la propia existencia sólo encuentra su sentido y 
valor en la relación con Dios y con los demás, por amor a sí mismo, 
a Dios y a los demás, está dispuesto a hacerse servidor de Dios en 
los demás.
La carta a los cristianos de Galacia acaba con una exhortación 
bien concreta y coherente con estos principios:

"Si vivimos según el Espíritu, hemos de actuar de acuerdo al 
Espíritu... Son conocidas por todos las obras que proceden de 
nuestro egoísmo: fornicación, impurezas, libertinaje, odios, 
discordias, envidias, embriaguez..." En cambio "Los frutos del 
Espíritu son amor, paz, gozo, paciencia, ternura, bondad, fidelidad, 
no-violencia, sobriedad; contra estas cosas no puede existir 
ninguna ley." (Ga 5,19ss)

Los frutos del Espíritu dejan de serlo si son el resultado de la 
coacción o de la ley. El principio básico de la praxis cristiana no es 
"hacer lo que esta mandado", sino descubrir y seguir el impulso del 
Espíritu. 
La autentica libertad cristiana debería situarse tan lejos del 
legalismo servil y del reglamentarismo intervencionista como de la 
anarquía disgregadora o del abandono al capricho de cada uno, 
incluso de aquellos que tienen la autoridad. El ideal se sitúa en la 
línea de establecer la necesaria cohesión y el máximo de 
responsabilidad en el servicio por amor en la fraternidad. Contra lo 
que algunos parecen pensar, la buena marcha de la comunidad, no 
depende principalmente de que todo este bien reglamentado y 
controlado, sino de que todos sus miembros vivan abiertos, siempre 
dispuestos a lo que el Espíritu pueda impulsar en ellos.5 
La iglesia debería ser sacramento de un mundo transformado, ya 
que el Espíritu viene a realizar el designio originario de Dios sobre 
el mundo. Los paradigmas de libertad, responsabilidad, fraternidad, 
respeto mutuo –en definitiva, los "dones del Espíritu"– deberían ser 
paradigmas de humanidad porque responden a los impulsos más 
profundos del ser humano, creado a imagen de Dios. 

3.5. Un sólo Espíritu en la diversidad de carismas
Esta proclamación de la libertad del Espíritu, ¿no conducirá 
inevitablemente a un amasijo de opiniones y actitudes incompatibles 
entre ellas? ¿No sería mejor proclamar, como primer y único 
principio, la exacta reglamentación y la férrea obediencia de todos a 
las jerarquías constituidas? Así lo han pensado muchos –como el 
Gran Inquisidor de Dostoyewski– que confían más en la eficacia del 
poder por la fuerza, que en la fuerza transformadora de Dios en las 
personas.
Sin embargo, Pablo no parece pensar así. Y no es que no 
hubiera sufrido intensamente el problema del caos provocado en 
las comunidades a causa de los supuestos "espirituales". Pero 
delante de este problema, Pablo jamás se echará atrás ni 
pretenderá apelar nuevamente a la ley para superar con ella los 
desajustes provocados por supuestos seguidores del Espíritu.
Para Pablo, la solución no es un regreso a la ley, sino el riguroso 
discernimiento de los carismas del Espíritu, desde el principio de la 
complementariedad de los diversos carismas con el fin de construir 
todo el cuerpo de Cristo.
El peligro de la anarquía carismática, lo encuentra Pablo, 
especialmente en la comunidad de Corinto. Sólo hace falta leer los 
capítulos 12-14 de su primera carta a aquella comunidad para ver 
cómo pensaba el Apóstol acerca de la manera cómo habría que 
superar tal peligro. Delante de la diversidad de carismas 
aparentemente contradictorios. Pablo establece el siguiente 
principio: Aunque los dones son diversos, el Espíritu es uno (12,4). 
No puede existir contradicción entre los dones que provienen del 
único Espíritu. Y si existe, entonces hay algo que no es del Espíritu. 
El segundo principio es que, dado que el Espíritu es ofrecido para 
la construcción de la comunidad, los dones del Espíritu que cada 
uno recibe, han de redundar en bien de todos (12,8).
La validez de los carismas se han de juzgar desde la perspectiva 
del bien del conjunto de la comunidad. Un supuesto carisma que 
traiga división y destrucción a la comunidad, no podrá considerarse 
proveniente del Espíritu. Más aún: la valoración de los diversos 
carismas se hará según lo que realmente aporten a la buena 
marcha de la comunidad. Los corintios parece que apreciaban 
mucho el hablar ininteligible y el arrobamiento extático. Pablo los 
quiere desengañar:

