VIENTO DE LIBERTAD,
FUENTE DE VIDA
(en el año de Espíritu Santo)
Josep Vives
1. Jesús, portador del Espíritu
2. El Espíritu construye la Iglesia de Jesús
(Hechos de los Apóstoles)
3. El Espíritu derramado en nuestros corazones (Pablo)
4. El Espíritu, fuente de vida (escritos joánicos)
5. Conclusión
Notas
* * * * *
Es el Espíritu Santo el que renueva a la Iglesia y le hace de
maestro, el que la dirige con sus dones y la rejuvenece con la
fuerza del Evangelio. (Vaticano II, Lumen Gentium, 4).
La primera urgencia de la Iglesia es vivir siempre en Pentecostés.
(Pablo VI)
1. JESÚS, PORTADOR DEL ESPÍRITU
A lo largo de estas páginas quisiera que mi sencilla aportación
ayudara a que los cristianos del cambio de milenio adquirieran una
conciencia más honda y vital de lo que significa el don del Espíritu.
En otros Cuadernos del próximo 1999 Cristianisme i Justícia
intentará analizar algunas de las tareas que el Espíritu parece
proponer a las iglesias y a toda la humanidad, con ocasión del
cambio de milenio. Pero para comprender estas tareas es preciso
ante todo despojarse de una concepción sensacionalista y
maravillosista del Espíritu.
En efecto, hay gente que, con una extraña mentalidad
apocalíptica, –fomentada por cierta literatura sensacionalista,
incluso eclesiástica–, parece esperar para fin de siglo una
intervención especial de Dios que transforme la Iglesia y la
sociedad.
Pienso que lo que los cristianos tendríamos que esperar de
verdad es lo que el Señor nos prometió: que nos enviaría su
Espíritu para quedarse siempre con nosotros siendo luz y fuerza en
nuestro caminar. Lo que hace falta para transformar la Iglesia y la
sociedad es permanecer atentos a lo que el Espíritu comunica a las
Iglesias dejándonos guiar, sin recelos ni resistencias hacia donde él
nos indique.
Sólo desde la fidelidad al Espíritu de Dios nuestro mundo podrá
ser transformado y verdaderamente "salvado".
1.1. "Ni siquiera hemos oido hablar del Espíritu Santo"
En los Hechos de los Apóstoles puede leerse un episodio curioso:
en sus idas y venidas, Pablo recaló una vez en Éfeso y se encontró
con unos discípulos a los que preguntó si habían recibido el Espíritu
Santo. Ellos le contestaron con toda sinceridad: "Ni siquiera hemos
oido hablar del Espíritu Santo" (Act 19,1-7). Resulta que aquellos
supuestos discípulos sólo habían recibido el bautismo de Juan.
Entonces Pablo los bautizó en el nombre de Jesús, después les
impuso las manos y el Espíritu Santo se apoderó de ellos.
Me pregunto si no les ocurre algo semejante a bastantes
cristianos de hoy. Quizás serían pocos los que dijeran que nunca
han oído hablar del Espíritu Santo, porque muchos cristianos
repiten rutinariamente el Credo: "Creo en el Espíritu Santo". Pero si
urgáramos un poco y preguntáramos qué es el Espíritu, cuál es su
función, qué significa el Espíritu en la vida individual y en la de la
Iglesia, seguramente serían pocos los que podrían responder
pertinentemente.
Sin embargo, la fe en la realidad y en la acción del Espíritu Santo
en la comunidad de los creyentes y en cada cristiano en particular
–y también en toda la historia humana y en todos los hombres de
buena voluntad– es algo absolutamente central y esencial en el
cristianismo. Tan central como la fe en Dios Padre Creador y la fe
en Jesucristo Salvador.
No sé si muchos cristianos lo ven y lo sienten así. Parece que
para la mayoría lo verdaderamente importante es la afirmación de
los dos primeros artículos del Credo: Creer en Dios, Padre, Creador
que gobierna el universo, y creer en su Hijo Jesucristo, enviado por
el Padre para salvar a los hombres. El tercer artículo, sobre el
Espíritu Santo "que es Señor y dador de vida" (como dice el Credo),
parece quedar realmente en otro nivel.
1.2. No vivimos sólo de doctrinas o recuerdos
A veces, se habla de las "religiones del Libro", comprendiendo
bajo esta denominación, principalmente, al judaísmo, el cristianismo
y el islam. El judaísmo y el islam quizás sí quedan suficientemente
caracterizadas como "religiones del Libro": son religiones centradas
básicamente en una revelación conservada en textos escritos. Pero,
en el caso del cristianismo se tendrían que matizar más las cosas: el
cristianismo no se fundamenta exclusivamente en la letra de unos
textos escritos, sino en la acción de un Espíritu que vivifica y
actualiza constantemente la revelación divina.
Olvidarlo sería excluir una parte muy importante del Nuevo
Testamento, especialmente la doctrina paulina que afirma que el
cristiano vive, no sólo según la letra de la Ley, sino por la luz y la
fuerza del Espíritu.
La exclusiva fidelidad a la letra lleva a la fosilización de la fe en
formas anacrónicas y desemboca en fundamentalismos simplistas.
Sólo la atención al Espíritu como fuerza viviente de Dios que
interpreta su revelación y su voluntad en cada situación histórica,
puede ser promesa de vida.
Los cristianos creemos en un Credo que contiene tres artículos
básicos igualmente esenciales: Creemos en Dios Padre... y en
Jesucristo, su Hijo... y en el Espíritu Santo...
El Dios en quien creemos los cristianos no es simplemente el Dios
que creó el cielo y la tierra según un proyecto admirable, y pronto
frustrado por el pecado. Tampoco es simplemente el Dios que, para
rehacer sus planes de amor, envió a su Hijo, Jesucristo, que vivió
unos años entre nosotros para dejarnos una doctrina maravillosa y
un estimulante ejemplo, llegando al extremo de morir por nosotros
en una suprema muestra de amor. No habríamos comprendido
prácticamente nada del Nuevo Testamento si pensáramos que nos
presenta a Jesús sólo como una espléndida pero efímera epifanía
de Dios que vivió entre nosotros unos cuantos años dejando
después nuestro mundo, de manera que las generaciones
posteriores pudiéramos vivir ya sólo de su admirable recuerdo y del
cumplimiento literal de sus preceptos...
No; Jesús vino a ofrecer la salvación inaugurando el Reino de
Dios, que es propuesta de una nueva forma de convivencia, una
nueva manera de concebir y vivir responsablemente las relaciones
de los hombres y mujeres con Dios y entre ellos mismos: una nueva
situación que nace de la conversión, de una transformación
profunda de actitudes capaz de hacer que nos reconozcamos
práxicamente como hijos de Dios, Padre de todos, en la vivencia de
una fraternidad efectiva entre los que nos reconocemos como hijos
de un mismo Padre. Ahora bien, esta conversión y transformación
humana, ha de ser obra del Espíritu, fuerza actuante de Dios, que
Jesús nos prometió que seguiría actuando cuando él se marchara y
que sus seguidores experimentaron viviente, presente, activa.
Para los cristianos, Jesús no es sólo un maestro que nos dejó
una doctrina insuperable (el gran maestro de moralidad que los
románticos, como Renan, admiraban). Tampoco es sólo un hombre
bueno, que nos dejó un recuerdo polémico y comprometido de amor
generoso. Si esto fuera así, Jesús hubiera sido, quizás, como un
"nuevo Moisés", promulgador de una nueva Ley; o un "nuevo
profeta" en la línea de los valientes profetas antiguos.
La experiencia de los primeros seguidores de Jesús, reflejada en
los textos del Nuevo Testamento, muestra que Jesús fue algo
diferente: él era el inaugurador del Reino de Dios como Reino del
Espíritu. La misión principal de Jesús fue realmente la de ofrecer el
Espíritu al mundo. Jesús "salva" haciendo que los que creen en él
experimenten realmente la fuerza del Espíritu para vencer el pecado
y para poder vivir una existencia transformada. Como diría San
Pablo, con el Espíritu podemos ser capaces de realizar aquello que
nos resultaba imposible sólo con la Ley. Si no vivimos del Espíritu
permanecemos en el judaísmo y no tenemos posibilidad de
salvación. Jesús es Salvador porque ofrece el Espíritu al mundo;
Espíritu "que es Señor y dador de vida", es decir, porque inaugura
una presencia permanente y actuante de Dios en el corazón de los
hombres, una fuerza transformadora que los hace, hijos de Dios
que comparten su misma vida.
