SAN
AGUSTÍN COMENTA LA PRIMERA LECTURA
Hch 4,32-35: Hallar el gozo en lo común, no en lo privado
Quien cumple rectamente lo que enseña y enseña a cumplirlo así, se convierte en morada para el Señor junto con aquel a quien enseña, porque todos los creyentes son un lugar único donde mora Dios. El Señor tiene su morada en el corazón, porque uno solo es el corazón de cuantos están unidos por la caridad.
¡Cuántos miles de personas, hermanos míos, creyeron y pusieron a los pies de los apóstoles el precio de sus bienes! Y ¿qué dice de ellos la Escritura? En verdad, se habían convertido en templo del Señor. Se hicieron templos de Dios no sólo cada uno en particular, sino todos en conjunto. Se convirtieron, pues, en lugar para el Señor. Para que sepáis que todos ellos se habían convertido en lugar para el Señor, dice la Escritura: Tenían un alma sola y un único corazón dirigido hacia Dios (Hch 4,32).
En cambio, los muchos que rehúsan convertirse en lugar para el Señor, buscan y aman sus propios intereses, se gozan de su propio poder y anhelan lo que es propio de ellos sólo. Mas quien quiera disponer una morada para el Señor no debe gozar de lo que es privado, sino de lo que es común. Esto hicieron aquellos con sus bienes privados: los pusieron en común. ¿Acaso perdieron lo que poseían personalmente? Si lo hubieran poseído ellos solos y cada uno hubiese tenido lo suyo, hubiese poseído solamente eso; pero al hacer común lo que era particular pasaron a ser suyos también los bienes de los demás.
Ponga atención vuestra caridad. De las cosas que cada uno posee en particular dimanan las riñas, las enemistades, las discordias, las guerras entre los hombres, los alborotos, las mutuas disensiones, los escándalos, los pecados, las iniquidades y los homicidios. ¿De dónde nacen estas cosas? De lo que cada uno posee en particular. ¿Acaso litigamos por lo que poseemos en común? Usamos del aire en común; al sol lo vemos todos. Dichosos, pues, quienes preparan la morada al Señor de tal modo que no encuentran gozo en lo particular y privado. A hombres así describía quien decía: Si entrare en la tienda de mi casa. Se trataba de algo privado. Sabía que eso privado le impedía hacer una morada para el Señor y pasa a mencionar lo que le pertenecía personalmente: No entraré en la tienda de mi casa hasta que encuentre ¿qué? ¿Entrarás en tu tienda cuando hayas encontrado un lugar para el Señor? ¿O estará tu tienda allí donde hayas encontrado un lugar para el Señor? ¿Cómo? Tú mismo serás la morada del Señor y formarás una unidad con cuantos se conviertan en morada para el Señor.
Abstengámonos, pues, hermanos de toda posesión privada o, si no podemos abandonar la posesión en sí, hagamos desaparecer el amor a ella. Alguno dirá: «Eso es mucho para mí». Mas considera quién eres tú que debes hacer una morada para el Señor. Si un senador quisiera hospedarse en tu casa; y no digo ya un senador, sino un administrador de algún gran personaje según el mundo y te dijere: «Esta cosa me desagrada en tu casa», aun cuando tú la estimases, la quitarías para no desagradar a aquel cuya amistad ansías. Y, con todo, ¿qué provecho puede aportarte la amistad de un hombre? Es posible que en vez de encontrar ayuda en ella, te cause problemas. Muchos, antes de juntarse con los grandes, vivían sin peligro alguno, pero anhelaron su amistad para caer en ellos. Desea sin temor la amistad de Cristo: quiere hospedarse en tu casa; prepárale el lugar. ¿Qué significa ese prepararle el lugar? No te ames a ti mismo, ámale a él. Si te amas a ti mismo, le cierras la puerta; si le amas, se la abres. Y si se la abres y entra, ya no perecerás amándote, sino que te hallarás a ti mismo junto con quien te ama.
Si entrare en la tienda de mi casa, si subiere al lecho de mi reposo. La posesión privada sobre la que descansa el hombre le hace soberbio. Por eso dijo: Si subiere. Toda posesión privada en la que el hombre halla su descanso le hace soberbio necesariamente. De aquí que un hombre se enfrente a otro hombre a pesar de que ambos son carne. ¿Qué es un hombre, hermanos? Carne. Y ¿qué es el otro hombre? Otra carne. No obstante ello, la carne del rico se dilata a expensas de la carne del pobre, como si aquella hubiera traído algo cuando vino al mundo o pudiera llevarse algo de él. Todo lo que tuvo de más fue para envanecerse.
Comentario al salmo 131,4-7.