SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
1 Jn 2,1-5: No temas perder la causa de tu confesión
Hijos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Pero quizá se cuela el pecado en la vida humana. ¿Qué hacer? ¿Dejar paso a la desesperación? Escucha: Si alguien peca -dice- tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el Justo; él es propiciador por nuestros pecados. Él es nuestro abogado. Pon empeño en no pecar; mas si la flaqueza de tu espíritu te indujo al pecado, ponte en guardia al instante, desapruébalo, condénalo enseguida; una vez que le hayas condenado, podrás acercarte seguro al juez. Allí tienes tu abogado; no temas perder la causa de tu confesión. Si a veces se confía el hombre en esta vida a una lengua elocuente, y así evita el perecer, ¿vas a perecer tú, si te confías a la Palabra? Grita: Tenemos un abogado ante el Padre.
Contemplad al mismo Juan revestido de humildad. No cabe duda de que era un hombre justo y excelso, que libaba los secretos de los misterios en el pecho del Señor; él, en efecto, es quien bebiendo del pecho del Señor, eructó la divinidad: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba en Dios (Jn 1,1). Tan gran varón no dijo: «Tenéis un abogado ante el Padre», sino: Si alguien peca, tenemos un abogado. No dijo: «Tenéis», ni «me tenéis», ni «tenéis a Cristo», sino que presentó a Cristo, no a sí mismo; dijo: «Tenemos», no: «Tenéis». Prefirió contarse en el número de los pecadores para tener por abogado a Cristo, antes que constituirse personalmente como abogado en lugar de él y hallarse entre los soberbios merecedores de condenación. Hermanos, es a Jesucristo, el Justo, a quien tenemos por abogado ante el Padre; él es propiación por nuestros pecados. Quien retiene esto, no es hereje; quien lo defiende, no es cismático. ¿De dónde se originan los cismas? De decir los hombres: «Somos justos»; de afirmar: «Nosotros santificamos a los impuros, justificamos a los impíos, nosotros pedimos y nosotros alcanzamos lo pedido». Pero ¿qué dijo Juan? Si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo, el Justo.
Entonces dirá alguien: « ¿Luego los santos no interceden por nosotros? ¿No piden por el pueblo los obispos y prelados? Atended a la Escritura y veréis que ellos mismos se encomiendan al pueblo. El Apóstol dice a los fieles: Orad unánimes, orad por mí (Col 4,3). Ora el pueblo por el Apóstol y ora el Apóstol por el pueblo. Rogamos por vosotros, hermanos; rogad vosotros por mí. Rueguen los miembros unos por otros, interceda por todos la Cabeza. Por lo tanto, no es de admirar lo que sigue, y que al mismo tiempo tapa la boca a los que dividen la Iglesia de Dios. El que dijo: Tenemos por abogado a Jesucristo, el Justo, que es propiciación por nuestros pecados puso su mirada en los que habían de apartarse de él y decir: He aquí al Cristo, hele aquí (Mt 24,23), con la intención de mostrar que quien compró el mundo entero y posee todo lo creado se halla sólo en una parte. Por eso añadió a continuación: No sólo por los nuestros sino por los de todo el mundo.
Comentario a la I Carta de San Juan 1,7-8.