1.3. Espíritu de renovación
El Mesías Salvador es el portador del Espíritu que habían
anunciado los profetas. Cuando los sinópticos nos cuentan que
durante el bautismo de Jesús los cielos se abrieron y se oyó la voz
del Padre y se vio al Espíritu Santo posarse sobre él en forma de
paloma, lo que nos quieren decir es que el hijo del carpintero de
Nazaret, que aparecía en público por primera vez a orillas del
Jordán, era el Mesías tan esperado, el prometido, el portador del
Espíritu.
La primitiva catequesis cristiana reflejada en el texto de los
sinópticos quería remarcar precisamente ésto: con Jesús comienza
una nueva presencia y acción de Dios en el mundo a través de su
Espíritu. En efecto, Jesús no recibe el Espíritu sólo para él. Jesús es
portador del Espíritu para comunicarlo, para derramarlo sobre el
mundo y así, renovarlo.
El profeta Ezequiel había expresado la renovación que Dios
quería hacer en la humanidad a través del Mesías, como una
transformación interior realizada por el Espíritu de Dios viviente en
el corazón de los hombres:
Os daré un corazón nuevo. Colocaré en vuestras entrañas un
espíritu nuevo. Arrancaré vuestro corazón de piedra y os regalaré
un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros para
que actuéis según mi Ley. (Ez 36,26-27)
El significado de estas palabras se lo muestra Dios de forma
visual al profeta cuando tiene una visión de una campo lleno de
huesos secos: Dios infunde sobre ellos su aliento (= su Espíritu), y
los huesos se incorporan llenos de vida. En los tiempos mesiánicos
vendrá así la salvación de Dios:
Ya no les ocultaré más mi rostro, porque habré derramado mi
Espíritu sobre la casa de Israel; es palabra de Dios. (Ez 39,29).
El Espíritu es presentado como el rostro amoroso del mismo Dios,
que ya no permanece oculto al pueblo a causa de sus infidelidades,
sino que se hace presente entre ellos en el Mesías prometido.
La donación generosa del Espíritu como agua abundante, es la
manera, de dar a entender que Dios quiere ofrecer una vida nueva
a nuestros corazones de piedra, y transformar el mundo reseco y
estéril en tierra viva. El evangelista Juan, en un pasaje que
comentaremos más adelante, hará decir a Jesús que en él se
cumple la antigua promesa: El que tenga sed, que venga a mí y
beba. Si alguno cree en mí, como dice la Escritura, de su interior
brotarán ríos de agua viva. Y añade el evangelista: Al decir esto se
refería al Espíritu que recibirían los que creyeran en él... (Jn
7,38-39)
1.4. Espíritu de liberación
Hablando de la renovación que iba a realizar el Mesías, Isaías
pone en su boca estas palabras:
El Espíritu del Señor descansa sobre mi, porque él me ha ungido.
Me ha enviado a comunicar la buena noticia a los pobres, a
proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos el retorno a la luz,
a liberar a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor. (Is
61,1ss).
Es conocido por todos que el evangelista Lucas coloca este texto
en boca de Jesús en el acto en el cual inaugura Jesús su actividad
pública, en la sinagoga de su pueblo, Nazaret. Con esto quiere
significar el carácter concreto que tendría la transformación del
mundo que Jesús venía a realizar: el mundo está destrozado
porque hemos destruído la fraternidad y la libertad con la
explotación y la opresión de unos a los otros. Jesús ha sido ungido
con el Espíritu del Señor, para que los hombres reconstruyan la
fraternidad, libres de toda explotación y opresión.
2. EL ESPÍRITU CONSTRUYE LA IGLESIA DE JESÚS
(Los Hechos de los Apóstoles)
Los Hechos de los Apóstoles, que quieren ser la historia de la
Iglesia en sus inicios, comienzan con un curioso episodio.
El autor empieza narrando la última reunión de Jesús con los
suyos. Jesús les ordena que no se alejen de Jerusalén, porque allí
recibirán la Promesa del Padre de la que ya os he hablado. Porque,
efectivamente, así como Juan bautizaba con agua, vosotros seréis
bautizados dentro de pocos días, con el Espíritu Santo.
Parece que Jesús pensaba que no era necesario extenderse en
este punto, del que ya habría hablado de él con sus discípulos.
Pero éstos no parecen saber a qué se refiere, sino que,
inmediatamente, preguntan con toda ingenuidad: Señor, es ahora
cuando restaurarás el reino de Israel?
Los apóstoles, después de tantos malos tragos pasados, sólo
esperaban el día en que Jesús por fin se sentara en el trono de
David; y ellos, ya se veían como sus ministros. Pero Jesús los
decepcionó contestádoles: no es asunto vuestro conocer el tiempo
que el Padre tiene determinado. Pero recibiréis desde arriba la
fuerza del Espíritu Santo par ser mis testigos (Act 1,4-8).
2.1. El Reino de Dios –el Mundo Nuevo– hemos de construirlo
con el Espíritu
Jesús había venido a inaugurar el nuevo Reino de Dios. Los
Apóstoles lo esperaban como una restauración de la antigua gloria
de David. Pero Jesús, en el mismo momento de su adiós definitivo
los tenía que desengañar: el nuevo reino de Dios no sería una
restauración de la gloria davídica, sino la presencia activa del
Espíritu que les haría capaces de ser sus testigos en todo el
mundo.
Algunos exégetas se han preguntado cómo es que, mientras en
los sinópticos Jesús habla con frecuencia del Reino de Dios, este
concepto prácticamente desaparece en los Hechos de los Apóstoles
y en los demás autores del Nuevo Testamento, especialmente en
Pablo. La explicación sería que, como dicen claramente las últimas
palabras atribuídas a Jesús, el Reino de Dios es el fruto de la
acción del Espíritu entre los hombres cuando éstos dan testimonio
de Jesús, es decir, cuando confirman con su vida lo que Jesús
había revelado: que Dios es Padre de todos y nos pide que todos
nos amemos como hermanos.
De lo expuesto sacamos lecciones importantes:
Hay que abandonar toda nostalgia de un reino material: hay que
dejar de pensar en una iglesia apoyada en los poderes políticos o
estructurada según los esquemas propios de los poderes políticos.
El vigor de la iglesia nacerá del vigor de la conversión y de la
comunión efectiva que el espíritu promueve en ella, no de
privilegios y glorias mundanas o de manipulaciones políticas.1
Hemos de dejar de esperar el reino por arte de magia: tendemos
a esperar que el poder mágico de Dios –o el de las autoridades que
se supone que lo representan– nos venga a resolver los problemas.
El Espíritu no puede ser jamás una solución mágica y anuladora de
nuestras iniciativas, sino que es fuerza interpeladora que nos
impulsa a asumir nuestras responsabilidades en la historia.
2.2 En Pentecostés nace la Iglesia
Los Hechos de los Apóstoles dan especial relieve a la escena de
la efusión del Espíritu del día de Pentecostés. Parece que el autor
quiera presentar una espléndida escenificación en la que, con un
sólo golpe de vista, se haga visible cómo surge la Iglesia.
Estaban todos juntos en el mismo lugar, de pronto, sintieron como
un viento impetuoso que venía del cielo y llenaba toda la casa... Y
se les aparecieron unas lenguas de fuego que se posaban sobre
cada uno de ellos.Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y
empezaron a hablar en diversas lenguas (Act 2, 2ss).
No es necesario que empecemos a preguntarnos sobre lo que
realmente sucedió aquel día. En el fondo de la narración
descubrimos una referencia a alguna experiencia muy especial del
primer grupo de discípulos: el autor de los Hechos intenta
interpretarla y comunicarla lo mejor que puede, con evidentes
intenciones catequéticas.
