SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
1 Cor 12,3b-7.12-13: Quien ama tiene el Espíritu Santo
Cuando se leyó el evangelio, oímos estas palabras del Señor: Si me amáis, guardad mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y os dará otro consolador para que esté con vosotros eternamente: el Espíritu de Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conoceréis porque morará con vosotros y estará dentro de vosotros (Jn 14,15-17). Muchas son las cosas que es preciso indagar en estas breves palabras del Señor; pero es mucho para nosotros buscar todo lo que hay que buscar en ellas o hallar todo lo que en ellas buscamos.
No obstante, prestando atención a lo que yo debo decir y vosotros debéis oír, según lo que el Señor se digna concedernos y de acuerdo con mi capacidad y la vuestra, recibid, amadísimos, lo que yo os puedo decir, y pedidle a él lo que no puedo daros. Cristo prometió el Espíritu Santo a los apóstoles, pero debemos advertir de qué modo se lo prometió. Dice: Si me amáis, guardad mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y os dará otro consolador, que es el Espíritu de verdad, para que permanezca con vosotros eternamente. Éste es, sin duda, el Espíritu Santo de la Trinidad, al que la fe católica confiesa coeterno y consustancial al Padre y al Hijo, y el mismo de quien dice el Apóstol: El amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5).
¿Por qué, pues, dice el Señor: Si me amáis, guardad mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y os dará otro consolador, si afirma que, si no tenemos el Espíritu Santo, no podemos amar a Dios ni guardar sus mandamientos? ¿Cómo hemos de amar para recibirlo, si no podemos amar sin tenerlo? ¿O cómo guardaremos los mandamientos para recibirlo, si no es posible observarlos sin tenerle con nosotros? ¿Acaso debe preceder en nosotros el amor que tenemos a Cristo, para que, amándolo y observando sus preceptos, merezcamos recibir al Espíritu Santo, a fin de que no ya la caridad de Cristo, que ha precedido, sino la caridad del Padre se derrame en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado? Esta afirmación es perversa. Quien cree amar al Hijo y no ama al Padre, no ama verdaderamente al Hijo, sino lo que él se ha imaginado. Porque nadie -dice el Apóstol- dice Señor Jesús sino es en el Espíritu Santo (1 Cor 12,3). ¿Y quién dice «Jesús es el Señor» del modo que lo dio a entender el Apóstol sino aquel que le ama? Muchos lo pronuncian con la lengua y lo arrojan del corazón y de sus obras, según lo que afirma de ellos el Apóstol: Confiesan conocer a Dios, pero lo niegan con sus hechos (Tit 1,16). Por tanto, si con los hechos se puede negar, también con ellos se puede afirmar. Nadie, pues, puede decir Señor Jesús de forma provechosa con la mente, con la palabra, con la obra, con el corazón, con la boca, con los hechos, sino es en el Espíritu Santo; y de este modo sólo lo puede decir el que ama.
De este modo decían ya los apóstoles: Señor Jesús. Y si lo decían sin fingimiento, confesándolo con su voz, con su corazón y con sus hechos, es decir, si lo decían con verdad, era porque amaban ciertamente. Y ¿cómo podían amar, sino por el Espiritu Santo? Con todo, a ellos se les mandaba amarle y guardar sus mandamientos para recibir al Espíritu Santo, sin cuya presencia en sus almas no podrían amar ni guardar sus mandamientos.
No queda más que decir que quien ama tiene consigo al Espíritu Santo y que teniéndole, merece tenerle más abundantemente, y que teniéndole con mayor abundancia es más intenso su amor. Los discípulos tenían ya consigo el Espíritu Santo prometido por el Señor, sin el cual no podían llamarle «Señor»; pero no lo tenían aún con la plenitud que el Señor prometía. Lo tenían y no lo tenían, porque aún no lo tenían con la plenitud con que debían tenerlo. Lo tenían en pequeña cantidad, y había de serles dado con mayor abundancia. Lo tenían ocultamente, y debían recibirlo manifiestamente, porque es un don mayor del Espíritu Santo hacer que ellos se diesen cuenta de que lo tenían.
De este don dice el Apóstol: Nosotros no hemos recibido el Espíritu de este mundo, sino el Espíritu que procede de Dios, para conocer los dones que Dios nos ha dado (1 Cor 2,12). Y el Señor les infundió el Espíritu manifiestamente no una, sino dos veces. Poco después de haber resucitado, dijo soplando sobre ellos: Recibid el Espíritu Santo (Jn 20,22). ¿Acaso por habérselo dado entonces no les envió después también al que les había prometido? ¿O no es el mismo Espíritu Santo el que entonces les insufló y el que después les envió desde el cielo?
De aquí nace otra cuestión: ¿Por qué esa donación manifiesta fue doble? Quizá en atención a los dos preceptos del amor: el amor de Dios y el amor del prójimo. Y para que entendamos que el amor pertenece al Espíritu hizo esa doble manifestación de su don. Y, si hay que buscar otra causa, no por eso hemos de alargar este sermón más de lo conveniente, con tal que tengamos bien presente que, sin el Espíritu Santo, nosotros no podemos amar a Cristo ni guardar sus mandamientos, y que tanto menos podremos hacerlo cuanto menor participación tengamos de él, y que lo haremos con tanta mayor plenitud cuanto más participemos de él. No sin motivo, por consiguiente, se promete, no sólo al que no lo tiene, sino también al que ya lo tiene: al que no lo tiene, para que lo tenga, y al que ya lo tiene, para lo tenga con mayor abundancia. Porque si no pudiera uno tenerle más abundantemente que otro, no hubiera dicho Eliseo al santo profeta Elías: Duplíquese en mí el Espíritu que mora en ti (2 Re 2,9).
Comentarios sobre el evangelio de San Juan 74,1-2