29 HOMILÍAS PARA EL DOMINGO IV DE PASCUA
17-29

 

17. 

1. El único Pastor de la Iglesia 

El evangelio de este domingo parece responder a una inquietud de los primeros cristianos  y también de nosotros: ahora que Jesús no está visiblemente con nosotros, ¿quién nos  reúne, nos guía y nos defiende? 

Cuando Juan escribe su evangelio e inserta en él esta magnífica alegoría del Buen Pastor  con los elementos redaccionales del profeta Ezequiel, ya la Iglesia desparramada en los  principales centros del imperio romano tenía su organización, al menos elemental: cada  comunidad era regida por un pastor u obispo, entre ellos Pedro, a quien Jesús  encomendara junto al lago de Tiberíades la misión de «apacentar el rebaño». Pero también habían surgido ya ciertas disensiones que pronto darían origen a ciertas  herejías, poniéndose en peligro la unidad de la Iglesia.

El relato de Juan es sumamente oportuno porque la situación de su época se repetirá  muchas veces en la historia y se puede repetir hoy: ¿quién es el auténtico pastor que guía a  la comunidad cristiana? La respuesta es una sola: Cristo es el único pastor de la comunidad  cristiana.

Antes de reflexionar sobre lo que esto significa, observemos un detalle que se nos  manifiesta en la primera lectura, extractada de los Hechos. A pocos días de Pentecostés,  Pedro y Juan curan a un paralítico que todos los días pedía limosna a la entrada del templo.  Grande era la desgracia del pobre hombre, ya que la parálisis le venía desde su nacimiento,  y escasísimas esperanzas tenía de curación.

Como de costumbre, al ver a Pedro y a Juan que subían al templo para hacer oración,  pide una limosna. Pedro le responde: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en  nombre de Jesús Nazareno, ponte a andar.» El hombre se levantó, se puso a caminar y  entró con los dos apóstoles al templo para dar gracias a Dios.

Todo el mundo se asombró del suceso y, entonces, Pedro aprovecha para testimoniar su  fe ante el pueblo. Todavía estaba hablando cuando los guardias los toman presos y los  conducen ante las autoridades judías. Y Lucas nos da el motivo del apresamiento: los jefes  judíos estaban molestos porque Pedro testimoniaba la resurrección de Jesús y la de los  muertos. Los saduceos, que formaban la casta dirigente, no aceptaban semejante doctrina.  Y ante ellos declara Pedro sin ambigüedades que "este hombre está sano delante de  vosotros por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, al que crucificasteis y al que Dios  resucitó de entre los muertos".

Este testimonio de Pedro tiene otro valor importante: él, que había sido constituido por  Jesús como el cuidador de la comunidad. no se engolosina con la curación realizada. Quien  ha curado al enfermo -a esa oveja perdida y abandonada por todos- es el mismo Cristo,  que sigue actuando en medio de su pueblo. El buen pastor -como decía Ezequiel- «ha  curado a la oveja perdida y sanado a la enferma».

En otras palabras: Jesús está presente desde el momento en que un hombre enfermo ha  sido curado en su nombre; es decir, con su fuerza y poder. También es significativo el testimonio de pobreza de Pedro, en un momento como hoy en  que tanto se habla y especula con las riquezas de sus sucesores. La única riqueza de  Pedro es Cristo, y todo lo que hace viene del poder de Cristo...

"Yo soy el buen pastor", nos dice Jesús. La palabra «buen», más que indicar una  cualidad moral, significa aquí: yo soy el auténtico pastor, el único, el verdadero. Con esto, el evangelio no pretende eliminar toda autoridad en la Iglesia, pero dirige  nuestra mirada al fundamento y centro de la comunidad: Jesucristo. Aceptar la resurrección  de Jesús es aceptarlo como quien guía a la comunidad.

A menudo sucede que tenemos diferencias de opiniones con algún sacerdote u obispo, y  estas diferencias influyen demasiado sobre nuestra vida de fe. Por eso el evangelio de hoy  es muy oportuno: también el sacerdote y el obispo, lo mismo que el Papa. están bajo el  cayado del único pastor, y la fe cristiana es afirmación de Jesucristo como único Señor,  oponiéndose por lo tanto a toda forma de culto a la autoridad. De no ser así, transformamos  automáticamente a la Iglesia en un comité o en un simple órgano burocrático, cuando no en  una trastienda donde se juegan oscuros hilos de poder. De todo ello nos da testimonio la  historia.

Pero también es cierto que Jesús no nos habla desde las nubes o desde un trono  celestial, sino que su palabra nos llega a través de sus testigos, y su oficio de pastor lo  ejerce a través de otros hombres a quienes vulgarmente llamamos «pastores» porque  participan del oficio pastoral de Jesucristo. Bien nos dice Pablo que Dios constituyó a unos  como apóstoles, a otros como profetas o maestros, pero todos ellos están al servicio del  bien de la comunidad.

Si Jesús es el buen pastor, significa que hay también falsos pastores. El texto de Juan  nos señala las características del buen pastor, para que la comunidad sepa reconocerlo, y  al reconocerlo, encontrarse con Cristo.

2. Las características del Buen Pastor 

Primera característica: «El buen pastor da la vida por sus ovejas... El Padre me ama  porque doy mi vida... Nadie me la quita sino que la doy por mí mismo... El asalariado, en  cambio, el que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo, las  abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa.» 

En la antigüedad -como sucede hoy en muchos países subdesarrollados- la vida del  pastor era sumamente dura y arriesgada. Su cayado no era un signo tan pacífico como lo  sugiere nuestra imaginación, sino que era el arma del que iba permanentemente unido para  defender a sus ovejas, tanto de las bestias carnívoras como de los ladrones y asaltantes. El  auténtico pastor lleva siempre consigo su cayado, nos dice Jesús, para pelear hasta perder  la vida con tal de salvar a su rebaño.

Por su parte, el profeta Ezequiel describe a los falsos pastores que «no han fortalecido a  las ovejas más débiles ni cuidado de la enferma ni curado a la herida ni buscado a la  descarriada, sino que las han dominado con violencia y dureza. Y ellas se han dispersado y  han caído en manos de los animales salvajes... Mi rebaño anda errante por las colinas y  nadie se ocupa de buscarlo. . . ».

No hace falta mucha fantasía para descubrir en esta descripción los dos tipos de  autoridad que suelen regir los destinos de una comunidad: el despotismo autoritario o el  servicio fraterno.

El pastor, como todo auténtico jefe o líder, «se juega la vida por los suyos»: habla por el  que no puede hablar, defiende al injustamente acusado, denuncia al opresor y cada día  pone a precio su cabeza por salvar la cabeza de los otros.

Duro oficio, entonces... Se exige valentía, entrega incondicional y amor entrañable a la  comunidad.

Y no pensemos que este oficio solamente corresponde a sacerdotes y obispos, si bien  ellos han de ejercerlo con fidelidad especial. Si observamos las cosas con detenimiento,  veremos que cada uno de nosotros siempre tiene a su lado a alguien más débil, indefenso  o necesitado. Pueden ser nuestros hijos o nuestros padres ancianos, un amigo, un vecino o  un grupo de alumnos o compañeros de trabajo. Donde hay un hombre o una mujer que se  compromete a fondo perdido por sus hermanos, allí está el Buen Pastor. Creer, por lo tanto,  en la resurrección de Jesús es aceptar este papel arriesgado de cuidar a los demás. Mas, ¿cómo podrá creer el mundo en la resurrección si pasamos de largo ante el  paralítico que nos tiende su mano, si callamos ante el hermano calumniado, si apoyamos  con el silencio la injusticia del más fuerte? 

La historia nos muestra algo digno de tenerse en cuenta: el pueblo no se fija en el título  de una persona para seguirlo...; se fija en su actitud de entrega y en su desinterés. Ni  siquiera piensa en su religión, porque no hay mayor testimonio divino que el de la entrega  de la propia vida por los demás.

Cuando pensamos en este evangelio, muchas veces creemos que sólo se refiere a  gestos heroicos, propios de «los grandes personajes». Es un error. Si hacemos ahora un  breve examen de conciencia descubriremos dentro de nosotros mismos a ese pastor  opresor que se aprovecha del más débil y que en el momento crítico esconde su cobardía  bajo un cúmulo de excusas.

Pensemos seriamente: ¿No hemos abandonado a más de un amigo, justo en el momento  en que más necesitaba de nosotros? ¿No hemos aprovechado la oportunidad de ver al otro  en inferioridad de condiciones para sacar ventaja de su debilidad, o, como decimos  vulgarmente, para hacer leña del árbol caído? 

Jesús es claro en su afirmación: él está allí donde alguien «da la vida» por el otro. El  «recobró la vida» -o sea, resucitó- porque antes la entregó. Ese fue "el mandato del  Padre".

Nadie hubiera creído en Cristo si hubiera huido cobardemente como huyeron los  apóstoles en la noche de Getsemaní. Por eso Jesús le exigió a Pedro -como condición para  ejercer su oficio pastoral- una triple afirmación de fe que, como le anticipó Jesús, terminaría  en el martirio.

Segunda característica: «Conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí, como el  Padre me conoce y yo conozco al Padre.»  ¿Qué significa esto de que el auténtico pastor conoce a sus ovejas? 

En el Evangelio de Juan, «conocer a alguien» es mucho más que saber que Fulano es mi  vecino y cuál es su nombre y apellido. Juan habla de un conocimiento interpersonal,  surgido del diálogo o encuentro con el otro, de un compartir su dolor y su drama. Es el  conocimiento que implica una comunidad de vida.

Así lo describe el profeta Ezequiel: «Yo mismo cuidaré y velaré por mi rebaño, lo buscaré  por los lugares por donde anda disperso en los días de tormenta, lo apacentaré con buenos  pastos y lo llevaré a descansar... Y haré con él una alianza de paz: Yo estoy con ellos y  ellos son mi pueblo.» 

El auténtico pastor no se queda encerrado en su oficina o en su casa, ni recibe a los  suyos después de largas antesalas. Sale de sí mismo, trata de mirar con ojos distintos, de  descubrir qué anda mal y qué se puede mejorar o cambiar. No espera a ser llamado: acude  allí donde alguien lo necesita. Por eso conoce a los suyos: porque vive y comparte su  situación, su necesidad, su miseria, su enfermedad, su ignorancia o su debilidad.

Tampoco se siente distinto ni busca motivos de distinción o privilegio; se siente parte del  pueblo y miembro activo de la comunidad; acorta las distancias, dialoga con el pueblo con  simplicidad y sin aires de doctor. Bien lo dice el Señor: «Yo estoy con ellos y ellos son mi  pueblo.» 

Por todo esto el rebaño reconoce pronto al auténtico pastor: porque lo ve con él,  actuando, trabajando, pensando, tomando iniciativas o escuchando con comprensión. De todo ello surge un nuevo concepto de comunidad cristiana: se trata de un grupo  integrado, donde se respeta la personalidad de todos y donde todos trabajan por el mismo  objetivo. No es una sociedad anónima ni una multinacional bancaria. Es un grupo que se  conoce en ese diario compartir las mismas inquietudes con absoluto desinterés lucrativo. Si tomáramos este evangelio en serio, descubriríamos que podemos estar a mil millas de  su espíritu. ¡Cuánta distancia entre sacerdotes y laicos, cuánto secreto y misterio en los  asuntos eclesiásticos, cuánto protocolo inútil! 

Deberían bastarnos estas pocas líneas de Juan para afrontar una profunda reforma de  nuestra comunidad, para que sea menos masa, para que desaparezca el frío anonimato,  para que cada uno pueda ocupar un lugar. Lo importante no es que el sacerdote conozca a  todos sus feligreses, cosa que hoy es prácticamente imposible, sino que nos integremos en  grupos comunitarios que verdaderamente estén encarnados en la vida social de nuestro  pueblo. El sacerdote podrá ser el vínculo de unidad y un signo más público de actitud  servicial; pero toda la comunidad ha de sentirse integrada en este oficio pastoral de  Jesucristo.

Tercera característica: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a  ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor.»  El auténtico pastor no se cierra en su ghetto, en su corralito amurallado; no piensa  solamente en los de dentro. Tiene, en cambio, un corazón amplio, abierto, pluralista. No se  siente dueño de sus ovejas sino el servidor de todos aquellos hombres que buscan la  verdad.