¡Anhelad los dones verdaderamente importantes! Si yo hablara 
las lenguas de los hombres y los ángeles..., si tuviera el don de 
profecía..., si tuviera tanta fe como para mover montañas..., pero no 
tuviera amor, no sería nada... Lo más importante es el amor (13, 
1ss). 
La Iglesia debe de reconocer y respetar la diversidad de 
carismas, procurando armonizarlos a la luz del criterio de su 
contribución a la buena marcha de toda la comunidad. El valor mas 
importante y universal será siempre el del amor. El Espíritu sólo 
puede impulsarnos a amar más y mejor, pero, eso sí, con obras y 
en verdad. 
El amor que viene del Espíritu no tiene fronteras, porque no es 
otra cosa que el amor infinito de Dios hacia todo el mundo. El 
Espíritu, que es Dios mismo actuante desde las entrañas de nuestro 
corazón, sólo puede impulsarnos a amar como ama Dios, es decir, 
incondicionalmente, gratuitamente. 
El Espíritu nos abre a los espacios inmensos de la justicia y el 
amor sin limites. Por encima de todas las diferencias concretas que 
puedan darse entre los hombres y mujeres, ha de permanecer el 
sentido de la unidad radical; unidad que los cristianos expresamos 
diciendo que Dios es el único Padre de todos y que, por tanto, 
deberíamos vivir con el sentido de una irrenunciable pertenencia a 
la misma y única humanidad. 


4. EL ESPÍRITU, FUENTE DE VIDA
(Los escritos joánicos)

El evangelio de Juan es un texto escrito a finales de la época de 
composición del Nuevo Testamento. En él encontramos una 
contemplación sobre el sentido profundo de la experiencia de 
Jesús. No resulta extraño, pues, que en este escrito encontremos 
también profundas intuiciones sobre lo que el don del Espíritu 
significa.
Todos recordamos enseguida los importantes textos sobre el 
Paráclito que se encuentran en el llamado discurso de la última 
cena. Pero, para comprender estos textos, es necesario situarlos en 
el contexto de muchas otras cosas que Juan nos dice, a veces 
veladamente, sobre el Espíritu.

4.1. El Espíritu y la nueva vida
El teólogo ortodoxo S. Boulgakov, descubre alusiones al Espíritu 
desde el mismo inicio del prólogo del cuarto evangelio: "En la 
Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres" (Jn 1,4). 
Para el teólogo ruso, aquí "la Vida" se refiere al Espíritu vivificante, 
que reposa eternamente sobre el Logos o Palabra de Dios, y que 
con la encarnación, viene a vivificar a los hombres6 . También en el 
mismo prólogo leemos que la Ley fue dada por Moisés, pero "la 
gracia y la verdad vino por Jesucristo" (Jn 1,17). Este don y gracia 
verdadera que viene por Jesucristo y que supera la Ley de Moisés 
es el don del Espíritu.7 

El evangelio de Juan nos recuerda, igual que los sinópticos, que 
el Precursor anunciaba la novedad de Jesús como la de quien "os 
bautizará con el Espíritu Santo". Y Jesús explicará a Nicodemo que 
es necesario nacer de arriba, entrar en una nueva vida, para poder 
entrar en el Reino de Dios; y ante la perplejidad de su interlocutor, 
Jesús explica que se trata de 
nacer del agua y del Espíritu, ya que sólo aquello 
que nace del Espíritu es espíritu. El Espíritu sopla 
donde quiere y lo sientes, pero no ves de dónde viene 
ni a dónde va. Así ocurre con todo lo que nace del 
Espíritu (Jn 3, 3-8). 

