SAN AGUSTÍN COMENTA LA PRIMERA LECTURA

 

Hch 2,14a.36-41: La conversión plena y total de los judíos

Eran también de aquel pueblo los que, al hablar Pedro exaltando la pasión, resurrección y divinidad de Cristo, después de recibir el Espíritu Santo, cuando todos aquellos sobre los que descendió hablaron los idiomas de todas las naciones, quedaron apesadumbrados de espíritu. Eran oyentes del pueblo judío y pedían consejo para su salvación, entendiendo que eran reos de la sangre de Cristo; ellos le habían crucificado y matado, pero veían que en el nombre del muerto se hacían tantos milagros y veían la presencia del Espíritu Santo.

Pidiendo consejo, recibieron respuesta: Haced penitencia, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y os serán perdonados vuestros pecados (Hch 2,38). ¿Quién perderá la esperanza de que se le perdonen los pecados, si se les perdonó el crimen de dar muerte a Cristo? Pertenecían al pueblo judío y se convirtieron; se convirtieron y se bautizaron. Se acercaron a la mesa del Señor y bebieron con fe la sangre que habían derramado con furor. Los Hechos de los Apóstoles manifiestan cuán total y plena fue su conversión. Vendieron todo lo que poseían y depositaron el precio de la venta a los pies de los apóstoles; y se distribuía a cada uno según lo que necesitaba, y nadie llamaba propio a nada, sino que todas las cosas les eran comunes. Así está escrito: Tenían un alma sola y un solo corazón tendido hacia Dios (Hch 4,32-35).

Éstas son las ovejas de las que dijo: No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel (Mt 15,24). A ellas manifestó su presencia, y al ser crucificado oró por ellas que se ensañaban contra él, diciendo: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,34). El médico veía a los locos que, perdida la razón, daban muerte al médico, y al dar muerte al médico, sin saberlo, se propinaban una medicina. Con ese Señor muerto nos hemos curado todos; hemos sido redimidos con su sangre y liberados del hambre con el pan de su cuerpo. Esa presencia manifestó Cristo a los judíos. Por eso dijo: No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel (Mt 15,24). Quería manifestarles la presencia de su cuerpo, pero no desdeñar o marginar a las ovejas que tenía entre los gentiles.

Sermón 77,4