El Espíritu de Dios viene como un viento, cuando estaban todos
reunidos, y se manifiesta como lenguas de fuego, que se reparten
sobre cada uno. Todo el relato contiene una profunda carga
simbólica. El Espíritu se da a cada uno de los miembros de la
comunidad para construir, con ellos, como enseguida explicará
Pedro, un nuevo Pueblo de Dios. El viento y el fuego simbolizan la
nueva fuerza de Dios que estará presente en adelante. El hecho de
que hubiera entonces en Jerusalén gente de todas las naciones
que habitan bajo el cielo, pretende remarcar, como también
subrayará Pedro, la universalidad del nuevo don que Dios ofrece
para el bien de todos los pueblos. El hecho de que cada uno los oía
hablar en su propia lengua subraya la misión del Espíritu de
construir la comunión en la diversidad. Aquí puede haber incluso
una alusión al antiguo relato de la confusión de lenguas en Babel.
El pecado de orgullo egoísta había hecho imposible la convivencia,
llevando la división entre los hombres. El Espíritu derramado de
nuevo, hará posible recuperar la comunión de todos los que antes
estaban divididos. El Espíritu hace comunidad desde la diversidad.
El nuevo Pueblo o Reino de Dios ha de resultar de una
conversión interior, de una transformación existencial cuyo signo es
el bautismo. El bautismo sella la reconciliación con Dios que vino a
ofrecernos a Jesucristo, y es manifestación de la fuerza del Espíritu,
como lo explica Pedro en su primer sermón de Pentecostés:
Convertíos, y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el
nombre de Jesús, el Cristo, para obtener el perdón de los pecados,
y así recibiréis el Espíritu Santo. Porque la Promesa es para
vosotros y para vuestros hijos, y también para los que vienen de
lejos, para todos los que llamará el Señor nuestro Dios (Act 2,
38-39).
El misterio de las lenguas es el misterio de la universalidad
verdaderamente católica; una universalidad que no nace de la
imposición de una uniformidad, de un direccionismo impositivo o de
un centralismo absorbente y anulador de diferencias, lo cual seria
realmente la degeneración y corrupción de la autentica catolicidad.
Pentecostés nos impulsa a superar en la iglesia todo lo que hay
de "poco católico": todo lo que sea imposición de unos
particularismos en contra de las diferencias legitimas. Pensemos,
por ejemplo, en la imposición centralista de pastores siguiendo unos
criterios parciales y dando poca o ninguna importancia a las
idiosincrasias o a los deseos legítimos de las comunidades.
2.3. El Espíritu impulsa a la solidaridad
Según los Hechos de los Apóstoles, con la efusión del Espíritu el
día de Pentecostés, empieza la formación y el crecimiento de la
comunidad cristiana. Cuando Pedro explicó lo que había sucedido,
la gente acogió sus palabras y se bautizaron, y aquel día se unieron
a los hermanos unas tres mil personas.Con la fuerza del Espíritu la
vida de la comunidad se revela vigorosa: Todos los creyentes vivían
unidos y lo ponían todo en común: vendían sus bienes y
propiedades para distribuir su importe según las necesidades de
cada uno (Act 2, 41ss). El Espíritu construye la comunidad: no
solamente una comunidad espiritual y de lazos internos. En la
nueva comunidad del Reino, la fraternidad de todos los que se
reconocen como hijos de un mismo Dios y Padre, se manifiesta con
solidaridad efectiva en el uso de todos los bienes, tanto espirituales
como materiales.2
La práctica de la solidaridad en el uso de todas las cosas y la
disponibilidad efectiva en el compartir, serán siempre signos claros
del estar viviendo del impulso del Espíritu.
La falta de sensibilidad hacia las necesidades de los hermanos y
la incapacidad de compartir los bienes recibidos, serán siempre
signos de la resistencia pecaminosa a realizar la verdadera
comunidad del reino según el impulso del Espíritu.
2.4. El Espíritu nos ayuda a la universalidad
El principio de la universalidad del don del Espíritu salvador
parece que debería ser evidente desde la experiencia de
Pentecostés. Pedro había proclamado que aquel día se cumplía la
promesa profética: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne (Act 2,
17). Sin embargo, las tendencias particularistas son tan fuertes
entre los hombres que fue necesario un "nuevo Pentecostés" para
que el Espíritu pudiera ser acogido sin reservas. Hombres
adoctrinados en la idea de la elección singular de Israel y educados
en el desprecio y repugnancia hacia los paganos idólatras e
impuros, mostraron mucha resistencia en admitir que también los
paganos podían recibir las promesas, y que, en adelante, tendrían
que convivir con ellos formando una sola comunidad de hijos de
Dios bajo el impulso del mismo Espíritu.
Los que al comienzo se unieron a los primeros discípulos eran
judíos o prosélitos de la diáspora, es decir, conversos al judaísmo
que se habían circuncidado y adoptado las formas de vida judías.
Pero esta primera comunidad seguía manteniendo distancias con
los paganos, especialmente el tabú básico de no entrar en sus
casas ni comer con ellos. Era necesaria una decisiva intervención
del Espíritu a Pedro para poder abrir nuevos caminos.
En este momento algo esencial estaba aconteciendo en el
cristianismo: se decidía si la nueva comunidad cristiana debía
pensarse a sí misma como una simple continuación del judaísmo, a
modo de una nueva secta o grupo particular según los esquemas
religioso–culturales del judaísmo, o bien, al contrario, se tenía que
considerar como algo realmente nuevo que superaba los
parámetros del judaísmo, abriéndose a nuevas formas de vida y a
valores de otras culturas.
El Pentecostés de los paganos
Para resolver estos problemas resultó decisivo el episodio que
tuvo lugar en casa del centurión pagano Cornelio. Antes, mientras
Pedro oraba, tuvo una extraña visión en la que una voz celeste le
ordenaba que no tuviera recelo de comer alimentos impuros.
Después, el Espíritu Santo dijo a Pedro que fuera a casa del
centurión Cornelio, donde se encontraban algunas personas. Al
entrar, Pedro sintió necesidad de autojustificarse:
Sabéis que a un judío no le está permitido tener trato con un
extranjero o entrar en su casa; pero a mí, Dios me ha enseñado a
no considerar nada como impuro. (A petición de Cornelio, Pedro le
instruye sobre Jesús de Nazaret). Y mientras Pedro hablaba, el
Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban. Los
fieles a la circuncisión que habían ido con Pedro se quedaron
sorprendidos al ver que también sobre los paganos se derramaba
el Espíritu Santo, ya que los oían hablar en lenguas proclamando
las maravillas de Dios. Entonces Pedro dijo: ¿Quién puede impedir
que sean bautizados los que han recibido el Espíritu igual que
nosotros? Y todos se bautizaron. (10,22-48).
Realmente se trata de un segundo Pentecostés, con prodigios
semejantes al primero: es el Pentecostés de los paganos. Pero no
fue aceptado con facilidad. Cuando Pedro regresó a Jerusalén, fue
criticado porque había entrado en casa de incircuncisos y había
comido con ellos. Pedro tuvo que explicar que actuó impulsado por
una voz celeste, que ahora ya reconoce como voz del Espíritu: el
Espíritu me dijo que me acercara a ellos sin recelos (11.12).
Pero la polémica continua
Con estas palabras, los judaizantes se tranquilizaron. Pero la
polémica no había terminado. El capítulo 15 de los Hechos de los
Apóstoles nos informa de uno de los episodios –entre los muchos
que seguramente surgieron– provocados por esta cuestión
polémica. Pablo y Bernabé habían establecido una cristiandad
floreciente en Antioquía. Pero se acercaron algunos de Jerusalén
que enseñaban a los hermanos: si no os circuncidáis... no podréis
ser salvados (15,1). Y tuvo lugar una discusión importante, y Pablo
y Bernabé tuvieron que ir a Jerusalén a tratar el asunto con los
apóstoles. Tuvo lugar entonces lo que algunos llaman el "Concilio
de Jerusalén", en el que se expusieron las posturas enfrentadas. El
argumento definitivo fue el de Pedro, que hizo alusión a su
experiencia en casa de Cornelio:
Dios me escogió para que, por mi boca, los gentiles escucharan
la palabra del Evangelio y creyeran... Y Dios dio testimonio a su
favor, ofreciéndoles el Espíritu Santo igual que a nosotros, de
manera que ya no existe ninguna diferencia entre ellos y nosotros
(15, 7.9).
