PARA LA  ORACIÓN LITÚRGICA

 

III DOMINGO DE PASCUA

 

Que tu pueblo, Señor, exulte siempre
al verse renovado y rejuvenecido en el espíritu,
y que la alegría de haber recobrado la adopción filial
afiance su esperanza de resucitar gloriosamente.

 

La alegría es un sentimiento muy propio del tiempo pascual. Contrasta notablemente con la austeridad y la sobriedad cuaresmal. Tiene su origen en la esperanza, que es inherente a la fe.

Hoy la liturgia nos invita a exultar por nuestra condición de hijos adoptivos, que el pecado había desfigurado, y que Cristo nos ha restituido con su misterio pascual. Así, pues, brota espontánea la esperanza de participar de todos los beneficios de los hijos. Ya no somos esclavos, sin ningún derecho y sin ningún futuro. La filiación divina nos hace herederos de las promesas de Dios -resucitar gloriosamente-, a la vez, claro, que nos carga con la responsabilidad de los hijos. No podemos olvidar cuán cierta es la expresión evangélica: "A quién más se le dé, más se le exigirá". Y, ¿se nos puede dar algo más grande que la filiación divina?

Dejemos que sea de nuevo el apóstol Pablo quien lo diga con sus palabras certeras: "No habéis recibido un espíritu de esclavos para reincidir nuevamente en el temor, sino que habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos en el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre! Y el Espíritu mismo testifica, junto con nuestro espíritu, que somos hijos de Dios. Hijos, y por tanto herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, toda vez que padecemos con Él para ser glorificados también con El" (Rm 8,15-17).

Vivir en la responsabilidad del amor,
en la sensibilidad del amor,
en el gozo del amor,
en la novedad inacabable del amor,
en la eterna juventud del amor,
en el Espíritu del amor.
¡He ahí nuestro ser cristiano!

JAUME GONZÁLEZ PADRÓS
ORACIÓN DE LA HORAS ABRIL 1993