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H O M I L Í A S 

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DOMINGO III DE PASCUA
CICLO C

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ES EL SEÑOR.

Los apóstoles han vuelto a su trabajo. Eran pescadores y vuelven a pescar. Están en Tiberíades afanándose, infructuosamente, por encontrar peces. Toda la noche bregando y no habían conseguido nada. De repente, un hombre desde la orilla les dice que echen la red a la derecha y la red se llena de peces. Asombro en los apóstoles. Pero uno solo da con la respuesta exacta. Juan apunta a Pedro: Es el Señor.

Hace dos domingos eran también Juan y Pedro los que se enfrentaban con una situación nueva: la del sepulcro vacío. Entonces fue también Juan el que tuvo la certeza repentina de la fe. Ahora tiene la clara intuición del encuentro con el resucitado. Sin dudarlo un momento "ve" también ahora la presencia de Cristo. Y se lo dice a Pedro.

Hay algo en Juan que le hace descubrir la presencia del Señor en los acontecimientos. Es posible que fuera ese amor de predilección que le tenía Jesús, y que el Evangelista se encarga de subrayar en sus escritos, lo que le hiciera especialmente apto para captar la presencia del Señor, pero lo cierto es que Juan es muy clarividente para encontrar a Jesús en los acontecimientos que jalonan su vida. Es esta una cualidad esencial para un cristiano (ACONTECIMIENTO/RV), una cualidad mediante la cual el cristiano vive lo diario, lo que pasa corrientemente y lo que acontece en algún momento extraordinario, de modo distinto a como lo viven el resto de los hombres que no reconocen a Jesús en su entorno.

Habría que pedir hoy de modo especial que se nos notara con esa especie de "sexto sentido" para encontrar a Jesús en nuestro quehacer diario, ése que puede llegar incluso a aplastarnos por su monotonía, ése que empieza con el sonido molesto y repiqueteante del despertador y continúa con los gestos que se repiten en el trabajo de cada mañana, allí donde nos encontramos con los demás hombres detrás de cuyas sombras tenemos que acostumbrarnos a ver al Señor. Es seguro que si en ese hombre, a veces incluso destemplado, al que tenemos que atender profesionalmente, tuviésemos la preciosa intuición de ver al Señor, no lo trataríamos con desgarro, con indiferencia o con cansancio, sino con una atención exquisita, como si fuera eso que estamos haciendo lo más importante de nuestra vida (PROJIMO/RV-J). E importante es, sin duda ninguna, desde el punto de vista cristiano.

Es seguro que si en nuestra casa, cuando nos cansa la dedicación o la exigencia que los miembros de nuestra familia nos requieren, tuviéramos la intuición de ver, detrás de cada uno de los que nos esperan, al Señor, la mirada que les dedicamos o el esfuerzo que nos exige su atención no lo daríamos con gesto destemplado y agrio, sino con ademán distendido y amable. Cambiaría así el entorno familiar y nos haríamos próximos de nuestros más próximos.

Es seguro que si fuésemos capaces de ver al Señor a través de los acontecimientos gozosos o dolorosos que jalonan nuestra vida, sería más espontánea la alegría y más comedido, quizá, el dolor.

Una y otro tendrían un espléndido soporte. Y no es que tengamos que estar siempre pendientes, angustiosamente pendientes, de encontrarnos con el Señor en nuestros días. Es que deberíamos estar acostumbrados a contar con El, como se cuenta con la persona amada para vivir y como nos referimos a ella en cada acontecimiento grande o pequeño de los que nos afectan; y lo hacemos con una sencillez absoluta, simplemente porque esa persona forma realmente parte de nosotros mismos. Lo que nos pasa es que al Señor lo hemos alejado de nuestro existir, lo hemos encerrado en el templo, en el culto, a lo sumo en la oración; lo hemos disociado de la vida. Y, sin embargo, El aparece allí, en medio de Tiberíades, junto al esfuerzo de aquellos hombres para conseguir unos peces con los que comer y ganar para seguir viviendo; aparece en medio del trabajo ordinario, contemplando el esfuerzo, echando una mano para señalar dónde se puede sacar mejor fruto. Sin embargo, de todos los que faenaban ansiosos, sólo uno lo descubrió: Juan.

Es importante para un cristiano encontrarse con Jesús en medio de su vida. Si no lo hacemos corremos el peligro de estar faenando "toda la noche" (toda la vida) y no conseguir nada; corremos el peligro de correr mucho, de estar muy preparados, de competir activamente..., pero de tener las redes vacías; vacías de visión sobrenatural, de cumplimiento puntual, de dedicación efectiva al hermano; vacías de alegría en el cumplimento del deber, de atención exacta en este cumplimiento. Si no lo hacemos, corremos el peligro de pasar por los acontecimientos sin penetrar en el significado que puedan tener o dejándonos, posiblemente, destrozar y dominar por ellos. Esta aptitud para descubrir al Señor en el acontecer diario es lo que puede hacer a un cristiano distinto del resto de los hombres.

No consiste el ser cristiano (CR/QUE-ES) en hacer cosas distintas, sino en hacer las cosas que hacen todos, pero con un estilo diferente, el estilo del que es capaz de encontrarse con el Señor en el trabajo, en la amistad, en la familia, en la diversión, en el esfuerzo, en la alegría, en el dolor. En una palabra: en la vida, con toda la riqueza que la vida lleva consigo.

ANA MARÍA CORTES
DABAR 1986, 24

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