Santiago, que actuaba como representante de la Iglesia
judaizante de Jerusalén, reconoció el argumento y la autoridad de
Pedro (15, 13-20). Y se llegó a un cierto compromiso, reflejado en
unos actas solemnes dirigidas a los gentiles:
Nos ha parecido bien, al Espíritu Santo y a nosotros, no
imponeros ninguna carga, exceptuando la abstención de comer
carne sacrificada a los ídolos, la sangre de animales estrangulados,
y de la fornicación (15,28).
La universalidad pentecostal superadora del particularismo
judaizante ha de ayudarnos a reconocer hoy en día la urgencia de
una autentica inculturacion del cristianismo en todas las culturas.
Desgraciadamente, por falta de un conocimiento profundo de la
autentica novedad cristiana que ofrece el Espíritu, podemos estar
imponiendo unas formas de cristianismo que sólo tienen sentido en
la cultura del pasado y de occidente. El gran desafío de la iglesia
del siglo XXI será el dejar de ser una institución básicamente
configurada sobre la cultura de su pasado occidental, para poder
ser promesa y mediación de salvación para los hombres y mujeres
de tiempos futuros y de todas las culturas.
La gran tentación será la de que un grupo duro de
"romanizantes", –similar al de los primeros "judaizantes"– exija que
para poder ser cristiano tengan que aceptarse los prejuicios
mentales y vitales que, de hecho, han configurado nuestra forma
occidental de pensar y vivir el cristianismo. Todo ello puede tener
importantes consecuencias respecto a la formulación de los
dogmas, a la liturgia, la ética, el derecho canónico, la organización
eclesiástica, las formas de los ministerios, el lugar de la mujer y los
laicos en la iglesia... y muchas otras cuestiones que empiezan sólo
a vislumbrarse.
Nuestro mundo se caracteriza, desgraciadamente, por la cantidad
y la fuerza de las actitudes excluyentes de diversos grupos
religiosos, económicos, sociales, étnicos, lingüísticos... Estas
actitudes excluyentes son incompatibles con el movimiento
fraternizante del Espíritu. Si hemos señalado que el Espíritu pide el
respeto a la diversidad y a la diferencia, hemos de añadir que,
obviamente, pide también que ninguna diversidad pretenda
convertirse en excluyente de las otras.
3. EL ESPÍRITU DERRAMADO EN NUESTROS CORAZONES
(San Pablo)
En los relatos de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de
comentar, podríamos decir que la atención se centra especialmente
en el aspecto social y público de la acción del Espíritu como
principio congregador y fuerza configuradora del nuevo pueblo, que
ha de ser sacramento del mundo nuevo según el querer de Dios.
En las cartas de Pablo, en cambio, vemos expresada la manera
cómo el Espíritu actúa en el interior de cada uno de los creyentes.
3.1. El Espíritu, fuerza de Dios en la impotencia humana
Pablo, que se había sentido él mismo "convertido" por una gracia
extraordinaria del Espíritu, tiene una particular conciencia de que al
entrar a formar parte del nuevo Pueblo de Dios, ha de darse una
profunda transformación interior, que sólo puede ser obra de la
misma fuerza de Dios en el hombre. Se da un paso de enemigos de
Dios y enemigos de nosotros mismos, a hombres y mujeres
transformados radicalmente, capaces de vivir como hijos de Dios y
hermanos entre sí.
Esto, según el Apóstol, supera todo aquello que somos capaces
de conseguir con nuestra sola voluntad. El mismo Pablo había
vivido esta limitación humana en su propia experiencia personal y
conocía también la historia de las infidelidades del pueblo de Israel.
Sólo con nuestro esfuerzo no podemos recuperar la amistad con
Dios, ni vivir una fraternidad gozosa entre nosotros. La naturaleza
humana ha quedado como estropeada y debilitada a consecuencia
de la historia de pecado que pesa sobre nosotros. Esto es lo que el
Apóstol explica, principalmente, en los dos primeros capítulos de su
carta a los Romanos. El pecado lo domina todo, y la naturaleza
humana permanece reducida a la impotencia. Es necesario que el
mismo Dios venga a transformar la humanidad y a darle una nueva
fuerza. Esto es lo que hará Jesús, ofreciéndonos la fuerza de su
Espíritu. Esta es la auténtica "buena noticia".
3.2. El Espíritu nos hace hijos
San Pablo expresa la reconciliación con Dios que el Espíritu obra
en nosotros, diciendo que el Espíritu nos hace hijos de Dios. Con
ello quiere significar que Dios, del que nos habíamos alienado por
el pecado, se manifiesta como un Padre que nos acoje nuevamente
como hijos al enviarnos el Espíritu de su Hijo Jesús.
Más todavía, según Pablo, el Espíritu nos da la fuerza para poder
vivir en adelante como hijos de Dios, viviendo y realizando una
fraternidad efectiva entre nosotros. Esto es lo que Pablo remarca
siempre, especialmente en las cartas a los Romanos y a los
cristianos de Galacia. Escribe a los de Roma:
Los que se dejan guiar por el Espíritu, éstos son hijos de Dios.
Realmente, no habéis recibido un espíritu de esclavitud que os
haga vivir de nuevo en el temor, sino que habéis recibido un
Espíritu de hijos adoptivos que os permite clamar: ¡Abba!, ¡Padre!.
(Rm 8, 14-17).
En la epístola a los cristianos de Galacia, que no acababan de
comprender en qué consistía la aportación específica del
cristianismo a la salvación, el Apóstol escribe:
La prueba de que somos hijos de Dios es que Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abba!, Padre.
Así ya no somos esclavos sino hijos; y si somos hijos, también
somos herederos por voluntad de Dios. (Ga 4, 4-7)
Como podemos ver, Pablo explica la acción del Espíritu en
nosotros dentro del contexto de la dialéctica entre esclavitud y
libertad. Somos esclavos del pecado, de nosotros mismos y de la
locura del mundo que nos rodea. No hacemos realmente lo que
queremos, sino lo que nos viene impuesto desde fuera por las
estructuras de pecado que nos dominan.
En un mundo injusto y descabellado, bajo el peso de las
influencias contradictorias de los medios de comunicación puestos
al servicio de intereses desconocidos, bombardeados por miles de
mensajes publicitarios, manipulados sin saber bien por quienes, y
conscientes, además, de nuestro propio caos interior y de nuestra
propia debilidad, verdaderamente podemos llegar a encontrarnos
en una angustia y un temor propio de esclavos, de gente
desposeída de sí misma.
El Espíritu nos devuelve la capacidad de ser personas en la
libertad y el gozo de ser hijos. El Espíritu es verdadera
manifestación en nosotros del amor gratuito y perdonador de Dios
Padre, y fuerza interior para poder vivir en adelante como hijos en
la fraternidad.
3.3. El Espíritu nos hace personas libres y responsables
Es un contrasentido insostenible –aunque muy divulgado y
seguramente no del todo inexplicable– pretender que la afirmación
de Dios es incompatible con la afirmación de una auténtica libertad
humana. Naturalmente, todo depende de cuál sea el concepto de
Dios y el concepto de libertad humana que se tengan.
Desgraciadamente, quizás cierta predicación tradicional sólo
sabía presentar la imagen de un Dios-Poder Absoluto, e incluso
irresponsable. Ese Dios-Poder resulta evidentemente incompatible
con la libertad humana; pero se trata de un Dios que no tiene nada
que ver con el Dios de la revelación cristiana. Por otro lado, hay
gente que sólo parece ser capaz de concebir la libertad como
"libertad de arbitrio" o de elección irresponsable (poder hacer lo
que me place). No parece que sea ésta la facultad que hace del
hombre un ser superior a todos los demás seres, más determinados
a obrar según las leyes de la necesidad. Como explica lúcidamente
Agustín, la libertad es la capacidad de descubrir y de tender hacia
el propio bien, buscado por propio impulso interior y no por mera
determinación o imposición externa. Ser libre no consiste en ser
capaz de realizar cualquier cosa, sino en ser capaz de amar todo
aquello que descubro como bueno.