Jesús distingue entre redil y rebaño. El rebaño es la comunidad universal de los hombres  que está invitada a vivir el Evangelio; el redil es la pequeña comunidad local integrada por  un limitado número de personas.

El evangelio nos sacude de cierto "nacionalismo" cristiano que considera a Cristo como a  su propiedad privada, como si lo hubiera contratado para uso personal y exclusivo. Jesús, en cambio, no se cierra a los de afuera ni les cierra las puertas. No es un fanático  que busca enemigos para liquidarlos ni el individualista que sólo piensa en su pequeño  grupo.

A menudo los católicos hemos olvidado esta tercera característica del buen pastor y, por  lo tanto, de la comunidad cristiana. Con qué frecuencia cada uno sólo piensa en su  parroquia, en su diócesis, en su congregación religiosa, en su país... ¿Y los demás? Los  demás están afuera, son extranjeros...

Así, frente a los no cristianos, e incluso frente a cristianos de otras localidades, asumimos  una postura rígida, tiesa, como si fuésemos los únicos poseedores de la verdad, más  dispuestos a echar reproches o a condenar que a pensar -al menos un momento- que todos  ellos «oirán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor».

Creer en Cristo resucitado es aceptar este espíritu amplio, que no puede ser encerrado  en las fronteras de una nación, de una cultura o de una raza. El hombre nuevo de la  Pascua está allí donde alguien deja de considerar a su hermano como a un extranjero. Tampoco Jesús habla de la «conquista» de los de fuera, ni menos de imponer su  evangelio por la violencia. Sí habla de los que «oirán su voz»: esa voz que arroja luz en la  vida, que insinúa esperanza, que tiende la mano y que perdona.

Pero -volviendo a un característico pasaje de Pablo- ¿cómo oirán esa voz si no es  anunciada? A veces existe en nuestras comunidades cierto mutismo que llama  poderosamente la atención, como si en este siglo veinte los cristianos no tuviéramos nada  que decirle a la humanidad, como si se hubiera agotado nuestra fuente de vida o nuestro  testimonio evangelizador.

Pero alguien de vosotros podrá decir: ¿Cómo anunciaremos la voz de Cristo si nosotros  mismos la desconocemos o no estamos suficientemente convencidos? 

Entonces, bien está que nos reunamos todas las semanas para escuchar la voz de  Cristo, para interiorizarla en la vida y para ser capaces, como Pedro -el mismo que había  negado al Maestro y permanecido en la incredulidad-, de proclamar públicamente que algo  nuevo anda sucediendo por el mundo...

Seguramente que el evangelio de hoy nos deja sorprendidos y en profundo silencio. No  basta decir: «Cristo ha resucitado.» 

Hoy nos estamos preguntando: ¿Es el Cristo en quien decimos creer el mismo Cristo  Buen Pastor que hoy nos ha hablado? 

SANTOS BENETTI
EL PROYECTO CRISTIANO. Ciclo B.
EDICIONES PAULINAS.MADRID 1978.Págs. 224 ss.


18.

1. «El buen pastor da la vida por las ovejas». 

La parábola del buen pastor, por muy realista que sea Jesús en su descripción, sólo  adquiere toda su fuerza plástica en él, el «Pastor» asignado por Dios a los hombres. Se  mencionan dos distintivos: primero los desvelos del pastor por su rebaño hasta la muerte y  después un mutuo conocimiento entre el pastor y las ovejas, un conocimiento cuya  profundidad se cimenta en el misterio más íntimo de Dios.

De la entrega hasta la muerte se habla al principio y al final del evangelio. Esta entrega  es lo contrario de la huida del «asalariado», que cuando llega el peligro tiene el pretexto de  que la vida de un ser humano vale más que la de cualquier animal irracional. Este  argumento sólo pierde fuerza cuando al pastor le importan tanto sus ovejas que prefiere dar  su vida por ellas antes de abandonarlas. En el ámbito puramente natural esto resulta difícil  de imaginar, pero en el ámbito de la gracia se convierte en la verdad central, porque sólo se  hace comprensible con la ayuda del segundo elemento de la parábola: que el pastor  conozca a sus ovejas y éstas también le conozcan a él instintivamente, es para Jesús sólo  el punto de comparación para un conocimiento totalmente distinto: «Igual que el Padre me  conoce y yo conozco al Padre». Aquí no se trata ya de un instinto, sino del más profundo  conocimiento recíproco, como el que se da en el absoluto amor trinitario. Y cuando Jesús  aplica este supremo conocimiento de amor a la íntima reciprocidad entre él y los suyos,  eleva este conocimiento muy por encima de lo que se sugiere en la parábola.

Y así se aclara también que el primer momento de la parábola: dar la vida por las ovejas,  y el segundo: conocimiento mutuo, no están simplemente yuxtapuestos sino  intrínsecamente unidos: porque el conocimiento entre el Padre y el Hijo forma una unidad  con su perfecta entrega recíproca; y por eso el conocimiento entre Jesús y los suyos forma  también una unidad con la entrega perfecta de Jesús a los suyos y por los suyos, lo que  ciertamente implica (aunque aquí no se formule) la unidad del conocimiento y de la entrega  vital de cristiano a su Señor. Ambos temas aparecen expresamente unidos al final: el Padre  ama al Hijo (también) por su perfecta entrega a los hombres -lo que es al mismo tiempo  libertad del Hijo y «misión» del Padre-, y esta entrega incondicional a los hombres es  también -porque es amor divino- el poder de la victoria sobre la muerte («el poder para  recuperar la vida»).

2. «Ningún otro nombre bajo el cielo». 

Pedro, en la primera lectura, atribuye al Señor todo el honor del milagro realizado por él.  Se le interroga, se le pregunta con qué poder y en nombre de quién ha curado al paralítico.  Respuesta: con el poder y en nombre de la «piedra angular que vosotros desechasteis»,  pues únicamente en Jesús pueden los hombres encontrar la salud, la salud espiritual y en  este caso también la corporal. No es que todos los guardianes de las ovejas sean meros  «asalariados», pues el propio Pedro ha sido designado por el Señor para apacentar su  rebaño. Pero se trata del rebaño de Cristo, no de Pedro, de modo que todo lo que es eficaz  y apropiado es obra del supremo Pastor (1 P 5,4), si bien mediante la acción de sus  colaboradores.

3. «El mundo no nos conoce». 

La segunda lectura dice, leída en este contexto, que el mundo no puede conocer la íntima  relación que existe entre Jesús y los suyos: por ejemplo la relación de un papa o de un  obispo con Cristo, su Señor. Como el mundo no conoce a Cristo, tampoco puede ver a la  Iglesia en su unidad con Cristo, ni medir la distancia que la separa de él. Pero la lectura va  aún más lejos: tampoco la propia Iglesia puede comprender del todo esta relación mientras  dure su peregrinación en la tierra; es tan misteriosa que sólo se desvelará en la vida eterna:  entonces la relación entre el Hombre-Dios y la Iglesia quedará integrada en la relación  trinitaria, sin disolverse en ella.

HANS URS von BALTHASAR
LUZ DE LA PALABRA
Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C
Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 155 ss.


19.

"YO SOY EL BUEN PASTOR" 

1. En la alegoría del pastor y las ovejas Jesús se dirige a los fariseos. Ellos son los falsos  pastores, los ladrones y bandidos, que tenían una relación despiadada con su pueblo,  basada en la interpretación de la Ley que en vez de liberarlo, lo aplastaba. Buscaban su  propia ventaja e interés, no el interés del pueblo. Jesús, por el contrario, es el verdadero  Pastor. El Buen Pastor. No es el pastor que se viste de clergyman para conseguir  popularidad y buen caché, sino que lleva su túnica teñida del rojo de su propia sangre,  colgado en la cruz por amor. No es la irresponsabilidad de los grandes que sacrifican a su  amición de poder, al dinero, la inocencia de los niños, el escándalo de los jóvenes, el  escaso salario de los pobres. El único Pastor que nos puede salvar. 

2. Bien claro lo ha proclamado Pedro ante Anás, Caifás, Juan, Alejandro y ante cuantos  eran del linaje de los sumos sacerdotes, que le piden cuentas por la curación del paralítico.  "No tengo plata ni oro; te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, anda...; y  de un salto se puso en pie. Esto no lo he hecho yo. Lo he hecho en nombre de Jesucristo,  el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis, y Dios resucitó de entre los muertos" Hechos  4,8. 

Es el primer credo de la Iglesia: Creo en Jesucristo crucificado, resucitado y actuante en  el mundo. El es la piedra que despreciasteis y que se ha convertido en piedra angular, y  nadie puede salvarnos sino sólo El. 

3. El hombre, todos los hombres, son impotentes para resolver sus problemas más  esenciales: el hambre, el desarrollo. el cáncer, el sida, la guerra, la muerte, la paz, la  injusticia y la comprensión y convivencia pacífica entre los distintos pueblos, razas y  naciones humanas. Sólo aceptando vivir según Jesucristo avanzaríamos en la solución de  los más graves y grandes problemas y en el humanismo progresista y enriquecedor. 

"Yo soy el buen Pastor". Jesucristo es el Buen Pastor. El que defiende del lobo a las  ovejas Juan 10,11. Cuando el filisteo desafió a Israel, todo el pueblo se atemorizó. El joven  David se presentó ante Saúl y se ofreció para enfrentarse a Goliat. Saúl consideró  desproporcionada la propuesta de David porque era un jovencito, y Goliat un hombre de  guerra gigante. Pero David insiste y le relata a Saúl su "curriculum": "Cuando yo  apacentaba las ovejas de mi padre y venía un león o un oso y se llevaba una oveja del  rebaño, yo le perseguía y le golpeaba y se la arrancaba de su boca. Si venía contra mí, le  agarraba por la melena del mentón, le golpeaba y le mataba. Tu siervo ha matado al león y  al oso..."(1 Sam 17,34). 

4. "El asalariado ve venir al lobo y huye, y el lobo hace estragos y las dispersa". Como  David, Jesús hace frente al lobo y no deja que devore las ovejas, porque no quiere que  mueran con la muerte eterna, sino que vivan con la vida del Padre. "He venido para que  tengan vida y vida abundante" (Jn 10,10). Todas las ovejas; no sólo vosotros, sino todas  las que no son aún de mi redil. Las tengo que traer y oirán mi voz. El deseo de Jesús es  que sus ovejas, nosotros, vivamos una vida sana, vigorosa, pujante, y no enfermiza,  raquítica o anémica. 

5. Para eso, "cargado con nuestros pecados subió al leño para que, muertos al pecado,  vivamos para la justicia. Sus heridas os han curado. Andabais descarriados, pero ahora  habéis vuelto al Pastor y guardián de vuestras vidas" (1 Pe 2,24). 

6. "Y ese es el amor con que nos ha amado el Padre. Llamarnos para ser hijos de Dios" 1  Juan 3,1. 

7. "Conozco mis ovejas y mis ovejas me conocen, como yo conozco al Padre". Conoce a  todas y a cada una. En sentido bíblico, este conocimiento es amoroso. Santo Tomás,  siguiendo a San Agustín, dice que conocer por el nombre denota familiaridad y  predestinación. Conocemos por su nombre a los amigos y familiares. Nos conoce por el  nombre porque conoce la naturaleza y el ser de cada uno: de lo que Dios quiso que fueran,  de lo que son y de lo que pueden llegar a ser. Denota predestinación: Dios no crea a los  hombres en serie, sino uno a uno; cada uno es irrepetible. No hay dos iguales, ni en lo  físico, ni en lo moral, ni en las circunstancias de la vida, ni en la vocación. Familiaridad,  cariño, cuidado, atención, aunque nos lleve por cañadas de tiniebla. Aunque no lo  comprendamos. Sus pensamientos no son nuestros pensamientos. Su amor no es dulzón ni  romántico, sino fuerte y que busca nuestro bien supremo. Cuanto dista el cielo de la tierra,  así dista el amor de Dios de nuestro amor. Amor que busca nuestro amor, que no necesita  de nosotros más que nuestro amor, porque quiere engrandecernos, que seamos más que  nosotros mismos, que nos identifiquemos con él, y eso sólo se consigue con el amor,  porque sólo el amor es capaz de igualarnos con él. Sumergidos en el misterio, dejemos  nuestro cuidado en sus manos. Porque él va conmigo. Su vara y su cayado nos sosiegan. 