El tema de la nueva vida que proviene del agua y del Espíritu –el 
bautismo–, reaparece una y otra vez. Se insinúa en la promesa a la 
Samaritana del agua viva que apaga la sed definitivamente y que 
salta hasta la vida eterna (Jn 4, 14). Y es un elemento principal del 
discurso de la fiesta de los Tabernáculos, cuando Jesús dice: 
el que tenga sed que venga, y beba quien cree en mí. 
De su interior brotarán ríos de agua viva... El 
evangelista comenta: Se refería al Espíritu que habían 
de recibir los que creyeran en él, ya que todavía no 
estaba presente el Espíritu puesto que Jesús no había 
sido glorificado (Jn 7, 37-39).8 

Y efectivamente, después de ser glorificado, en la primera 
aparición a los apóstoles, Jesús les declara explícitamente que les 
deja el Espíritu, y se despide diciendo: Tal como el Padre me envió, 
así os envío yo a vosotros. Y soplando sobre ellos añadió: Recibid 
el Espíritu Santo: a los que perdonéis los pecados les serán 
perdonados, pero a los que se los retengáis, les serán retenidos (Jn 
20, 21-23). Jesús ha cumplido su misión: los apóstoles la tienen que 
continuar, no con sus propias fuerzas, sino con el poder del Espíritu 
de Jesús, el único capaz de purificar el mundo de su pecado. Esta 
nueva vida que Jesús nos promete por el agua y por el Espíritu se 
realiza como vida de comunión con Dios en la comunión con los 
hermanos. La nueva vida comporta un nuevo mandamiento 
superado de la antigua Ley: 
Este es su mandamiento, que creamos en el nombre de 
su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros, tal como 
él nos ha mandado. Los que guardan sus mandamientos viven 
en Dios, y Dios en ellos. Y conocemos que está en nosotros 
por el Espíritu que nos ha dado. (Cf. Jn 14,23)9 

Queda claro: la nueva vida que Jesús viene a ofrecer, es vivir en 
Dios, estar en él y que él esté con nosotros. La condición para ello 
es que nos amemos unos a otros. Ahora bien, principio y garantía 
de esta nueva vida es el Espíritu que se nos ha ofrecido. El Espíritu 
nos impulsa a amarnos, y así entramos en comunión con el mismo 
Dios. Y es necesario señalar que esta comunión con Dios mismo es 
lo que pide Jesús en la oración suprema del su última cena: 
Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y 
yo en tí. Que también ellos estén con nosotros, para que 
así el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,21). 

Este ser uno con el Padre y el Hijo – y, en consecuencia, ser uno 
con todos– es lo que el Espíritu realiza en nosotros. La última razón 
teológica de esto nos la da Juan expresando en una densa síntesis 
cómo sólo por el amor podemos entrar en comunión con el Dios que 
es amor: 
Amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios; 
todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que 
no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. (1Jn 4, 7-8) 

El único criterio para saber si estamos viviendo esa nueva 
existencia es el amor efectivo a los hermanos, la capacidad de 
comprometernos con ellos y por ellos como lo hizo Dios mismo en la 
encarnación de su Hijo. Solo con este criterio, la iglesia, las 
comunidades particulares y los individuos podrán constatar si 
realmente viven del impulso del Espíritu del Dios que es amor. 

4.2. El Paráclito nos guía a la verdad completa
El evangelio de Juan se escribió en circunstancias peculiares. La 
figura del Jesús histórico empezaba a desdibujarse con el paso de 
los años, y las comunidades tenían que afrontar nuevas situaciones 
y problemas. Los testimonios directos de la vida y las enseñanzas 
de Jesús prácticamente habían desaparecido y surgían quiénes 
pretendían imponer esto o aquello en nombre de Jesús: "si Él 
viviera, ésto es lo que haría...".

Es decir, en los ambientes joánicos empezaba a presentarse una 
problema que sigue siendo muy actual: el de la adaptación a 
nuevas situaciones, manteniendo la necesaria fidelidad a un origen 
único e irrenunciable. El evangelio de Juan surge como el evangelio 
de la continuidad entre la experiencia del Jesús histórico y la 
novedad del Espíritu que viene a nuestro encuentro en las nuevas 
situaciones.

