SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
1 Jn 3,18-24: Sólo es válido el testimonio del corazón interrogado ante Dios
Si recordáis, hermanos, ayer terminamos el sermón con el siguiente texto: Hijitos no amemos sólo de palabra y con la lengua, sino con obra y de verdad, que sin duda debió grabarse y debe permanecer en vuestro corazón, porque fue lo último que oísteis. Sigue así: En esto conocemos que estamos en la verdad y delante de él persuadiremos a nuestro corazón; porque si nos condena nuestro corazón, Dios es mayor que nuestro corazón y conoce todas las cosas (1 Jn 3,18-20). Habiendo dicho el Apóstol: No amemos sólo de palabra con la lengua, sino con obras y de verdad, hemos de averiguar en qué obra y en qué verdad se conoce quién ama a Dios o quién ama a su hermano. Ya antes había dicho el límite al que llega el amor perfecto, indicado también por el Señor en el evangelio: Nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por sus amigos (Jn 15,13). También Juan había dicho la misma cosa: Como él entregó su vida por nosotros, también nosotros debemos entregar la nuestra por los hermanos (1 Jn 3,16). En esto consiste el amor perfecto, no puede haber otro mayor.
Mas como el amor no es perfecto en todos, no debe perder la esperanza aquel en quien aún no ha llegado a la perfección, si, destinado a ser perfecto, ha nacido ya en él. Si ya ha nacido ha de ser nutrido y llevado a la perfección con los alimentos adecuados para él. Nos hemos preguntado dónde se manifiesta el comienzo del amor y luego hallamos allí la respuesta: Si uno tiene bienes en este mundo y ve a su hermano necesitado y le cierra el corazón, ¿cómo puede estar en él el amor del Padre? (1 Jn 3,17). Por tanto, hermanos, el amor comienza aquí: dando lo superfluo al necesitado, que se halla en angustias y librando al hermano de los apuros temporales con lo que le sobra en este mundo. Éste es el inicio del amor. Si alimentas con la palabra de Dios y con la esperanza de la vida eterna este amor incoado, llegarás a su perfección, por la que estarás dispuesto a entregar tu vida por tus hermanos.
Mas como tales cosas las hacen incluso quienes buscan otros fines, sin amar a los hermanos, hemos de solicitar el testimonio de nuestra conciencia. ¿Cómo probamos que realizan las mismas acciones quienes no aman a los hermanos? ¡Cuántos herejes y cismáticos se llaman mártires! Creen que entregan su vida por los hermanos. Si entregasen la vida por los hermanos, no se hubiesen separado de la fraternidad universal 1. Y también, ¡cuántos entregan y regalan numerosos bienes sólo por jactancia! No buscan con ello otra cosa que la alabanza humana, la gloria popular, llena de viento y sin ninguna estabilidad. Puesto que existen estas personas, ¿dónde se prueba que hay amor fraterno? Juan quiso que se la demostrase y por eso dijo en tono de amonestación: Hijitos, no amemos sólo de palabra y de lengua sino con obras y de verdad. Preguntamos: ¿de qué obra y de qué verdad se trata? ¿Puede haber obra más clara que dar a los pobres? Muchos lo hacen por jactancia, no por amor. ¿Puede haber mayor obra que morir por los hermanos? También muchos, por el deseo de adquirir fama, no por entrañas de amor, desean que se crea que ellos lo hacen. No queda otra solución: ama al hermano quien allí donde sólo Dios ve, asegura a su corazón y se pregunta en su intimidad si obra en verdad por amor al hermano; y aquel ojo que penetra en el corazón, donde el hombre no puede ver, da testimonio a su favor.
Por eso, el apóstol Pablo que estaba dispuesto a morir por los hermanos, decía: Me entregaré por vuestras almas (2 Cor 12,15); mas puesto que Dios veía esta disposición en su corazón, pero no los hombres a los que se dirigía, les dice: Para mí lo de menos es ser juzgado por vosotros o por juicio humano (1 Cor 4,3). Y él mismo, en otro texto, demuestra que esta misma disposición puede darse en otros hombres por jactancia vana, sin estar cimentada en el amor. Dice en efecto, tratando de encarecer el amor: Si distribuyera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve (1 Cor 13,3). ¿Puede hacer esto alguien sin amor? Lo puede, pues quienes no tienen amor dividieron la unidad. Buscad entre ellos y veréis que muchos entregaron numerosos bienes a los pobres; hallaréis a otros dispuestos a recibir la muerte, hasta el punto de que, al faltar el perseguidor, ellos mismos se precipitan 2. Sin duda alguna, éstos hacen tales cosas sin amor.
Dirijámonos, pues, a la conciencia, de la que dice el Apóstol: Ésta es nuestra gloria, el testimonio de nuestra conciencia (2 Cor 1,12). Dirijámonos a nuestra conciencia de la que dice también: Cada uno examine su obra, y entonces tendrá gloria en sí mismo, no en otro (Gál 6,4). Que cada uno de nosotros examine su obra y vea si brota del manantial del amor y si los ramos de las buenas obras germinan de la raíz del amor. Cada uno examine su obra, y entonces tendrá gloria en sí mismo y no en otro; cuando se la otorga el testimonio de la propia conciencia, no el de la lengua ajena.
Comentarios sobre la 1 Carta de San Juan 6,1-2.
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1. Se está refiriendo a los donatistas.
2. Alusión a los circunceliones donatistas, grupo de fanáticos armados al servicio de su causa.