8. Pero ¿cuál es el amor que Dios nos pide? "Amar es despojarse de todo lo que no es  Dios por Dios" (San Juan de la Cruz).

8. Dios, Padre providente está cerca de los hombres en todo el curso de su vida. Y "rige y  apacienta acomodándose a la necesidad de cada uno, pues el mejor gobernante no es el  menos flexible", dice Fray Luís de León, citando a Platón. "El nos llama y nos corrige, y nos  lava y nos sana y nos santifica y nos deleita y nos viste de gloria. El administra lo que a su  grey conviene; que él la apasta y abreva y la trasquila y la castiga y la reposa y la recrea y  hace música y la ampara y defiende". "Su gobierno es maternal más que paternal" (Vaticano  II). 

9. "Demos gracias al Señor porque es bueno, y refugiémonos en él, que es mejor que  refugiarse en los hombres y confiar en ellos, y en los jefes. Y bendigamos al que viene en el  nombre del Señor" Salmo 117, que es el mismo Jesús, Buen Pastor.

9. No nos cansemos de pertenecer a su rebaño. Adelantémonos a sus deseos,  cumpliendo fielmente sus mandatos y alimentándonos con su cuerpo y Sangre eucarísticos,  que él quiere que comamos para acrecentar su vida en nosotros. Para "verle tal cual es" en  la vida celeste e inmortal.

10. Pidamos hoy, día de las vocaciones, al Buen Pastor, que suscite vocaciones  sacerdotales y consagradas según su corazón, también de vocaciones entregadas a la  oración, cuyos frutos no son visibles, pero que fecundan como torrentes de vida a la Iglesia  y a la humanidad, que trabajen no como funcionarios a tiempo tasado, sino como  entregados enamorados, para que el mundo permanezca vivo y no se convierta en un  cementerio.

J. MARTI BALLESTER


20.

Nexo entre las lecturas

Hoy se celebra la jornada mundial por las vocaciones. En esta ocasión el Papa ha querido desarrollar el tema de la vocación como servicio. El evangelio del Buen Pastor nos ofrece la oportunidad de centrar nuestras reflexiones de este domingo en el amor de Cristo que ha venido a servir. Jesucristo es el buen pastor que da su vida por las ovejas. Nadie le quita la vida, él mismo la ofrece para rescatar a las ovejas perdidas (EV). Él es la piedra angular y el único nombre bajo el cual podemos alcanzar la salvación (1L). En Él hemos llegado a ser "Hijos de Dios" (2L). Quien desee comprenderse a sí mismo, no según criterios superficiales, sino en la profundidad de su existencia, debe dirigirse a él, porque Cristo revela el hombre al mismo hombre. Más aún, Cristo revela al hombre el amor del Padre.


Mensaje doctrinal

1. El nombre de Jesucristo de Nazareth muerto y resucitado. Los apóstoles son tomados prisioneros por el grupo de los saduceos, encargados de custodiar el templo, con la acusación de subvertir el orden que reinaba en el mismo. En realidad, se trataba de quitar de en medio tan molesta presencia, es decir, la presencia de los apóstoles de Jesús que operan milagros y predican con vehemencia y convicción que Cristo ha resucitado. Se acusa, pues, a los apóstoles por haber curado al paralítico y haber creado confusión en el pueblo. Pedro, fortalecido por el Espíritu Santo, según la promesa de Jesús (Lc 12, 11-12), responde con claridad y firmeza: que quede bien claro a todo Israel que este paralítico ha sido curado en nombre de Jesús de Nazareth. ¡Hermoso testimonio del Señor!. ¡Hermosa amistad de Pedro que antes lo había negado! "Yo he sido el instrumento de la curación. Es Cristo quien lo ha hecho realmente. Es en su nombre que ha tenido lugar este milagro". El recuerdo solemne y completo del nombre de Jesús delante del sanedrín, da pie a Pedro para exponer la esencia del kerigma cristiano: la muerte y la resurrección del Señor. Este anuncio de salvación es rechazado por los judíos, a pesar de que era el fiel cumplimiento de la Escritura (Sal 118,22). Dios había ofrecido a los príncipes del pueblo una piedra de gran valor para que, sobre ella, edificaran el templo de Dios. Ellos, los constructores, la habían rechazado; sin embargo, Dios la había constituido cabeza de ángulo, piedra angular. Sobre esta piedra se edifica toda la casa. Esta predicación, como es de suponer, disgustaba abiertamente a los jefes del pueblo que se sentían acusados de no haber acogido la persona de Jesucristo y su obra de salvación. Sólo bajo el nombre de Jesús de Nazareth podemos alcanzar la salvación, afirma con claridad la segunda lectura. No se ha dado otro nombre bajo el cual podamos salvarnos. A este respecto nos dice la encíclica Redemptoris missio n. 5:

"Remontándonos a los orígenes de la Iglesia, vemos afirmado claramente que Cristo es el único Salvador de la humanidad, el único en condiciones de revelar a Dios y de guiar hacia Dios. A las autoridades religiosas judías que interrogan a los Apóstoles sobre la curación del tullido realizada por Pedro, éste responde: " Por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros... Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos " (Act 4, 10. 12). Esta afirmación, dirigida al Sanedrín, asume un valor universal, ya que para todos -judíos y gentiles- la salvación no puede venir más que de Jesucristo. (...) Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres: " Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo oportuno, y de este testimonio -digo la verdad, no miento- yo he sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en la fe y en la verdad " (1 Tim 2, 5-7; cf. Heb 4, 14-16). Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la vía establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias". En estos tiempos de grande confusión, cuando parece fácil intercambiar una religión por otra, un camino de salvación por otro, una doctrina por otra más novedosa, nos resulta muy importante contemplar detenidamente esta verdad: sólo en Cristo tenemos la plenitud de la revelación del Padre y, por tanto, sólo en Él tenemos el acceso al Padre y a la salvación. Esta es la vía establecida por Dios mismo. Ciertamente no se excluyen otras mediaciones parciales, como comenta la encíclica, pero éstas únicamente tienen valor por la mediación de Cristo. Profundicemos en el conocimiento de Cristo y de su obra de salvación; avivemos nuestro amor por Él como Dios y hombre verdadero; amémosle con un corazón indiviso y enardezcamos el alma para transmitirlo a todas las generaciones, porque sólo en Cristo el hombre alcanza su plenitud y su felicidad. Sólo Cristo revela el hombre al mismo hombre. ¡Qué bien comprendieron esta verdad los grandes misioneros del siglo XVI, los evangelizadores de América! Pensemos en aquellos doce Franciscanos que emprenden la gran aventura de la evangelización de México. Pensemos en san Francisco Javier a quien se le negaban las naves para incursionar por las islas en la India por temor de su vida, y él amenazaba lanzarse a nado. Cuando se vive interiormente el misterio de Cristo, la persona se hace al instante misionera: siente la necesidad de anunciar la verdad que ha encontrado e ilumina su vida. La declaración Dominus Iesus en los números 13 y 14, expone con gran claridad la doctrina de la unicidad y universalidad del misterio salvífico de Jesucristo: "Basados en esta conciencia del don de la salvación, único y universal, ofrecido por el Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo (cf. Ef 1,3_14), los primeros cristianos se dirigieron a Israel mostrando que el cumplimiento de la salvación iba más allá de la Ley, y afrontaron después al mundo pagano de entonces, que aspiraba a la salvación a través de una pluralidad de dioses salvadores. Este patrimonio de la fe ha sido propuesto una vez más por el Magisterio de la Iglesia: " Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos (cf. 2 Co 5,15), da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse (cf. Hch 4,12). Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro ". (Gaudium et spes n.10).

14. Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios".

Nos hemos alargado en estas dos citas, pero era necesario pues se está afirmando una verdad fundamental de la doctrina de la Iglesia católica.


2. Jesucristo, Buen pastor, ama las ovejas y da su vida por ellas. El tema del Buen pastor aparece de modo relevante en este cuarto domingo de Pascua. La imagen del Buen Pastor, que se comprendía fácilmente en el tiempo de Jesús y que era frecuentemente usada en la Biblia, aparece aquí como una traducción concreta de cuanto ha sucedido en el misterio pascual: Cristo nos ha recogido de los pastos de muerte por donde nos habíamos dispersado, nos ha reconquistado para el amor de Dios, nos ha llevado a la plenitud de la comunión con el Padre. "Aquel buen Pastor que dio su vida por las ovejas salió a buscar la oveja perdida, por las montañas y colinas donde tú (hombre) ofrecías sacrificios a los ídolos. Y cuando encontró la oveja perdida, la cargó sobre sus hombros -sobre los que había cargado también el madero de la cruz- y así la llevó nuevamente a la vida eterna" (San Gregorio de Nacianzo, Disertaciones, Dis. 45, 26.28: PG 36, 658-659.662). Dos imágenes nos ayudan en nuestra reflexión. La primera es la pintura del siglo III del buen Pastor en las catacumbas de san Pedro y Marcelino. El buen Pastor se presenta como un joven que, en medio de los pastos, ha recogido la oveja perdida y la lleva sus hombros, rodeado por otras dos ovejas. En la sencillez de la pintura paleocristiana se pone en evidencia el interés de ese Pastor que no deja que se pierda ni una sola de sus ovejas; que va por la descarriada y que se alegra cuando, habiéndola encontrado, la carga a los hombros y la devuelve al redil. ¡Así será la alegría por un pecador que se convierta! Se trata de ese pastor generoso y magnífico, como comenta Celemente de Alejandría: "Tal es nuestro pedagogo en verdad bueno. No he venido a ser servido -dice- sino a servir (Mc 10, 45). Por eso, se dice en el evangelio que estaba cansado (Jn 4,6) aquel que se ha agotado por nosotros prometiendo, incluso, dar la propia vida en rescate por muchos (Mc 10,45). Demuestra así sólo de ser el buen pastor. Generoso y magnífico que llega al punto de dar la vida por nosotros. Verdaderamente al servicio de los hombres y pleno de bondad es aquel que pudiendo ser el Señor del hombre, ha venido a ser su hermano. Bueno hasta el punto de morir por nosotros".
(San Clemente de Alejandría, El Pedagogo 9, 83 3- 85, 2).

Otra imagen completa hoy nuestra reflexión: la del Pastor de la Puerta Santa en el vaticano. Aquí ya no aparece aquel joven satisfecho que camina sobre prados llevando feliz la oveja al hombro. Aquí tenemos un pastor esforzado, que se atreve a descolgarse por el abismo en busca de la oveja despeñada. Es el pastor que da la vida, que arriesga la propia existencia, que no se reserva nada para sí, pues está en juego la vida de la oveja. ¡Misterioso e inconmensurable amor del Padre que ha amado al hombre hasta el punto de dar a su Hijo en rehenes! Para rescatar al esclavo ofreció al Hijo. ¡Qué valor tendrá a los ojos de Dios la vida del hombre! ¡La salvación de las almas!


Sugerencias pastorales

1. El amor a Cristo.Todos los cristianos deberíamos sentirnos hoy como la oveja que ha sido rescatada del abismo. Deberíamos de experimentar aquello de san Pablo: dilexit me et tradidit semetipsum pro me. Me amó y se entregó a sí mismo por mí. ¡Qué agradecimiento debería nacer de nuestra alma hacia ese Jesús que, por mí, ha muerto en una cruz! Por mí, es decir, a favor mío. Por mí, es decir, en mi lugar. El secreto de la vida cristiana está todo en experimentar el amor del Padre en Cristo Jesús por el Espíritu. Todo lo demás viene por añadidura. Experimentar que Dios me ha amado con un amor eterno y que, por eso, mi oficio en adelante es también el del amor:

Mi alma se ha empleado
y todo mi caudal en su servicio.
Ya no guardo ganado
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.
San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual 28

Y Amado Nervo, hablando del Buen Pastor dice:

Pastor, te bendigo por lo que me das.
Si nada me das, también te bendigo.
Te sigo riendo si entre rosas vas.
Si vas entre cardos y zarzas, te sigo.
¡Contigo en lo menos, contigo en lo más,
y siempre contigo!