Los textos relativos al Paráclito responden a este planteamiento: 
Os tendría que decir muchas cosas, pero ahora no las podríais 
soportar. Cuando venga el Espíritu de la verdad, él os guiará hacia 
la verdad plena (Jn 16,13). La revelación de Jesús es en sí misma 
definitiva y total: él ha manifestado todo lo que había oído al Padre. 
Pero la adecuada comprensión, la verdad completa de esta 
revelación ha de ser obra del Espíritu en cada nueva coyuntura de 
la Iglesia, y en la situación existencial de cada creyente.

La Iglesia ha de mantenerse fiel a Jesús. Por eso, el Paráclito, el 
Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre os recordará 
todo lo que yo os he dicho (Jn 14,26), y os lo hará comprender. Con 
el mismo sentido: El Espíritu de la verdad, que procede del Padre y 
que yo os enviaré desde el Padre dará testimonio de mí (Jn 
15,26).
El Espíritu no es independiente de Jesús, ni añade nada a la 
experiencia de Jesús; nos actualiza su experiencia (nos la 
"recuerda"), nos ayuda a penetrar su sentido mas profundo y nos 
hace ver cómo nos afecta en cada nueva situación. Sólo desde una 
atención permanente a la acción siempre renovada del Espíritu se 
podrán superar las tensiones entre el tradicionalismo literal y estéril 
y la innovación anarquista. La iglesia vive del "recuerdo", de Jesús, 
pero ha de ser un recuerdo vivificado por el Espíritu, no una 
tradición muerta en la que no hay mas principio que aquello del 
"siempre se ha hecho así". La iglesia no puede pretender vivir ni de 
"verdades congeladas" ni de "éxitos momificados" (K. Rahner). 
El Espíritu solo puede actualizar lo que ya Jesús había ofrecido; 
no caben en rigor "nuevas revelaciones", como pretenden los 
gnosticismos de todos los tiempos, sin excluir los nuestros. Jesús es 
la revelación plena; pero esta revelación ha de incidir 
concretamente en los hombres y mujeres de cada época, ha de 
"hacerse cargo y en-cargarse de la realidad concreta" –según la 
conocida idea de I. Ellacuria– para transformarla según el querer de 
Dios. 
El Espíritu "dador de vida" nos urge, no solamente a no destruir o 
disminuir ninguna vida concreta, sino también a respetar el "sistema 
de vida" (biosistema) que es nuestro planeta. La explotación 
abusiva y desconsiderada de los recursos por parte de 
determinados grupos, es otra forma de violencia a las posibilidades 
de vida de otros seres humanos, actuales o futuros, que tienen los 
mismos derechos a gozar de los bienes de la creación. Es evidente 
que el correcto planteamiento y la solución de los problemas 
ecológicos, será uno de los grandes retos del siglo XXI; los 
cristianos, además de las razones generales que se puedan 
defender, hemos de aportar también nuestra respuesta desde la fe 
en el Dios creador y salvador del mundo. Pecar contra la tierra es 
también pecar contra el espíritu de Dios.10 


5. CONCLUSIÓN
La Iglesia debe vivir del Espíritu, "que es Señor y ofrece la vida". 
De Juan XXIII se dice que compartía con sus familiares que su 
máxima preocupación era permanecer atento a lo que el Espíritu 
pudiera pedir a la Iglesia.

Esta tendría que ser la máxima preocupación, no sólo de las 
jerarquías, sino de todo cristiano desde su lugar concreto.

5.1. El Espíritu en la Iglesia
A veces se da la idea de que el Espíritu actúa sólo o 
principalmente en las jerarquías, garantizando su magisterio e 
inspirando en ellas las iniciativas que haya que tomar. Esta idea es 
simplemente falsa, aunque muy extendida: los creyentes de a pie la 
adoptan con facilidad, ya que fomenta la tendencia natural a la 
pasividad y la pereza; y las jerarquías con frecuencia pueden 
fomentarla de forma más o menos inconsciente, ya que fortalece su 
autoridad y les evita problemas. K. Rahner lo expresaba así en un 
texto escrito a raíz de la convocatoria del Concilio Vaticano II: 
"Uno puede recibir la impresión de que toda acción salvífica en la 
Iglesia es llevada a cabo por Dios exclusivamente a través de la 
jerarquía. Esto sería una concepción totalitaria de la Iglesia, que no 
corresponde a la verdad católica, pero que encuentra eco en 
muchas cabezas. Sería una simple herejía sostener que Dios opera 
en Cristo y en su Iglesia exclusivamente a través de la acción de la 
jerarquía. Dios no ha dimitido en su Iglesia a favor de ella. 
El Espíritu no sopla de tal manera que su acción comience 
siempre por las autoridades eclesiásticas supremas. Existen efectos 
carismáticos del Espíritu, consistentes en nuevos conocimientos y 
nuevas formas de vida cristiana orientadas hacia decisiones 
nuevas, de las cuales depende el avance del Reino de Dios. Son 
efectos del Espíritu que aparecen en la Iglesia donde el Espíritu 
quiere. Puede El también conceder una tarea, grande o pequeña, 
para el Reino de Dios a pobres y a pequeños, a mujeres y a niños, 
a cualquier miembro no jerárquico de la Iglesia. 