Aquí es donde se descubre la profundidad de la doctrina de San
Pablo sobre el Espíritu. Según Pablo, Dios ha colocado en nuestros
corazones el don del Espíritu (2Co 1,22); y también, el amor de Dios
ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu
Santo que nos ha sido dado (Rm 5,5).
En las enseñanzas de Pablo, el Dios de Jesús no se nos presenta
imponiéndonos una nueva Ley extrínseca. Al contrario, el cristiano
experimenta a Dios como una fuerza interior que actúa desde
dentro de su propio ser –desde el fondo de su corazón–
ayudándole en la praxis de su libertad. El Espíritu es Dios como
realidad nuestra y actuando con nosotros como luz y fuerza de
nuestra libertad. El Espíritu es Dios, no como legislador externo que
exige obediencia, sino fuerza interior que nos ofrece la posibilidad
de superar la propia debilidad y los condicionamientos que pueden
ahogar nuestra libertad. El Espíritu se une a nuestro espíritu
testificando que somos hijos de Dios (Rm8,16). El Espíritu viene en
ayuda de nuestra debilidad...
Por eso, el Dios que se comunica, no con la imposición de una
Ley, sino a través del don gratuito del Espíritu, no es solamente
compatible con la libertad humana, sino que es el único que
garantiza la adecuada praxis de dicha libertad. El Dios-Espíritu nos
personaliza: hace de nosotros personas responsables y nos
impulsa más allá de la pseudo-libertad de poder hacer,
irresponsablemente, cualquier cosa que se nos ocurra. El Espíritu
de Dios es interpelación y estímulo hacia una libertad responsable.
En la iglesia, el Espíritu pide que todos los cristianos sean
personas (Cf: CIC, 96), hombres y mujeres libres, adultos y
responsables; que sean respetados sus derechos, pero que
cumplan también con sus obligaciones, según las diversas
condiciones de cada uno. Esto es válido para todos los miembros
de la iglesia: tanto para las jerarquías, que no han de actuar a su
arbitrio, sin contar con los fieles, o sin respetar sus derechos; como
para los fieles, que tampoco han de limitarse a esperar que todo les
venga determinado por las jerarquías.3
La iglesia es una comunión en un mismo Espíritu que nos hace
clamar a todos: Abba, Padre; una comunidad en la que todos
hemos de cooperar con responsabilidad, desde condiciones
diversas, a la construcción del reino de fraternidad de los hijos de
un mismo padre. En general, cuanto mayor sea la coimplicación de
todos en la vida de la iglesia, mas nos acercaremos al ideal del
reino; y al contrario, las actitudes autoritarias, secretistas o elitistas,
a la larga atentan contra la verdadera comunión; comunión sin la
cual la iglesia degenera en "sal que no sazona".4
3.4. La paradoja de la libertad cristiana: servir por amor
El Espíritu se ofrece para hacernos hijos de un Dios-Padre, no
esclavos de un Dios-Poder dominador. Dios, al enviarnos su
Espíritu al fondo de nuestros corazones, nos muestra que espera
de nosotros una confianza libre y total, no un temor de esclavo.
Dios no es un poder hostil que tengamos que aplacar con esfuerzos
serviles y al que tengamos que mirar con desconfiado recelo. Con
el Espíritu, Dios nos enseña que quiere ser Dios-con-nosotros; un
Dios que se relaciona libre y amorosamente.
Esta relación filial, lejos de llevarnos a una praxis insolidaria de la
libertad entendida de forma individualista, nos ha de conducir a una
solidaridad amorosa y generosa con todos los hombres. No
podemos considerarnos verdaderamente hijos de Dios Padre, si no
tratamos de vivir práxicamente como hermanos, hijos del mismo
Padre. San Pablo extrae las últimas consecuencias de lo que el
Maestro había enseñado en relatos como la parábola del hijo
pródigo, el fariseo y el publicano, o el buen samaritano.
Hemos sido llamados a la libertad: sólo que no debéis utilizar la
libertad como un pretexto para imponer vuestro egoísmo, sino que,
al contrario, ha de llevaros a haceros servidores por amor unos de
otros. En efecto, toda la Ley culmina en el precepto: ama a los
demás como a ti mismo. En cambio, si vivís destrozandoos unos a
otros, acabaréis destruyéndoos.(Ga 5, 13-17)
Vemos una espléndida paradoja: el Espíritu nos hace libres, pero
con una libertad que nos impulsa a hacernos servidores unos de
otros por amor.Ya no podemos pretender vivir de la libertad egoísta
que sólo conduce a la autodestrucción, sino de la libertad de quien,
reconociendo que la propia existencia sólo encuentra su sentido y
valor en la relación con Dios y con los demás, por amor a sí mismo,
a Dios y a los demás, está dispuesto a hacerse servidor de Dios en
los demás.
La carta a los cristianos de Galacia acaba con una exhortación
bien concreta y coherente con estos principios:
"Si vivimos según el Espíritu, hemos de actuar de acuerdo al
Espíritu... Son conocidas por todos las obras que proceden de
nuestro egoísmo: fornicación, impurezas, libertinaje, odios,
discordias, envidias, embriaguez..." En cambio "Los frutos del
Espíritu son amor, paz, gozo, paciencia, ternura, bondad, fidelidad,
no-violencia, sobriedad; contra estas cosas no puede existir
ninguna ley." (Ga 5,19ss)
Los frutos del Espíritu dejan de serlo si son el resultado de la
coacción o de la ley. El principio básico de la praxis cristiana no es
"hacer lo que esta mandado", sino descubrir y seguir el impulso del
Espíritu.
La autentica libertad cristiana debería situarse tan lejos del
legalismo servil y del reglamentarismo intervencionista como de la
anarquía disgregadora o del abandono al capricho de cada uno,
incluso de aquellos que tienen la autoridad. El ideal se sitúa en la
línea de establecer la necesaria cohesión y el máximo de
responsabilidad en el servicio por amor en la fraternidad. Contra lo
que algunos parecen pensar, la buena marcha de la comunidad, no
depende principalmente de que todo este bien reglamentado y
controlado, sino de que todos sus miembros vivan abiertos, siempre
dispuestos a lo que el Espíritu pueda impulsar en ellos.5
La iglesia debería ser sacramento de un mundo transformado, ya
que el Espíritu viene a realizar el designio originario de Dios sobre
el mundo. Los paradigmas de libertad, responsabilidad, fraternidad,
respeto mutuo –en definitiva, los "dones del Espíritu"– deberían ser
paradigmas de humanidad porque responden a los impulsos más
profundos del ser humano, creado a imagen de Dios.
3.5. Un sólo Espíritu en la diversidad de carismas
Esta proclamación de la libertad del Espíritu, ¿no conducirá
inevitablemente a un amasijo de opiniones y actitudes incompatibles
entre ellas? ¿No sería mejor proclamar, como primer y único
principio, la exacta reglamentación y la férrea obediencia de todos a
las jerarquías constituidas? Así lo han pensado muchos –como el
Gran Inquisidor de Dostoyewski– que confían más en la eficacia del
poder por la fuerza, que en la fuerza transformadora de Dios en las
personas.
Sin embargo, Pablo no parece pensar así. Y no es que no
hubiera sufrido intensamente el problema del caos provocado en
las comunidades a causa de los supuestos "espirituales". Pero
delante de este problema, Pablo jamás se echará atrás ni
pretenderá apelar nuevamente a la ley para superar con ella los
desajustes provocados por supuestos seguidores del Espíritu.
Para Pablo, la solución no es un regreso a la ley, sino el riguroso
discernimiento de los carismas del Espíritu, desde el principio de la
complementariedad de los diversos carismas con el fin de construir
todo el cuerpo de Cristo.
El peligro de la anarquía carismática, lo encuentra Pablo,
especialmente en la comunidad de Corinto. Sólo hace falta leer los
capítulos 12-14 de su primera carta a aquella comunidad para ver
cómo pensaba el Apóstol acerca de la manera cómo habría que
superar tal peligro. Delante de la diversidad de carismas
aparentemente contradictorios. Pablo establece el siguiente
principio: Aunque los dones son diversos, el Espíritu es uno (12,4).