2. La promoción de vocaciones. Es un tema siempre importante en la parroquia, en la diócesis, en los movimientos, en las congregaciones religiosas. En este día, dedicado a las vocaciones, debemos renovar nuestro compromiso por buscar vocaciones y de tener esta tarea como primaria y prioritaria. ¿Cómo hacerlo? Ofrecemos tres sugerencias:

- Formación de promotores vocacionales. La falta de sacerdotes se agrava aquí y allá. Lo vemos: no se dan a basto para atender las necesidades pastorales. ¡Faltan pastores y se pierden las ovejas! Por eso, se requiere que los laicos, diestros en las cosas del mundo, sean también diestros en la promoción de las vocaciones. ¡Ellos lo hacen bien y de qué modo! Un promotor vocacional puede descubrir contactos importantes, puede remitirlos a la instancia apropiada, puede poner en pie vigilias de adoración ante el santísimo para pedir al Señor nos envíe pastores según su corazón. Esos promotores los conocemos y existen, pero debemos multiplicarlos.

- La formación en el servicio. Quizá nada mejor para sembrar las vocaciones -como nos recuerda el Papa en su mensaje- que educar a los jóvenes en el espíritu de servicio. Esto no es imposible. Más aún, es el camino más apropiado para conducir el corazón ardoroso de un joven. Al joven le gusta el riesgo, le gusta la entrega total, le gusta el sacrificio por una causa que valga la pena. Vemos a jóvenes sirviendo aquí y allá. Llevan grabada en el alma la necesidad de la donación. Encaucemos esta natural vivacidad por los caminos de Dios. Ayudémosles dándoles la oportunidad de servir con generosidad, sin límites. Muchas veces ellos levantan apostolados de envergadura con mayor perfección y rapidez que los mismos adultos e incluso religiosos o sacerdotes. Allí, en esa donación, nacerán las vocaciones consagradas.

- El influjo en la opinión pública. Nos alarmamos por la propaganda en contra de los sacerdotes. Sabemos cuánto mal hace tal información a los niños y jóvenes, pero ¿qué hacemos por difundir los ejemplos de millares de sacerdotes que son fieles y santos? Aquí hay una omisión grande y una injusticia no pequeña. Omisión de parte nuestra por no difundir más amplia y adecuadamente los buenos testimonios de sacerdotes y religiosos (as) santos (as). Pero hay también una injusticia: ¡cuántos son los sacerdotes mártires del siglo pasado! Sacerdotes torturados, que pasaron casi la vida entera en un campo de concentración, que sufrieron la muerte por permanecer fieles a la Iglesia católica, al Papa, a su conciencia. Promovamos la lectura de la vida de estos mártires de la fe, de estos gigantes del espíritu que nos ayudan a mirar el futuro con esperanza.


3. A los jóvenes de parte del Papa. "Ésta es la razón por la que deseo decir a todos vosotros, jóvenes, en esta importante fase del desarrollo de vuestra personalidad masculina o femenina que si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles. Deja que se desarrolle hasta la madurez de una vocación. Colabora con esa llamada a través de la oración y la fidelidad a los mandamientos. "La mies es mucha". Hay una gran necesidad de que muchos oigan la llamada de Cristo: "Sígueme". Hay una gran necesidad de que a muchos llegue la llamada de Cristo: "Sígueme". Hay una enorme necesidad de sacerdotes según el corazón de Dios. La Iglesia y el mundo actual tienen urgente necesidad de un testimonio de vida entregada sin reserva a Dios, del testimonio de este amor esponsal de Cristo, que de modo particular haga presente el Reino de Dios entre los hombres y lo acerque al mundo". (Juan Pablo II, Carta a los jóvenes, Dilecti amici, Roma 1985).

P. Octavio Ortiz


21. Dominicos

Este Domingo

Jesús: Pastor y Puerta del Encuentro con Dios

 

Ningún bien tan preciado, anhelado y querido como la vida. Así lo experimentamos los seres humanos en los momentos en los que la sentimos amenazada por la enfermedad, la muerte cercana de personas queridas o el zarpazo mortal que golpea a hermanos y hermanas, víctimas de la injusticia, la guerra, la violencia. Con la alegoría del Buen Pastor, de anchas resonancias en una cultura pastoril y agrícola, Jesús nos ofrece en este cuarto domingo de Pascua el desafío urgente de crear condiciones que favorezcan la vida, y una vida en plenitud. La contraposición entre el salteador, ladrón y extraño a las ovejas y el pastor interesado únicamente en el bien de su rebaño, nos invita a preguntarnos sinceramente dónde nos situamos porque somos conscientes de que esa contraposición sigue siendo actual. Existen hoy muchos bandidos (personas, grupos, países) que, con los medios que sean, intentan acaparar lo que no les pertenece: riquezas materiales, poder, fama... Pero, existen también hombres y mujeres que viven entregándose y dándose para que otros tengan más vida, aunque  eso les exija, en ocasiones, situarse en las fronteras de la muerte que les arrebata la vida, lentamente o de forma instantánea.

En la primera lectura, el apóstol Pedro confiesa ante las autoridades del pueblo que la fuerza que ha curado al paralítico es “el nombre de Jesucristo Nazareno a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos”. Rehuye apropiarse el poder que no le corresponde y anuncia a los que le escuchan una palabra de vida: “ningún otro puede salvar”.

Juan, en la segunda lectura, nos invita a reconocer y aceptar la plenitud de vida que nos viene del inmenso amor que Dios Padre  ha tenido con nosotros “para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. Hijos de Dios es el título que nos corresponde por gracia. Es también la responsabilidad que pone en nuestras manos para dignificar la vida de tantos hijos e hijas de nuestro Padre común,  especialmente de los más débiles y los “mal-tratados” por la historia.

Domingo de la Jornada de las vocaciones ¡suscita, Señor, buenos pastores y pastoras, personas que cuiden de la vida!

 

Comentario bíblico:

Jesús, Pastor y Puerta del Encuentro con Dios, con la Vida

 

Iª Lectura: Hch 2,14a.36-41: Dios ha constituido a Jesús Señor y Mesías

I.1. La lectura de los Hechos de los Apóstoles (2,36-41) quiere mostrar las con­secuencias del discurso de Pedro, que era el centro de esta lectura en el domingo anterior. El mensaje debe resonar con fuerza, como resuena en el v.36: el crucificado, es el Señor y Mesías. Y es Dios quien lo ha constituido como tal. Esta afirmación kerygmática de los primeros cristianos debía resonar a herejía en aquel ambiente, porque en el libro del Dt 21,23 estaba escrito: ”maldito el que cuelga de un madero”. Y Pablo, en Gal 3,13, ha construido una teología “dialéctica” de la cruz para mostrar que un “crucificado” para los hombres, no es lo mismo para Dios; para los hombres y para la ley es un maldito; para Dios es el que sabe entregarse por los otros. ¿ Por qué? Porque la cruz se la han dado los hombres, no Dios. Ni la ha buscado Jesús, ni se la ha impuesto Dios (“Jesús a quien vosotros habéis crucificado”); son los hombres poderosos de este mundo los que condenan a muerte. Entonces, ¿no debería haberse cumplido el dogma judío de la maldición del madero? En el caso de Jesús, ¡no!. Dios nunca puede maldecir a un crucificado, y menos al que ha sido crucificado por lo que fue Jesús.

I.2. La Pascua, pues, contradice muchas cosas religiosas que los hombres han dado por buenas e incluso divinas. Asimismo, la Pascua es el comienzo de la afirmación paulina de que “Cristo es el final de la ley” (Rom 10,3), porque si este crucificado ha sido constituido Señor y Mesías, entonces ya está anulado el dogma de la maldición del madero de Dt 21,23. Cristo, pues, es el final de la ley y el final de toda maldición divina sobre nadie.

I.3. La respuesta, desde el corazón de los oyentes, ante el anuncio de la Pascua, ofrece a Lucas la oportunidad de mostrar un itinerario bautismal. Nos encontramos, seguramente, con un texto bautismal en el proceso que se describe: a) conversión (metánoia), un cambio de mentalidad; b) el bautismo en el nombre del Señor Jesús implica aceptar su vida, su muerte y su resurrección ; c) el perdón de los pecados es el efecto de la conversión y el bautismo, es la experiencia de salvación; d) el don del Espíritu significa cómo se hace presente todo ello en la vida del creyente.

I.4. Por consiguiente, cuando se predicaba el misterio de la Pascua, la muerte y la resurrec­ción de Jesús, no se hace por estética, sino para provocar cambios de vida, de ac­titud y de mentalidad. Porque ese misterio de Pascua es tan radical, tan profun­do, que el hombre que oye hablar de lo que el Señor ha hecho por nosotros debe preguntarse por el sentido de su vida. Por ello, pues, el mensaje de esta lectura es el de la «conversión». Y la conversión es un cambio de rumbo muy importante en lo que sentimos, en lo que pensamos y en lo que hacemos. No es algo externo, ni cultual, ni cultural. Si Dios ha constituido a Jesús crucificado como Señor y Mesías, es porque no hay otro camino para la salvación. El bautismo en el nom­bre del Señor Jesús es una propuesta para vivir su vida, morir de amor y abrirse a su resurrección.

 

IIª Lectura: II Carta de Pedro (2,20-25). Sus heridas nos han curado

II.1. La segunda lectura es como una especie de himno bautismal; porque el bautismo es una participación en el misterio de su muerte, tal como lo expresaba Pablo en la carta a los Romanos (Rom 6). El au­tor de la 2ª de Pedro lo expresa maravillosamente con «sus heridas nos han cu­rado».  Se propone el sentido del “dolor solidario” que Jesús ha vivido en su vida.

II.2. Pero debemos hacer notar que esta participación en la muerte de Cristo, por medio del bautismo, no es una participación en sufrimientos sin sentido, sino una participación en la muerte que lleva a la vida, a la resurrección. De lo con­trario romperíamos en mil pedazos la teología del bautismo cristiano que se nos presenta en este himno de hoy. Su muerte es una muerte por nosotros, es decir, para que nosotros vivamos.

 

Evangelio: Juan  (10,1-10). Yo he venido para que tengan vida en plenitud

III.1. El evangelio de Juan (10,1-10), nos habla del «buen pastor» que es la ima­gen del día en la liturgia de este cuarto domingo de Pascua. Comienza el evan­gelio con una especie de discurso enigmático – al menos para los oyentes-, aunque es un texto es bien claro: en el redil de las ovejas, el pastor entra por la puerta, los ladrones saltan por la tapia. Es una especie de introducción para las propuestas cristológicas de Juan. Esas afirmaciones, con toda su carga teológica, se expresan con el lenguaje de la revelación bíblica, con el «yo soy», que en el evangelio de Juan son de gran alcance teológico. Está construido, el conjunto, en dos momentos 1) vv. 1-5 sobre el buen pastor; 2) vv. 7-10 sobre Jesús como puerta.

III.2. En el AT Dios se reveló a Moisés con ese nombre enigmático de “Yhwh” (Yahvé) (el tetragrámaton divino) (algunos piensan que significa “yo soy el que soy”, aunque no está claro). Ahora, Jesús, el Señor, según lo entiende san Juan, no tiene recato en establecer la concretez de quién y de lo que siente. Y de la misma manera que se ha presentado en otros momentos como la verdad, la vida, la resurrección, la luz (cf. especialmente el discurso de revelación de Jn 14), ahora se nos presenta con la imagen del pastor, cuya tradición veterotestamentaria es proverbial, como nos muestra el hermoso Salmo 23. Si en este salmo se dice que "el Señor es mi pastor, nada me falta”, ahora el evangelista hace que Jesús lleve a cumpliendo ese deseo del salmista. Jesús, pues, es el que trae lo que nos hace falta para la vida. El salmo 23 es un poema de confianza; por tanto, las palabras de revelación del evangelio de hoy hablan a favor de una revelación para la confianza de los que le oyen y le siguen.