Los jerarcas ciertamente deben examinar la obra del Espíritu en 
los carismáticos, mediante el carisma del discernimiento de espíritus 
(y, añadimos nosotros, el del gobierno). Deben regularla y 
orientarla a la utilidad de la Iglesia. Pero la jerarquía nunca debe 
dar a entender, ni velada ni abiertamente, que posee el Espíritu de 
manera autónoma y exclusiva en la Iglesia, y que los miembros no 
jerárquicos son meros ejecutores de órdenes e impulsos que 
provengan de la jerarquía y sólo de ella.
La Iglesia no es un estado totalitario en la esfera religiosa. Ni es 
correcto insinuar que todo funcionaría en la Iglesia de un modo 
óptimo, si todo fuera institucionalizado al máximo, o si la obediencia 
fuese la virtud que sustituyera plenamente a todas las demás, 
incluso a la iniciativa personal, a la búsqueda particular del impulso 
del Espíritu, a la propia responsabilidad y, en una palabra, al 
carisma particular recibido inmediatamente de Dios"11 . 

Evidentemente, no se trata de despreciar el papel propio de la 
jerarquía, que es imprescindible y decisivo por voluntad de Cristo y 
del mismo Espíritu. Se trata de que la jerarquía no anule todas las 
demás funciones de la Iglesia. Se trata de preservar y fomentar, 
como quería Pablo, los diferentes carismas que, con la debida 
coordinación, subordinación y complementariedad, son necesarios 
para el vigor pleno de la vida de la comunidad. Ni los creyentes de a 
pie han de ceder a la tentación de escabullirse de las 
responsabilidades que pueda exigir la fidelidad al Espíritu, ni las 
jerarquías han de consentir la tentación de evitarse problemas 
sofocando todo aquello que no cuadra con sus proyectos o 
prejuicios. 

Como ya hemos dicho, en tiempos de Pablo el problema del 
conflicto de carismas se experimentó agudamente. Pero la solución 
de Pablo no fue la del autoritarismo, sono la de animar a un 
discernimiento sereno desde la humildad y la voluntad de fidelidad 
al mismo Espíritu, que no puede contradecirse. Los posibles 
excesos de supuestos carismáticos o anárquicos no nos autorizan a 
consagrar actitudes autoritarias y exclusivistas que cierran las 
puertas a la acción vivificante y renovadora del Espíritu. 

A veces, se tiene la impresión de que la languidez de la vida 
cristiana de las comunidades puede tener su origen, al menos en 
parte, en el hecho de que no acabamos de ponernos todos, los de 
arriba y los de abajo, en actitud de buscar, ante todo, ser fieles al 
Espíritu, en continuo discernimiento humilde, sacrificado, paciente y 
libre de prejuicios. La convicción, de fe, en que el Espíritu sigue 
ofreciéndonos formas de vigorizar la vida de la Iglesia, debería 
abrirnos a una creatividad activa.