No puede existir contradicción entre los dones que provienen del
único Espíritu. Y si existe, entonces hay algo que no es del Espíritu.
El segundo principio es que, dado que el Espíritu es ofrecido para
la construcción de la comunidad, los dones del Espíritu que cada
uno recibe, han de redundar en bien de todos (12,8).
La validez de los carismas se han de juzgar desde la perspectiva
del bien del conjunto de la comunidad. Un supuesto carisma que
traiga división y destrucción a la comunidad, no podrá considerarse
proveniente del Espíritu. Más aún: la valoración de los diversos
carismas se hará según lo que realmente aporten a la buena
marcha de la comunidad. Los corintios parece que apreciaban
mucho el hablar ininteligible y el arrobamiento extático. Pablo los
quiere desengañar:
¡Anhelad los dones verdaderamente importantes! Si yo hablara
las lenguas de los hombres y los ángeles..., si tuviera el don de
profecía..., si tuviera tanta fe como para mover montañas..., pero no
tuviera amor, no sería nada... Lo más importante es el amor (13,
1ss).
La Iglesia debe de reconocer y respetar la diversidad de
carismas, procurando armonizarlos a la luz del criterio de su
contribución a la buena marcha de toda la comunidad. El valor mas
importante y universal será siempre el del amor. El Espíritu sólo
puede impulsarnos a amar más y mejor, pero, eso sí, con obras y
en verdad.
El amor que viene del Espíritu no tiene fronteras, porque no es
otra cosa que el amor infinito de Dios hacia todo el mundo. El
Espíritu, que es Dios mismo actuante desde las entrañas de nuestro
corazón, sólo puede impulsarnos a amar como ama Dios, es decir,
incondicionalmente, gratuitamente.
El Espíritu nos abre a los espacios inmensos de la justicia y el
amor sin limites. Por encima de todas las diferencias concretas que
puedan darse entre los hombres y mujeres, ha de permanecer el
sentido de la unidad radical; unidad que los cristianos expresamos
diciendo que Dios es el único Padre de todos y que, por tanto,
deberíamos vivir con el sentido de una irrenunciable pertenencia a
la misma y única humanidad.
4. EL ESPÍRITU, FUENTE DE VIDA
(Los escritos joánicos)
El evangelio de Juan es un texto escrito a finales de la época de
composición del Nuevo Testamento. En él encontramos una
contemplación sobre el sentido profundo de la experiencia de
Jesús. No resulta extraño, pues, que en este escrito encontremos
también profundas intuiciones sobre lo que el don del Espíritu
significa.
Todos recordamos enseguida los importantes textos sobre el
Paráclito que se encuentran en el llamado discurso de la última
cena. Pero, para comprender estos textos, es necesario situarlos en
el contexto de muchas otras cosas que Juan nos dice, a veces
veladamente, sobre el Espíritu.
4.1. El Espíritu y la nueva vida
El teólogo ortodoxo S. Boulgakov, descubre alusiones al Espíritu
desde el mismo inicio del prólogo del cuarto evangelio: "En la
Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres" (Jn 1,4).
Para el teólogo ruso, aquí "la Vida" se refiere al Espíritu vivificante,
que reposa eternamente sobre el Logos o Palabra de Dios, y que
con la encarnación, viene a vivificar a los hombres6 . También en el
mismo prólogo leemos que la Ley fue dada por Moisés, pero "la
gracia y la verdad vino por Jesucristo" (Jn 1,17). Este don y gracia
verdadera que viene por Jesucristo y que supera la Ley de Moisés
es el don del Espíritu.7
El evangelio de Juan nos recuerda, igual que los sinópticos, que
el Precursor anunciaba la novedad de Jesús como la de quien "os
bautizará con el Espíritu Santo". Y Jesús explicará a Nicodemo que
es necesario nacer de arriba, entrar en una nueva vida, para poder
entrar en el Reino de Dios; y ante la perplejidad de su interlocutor,
Jesús explica que se trata de
nacer del agua y del Espíritu, ya que sólo aquello
que nace del Espíritu es espíritu. El Espíritu sopla
donde quiere y lo sientes, pero no ves de dónde viene
ni a dónde va. Así ocurre con todo lo que nace del
Espíritu (Jn 3, 3-8).
El tema de la nueva vida que proviene del agua y del Espíritu –el
bautismo–, reaparece una y otra vez. Se insinúa en la promesa a la
Samaritana del agua viva que apaga la sed definitivamente y que
salta hasta la vida eterna (Jn 4, 14). Y es un elemento principal del
discurso de la fiesta de los Tabernáculos, cuando Jesús dice:
el que tenga sed que venga, y beba quien cree en mí.
De su interior brotarán ríos de agua viva... El
evangelista comenta: Se refería al Espíritu que habían
de recibir los que creyeran en él, ya que todavía no
estaba presente el Espíritu puesto que Jesús no había
sido glorificado (Jn 7, 37-39).8
Y efectivamente, después de ser glorificado, en la primera
aparición a los apóstoles, Jesús les declara explícitamente que les
deja el Espíritu, y se despide diciendo: Tal como el Padre me envió,
así os envío yo a vosotros. Y soplando sobre ellos añadió: Recibid
el Espíritu Santo: a los que perdonéis los pecados les serán
perdonados, pero a los que se los retengáis, les serán retenidos (Jn
20, 21-23). Jesús ha cumplido su misión: los apóstoles la tienen que
continuar, no con sus propias fuerzas, sino con el poder del Espíritu
de Jesús, el único capaz de purificar el mundo de su pecado. Esta
nueva vida que Jesús nos promete por el agua y por el Espíritu se
realiza como vida de comunión con Dios en la comunión con los
hermanos. La nueva vida comporta un nuevo mandamiento
superado de la antigua Ley:
Este es su mandamiento, que creamos en el nombre de
su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros, tal como
él nos ha mandado. Los que guardan sus mandamientos viven
en Dios, y Dios en ellos. Y conocemos que está en nosotros
por el Espíritu que nos ha dado. (Cf. Jn 14,23)9
Queda claro: la nueva vida que Jesús viene a ofrecer, es vivir en
Dios, estar en él y que él esté con nosotros. La condición para ello
es que nos amemos unos a otros. Ahora bien, principio y garantía
de esta nueva vida es el Espíritu que se nos ha ofrecido. El Espíritu
nos impulsa a amarnos, y así entramos en comunión con el mismo
Dios. Y es necesario señalar que esta comunión con Dios mismo es
lo que pide Jesús en la oración suprema del su última cena:
Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y
yo en tí. Que también ellos estén con nosotros, para que
así el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,21).
Este ser uno con el Padre y el Hijo – y, en consecuencia, ser uno
con todos– es lo que el Espíritu realiza en nosotros. La última razón
teológica de esto nos la da Juan expresando en una densa síntesis
cómo sólo por el amor podemos entrar en comunión con el Dios que
es amor:
Amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios;
todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que
no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. (1Jn 4, 7-8)
El único criterio para saber si estamos viviendo esa nueva
existencia es el amor efectivo a los hermanos, la capacidad de
comprometernos con ellos y por ellos como lo hizo Dios mismo en la
encarnación de su Hijo. Solo con este criterio, la iglesia, las
comunidades particulares y los individuos podrán constatar si
realmente viven del impulso del Espíritu del Dios que es amor.
4.2. El Paráclito nos guía a la verdad completa
El evangelio de Juan se escribió en circunstancias peculiares. La
figura del Jesús histórico empezaba a desdibujarse con el paso de
los años, y las comunidades tenían que afrontar nuevas situaciones
y problemas. Los testimonios directos de la vida y las enseñanzas
de Jesús prácticamente habían desaparecido y surgían quiénes
pretendían imponer esto o aquello en nombre de Jesús: "si Él
viviera, ésto es lo que haría...".
Es decir, en los ambientes joánicos empezaba a presentarse una
problema que sigue siendo muy actual: el de la adaptación a
nuevas situaciones, manteniendo la necesaria fidelidad a un origen
único e irrenunciable. El evangelio de Juan surge como el evangelio
de la continuidad entre la experiencia del Jesús histórico y la
novedad del Espíritu que viene a nuestro encuentro en las nuevas
situaciones.