III.3. La imagen segunda, de la puerta, es la imagen de la libertad y de la confianza también: no se entra por las azoteas, por las ventanas, a hurtadillas, a escondidas. Sin puerta no hay entradas ni salidas, ni caminos ni proyectos. En el Antiguo Testamento se habla de las puertas del templo: "¡Abridme las puertas del triunfo y entraré para dar gracias al Señor! Esta es la puerta del Señor: ¡los vencedores entrarán por ella!" (Sal 118,19-20). Las puertas del templo o de la ciudad eran ya el mismo conjunto del templo o de la ciudad santa (es una metonimia = la parte por el todo). Por eso dice el Sal 122,2: "ya están pisando nuestros pies tus puertas Jerusalén"; cf. Sal 87,1-2; 118,21; etc.). Pasar por la puerta era el ¡no va más! para los peregrinos. Ahora Jesús es como la nueva ciudad y el nuevo templo para encontrarse con Dios. Porque a eso iban los peregrinos a la ciudad santa, a encontrarse con Dios. Pero desde Jesús podremos encontrarnos con Dios escuchando su voz y viviendo su vida allá donde estemos.

III.4. Jesús en este evangelio se propone, según la teología joánica, como la persona en la que podemos confiar; por Él podemos entrar y salir para encontrar a Dios y para encontrar la vida. Quien esté fuera de esa puerta, quien pretenda construir un mundo al margen de Jesús lo puede hacer, pero no hay otro camino para encontrarse con el Dios de vida y con la verdad de nuestra existencia. No es una pretensión altisonante, aunque la afirmación cristológica de Juan sea fuerte. Eso no quita que debamos mantener un respeto y una comprensión para quien no quiera o no pueda entrar por esa puerta, Jesús, para encontrar a Dios. Nosotros, no obstante, los que nos fiamos de su palabra, sabemos que él nos otorga una confianza llena de vida.

III.5. Se habla de un “entrar y salir” que son dos verbos significativos de la vida, como el nacer y el morir. En Jesús, puerta verdadera de la vida, ésta adquiere una dimensión inigualable. Por la fórmula de revelación, del “yo”, se quiere mostrar a Jesús que hace lo contrario de los ladrones que entran de cualquier manera en la casa, para robar, para matar, para llevarse todo lo que pueden. Jesús, puerta, “viene” para dar, para ofrecer la vida en plenitud (v. 10).

Miguel de Burgos, OP

mdburgos.an@dominicos.org

 

Pautas para la homilía

 

Jesús se aplica a sí mismo la bella imagen bíblica de Dios, pastor de su pueblo (Ez 34, 11-31).  “Conoce” personalmente a cada una de sus ovejas por su nombre y ellas le conocen.  Es un conocimiento interior, profundo, cordial y amoroso,  como el que el Padre tiene del Hijo y el Hijo del Padre, muy alejado de un  saber intelectual, frío y especulativo. San Juan nos invita a ahondar en esta experiencia de ser hijos de Dios.  

“Tengo también otras ovejas...”, dice el Buen Pastor. Como él, hemos de ampliar cada vez más nuestros horizontes para que todos los seres humanos puedan escuchar la Buena Noticia de Jesús para sus vidas, participando en la tarea de hacer que sientan y descubran la cercanía amorosa y entrañable de Dios.

 

A Jesús, Buen Pastor, “le importan las ovejas”  y por eso cuida y vela por su rebaño. El cuidado de la vida es el modo de ser humanos y de relacionarnos con el otro, con la naturaleza, con nosotros mismos y con  Dios. La palabra “cuidado” expresa desvelo, atención, solicitud, delicadeza y, también, preocupación y responsabilidad ante la existencia de alguien o de algo que es valioso y tiene importancia para nosotros.

Cuidar la vida, en sentido integral, es estar atentos a las necesidades más básicas de todos los hombres y mujeres de nuestra aldea global: comida, agua, sanidad, enseñanza, trabajo, que les permitan vivir dignamente, pero supone además promover actitudes encaminadas al respeto de toda persona, a través de las palabras, de los gestos y los actos que suscitan mayor deseo y gozo de vivir, un sentido más hondo y pleno de su existencia. Ante la vulnerabilidad vital, que experimentamos en un momento u otro en la historia de nuestra vida, la cercanía humana, la calidez de relaciones, la palabra de ánimo y aliento, la acogida respetuosa y atenta, la escucha, la amabilidad, la ternura, la compasión... son signos sencillos y elocuentes que devuelven la alegría de vivir y hacen que resurja el milagro de la vida.

Nuestra vida, ¿vale menos que la de los animales? La pregunta de nuestras Hermanas Dominicas de Irak, ante la amenaza de la guerra, es el grito que resuena en muchas partes del mundo.  La calidad de vida que reclamamos, no puede limitarse a nuestra persona, a nuestra familia, a nuestro país, a nuestra raza, sino que ha de llegar hasta el más pequeño y frágil de nuestros hermanos y hermanas, llamados también a vivir con la inalienable dignidad de Hijos de Dios.

 

Cuatro veces aparece, en el texto del evangelio de este día, la razón última en la que el Buen Pastor afirma su “amor hasta el extremo”: la entrega de su vida por los suyos.  Jesús manifiesta que “da su vida” y “la da voluntariamente”, que nadie se la quita.

Nos pueden arrebatar lo que aún tenemos, pero nadie es capaz de apropiarse de lo que ya hemos entregado, decía nuestro hermano Pierre Claverie, obispo y buen pastor en Argelia, que sufrió el martirio a favor de la reconciliación entre el mundo islámico y cristiano. Ahí está, para los que seguimos las huellas del Buen Pastor, la grandeza de vivir plenamente. El misterio consiste en irnos dando, en vivir partiéndonos y repartiéndonos para que su vida, con mayúsculas, llegue a todas las personas que experimentan cada día la privación: sin techo, sin familia, sin cariño, sin sentido, sin derechos sociales, sin tierra, sin justicia, sin paz... El misterio está en un corazón y unas manos que no se empeñaron en acaparar y conservar sino que fueron dando, sin cálculos ni reservas, todo lo que recibieron gratis.   

Se trata, en definitiva, de entrar en  la óptica de los valores del Reino, que no son los de los reinados e imperios del mundo. Consiste en dar la vida para ganarla porque “la vida se nos da y la merecemos dándola”.

 

Carmina Pardo O.P:
Congregación Romana de Santo Domingo.


22.

La liturgia de este cuarto domingo de Pascua nos va a recordar fundamentalmente tres cosas: Jesús, rechazado por la oficialidad judía, es cabeza de todo, es la piedra angular (1ª lectura). Gracias a esta exaltación de Jesús por parte del Padre, quienes creen en él tienen como garantía la filiación divina. En Jesús, y por su obra, hemos sido rescatados y elevados a la dignidad de hijos de Dios (2ª lectura); la obra de Jesús, para que la pueda entender cualquier creyente, es fundamentalmente la de pastor, y no propiamente como cualquier pastor “asalariado”, sino como aquel que es capaz de dar su vida por las ovejas (evangelio).

Vamos a entender por “oficialidad judía” el grupo o grupos religioso-políticos que por años se habían ido atribuyendo la potestad de interpretar la Escritura y de decir lo que se ajustaba o no al querer de Dios. A esta oficialidad pertenecían los que se hacían llamar guías y pastores, pero que lo sometían a servidumbre con pesadas cargas de conciencia y no menos pesadas cargas económicas. Además, no supieron estar a la altura de los acontecimientos, y no supieron interpretar la «hora» de Jesús.

Esto último es lo que Pedro en su discurso (1ª lectura) desenmascara. Ustedes, -les dice- los constructores, que debían tener la sabiduría necesaria para lograr la mejor construcción, han desechado la piedra clave; sin embargo, esa piedra fundamental que ustedes descartaron, Dios la ha constituido en piedra angular, piedra imprescindible para el edificio.

Los sabios del Israel de entonces no quisieron -o tal vez no pudieron- entender lo que en Jesús se estaba jugando. Juan, que escribe desde una perspectiva conocidamente muy polémica hacia los judíos, pone en boca de Jesús su autoproclamación como el Único y Verdadero Pastor. El es el único que a través de su experiencia de vida ha sido capaz de mantener la perfecta sintonía con la voluntad del Padre, aunque al mismo tiempo, esa sintonía según la conciencia del propio Jesús le acarreará problemas.

Sólo a través de esta perfecta sintonía con la voluntad del Padre, Jesús puede garantizar aquel perfeccionamiento de la filiación de sus hermanos con su Dios. Es justo allí donde el oyente de Jesús puede establecer la diferencia con los guías y pastores que ha tenido Israel a lo largo de su historia.

El trasfondo de esta imagen del pastor hay que encontrarlo en el mismo Antiguo Testamento. Quienes se hicieron llamar pastores, en realidad hicieron el papel de lobos para el rebaño. Tomemos a Jeremías 23,1-5 y leámoslo en paralelo con el evangelio de hoy. El profeta denuncia con palabras de Yavé el descuido y la irresponsabilidad de aquellos pastores que en lugar de mantener las ovejas reunidas, las dispersaron; en lugar de defenderlas, las devoraron; en lugar de apacentarlas, las sacrificaron; en fin, pastores que no fueron capaces de jugarse la vida por sus ovejas. «pastores según el corazón de Dios» serán como Jesús, que da la vida por sus ovejas. Y Jesús es modelo de pastor para todos (¡y todas!), porque todos (¡tal vez sobre todo todas!) tenemos una parcela u otra de la vida bajo nuestro cuidado, bajo nuestro pastoreo. Todos tenemos alguna persona, de alguna manera, encomendada a nuestra atención.

Otro elemento que vale la pena resaltar en las palabras de Jesús es su preocupación de que tiene que superar las pequeñas fronteras de su pueblo y preocuparse de las “otras ovejas que no son de este redil”. No sólo las ovejas de Israel son las destinatarias de los cuidados del Pastor, ni sólo las ovejas pertenecientes al redil de las Iglesias cristianas, sino el resto de hombres y mujeres que están por fuera de esos “pueblos de Dios” que se tienen por “elegidos”, y que también son motivo del amor y de las preocupaciones del Creador y Buen Pastor.

Entre los cristianos, Jesús es el modelo de pastor para quienes dentro del pueblo de Dios tenemos la responsabilidad del servicio pastoral. El pastor debe estar íntimamente compenetrado con las ovejas de su redil, pero al mismo tiempo preocupado y listo para ofrecerse también por las otras ovejas que están fuera de él.

A partir de estas palabras de Jesús y de su compromiso (no excluyente) por “todas” las ovejas, y ya en este tercer milenio, sería útil que revisáramos nuestras prácticas ecuménicas (si las tenemos) y diéramos inicio a procesos más serios de ecumenismo. Pero no limitándonos a lo que hasta ahora se ha hecho: esperar que las “otras” ovejas vengan donde nosotros, sino más bien, ir nosotros hasta donde están ellas, ofreciendo -más con nuestro testimonio que nuestras palabras- un pastoreo abierto y universalista al estilo de Jesús. No basta que invitemos a sus representantes a venir a rezar a Asís junto a nosotros… Falta que vayamos nosotros también a rezar con ellos cuando y donde ellos convoquen: a su mezquita, a su sinagoga, a su pagoda, a su templo... ¿Cómo hay todavía tanto cristiano y tanto católico que cree que esto no se puede hacer? No podemos quedarnos quietos, como paralizados, a la espera… Debemos sentir la urgencia de llevar a realidad aquel testamento apasionado que nos dejó en herencia: «que todos sean uno»…

Queremos añadir una nota crítica para evitar un peligro que puede conllevar el comentario de la primera lectura de hoy. Es a respecto del famoso versículo Hech 4,12: «No hay bajo el cielo otro nombre que podamos invocar para ser salvos». Será una tentación fácil, para las personas de mentalidad más conservadora, enrumbar su reflexión o su homilía sobre el comentario a esa fórmula tan altisonante y absoluta. Probablemente no caerán en el exclusivismo eclesiocéntrico, pero sí caerán en el exclusivismo cristocéntrico, aunque sea por vía inclusiva. Es el mensaje de muchos fundamentalistas cristianos: «¡Sólo Jesús salval!». El fundamentalismo estaría justificado literalmente desde la misma Palabra de Dios…

J.A.T. Robinson (Truth is Two-eyed, The Westminster Press, Filadelfia 1979, 105) piensa que la interpretación exclusivista del texto (Hch 4,12) es engañosa. «Lo cierto -dice- es que el término ‘salvarse’ (y ‘salvación’) es el mismo que se usa tres versículos antes (4,9) al hablar del ‘enfermo’ que ha sido ‘curado’. El contexto no es el de la comparción de las religiones, sino el del carácter curativo de la fe. El problema es ‘con qué poder’ el cojo ha logrado ‘curarse completamente’ (3,16). ¿Ha sido por algún poder innato, por la piedad de los apóstoles (3,12) o ‘en nombre de Jesús’, que es quien suscita la fe (3,16)?». La conclusión es que el versículo en cuestión no puede tomarse como base para justificar el exclusivismo (frente a las religiones). El lenguaje que allí se está utilizando es un lenguaje «confesional» hacia Cristo y su acción sanadora, y no se le puede hacer decir nada respecto a la no validez de otras religiones.