5.2. El Espíritu y la esperanza cristiana
El que cree en el Espíritu no se puede abandonar a una 
pasividad resignada o a la desesperanza, ni siquiera en aquellos 
contextos aparentemente más negativos. Lo diré con una bellas 
palabras del Cardenal Suenens: 
"Soy hombre de esperanza porque creo que Dios es nuevo cada 
mañana. Porque creo que él crea el mundo en este mismo instante. 
No lo creó en un pasado lejano, ni lo ha perdido de vista desde 
entonces. Lo crea ahora: es preciso, pues, que estemos dispuestos 
a esperar lo inesperado de Dios. Los caminos de la Providencia son 

habitualmente sorprendentes. No somos prisionero de algún 
determinismo, ni de los sombríos pronósticos de los sociólogos. 
Dios esta aquí, cerca de nosotros, imprevisible y amante.
Soy hombre de esperanza, y no por razones humanas o por 
optimismo natural, sino simplemente, porque creo que el Espíritu 
Santo actúa en la Iglesia y en el mundo, incluso allí donde es 
ignorado.
Soy hombre de esperanza porque creo que el Espíritu Santo es 
siempre Espíritu creador. Cada mañana da, al que sabe acoger, 
una libertad fresca y una nueva provisión de gozo y de confianza.
Yo creo en las sorpresas del Espíritu Santo. El Concilio fue una, y 
el Papa Juan también. Era algo que no esperábamos. ¿Quién 
osaría decir que la imaginación y el amor de Dios se han agotado? 
Esperar es un deber, no un lujo. Esperar no es soñar. Es el medio 
de transformar los sueños en realidad. Felices los que tienen la 
audacia de soñar están dispuestos a pagar el precio para que sus 
sueños puedan hacerse realidad en la historia de los hombres." 
(Card. Suenens, ¿Hacia un nuevo Pentecostés?, Bilbao, 1968). 

La razón profunda de la esperanza cristiana nos la indica Jon 
Sobrino desde la trágica situación de muerte de El Salvador. Creer 
que el Espíritu está en la Iglesia, dice, "es la forma de afirmar que la 
historia de los hombres es la historia de Dios, y que la historia de 
Dios es la historia de los hombres".12 


5.3. El Espíritu quiere salvar este mundo
Creer en el Espíritu es creer en un Dios que no puede resignarse 
a abandonar este mundo a su desgracia y que no se limita a actuar 
en él en algún momento privilegiado, como la creación o la 
encarnación. Dios no mira el mundo desde lejos, sino que está 
actuando siempre en él salvíficamente a través de la acción de su 
Espíritu en los corazones de los hombres.

Esta fe en la presencia y acción del Espíritu que vivifica nos 
obliga a pensar la salvación, no como algo que se realiza en un más 
allá escatológico, sino como algo ya realizándose ahora, como 
liberación de los hombres en la historia. Creemos en la palabra de 
Jesús, él dice que el Espíritu se nos ofrece ya aquí, en nuestro 
mundo. La "gracia" es realidad salvífica ya en la historia, y no sólo 
una promesa futura.

Si en nuestra historia concreta no existieran indicios reales y 
eficaces de salvación y liberación, deberíamos concluir que, o bien 
no ha venido el Espíritu, o que le resulta imposible salvar el mundo 
–cosas inaceptables desde la óptica de la fe cristiana–; o que 
nosotros nos hemos cerrado a la acción del Espíritu –es decir, 
estamos "pecando contra el Espíritu Santo" y no tenemos 
posibilidad de salvarnos.13 

Josep Vives
Cuadernos CRISTIANISME I JUSTICIA, 
Roger de Llúria, 13, ler. 08010 Barcelona