Los textos relativos al Paráclito responden a este planteamiento:
Os tendría que decir muchas cosas, pero ahora no las podríais
soportar. Cuando venga el Espíritu de la verdad, él os guiará hacia
la verdad plena (Jn 16,13). La revelación de Jesús es en sí misma
definitiva y total: él ha manifestado todo lo que había oído al Padre.
Pero la adecuada comprensión, la verdad completa de esta
revelación ha de ser obra del Espíritu en cada nueva coyuntura de
la Iglesia, y en la situación existencial de cada creyente.
La Iglesia ha de mantenerse fiel a Jesús. Por eso, el Paráclito, el
Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre os recordará
todo lo que yo os he dicho (Jn 14,26), y os lo hará comprender. Con
el mismo sentido: El Espíritu de la verdad, que procede del Padre y
que yo os enviaré desde el Padre dará testimonio de mí (Jn
15,26).
El Espíritu no es independiente de Jesús, ni añade nada a la
experiencia de Jesús; nos actualiza su experiencia (nos la
"recuerda"), nos ayuda a penetrar su sentido mas profundo y nos
hace ver cómo nos afecta en cada nueva situación. Sólo desde una
atención permanente a la acción siempre renovada del Espíritu se
podrán superar las tensiones entre el tradicionalismo literal y estéril
y la innovación anarquista. La iglesia vive del "recuerdo", de Jesús,
pero ha de ser un recuerdo vivificado por el Espíritu, no una
tradición muerta en la que no hay mas principio que aquello del
"siempre se ha hecho así". La iglesia no puede pretender vivir ni de
"verdades congeladas" ni de "éxitos momificados" (K. Rahner).
El Espíritu solo puede actualizar lo que ya Jesús había ofrecido;
no caben en rigor "nuevas revelaciones", como pretenden los
gnosticismos de todos los tiempos, sin excluir los nuestros. Jesús es
la revelación plena; pero esta revelación ha de incidir
concretamente en los hombres y mujeres de cada época, ha de
"hacerse cargo y en-cargarse de la realidad concreta" –según la
conocida idea de I. Ellacuria– para transformarla según el querer de
Dios.
El Espíritu "dador de vida" nos urge, no solamente a no destruir o
disminuir ninguna vida concreta, sino también a respetar el "sistema
de vida" (biosistema) que es nuestro planeta. La explotación
abusiva y desconsiderada de los recursos por parte de
determinados grupos, es otra forma de violencia a las posibilidades
de vida de otros seres humanos, actuales o futuros, que tienen los
mismos derechos a gozar de los bienes de la creación. Es evidente
que el correcto planteamiento y la solución de los problemas
ecológicos, será uno de los grandes retos del siglo XXI; los
cristianos, además de las razones generales que se puedan
defender, hemos de aportar también nuestra respuesta desde la fe
en el Dios creador y salvador del mundo. Pecar contra la tierra es
también pecar contra el espíritu de Dios.10
5. CONCLUSIÓN
La Iglesia debe vivir del Espíritu, "que es Señor y ofrece la vida".
De Juan XXIII se dice que compartía con sus familiares que su
máxima preocupación era permanecer atento a lo que el Espíritu
pudiera pedir a la Iglesia.
Esta tendría que ser la máxima preocupación, no sólo de las
jerarquías, sino de todo cristiano desde su lugar concreto.
5.1. El Espíritu en la Iglesia
A veces se da la idea de que el Espíritu actúa sólo o
principalmente en las jerarquías, garantizando su magisterio e
inspirando en ellas las iniciativas que haya que tomar. Esta idea es
simplemente falsa, aunque muy extendida: los creyentes de a pie la
adoptan con facilidad, ya que fomenta la tendencia natural a la
pasividad y la pereza; y las jerarquías con frecuencia pueden
fomentarla de forma más o menos inconsciente, ya que fortalece su
autoridad y les evita problemas. K. Rahner lo expresaba así en un
texto escrito a raíz de la convocatoria del Concilio Vaticano II:
"Uno puede recibir la impresión de que toda acción salvífica en la
Iglesia es llevada a cabo por Dios exclusivamente a través de la
jerarquía. Esto sería una concepción totalitaria de la Iglesia, que no
corresponde a la verdad católica, pero que encuentra eco en
muchas cabezas. Sería una simple herejía sostener que Dios opera
en Cristo y en su Iglesia exclusivamente a través de la acción de la
jerarquía. Dios no ha dimitido en su Iglesia a favor de ella.
El Espíritu no sopla de tal manera que su acción comience
siempre por las autoridades eclesiásticas supremas. Existen efectos
carismáticos del Espíritu, consistentes en nuevos conocimientos y
nuevas formas de vida cristiana orientadas hacia decisiones
nuevas, de las cuales depende el avance del Reino de Dios. Son
efectos del Espíritu que aparecen en la Iglesia donde el Espíritu
quiere. Puede El también conceder una tarea, grande o pequeña,
para el Reino de Dios a pobres y a pequeños, a mujeres y a niños,
a cualquier miembro no jerárquico de la Iglesia.
Los jerarcas ciertamente deben examinar la obra del Espíritu en
los carismáticos, mediante el carisma del discernimiento de espíritus
(y, añadimos nosotros, el del gobierno). Deben regularla y
orientarla a la utilidad de la Iglesia. Pero la jerarquía nunca debe
dar a entender, ni velada ni abiertamente, que posee el Espíritu de
manera autónoma y exclusiva en la Iglesia, y que los miembros no
jerárquicos son meros ejecutores de órdenes e impulsos que
provengan de la jerarquía y sólo de ella.
La Iglesia no es un estado totalitario en la esfera religiosa. Ni es
correcto insinuar que todo funcionaría en la Iglesia de un modo
óptimo, si todo fuera institucionalizado al máximo, o si la obediencia
fuese la virtud que sustituyera plenamente a todas las demás,
incluso a la iniciativa personal, a la búsqueda particular del impulso
del Espíritu, a la propia responsabilidad y, en una palabra, al
carisma particular recibido inmediatamente de Dios"11 .
Evidentemente, no se trata de despreciar el papel propio de la
jerarquía, que es imprescindible y decisivo por voluntad de Cristo y
del mismo Espíritu. Se trata de que la jerarquía no anule todas las
demás funciones de la Iglesia. Se trata de preservar y fomentar,
como quería Pablo, los diferentes carismas que, con la debida
coordinación, subordinación y complementariedad, son necesarios
para el vigor pleno de la vida de la comunidad. Ni los creyentes de a
pie han de ceder a la tentación de escabullirse de las
responsabilidades que pueda exigir la fidelidad al Espíritu, ni las
jerarquías han de consentir la tentación de evitarse problemas
sofocando todo aquello que no cuadra con sus proyectos o
prejuicios.
Como ya hemos dicho, en tiempos de Pablo el problema del
conflicto de carismas se experimentó agudamente. Pero la solución
de Pablo no fue la del autoritarismo, sono la de animar a un
discernimiento sereno desde la humildad y la voluntad de fidelidad
al mismo Espíritu, que no puede contradecirse. Los posibles
excesos de supuestos carismáticos o anárquicos no nos autorizan a
consagrar actitudes autoritarias y exclusivistas que cierran las
puertas a la acción vivificante y renovadora del Espíritu.
A veces, se tiene la impresión de que la languidez de la vida
cristiana de las comunidades puede tener su origen, al menos en
parte, en el hecho de que no acabamos de ponernos todos, los de
arriba y los de abajo, en actitud de buscar, ante todo, ser fieles al
Espíritu, en continuo discernimiento humilde, sacrificado, paciente y
libre de prejuicios. La convicción, de fe, en que el Espíritu sigue
ofreciéndonos formas de vigorizar la vida de la Iglesia, debería
abrirnos a una creatividad activa.
5.2. El Espíritu y la esperanza cristiana
El que cree en el Espíritu no se puede abandonar a una
pasividad resignada o a la desesperanza, ni siquiera en aquellos
contextos aparentemente más negativos. Lo diré con una bellas
palabras del Cardenal Suenens:
"Soy hombre de esperanza porque creo que Dios es nuevo cada
mañana. Porque creo que él crea el mundo en este mismo instante.