Así como «hoy sería monstruoso seguir dando por válido hoy día el axioma “extra ecclesia nilla salus”» (A. Torres Queiruga, El diálogo de Religiones, pág. 7), hay que plantearse igualmente la superación de las formulas cristológicamente exclusivistas (que normalmente llamamos inclusivistas). «Ya no cabe hablar sin matices o reservas de simple “cristocentrismo”. Frases como “no existe conocimiento de Dios sino en Jesucristo” pueden tener sentido en un lenguaje interno, de naturaleza inmediatamente “confesante”(18); pero, en rigor, deben ser desterradas, no sólo por ser psicológicamente ofensivas para los demás, sino por ser objetivamente falsas, pues implican la negación de toda verdad en las demás religiones, incluido el AT. El centro último y decisivo para todos -como, por lo demás, sucedía para el mismo Jesús- radica en Dios». (Torres Queiruga, Cristianismo y religiones: inreligionación y cristianismo asimétrico, “Sal Terrae” 997(enero 1997)3-19; RELaT 241). Mucho cuidado pues con los fervores exclusivistas cristocéntricos, dignos de mejor causa (dignos de la Causa de Jesús, que es Dios y su Reino.

 

Para la revisión de vida
¿Cómo son mis actitudes de pastor? ¿Me comporto como el pastor asalariado a quien no le interesan sus ovejas? ¿Conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí?
¿Qué preocupación tengo por las ovejas que son de otro redil…
 

Para la reunión de grupo
-Analizar los textos que bajo la palabra «pastor» nos indica el índice alfabético de la Biblia de Jerusalén. Sobre todo establecer la forma cómo el título de Pastor que se le da a Dios en el AT se le aplica luego a Jesús en el NT.
-Clásicamente, el domingo del Buen Pastor es la Jornada de oración por las «vocaciones», y por ellas se entendía las vocaciones al sacerdocio… ¿Se debe pensar sólo en esas vocaciones? ¿Por qué? Algunos sostienen que lo más urgente no es que haya vocaciones al sacerdocio, sino que se cambie el modelo de sacerdocio único que está en vigor en la Iglesia católica. ¿Qué pensamos al respecto?
-¿Puede la Jornada del Buen Pastor estar siendo inconscientemente machista? ¿Por qué sí o por qué no?
-Hacer un debate en torno a estas frases: «Sólo Cristo salva», «No hay otro nombre por el que podamos ser salvos». ¿Son ciertas o falsas? ¿Se puede distinguir en ellas niveles diversis de sentido? ¿Cuáles? En definitiva, ¿es recomendable seguir utilizándolas o no? ¿Por qué sí y/o por qué no?
-¿Qué podemos hacer para avanzar en un ecumenismo práctico, para acercarnos a las “ovejas que son de otro rebaño? ¿Qué actitudes tuvo Jesús hacia ellas? ¿Qué actitudes deberíamos tener nosotros?
-¿Se puede rezar en un templo de otra religión? ¿Podemos rezar con ellos como Juan Pablo II rezó con otros líderes religiosos en Asís? ¿O sólo vale esta oración cuando somos nosotros los que invitamos y ellos vienen a nuestra celebración? ¿O esto sólo lo puede hacer el Papa? ¿O para hacerlo nosotros necesitamos permiso? ¿De quién? ¿Por qué sí o por qué no?
 

Para la oración de los fieles
En este domingo que celebramos la fiesta del Buen Pastor, oremos por todos los que dentro de la Iglesia y la sociedad tienen la responsabilidad de guiar y conducir a sus hermanos. Roguemos al Señor.
Por todos los padres y madres de familia, para que iluminados por la luz de la Palabra sepan dar a su misión el sentido de edificación de la nueva familia humana. Roguemos...
Por todos los educadores, para que el ejercicio de su profesión cada día tenga mayor sentido de servicio y de entrega generosa a la construcción de la nueva sociedad. Roguemos...
Por nuestros ministros laicos, para que sientan el profundo gozo y la gran responsabilidad de transparentar en su ministerio a Jesús Buen Pastor. Roguemos...
Por que la Iglesia se mantenga siempre en comunión con los que están en otros rediles, sin pensar que estén fuera de todo redil. Roguemos...
 

Oración comunitaria
Padre bueno y misericordioso, da a tus fieles la profunda convicción de estar viviendo bajo el cuidado del único y verdadero Pastor, que eres Tú mismo, dentro del del único gran rebaño humano, para que trabajemos por que pronto se exprese esa unidad en el diálogo fraterno de todas las religiones. Nosotros te lo pedimos por Jesús, nuestro hermano mayor, tu hijo.

SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO


23.

Una sola piedra, un solo Nombre, un solo Pastor

Nuestra historia es como una asombrosa catedral. En ella la clave de la bóveda es al mismo tiempo la piedra fundamental. Todo se sostiene en ella y desde ella. Si esa piedra se cae, todo se derrumba. Esa piedra permite la estabilidad; desde ella se despliega la belleza.

Jesús dijo a los Sumos Sacerdotes: "Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré" (Jn 2,19). Ellos destruyeron el templo. El velo del templo, que se rasgó, era el anuncio de esa destrucción. Pero Jesús lo reconstruyó -sin tardar- en tres días. Jesús resucitado es la morada de Dios en medio de su pueblo. Su cuerpo es el nuevo Templo, lugar de reunión y de encuentro, lugar de sacrificio y alabanza.

El nuevo templo es el cuerpo de Cristo, es decir, la Iglesia, la Eucaristía. "Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y cada uno por su parte, miembros" (1 Cor 12,12). Los cristianos son las piedras vivas de este Templo. Jesús es la clave de la bóveda o la piedra fundamental.

Se va reconstruyendo constantemente el Cuerpo-Templo en la Eucaristía: "El cáliz que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo y entre los fieles? Y el pan que partimos ¿no es la participación del cuerpo del Señor? Porque si hay un solo pan, somos todos un mismo cuerpo: el de Cristo" (1 Cor 10,16-17).

Es destruido el templo individual del cuerpo de Jesús y resucita como Cuerpo-Templo colectivo donde todos nos integramos como piedras vivas. Jesús Resucitado es la piedra central, fundamental.
Pues bien, ¡esa piedra ha sido desechada, marginada, eludida... Sin embargo, Dios ha contado con ella para construir su templo.
En este templo todos somos "hijos de Dios". La filiación divina de Jesús es compartida, sin distinción. El Hijo se ha convertido en lugar de encuentro, de identificación, de salvación. Por eso decía Juan, lleno de admiración: "Mirad qué amor nos ha tenido el Abbá para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!".

Esta realidad contrasta con nuestra experiencia. Mientras se va construyendo esta Catedral del cuerpo de Cristo, no parece que tengamos condición de "hijos de Dios". La gente no se cree que estas piedras -que somos nosotros- puedan formar parte de un magnífico templo. Pero es así. Un día todos lo verán. Nosotros nos veremos formando parte del Cuerpo, del Templo bellísimo. ¡Seremos semejantes a Él.

Nuestra relación con el Señor Resucitado es muy estrecha. Es casi nada lo que nosotros podemos hacer por Él. Él muchísimo lo que él puede hacer por nosotros. Muere solo, como el grano de trigo. Resucita comunidad, como la espiga. En su muerte, Dios Padre nos engendra a todos como hijos e hijas suyos, como Cuerpo de su Hijo, como Templo Santo del Espíritu. En todo este proceso Jesús es el Buen Pastor, el Bello Pastor, porque -resucitado- está envuelto en la Gloria de Dios. Así es enormemente atractivo. Las ovejas le siguen, le aman, se enamoran de Él, se sienten felices con él. Además, el buen-bello Pastor defiende a sus ovejas: su vara y su cayado les traen sosiego, paz, seguridad. El buen Pastor da la vida por las ovejas.

Hay también "malos pastores", asalariados: se buscan a sí mismos, se protegen a sí mismos. Colaboran con el mal. Ven venir al lobo y abandonan las ovejas y huyen. No las defienden. Así se produce la dispersión, los cismas. Al asalariado no le importan las ovejas.

Este domingo es una buena oportunidad para pensar en la Iglesia, en quién es la Iglesia. Y nos respondemos que es "de" Jesús y de nadie más. La iglesia no pertenece a ningún ser humano. Jesús es el "Único Pastor", Jesús es el "único Nombre". La Iglesia no es de sí misma, sino de Dios, de Jesús. Podemos con nuestros gestos y actitudes negar la quintaesencia de la Iglesia, buscándola por sí misma. Centrándonos en su poderío social. Vanagloriándonos de nuestro poder y de nuestro prestigio. Nadie suplanta al Buen Pastor, al bellísimo Pastor al que siguen las ovejas. Sólo hay una piedra angular, sólo un nombre, sólo un pastor. A los asalariados no les importan las ovejas... no les importa el Buen Pastor. Pero ese buen Pastor, es el Pastor humilde, que se abaja, que busca la oveja perdida, que no discrimina entre las ovejas, que no busca los primeros puestos.


24. SERVIR A CRISTO EN EL HERMANO NECESITADO
Por José María Martín OSA - Fuente:
BETANIA

1 - Bíblicamente conocer es "amar". Dice Jesús en este evangelio de este Cuarto Domingo de Pascua que Él es el "Buen Pastor" que conoce a sus ovejas. Podemos concluir, por tanto, que Jesús nos ama inmensamente porque nos conoce y nos llama por nuestro nombre. Pero añade también que sus ovejas conocen también a su pastor. ¿Amamos a Jesús con la misma intensidad con que El nos ama? Jesucristo da la vida por sus ovejas. Y lo hace voluntariamente, sin que nadie le obligue, porque le sale de dentro. Su amor le lleva a proteger a las ovejas frente al lobo, a dar la cara por ellas y a no abandonarlas, aunque vengan tormentas o enemigos que intenten hacerles daño.

2 - Hoy día nos cuesta comprender la imagen de "ser ovejas". No tiene nada que ver con el “aborregamiento”, ni con la falta de personalidad o de voluntad. El Papa recordó en su reciente viaje a España que la verdad no se impone, sino que se "propone". Jesús nos invita a seguirle libremente. A todos nos gusta más ser pastores que ser ovejas. Preferimos que nos sigan a seguir nosotros a otros. Es verdad que todos podemos ser pastores unos de otros, pero también tenemos que darnos cuenta que el auténtico "Buen Pastor" es Jesús y que sólo a El tenemos que seguir y servir. Merece la pena optar por la causa de Jesús de Nazaret, nos decía el Papa. Pero antes es necesario identificarnos con El, es decir comunicarnos con El y sentir de cerca su amor. Y después vendrá el testimonio de lo que hemos visto y oído, de lo que hemos sentido en su presencia. Tenemos que aprender a ser buenas ovejas, pues como nos dice San Agustín "si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores".