........................
NOTAS 
1. El Cardenal J. Ratzinger afirmó en el Congreso Eucarístico de 
Bolonia (25 Sept. 1997), hablando de la revisión de la condena de 
Giordano Bruno: hemos de ser conscientes de que la Iglesia como 
institución experimenta la tentación de transformarse en un estado 
que persigue a sus enemigos. Hubo fieles que se escandalizaron de 
tales palabras y los periódicos católicos las suprimieron. Hay quien 
cree que no se puede reconocer que la Iglesia se equivoque: 
ciertamente la Iglesia no se equivocará como tal en asuntos 
esenciales para la salvación; pero los eclesiásticos –y todos los 
fieles– se pueden equivocar en juicios y decisiones concretas. Y 
todos hemos de estar dispuestos a reconocerlo y reparar los 
errores siempre que sea posible. (Cf. El País, 5 nov. 97, pág.11)
2. Algunos han sostenido que los Hechos de los Apóstoles 
propugnaban un verdadero comunismo avant la lettre, negador de 
todo derecho a la propiedad. Pero parece ser que en las 
comunidades primitivas no se negaba propiamente este derecho, 
pero sí que se exigía la efectiva disponibilidad en el uso de todos 
los bienes, en favor de los más necesitados.
3. Sobre este tema vale la pena releer el Decreto sobre el 
apostolado de los laicos del Concilio Vaticano II. Veamos, por 
ejemplo, lo que se dice en el nº3: El Espíritu Santo... ofrece también 
a los fieles dones particulares "distribuyéndolos a cada uno, uno 
por uno, tal como el quiere" (1Cor 12,11)... Por el hecho de haber 
recibido alguno de estos carismas, aunque se trate del más 
humilde, se deriva, para cada uno de los fieles el derecho y el 
deber de practicarlo, en la Iglesia y en el mundo, para el bien de los 
hombres y la construcción de la Iglesia, en la libertad del Espíritu 
Santo "que sopla donde quiere" (Jn 3,8), y en comunión constante 
con sus hermanos en Cristo, particularmente con sus pastores, a 
los que compite juzgar sobre la autenticidad de estos dones y sobre 
su práctica ordenada; no se trata, ciertamente, de que aniquilen el 
Espíritu, sino de que examinen sus frutos y retengan lo que es 
bueno (cf. 1Tes 5, 12-21).
4. Sobre este tema es bueno releer el libro de Y.M. Congar, Si 
sois mis Testigos. Barcelona, Estela, 1960.
5. Mons. J.R. Quinn, arzobispo emérito de San Francisco, lo decía 
así: ¿Quién puede contradecir el hecho de que, en nuestra Iglesia, 
la preocupación por la disciplina prevalece sobre la exigencia del 
discernimiento? ¿No existe en ello una falta de confianza en el 
Espíritu Santo? Cf. Documentos de Iglesia, nº 674 (15.04.97), pág. 
254
6. Veamos textos paralelos. Jn 5,26: Así como el Padre tiene vida 
en sí mismo, así también le ha dado al Hijo el tener vida en sí 
mismo. Jn 6,63, final del discurso del pan de vida: Es el Espíritu 
quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he 
dicho son Espíritu y Vida.
7. Cf. S. Boulgakov, Le paraclète. Paris, 1946, pp.155-156.
8. Veamos también el final: Aquel a quien Dios ha enviado, dice 
palabras de Dios, porque Dios le da su Espíritu sin medida. El 
Padre ama al Hijo y lo pone todo en sus manos. El que cree en el 
Hijo tiene vida eterna...
9. Cf. Jn 14,23: El que me ama, guardará mis palabras; y mi 
Padre lo amará, y nos quedaremos en él. Este quedarse es lo que 
realiza el Espíritu del Padre y del Hijo en nosotros.
10. Sobre este tema, podemos considerar las lúcidas 
aportaciones de L. Boff en su reciente obra Grito de los pobres, 
grito de la tierra.
11. Teología del Concilio, según la versión de Selecciones de 
Teología, vol 1, nº3, (1962) p.135. En este mismo número, p.41, se 
cita un texto análogo de Y. de Montcheuil: "La iniciativa reconocida 
al cristiano no es una mera concesión a su necesidad de 
independencia;... es algo que se le exige. Es necesario que se 
ponga al servicio de Cristo lo mismo con su iniciativa que con su 
dependencia. Si hay falta en no someterse a las órdenes dadas, la 
hay también en no emprender dentro de la Iglesia y para la Iglesia 
aquello de que somos capaces... Es más fácil permanecer en 
obediencia cuando se espera pasivamente sin intentar nada, que 
renunciar, por invitación de la autoridad, a lo que se emprendió... 
La iniciativa de los cristianos es un elemento normal en la vida de la 
Iglesia. Cuando falta, hay en ella una función que no va bien; y la 
acción de la jerarquía, por atenta que sea, no la puede suplir del 
todo".
12. J. Sobrino en: AA.VV. Cruz y resurrección, México, CRT, 
1978, p.153.
13. Cf. A. González. Trinidad y Liberación. San Salvador, UCA 
1994, pp. 92-93.