No lo creó en un pasado lejano, ni lo ha perdido de vista desde
entonces. Lo crea ahora: es preciso, pues, que estemos dispuestos
a esperar lo inesperado de Dios. Los caminos de la Providencia son
habitualmente sorprendentes. No somos prisionero de algún
determinismo, ni de los sombríos pronósticos de los sociólogos.
Dios esta aquí, cerca de nosotros, imprevisible y amante.
Soy hombre de esperanza, y no por razones humanas o por
optimismo natural, sino simplemente, porque creo que el Espíritu
Santo actúa en la Iglesia y en el mundo, incluso allí donde es
ignorado.
Soy hombre de esperanza porque creo que el Espíritu Santo es
siempre Espíritu creador. Cada mañana da, al que sabe acoger,
una libertad fresca y una nueva provisión de gozo y de confianza.
Yo creo en las sorpresas del Espíritu Santo. El Concilio fue una, y
el Papa Juan también. Era algo que no esperábamos. ¿Quién
osaría decir que la imaginación y el amor de Dios se han agotado?
Esperar es un deber, no un lujo. Esperar no es soñar. Es el medio
de transformar los sueños en realidad. Felices los que tienen la
audacia de soñar están dispuestos a pagar el precio para que sus
sueños puedan hacerse realidad en la historia de los hombres."
(Card. Suenens, ¿Hacia un nuevo Pentecostés?, Bilbao, 1968).
La razón profunda de la esperanza cristiana nos la indica Jon
Sobrino desde la trágica situación de muerte de El Salvador. Creer
que el Espíritu está en la Iglesia, dice, "es la forma de afirmar que la
historia de los hombres es la historia de Dios, y que la historia de
Dios es la historia de los hombres".12
5.3. El Espíritu quiere salvar este mundo
Creer en el Espíritu es creer en un Dios que no puede resignarse
a abandonar este mundo a su desgracia y que no se limita a actuar
en él en algún momento privilegiado, como la creación o la
encarnación. Dios no mira el mundo desde lejos, sino que está
actuando siempre en él salvíficamente a través de la acción de su
Espíritu en los corazones de los hombres.
Esta fe en la presencia y acción del Espíritu que vivifica nos
obliga a pensar la salvación, no como algo que se realiza en un más
allá escatológico, sino como algo ya realizándose ahora, como
liberación de los hombres en la historia. Creemos en la palabra de
Jesús, él dice que el Espíritu se nos ofrece ya aquí, en nuestro
mundo. La "gracia" es realidad salvífica ya en la historia, y no sólo
una promesa futura.
Si en nuestra historia concreta no existieran indicios reales y
eficaces de salvación y liberación, deberíamos concluir que, o bien
no ha venido el Espíritu, o que le resulta imposible salvar el mundo
–cosas inaceptables desde la óptica de la fe cristiana–; o que
nosotros nos hemos cerrado a la acción del Espíritu –es decir,
estamos "pecando contra el Espíritu Santo" y no tenemos
posibilidad de salvarnos.13
Josep
Vives
Cuadernos CRISTIANISME I JUSTICIA,
Roger de Llúria, 13, ler. 08010 Barcelona
........................
NOTAS
1. El Cardenal J. Ratzinger afirmó en el Congreso Eucarístico de
Bolonia (25 Sept. 1997), hablando de la revisión de la condena de
Giordano Bruno: hemos de ser conscientes de que la Iglesia como
institución experimenta la tentación de transformarse en un estado
que persigue a sus enemigos. Hubo fieles que se escandalizaron de
tales palabras y los periódicos católicos las suprimieron. Hay quien
cree que no se puede reconocer que la Iglesia se equivoque:
ciertamente la Iglesia no se equivocará como tal en asuntos
esenciales para la salvación; pero los eclesiásticos –y todos los
fieles– se pueden equivocar en juicios y decisiones concretas. Y
todos hemos de estar dispuestos a reconocerlo y reparar los
errores siempre que sea posible. (Cf. El País, 5 nov. 97, pág.11)
2. Algunos han sostenido que los Hechos de los Apóstoles
propugnaban un verdadero comunismo avant la lettre, negador de
todo derecho a la propiedad. Pero parece ser que en las
comunidades primitivas no se negaba propiamente este derecho,
pero sí que se exigía la efectiva disponibilidad en el uso de todos
los bienes, en favor de los más necesitados.
3. Sobre este tema vale la pena releer el Decreto sobre el
apostolado de los laicos del Concilio Vaticano II. Veamos, por
ejemplo, lo que se dice en el nº3: El Espíritu Santo... ofrece también
a los fieles dones particulares "distribuyéndolos a cada uno, uno
por uno, tal como el quiere" (1Cor 12,11)... Por el hecho de haber
recibido alguno de estos carismas, aunque se trate del más
humilde, se deriva, para cada uno de los fieles el derecho y el
deber de practicarlo, en la Iglesia y en el mundo, para el bien de los
hombres y la construcción de la Iglesia, en la libertad del Espíritu
Santo "que sopla donde quiere" (Jn 3,8), y en comunión constante
con sus hermanos en Cristo, particularmente con sus pastores, a
los que compite juzgar sobre la autenticidad de estos dones y sobre
su práctica ordenada; no se trata, ciertamente, de que aniquilen el
Espíritu, sino de que examinen sus frutos y retengan lo que es
bueno (cf. 1Tes 5, 12-21).
4. Sobre este tema es bueno releer el libro de Y.M. Congar, Si
sois mis Testigos. Barcelona, Estela, 1960.
5. Mons. J.R. Quinn, arzobispo emérito de San Francisco, lo decía
así: ¿Quién puede contradecir el hecho de que, en nuestra Iglesia,
la preocupación por la disciplina prevalece sobre la exigencia del
discernimiento? ¿No existe en ello una falta de confianza en el
Espíritu Santo? Cf. Documentos de Iglesia, nº 674 (15.04.97), pág.
254
6. Veamos textos paralelos. Jn 5,26: Así como el Padre tiene vida
en sí mismo, así también le ha dado al Hijo el tener vida en sí
mismo. Jn 6,63, final del discurso del pan de vida: Es el Espíritu
quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he
dicho son Espíritu y Vida.
7. Cf. S. Boulgakov, Le paraclète. Paris, 1946, pp.155-156.
8. Veamos también el final: Aquel a quien Dios ha enviado, dice
palabras de Dios, porque Dios le da su Espíritu sin medida. El
Padre ama al Hijo y lo pone todo en sus manos. El que cree en el
Hijo tiene vida eterna...
9. Cf. Jn 14,23: El que me ama, guardará mis palabras; y mi
Padre lo amará, y nos quedaremos en él. Este quedarse es lo que
realiza el Espíritu del Padre y del Hijo en nosotros.
10. Sobre este tema, podemos considerar las lúcidas
aportaciones de L. Boff en su reciente obra Grito de los pobres,
grito de la tierra.
11. Teología del Concilio, según la versión de Selecciones de
Teología, vol 1, nº3, (1962) p.135. En este mismo número, p.41, se
cita un texto análogo de Y. de Montcheuil: "La iniciativa reconocida
al cristiano no es una mera concesión a su necesidad de
independencia;... es algo que se le exige. Es necesario que se
ponga al servicio de Cristo lo mismo con su iniciativa que con su
dependencia. Si hay falta en no someterse a las órdenes dadas, la
hay también en no emprender dentro de la Iglesia y para la Iglesia
aquello de que somos capaces... Es más fácil permanecer en
obediencia cuando se espera pasivamente sin intentar nada, que
renunciar, por invitación de la autoridad, a lo que se emprendió...
La iniciativa de los cristianos es un elemento normal en la vida de la
Iglesia. Cuando falta, hay en ella una función que no va bien; y la
acción de la jerarquía, por atenta que sea, no la puede suplir del
todo".
12. J. Sobrino en: AA.VV. Cruz y resurrección, México, CRT,
1978, p.153.
13. Cf. A. González. Trinidad y Liberación. San Salvador, UCA
1994, pp. 92-93.