3 - En el domingo del Buen Pastor se celebra la XL Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. En esta ocasión el lema que se nos propone es "La vocación al servicio". Jesús fue el primero en darnos ejemplo de servicio al identificarse con el "Siervo de Yahvé" y el cordero que es llevado al matadero sin abrir la boca. El nos dijo que el "Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir" (Mt 20,28). El signo que muestra su espíritu de servicio es el lavatorio de los pies. Precisamente el icono que ilustra la campaña de este año es la escena del lavatorio. Y tú.... ¿a quién sirves? Se puede servir a otras muchas cosas: al dinero, al placer, al poder, a la fama, a uno mismo...
Jesús nos propone el servicio al hermano pobre y necesitado. Para ello es necesario tener humildad y sentirse en el fondo "inútil", porque lo hacemos en nombre de Jesús, es decir "in persona Christi". En su mensaje para esta jornada de oración por las vocaciones el Papa nos previene de la tentación de "servirnos a nosotros mismos" como hacen los falsos pastores: "no os dejéis seducir por los reclamos del poder y de la ambición personal. El ideal sacerdotal debe ser constantemente purificado de éstas y otras peligrosas ambigüedades".

4 - Hoy más que nunca es necesario "escuchar la voz de Dios". Todos tenemos una misión especial que Dios nos encomienda. Nos habla a través de las personas y de los acontecimientos. No hagas oídos sordos. Piensa en lo que Dios ha pensado para ti, en la maravillosa tarea que El te encomienda. Lo que tú no hagas se quedará sin hacer. Se trata de "hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace" decía frecuentemente San José María Rubio, recientemente canonizado. La voz de Dios le llevó a ejercer su ministerio en el humilde barrio de la Ventilla de Madrid entre los más pobres y menesterosos. San Agustín escuchó la llamada de Dios a servir a la Iglesia de África en los siglos IV y V. Frecuentemente repetía "con vosotros soy cristiano, para vosotros soy sacerdote". No descansaba recibiendo día y noche a todos aquellos que le solicitaban. Puede que Dios te llame al ministerio consagrado o a la vida religiosa, o tal vez a ejercer los ministerios laicales como catequista, animador litúrgico, educador en la fe, o voluntario social. Que tu respuesta sea sincera, audaz y valiente. No tengas miedo, cuanto más arriesgada sea tu vocación, más gratificante será. ¿Estás dispuesto/a a oír su voz?


25. ¡EL BUEN PASTOR! Por Antonio Díaz Tortajada - Fuente: BETANIA

1. Hace muy pocas semanas celebramos aquel momento culminante el que nuestro Buen Pastor se nos daba a conocer. Era el Viernes Santo y escuchábamos conmovidos, el relato de la pasión y muerte de Jesús. Allí en el pretorio, Pilato nos mostraba a Jesús destrozado por la tortura y nos decía: "Ecce homo!", "¡Este es el hombre!" Pilato no lo sabía, no era consciente de ello, ni se le habría ocurrido, pero de hecho, mostrándonoslo así, lo que nos decía era: Este hombre derrotado, destrozado, este hombre que ni un hombre parece, es el único hombre de verdad, el hombre que ha de ser camino, y luz, y vida para todos los hombres y mujeres del mundo. Nosotros, el Viernes Santo, después de escuchar el relato de la pasión y la muerte de Jesús, nos acercábamos a la cruz y la besábamos. Afirmábamos con ello lo que Pilato nos había anunciado sin darse cuenta; que aquel Jesús muerto en el suplicio de los esclavos, fracasado ante el mundo, era realmente el hombre en quien nosotros creíamos, el hombre al que queríamos seguir.

Ahora, hoy en este tiempo gozoso de la Pascua, en la felicidad de celebrar la Resurrección del Señor, hemos escuchado este evangelio que nos ha recordado quién es Jesús para nosotros. Él es el Buen Pastor, Él es el hombre, Él es el único al que nosotros le queremos seguir, porque Él "da la vida por sus ovejas.". Es en su muerte, en su amor fiel hasta la muerte, donde nosotros podemos encontrar el gozo y la felicidad, nadie más nos puede guiar por caminos que merezcan la pena, por caminos que hagan vivir, por caminos por los que nos podamos sentir hombres y mujeres plenos, verdaderos. El amor que Él vivió, el amor que Él nos enseñó es el único que puede dar felicidad a los hombres y mujeres de ayer, de hoy, de siempre.

2. ¡El Buen Pastor! Esta figura bíblica nace de la observación y la experiencia. Durante mucho tiempo, Israel fue un pueblo de pastores y los textos del Antiguo Testamento confirman la tradición de la época de los patriarcas y de las generaciones sucesivas. El pastor que cuida atentamente el rebaño y lo conduce a fértiles praderas, se ha convertido en la imagen del hombre que guía y está al frente de una nación, siempre solícito de lo que le atañe. Así se representa al pastor de Israel en el Antiguo Testamento.

En su predicación, Jesús recurre a esa imagen, pero introduce un elemento del todo nuevo: Pastor es el que da la vida por sus ovejas. Atribuye esta característica al Buen Pastor, distinguiéndolo de quien, por el contrario, es un asalariado y, por tanto, no se preocupa por vida por su rebaño. El Padre lo mandó al mundo no sólo para que fuera el pastor de Israel, sino su rebaño. Más aún, se presenta a sí mismo como el prototipo del Buen Pastor, capaz de dar la también de la humanidad entera.

3. Es la jornada del Buen Pastor y de las vocaciones. En particular de la vocación sacerdotal y religiosa. Por ello se usan una serie de verbos y características en relación a la vocación: escuchar-conocer-seguir, dar la vida, no perecer, nadie la arrebata. Jesús desarrolla el tema de escucha-conocimiento. Entre Jesús y su discípulo se establece un nexo interno de comunión. Él, porque "conoce", es capaz de entrar a la intimidad del corazón de la persona amada, y ésta responde con su escucha y adhesión. Así surge el ideal tipificado de discípulo que escucha, sigue se adhiere, imita, se identifica. Se constituye así compañero de viaje del camino terrestre. Jesús retoma, en clave auténtica, la figura oscura del mercenario en contraposición al Buen Pastor; lo mismo que la del lobo que las devora, en contraposición al Buen Pastor que las protege y salva. "No deja que se pierdan ni perezcan y nadie podrá arrebatárselas". Celebramos de esta manera el amor salvador de Cristo; un amor que seduce, conquista, atrae a la esfera de Dios. Nadie tiene la fuerza, ni la potencia que tiene Dios; nada ni nadie puede arrancarnos de esta comunión de amor y vida a la que el Señor nos invita.

Quien entra en esta intimidad de relación con Cristo, lo está también con el Padre y el Espíritu Santo. "El Padre y yo somos uno". Y como leemos en el Antiguo Testamento: "Yo soy Dios, yo lo soy desde siempre nadie puede sustraerse a mi poder...".

4. El verdadero Pastor, que no es mercenario, se sacrifica por sus ovejas. Se entrega, da su vida, no se limita, se realiza plenamente en su entrega. No instrumentaliza, no domina, no manipula, no aprovecha. El nos conoce por nuestro nombre, cada uno somos importantes para Él, somos único a sus ojos, respetado y amado en el itinerario personal irrepetible de la existencia personal. Aunque nos parezca que esas veredas están siempre en subida, o aunque con la cabeza baja solo sepamos ver el polvo, las espinas, las piedras y los obstáculos. Tenemos que aprender a levantar nuestra cabeza y a ver hacia delante, con decisión, entereza y confianza y guiados por Jesús, El será para nosotros "el camino, la verdad y la vida".

5. De modo especial en la Eucaristía se hace presente sacramentalmente la obra del Buen Pastor, que, después de haber predicado la «buena nueva» del Reino, ofreció en sacrificio su vida por las ovejas. En efecto, la Eucaristía es el sacramento de la muerte y resurrección del Señor, de su supremo acto redentor. Es el sacramento en el que el Buen Pastor hace presente constantemente su amor oblativo por todos los hombres.


26. JESUS, EL AUTÉNTICO Y UNICO PASTOR - Por José María Maruri, SJ
Fuente: BETANIA

1. - Alguno de vosotros conocerá el Monumento al Pastor en la carretera vieja del desfiladero de Pancorbo, en tierras castellanas, en el camino de Burgos a Miranda de Ebro. Y para quienes no lo conozcan o ni siquiera vivan en España, diré que se trata de la figura recia y simpática de un Pastor rodeado de ovejas y acompañado de un avispado perro.

La imagen que Jesús evoca en el evangelio de hoy no es tan bucólica.

La escena inmediata anterior es la curación del ciego de nacimiento. Y el ciego es llamado a juicio por los fariseos, así como sus padres.

Tratan de convencerles de que no era ciego. O al menos de que quien le curó es un pecador. Y como el ciego curado no se convence, lo excomulgan de la Sinagoga. Jesús sale en defensa del excomulgado y acusa a las jerarquías de todo lo que sigue:

--De no importarles las ovejas como asalariados que son.

--De entrar en el redil saltando la cerca como ladrones.

--De cobardes, huyendo ante el lobo, porque las ovejas no son suyas.
A la luz de estas duras palabras el cayado y la honda del pastor vuelven a tomar su fuerza y energía de armas defensivas contra lobos y bandidos. La parábola del Buen Pastor no es nada bucólica.

2. - Jesús no es un anarquista. Reconoce la autoridad y la establece en su Iglesia. Pero para desilusión nuestra, pone la autoridad, no en mandar o en excomulgar, sino en servir, en dejarse la vida a jirones, buscando la oveja perdida.

Jesús es el Buen Pastor y por tanto el auténtico y el único, porque es el único que ha entregado su vida por mí. Pero hay más:

--porque me ha dado su vida. Ese principio vital sobrenatural con Él que vive unido al Padre. Y ello es lo que me hace de verdad, por “auténtico documento notarial, verdadero hijo de Dios.

-- es auténtico pastor porque nos conoce uno a uno. Sabe nuestro nombre, nuestra historia, no soy uno del montón ante Jesús. Soy yo mismo. Nadie tiene que presentarme a Él.

Me conoce mejor que yo mismo me conozco, como pasa tantas veces con nuestras madres...

Si venimos ante el Sagrario basta decirle aquí estoy. Nos conoce por el timbre de voz, como el amigo que llama por teléfono.

3. - Y Jesús es el autentico Pastor, porque no lo es de un redil pequeño y cerrado, sino también de todos aquellos que sin estar en el redil le conocen y le siguen.

Redil y rebaño no son lo mismo. El redil es pequeño y cerrado. Y el rebaño del Buen Pastor no se limita a los inscritos en los libros parroquiales. No es seguro de catolicidad estar inscrito en esos libros, ni tener una antigua tradición católica, ni una amplísima literatura religiosa, ni miles de magníficos templos. Es católico –pertenece al rebaño de Jesús— el que conoce a Jesús y le sigue sin más.

4. - San Juan recordaba esta parábola y la escribía en su ancianidad con un escalofrío. Una incipiente jerarquía empezaba en la nueva Iglesia y ya se iniciaban las disensiones. “Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Islas” Y Juan temblaba. ¿Llegaría el día en que la nueva Jerarquía merecería la condenación del Buen Pastor?

--¿Sabrían dar la vida por las ovejas? Lo hicieron, desde luego, los primeros Papas y muchos obispos y sacerdotes a lo largo de la Historia.

--¿Servirían a los demás, o se harían servir?

--¿Denunciarían al lobo y al ladrón, o pactarían con él?

--¿Amarían a quienes tenían encomendados o se convertirían en funcionarios más preocupados por papeleos, leyes escritas y horarios que por el verdadero bien de los fieles?

Estas dudas de Juan nos interpelan a vosotros y a mí.

5 .- Hoy es la Jornada de Oración por las Vocaciones. Si algunos de los jóvenes que nos leen –o cuando oiga estas consideraciones en el templo—sepa que es una llamada a servir, a dar la vida, a desvivirse, a luchar como el pastor con el cayado y la honda, entre lobos y bandidos.


27. Neptalí Díaz Villán CSsR

 

La figura del pastor referida a los líderes del pueblo y a los dioses era muy propia del antiguo oriente. Los egipcios representaban a sus reyes con los dos distintivos del pastor: el azote (o espantamoscas) y el cayado. En el arte mesopotámica y griega se encuentra la figura del pastor llevando a hombros un cordero. Así mismo el dios griego Hermes fue representado llevando un carnero.

