PARA LA  ORACIÓN LITÚRGICA

 

DOMINGO V DE PASCUA

 

La celebración dominical se inicia, en la antífona de entrada de la misa, con la exhortación a cantar un cántico nuevo. Un magníficat por la realización de las maravillas de Dios, que culminan en la Resurrección de Jesucristo.

La meditación se hará con la conciencia de que somos hijos de Dios. ¡Que Él nos mire con amor de Padre! ¡Que, por la fe en Cristo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna!

El salmo responsorial remarcará que el Señor, clemente y misericordioso, es cariñoso con todas sus criaturas. Por tanto, en la alegría pascual, cada orante debe sentir vivo el amor de Dios. Y agradecerá el hecho de su filiación en Cristo Jesús por el don del Bautismo.

La Iglesia en crecimiento

La Iglesia conoció su pleno dinamismo en la Resurrección del Señor. Las mismas apariciones pascuales tienen una relación intrínseca y determinante en este aspecto. La Pascua, por tanto, es punto de arranque. Y determina la misión apostólica. Precisamente el último mandato del Señor, inmediatamente antes de la Ascensión, se refiere a la evangelización de todos los pueblos.

¡Programa ambicioso! ¡Coherente con el designio de Dios, Padre de todos los hombres!

Nuestro espíritu, en la celebración de la solemnidad pascual, es conducido a la primitiva Iglesia. Descubrimos que es exactamente nuestra Iglesia, mejor, la misma Iglesia de Cristo. Pablo y Bernabé, llevados por el Espíritu Santo, no regatean esfuerzos para su apostolado. Recorren, con celeridad y con un buen trabajo, poblaciones del Asia Menor. Importante: animan a los miembros de las nacientes comunidades y les exhortan a perseverar «diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios».

Por un lado, la actitud apostólica, para ser acertada, debe confortar, animar, motivar, proponer objetivos. Y, por el otro, ha de ayudar a tener fortaleza de ánimo, a aceptar el esfuerzo por una causa que es plenamente empeñativa, a sostener el sufrimiento por la realidad sustentadora de la vida, que es el mismo Dios.

La labor apostólica es ardiente. Dios coopera con el hacer de los enviados. Y éstos van dando cohesión y estabilidad a la Iglesia: designan presbíteros, oran, ayunan y encomiendan al Señor a sus hermanos en la fe. Al regresar, cual eco de cuando Jesús mandó misioneros, Pablo y Bernabé contarán el gozo de la misión realizada. Constatarán, con el realismo que hace humilde, que todo lo ha hecho Dios y que ellos han sido simples instrumentos. Y remarcarán cómo el Señor ha abierto a los gentiles las puertas de la fe.

La Pascua reafirma la pertenencia a la Iglesia. Hace dar gracias porque es el sacramento universal de la salvación. Esto exige sentir el gozo de la pertenencia al Cuerpo de Cristo. Y hace que sus miembros vivan con fervor y proclamen la buena noticia de la salvación. Todo pide un testimonio de solicitud, de caridad. Y una proyección para predicar a los que se hallan, por la causa que sea, lejos de Cristo.

De la esperanza al amor

El vidente de Patmos describe un cielo nuevo y una tierra nueva, signo de un mundo que no pasa y de un futuro convertido en presente definitivo pleno y absoluto, sin mar proceloso, donde todo es caridad y gozo.

Y una vez más la exhortación conforta a los que saben de lágrimas, muerte, luto, llanto y dolor. Todo esto tendrá término. Todo pasará. El Señor hará nuevas todas las cosas.

Esta esperanza no es un puro optimismo del vidente. Es profecía y, por tanto, palabra que se cumplirá. El fundamento de esta certeza se halla en el hecho de la muerte y la resurrección de Cristo, en la hora de Jesús. El momento, definitivo y trascendental, en el que se cumple el designio del Padre, se realiza la glorificación del Hijo del Hombre y, a su vez, Dios es glorificado en él. La obediencia de Cristo fue para gloria de Dios y salvación de los hombres. El Señor, en su anonadamiento, encontró su glorificación, su entronización como Rey del universo. La misma cruz fue el trono de su gloria. Su muerte y su resurrección, intrínsecamente unidas, tienen valor glorificador y soteriológico.

No es extraño que, cuando llega la «hora», Jesús recuerde el mandamiento nuevo. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros». Ante la cruz del Señor, en la Pascua de la nueva vida, ha de resonar el mandamiento nuevo. Todavía ahora tiene la más grande novedad. Y la mayor urgencia. Esperamos un mundo sin dolor y sin lágrimas. Pero hay que empezar a hacerlo ya. La salvación incoada es exigencia de vivir en un mundo nuevo, regido por la caridad. Amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Y amar al prójimo con el mismo amor de Dios.

Hablamos a menudo, con razón, de la necesidad del testimonio de los cristianos. Se trata de vivir, con Cristo, en una caridad ardiente y eficaz. Esta es la prueba de la autenticidad de nuestra fe. Hay una verdad que se justifica con el buen ejemplo de la caridad. Aquí conviene examinar todo lo que hay que abandonar para rechazar la vida de pecado y vivir, desde ahora, la novedad de la vida eterna.

Una súplica

Orar que uno se sienta verdadero hijo de Dios.

Que no regatee esfuerzos en el apostolado. Que tenga una actitud apostólica empeñativa y ferviente.

Perseverar en la fe sabiendo que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.

Rogar por la Iglesia de Cristo. Sentir el gozo de la pertenencia a la misma.

Comprender la obra tan positiva que Dios realiza a través de la Iglesia.

Petición de una caridad ardiente y eficaz.

JOAN GUITERAS
ORACIÓN DE LA HORAS
MAYO 1992