 

En el Antiguo Testamento Dios le encomendó a David la tarea de pastorear a su pueblo Israel (2Sam 5,2). Según la mentalidad judía, Dios encomendaba a los líderes el trabajo de pastorear al pueblo. Pero no pocas veces ellos se adueñaban del rebaño y usurpaban lo que le pertenecía únicamente a  Dios.  Ezequiel (cap. 34), un profeta de la cautividad en Babilonia, hace una fuerte crítica a los líderes que viven preocupados sólo de ellos mismos y con su irresponsabilidad han llevado al pueblo a las desgracias. Dios reclama lo que le pertenece: el pueblo, la tierra y la vida. La actitud inepta de los pastores deslegitima su autoridad.

 

De igual manera el evangelio de hoy denuncia la irresponsabilidad de los líderes del tiempo de Jesús, pues no eran pastores sino asalariados que trabajaban sólo por la paga. No les interesaba la vida de las personas sino que se aprovechan de ellas y las explotaban.

 

El relato evangélico describe de manera clara aunque indirecta a los ancianos del pueblo, magistrados y fariseos, a los sacerdotes, al mismo Herodes y demás autoridades, todas ellas preocupadas únicamente de ellas mismas. No conocían el sufrimiento del pueblo, nos les importaba sus dolencias y reprimían con violencia sus deseos de libertad.  No tenían sentido de pertenencia, no se sentían del pueblo, sino una casta privilegiada y digna de llevar una mejor vida. No lo amaban ni lo comprendían, por el contrario, lo criticaban y lo juzgaban. No vivían para servir sino para que les sirvieran. Aunque vivían de él, les molesta su presencia y les escandalizaba sus gritos. Eran más cercanos a los romanos quienes defendían sus privilegios y posibilitaban su continuidad en el poder. Vivían de esa manera de rodillas ante la bota romana y con la espada para con su gente.

 

Jesús es presentado por la comunidad de Juan como el Buen Pastor, con una relación de intimidad con el Padre. Él estaba con Dios y Dios estaba con Él. Conocía a Dios, vivía profundamente unido a Él. Fue eso lo que lo hizo capaz de ser misericordioso como Dios es misericordioso, de ser perfecto, como Dios es perfecto, de dar vida, como Dios da vida. De asumir como propio el Proyecto de Dios en defensa de los más pobres y marginados del mundo. Se identificó de tal manera con Dios que llegó a decir: “el padre y yo somos uno”. Se identificó de tal manera con Dios y su obra que llegó hasta dar la vida por sus ovejas.

 

La identificación con su Padre Dios era a su vez identificación con su pueblo; con la gente con la cual creció y compartió sus dolores y alegrías, sus deseos y esperanzas. Conoció a Dios y al ser humano, por eso pudo comprenderlo, aceptarlo y amarlo. El amor a Dios y a los hermanos lo facultó para acoger y enseñar, para reprender con cariño y para sanar integralmente. No juzgó ni rechazó a nadie, no se aprovechó de la ignorancia, ni de la necesidad, no explotó el sentimiento de afecto hacia él y siempre estuvo dispuesto a dar lo mejor de su propio corazón.

 

No excluyó a nadie de su camino por ser prostituta, publicano o pecador; a todos, inclusive a los que se creían santos, los invitó a la conversión y a caminar con él. Con el tiempo descubrió que había otros seres humanos que no eran del pueblo de Israel, pero que de igual manera eran amados por Dios; fue entonces cuando extendió su mensaje de salvación a toda la humanidad: “Pero tengo otras ovejas, que no son de este redil. También a ellas debo traerlas; ellas escucharán mi voz, y se hará un solo rebaño con un solo pastor”.

 

Mirando nuestro mundo descubrimos que a nivel político, social, empresarial y aún a nivel eclesial, como en todos los grupos humanos, existen líderes - funcionarios que, como dice Drewermann, su actividad profesional no es más que un modo de ganarse la vida, algo meramente exterior a su existencia como personas, y así su oficio siempre será algo accidental. Estos pseudopastores se creen miembros de una casta privilegiada a la que hay que hacerle reverencias. Son alérgicos a las críticas pues creen que nunca se equivocan y siempre tienen la razón, su lenguaje es arrogante y se ufanan de poseer el esplendor de la verdad. Les gusta que los traten con preferencia en los controles de inmigración cada vez que andan por el mundo y gozar de la inmunidad diplomática o de cualquier inmunidad, no pocas veces utilizada para esconder sus fechorías. Estos personajes pasan la vida escondiendo sus propios vacíos humanos, sembrando indiferencia e impidiendo la renovación de las instituciones para defender sus prebendas. Por acción o por omisión alrededor de ellos se genera más caos, corrupción, injusticias y muerte. Así el lobo entra con más facilidad, hace sus estragos y las ovejas se dispersan.

 

Por supuesto que existen también líderes serios, que sin ser perfectos, conocen, trabajan y aman a su pueblo hasta dar la vida por él. Reciben salario porque naturalmente el trabajador merece su salario y su descanso, pero esa no es la principal razón de su labor. Vemos líderes comunitarios, sociales y políticos que luchan contra viento y marea, a pesar de tener en contra una poderosa maquinaria. Vemos religiosos laicos y sacerdotes que trabajan por construir la Iglesia que Dios quiere y el mundo concreto necesita.  Vemos padres y madres de familias entregados a los suyos, con las herramientas de trabajo en una mano y el bolso de los pañales en la otra, con la inteligencia bien puesta para orientar y el corazón bien caliente para amar.

 

Necesitamos líderes que sean buenos pastores. Que conozcan a su pueblo y que generen verdaderos procesos para vernos libres de todo tipo de esclavitud. Que promuevan un crecimiento y de progreso integral. Y que unidos a Cristo único Pastor lo den todo por su pueblo. Necesitamos padres y madres de familia que conozcan, amen, eduquen y les brinden a sus hijos el mejor ambiente para crecer en armonía. Necesitamos un pueblo conciente de la necesidad de implicarse en sus procesos humanos. Los líderes son el reflejo de un pueblo; de su interés por desarrollarse integralmente o de su indeferencia ante su propio atraso y su propio dolor. Por eso cada pueblo tiene los gobernantes que se merece, conquista su victoria o sufre su derrota. Es un compromiso ética - político, religioso, humano y cristiano reaccionar ante un líder cuyo accionar lo deslegitima. Así mismo todos tenemos el compromiso de apoyar procesos familiares, comunitarios y sociales para transformar positivamente nuestro entorno.

 

Nota 1: Oremos por la unidad de todos los cristianos que no significa necesariamente que todos se sometan a la disciplina domesticadora que en ocasiones se pretende implantar. Sería interesante reflexionar sobre cómo construir la unidad de tal manera que, como dice el evangelio, “se haga un solo rebaño, con un solo pastor”. ¿El rebaño tendría que ser necesariamente la Iglesia católica romana y el pastor sería el papa, llamando el sucesor de Pedro y vicario de Cristo?

 

Nota 2: La frase de los Hechos de los Apóstoles referida a Jesús: “no existe bajo el cielo otra persona cuyo nombre pueda salvarnos”. ¿No sería un impedimento para el diálogo interreligioso? Según esto, ¿no tendrían validez el camino propuesto por otras religiones como la budista, islamista y el mismo judaísmo? Este es un tema donde hay mucha tela para cortar. A grandes rasgos digo que la sagrada escritura no es una declaración dogmática y lo que pretendían los escritores sagrados era hacer una confesión de fe para que otros acogieran la Buena Nueva de la salvación que ellos recibían por medio de Jesús. Los dogmas aparecieron en el siglo IV con el emperador Constantino el Grande que acogió el cristianismo no precisamente por convicciones de fe.

Nota 3: En muchas iglesias se convoca para este día a una jornada especial de oración por las vocaciones sacerdotales, porque se ha asumido que los buenos pastores son los sacerdotes y la fiesta del buen pastor es la fiesta del sacerdote. ¿No será que buenos pastores debemos ser todos los que de una u otra manera tenemos la responsabilidad de orientar algún grupo humano? ¿No será que a demás de orar para que tengamos muchos y santos sacerdotes, debemos orar y sugerir, como miembros vivos de la Iglesia, que cambie el modelo de sacerdocio que tenemos hoy?...


28. INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO

COMENTARIOS GENERALES


“Su pueblo y la grey él pastorea”

En los tres ciclos, el cuarto domingo de Pascua es un domingo dominado por la figura de Cristo, buen Pastor. Es simplemente “el domingo del Buen Pastor”.

Un consolador anuncio nos viene al encuentro de la liturgia de la palabra: El Señor es nuestro Pastor, ¿de qué tendremos miedo?

Para comprender de qué quiere distinguirse Jesús cuando dice polémicamente: Yo soy el buen pastor, y, Todos los que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes (Jn. 10,8) hay que partir de una página del profeta Ezequiel acerca de los pastores de Israel a la cual el mismo Jesús ciertamente quiso referirse. El mundo antiguo estaba lleno de pastores: pastores reales hacían esta profesión tan familiar e importante; pastores además se llamaban los jefes, reyes, sacerdotes. Pero, ¿qué respondía a estos títulos? Lo dice precisamente el profeta Ezequiel en un duro reproche contra los jefes políticos y religiosos del pueblo elegido (los pastores de Israel): Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos. ¿Acaso los pastores no deben apacentar el rebaño? Pero ustedes se alimentan, con la leche, se visten con la lana, sacrifican a las ovejas más gordas y no apacientan el rebaño. No han fortalecido a la oveja débil, no han curado a la enferma, no han vendado a la herida, no han hecho volver a la descarriada, ni han buscado a la que estaba perdida. Al contrario, las han dominado con rigor y crueldad. Ellas se han dispersado por falta de pastor y se han convertido en presa de todas las bestias salvajes. Mis ovejas se han desbandado (Ez. 34,1-5).

Este cuadro nos pone delante la figura eterna y universal del “jefe” entre los hombres. Lo que hemos escuchado es, en otras palabras, el modo con el cual los jefes, los dominadores y los poderosos siempre concibieron su relación con los hombres, sus súbditos. Una relación de dominación y de explotación: explotar a los súbditos todo lo posible, como se exprime de las ovejas la leche, la lana y la carne dejándolas lo más posible “ovejas”, es decir, débiles, enfermas, heridas y sobre todo dispersas, es decir, divididas entre sí para poder dominarlas fácilmente con crueldad y violencia, como dice el profeta.

Jesús en su tiempo constataba amargamente esta realidad trucha del dominio que se anida en todo poder humano. Decía: Los reyes de los pueblos (es decir, los pastores) mandan sobre ellos y los que ejercen autoridad se hacen llamar por añadidura también bienhechores (cfr. Lc. 22,25). En el largo discurso sobre el buen pastor, Jesús habla de esos falsos pastores humanos, con mucha claridad: son mercenarios; no les importa nada de las ovejas; ante el peligro huyen y dejan que las ovejas se desbanden (cfr. Jn. 10,12). No hay que pensar que Jesús sólo alude a los jefes celotes que en su tiempo azuzaban al lobo -es decir a los romanos- para después huir y ocultarse cuando ellos llegaban dejando que el pueblo pagara las consecuencias de las duras represiones del dominador extranjero. El cuadro es mucho más universal; es el cuadro amargo del dominio del hombre sobre el hombre, de la autoridad como sujeción y explotación de los débiles. Eso está radicado en el egoísmo humano y es por esto eterno. A lo largo de los siglos se dio tal vez un rostro humano, tal vez se revistió de filantropía, pero si se ahonda un poco se ve que, salvo poquísimas excepciones (¡hubo también reyes santos!) la situación no cambió respecto al tiempo de Cristo. Hay todavía zonas de la tierra donde la situación es aún peor que en los tiempos de Jesús, donde el hombre domina sobre el hombre, con crueldad y violencia. La humanidad nunca fue sin tiranos, y no lo está tampoco hoy.

¿Por qué entonces Jesús se apropió una imagen que resulta tan comprometida en la experiencia humana? ¿Por qué se llama “buen pastor” y continúa llamándonos a nosotros “su grey”? ¿No teme, al llamarnos su grey, herir nuestra sensibilidad y ofender nuestra dignidad de seres libres? La respuesta es que a pesar de todos los abusos humanos, Dios nunca renunció a su título de pastor como no renunció al título no menos comprometido de “rey”.Hablando por boca del profeta Ezequiel, después de la recriminación que hemos escuchado, añade: Yo mismo voy a buscar a mi rebaño y me ocuparé de él. Como un pastor se o