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1.
"AL ANOCHECER DE AQUEL DÍA... A LOS OCHO DÍAS..."
La
liturgia de este domingo tiene su punto específico en la proclamación
del evangelio de Juan 20, 19-31. Cada año leemos lo mismo precisamente
porque nos acerca el misterio de este domingo. Primero remarca que el
domingo proviene del Señor. El primer domingo de Pascua es el día de
la manifestación del Resucitado, primero a las mujeres, después a los
discípulos. La primera preocupación del Señor es reunir a los
discípulos después del escándalo de la cruz. El segundo domingo, el
primer día de la semana, esto es, hoy, el Resucitado vuelve a reunir a
los discípulos para confirmarlos en la fe.
Así,
el Señor nos indicó que su día era el domingo porque este era el día
en el que él quería encontrarse con los discípulos. Juan, el
discípulo desterrado en Patmos, se encontró precisamente en el día
del Señor con aquél que había muerto y ahora vive eternamente, el
primero y el último, que tiene las llaves de la muerte y de su reino
porque la ha vencido. El evangelio de Juan nos hace conscientes de la importancia y el
sentido de la celebración del domingo, el día del Señor. En este día
celebramos nuestro encuentro con los hermanos: es aquí donde por la fe
y por la Eucaristía nos encontramos con el Señor.
2.
"DICHOSOS LOS QUE CREAN SIN HABER VISTO"
Es
la bienaventuranza del Resucitado, la que mira a las generaciones que
vendrán después de los testimonios oculares de la vida, muerte y
resurrección de Jesús. Creer, nos dice el evangelio de hoy, es
renunciar a ver con los ojos de la carne, a tocar con las manos, a meter
el dedo en las heridas del crucificado para identificar al resucitado.
Creer es buscar y encontrar al Señor, nuestro Dios, en la asamblea de
los que creen que Jesús es el Mesías, de los que encuentran en los
sacramentos la vida que ha brotado de la cruz. No hemos conocido a
Jesús según la carne, no buscamos visiones o hechos extraordinarios
donde apoyar nuestra fe. La felicidad que nos salva ahora es la
presencia vivificante del Señor que nos reúne por el Espíritu en la
Iglesia donde no cesa de predicarnos el Evangelio y de partir para
nosotros el pan. Cada domingo somos felices por este encuentro con el
Señor.
3.
"RECIBID EL ESPÍRITU SANTO"
Antes
de la resurrección, no había venido el Espíritu Santo (Jn 7, 39). La
tarde del primer domingo de Pascua, Jesús resucitado dio el Espíritu
Santo a los apóstoles, exhalando su aliento sobre ellos. El Espíritu
es el aliento de la nueva creación. El Espíritu es la fuerza que
reciben los apóstoles que los hace hombres nuevos, luchadores contra el
mal, liberadores del pecado, para ir formando dentro del mundo la nueva
creación.
El
Espíritu es el primer fruto de la Pascua del Señor y el que da la
plenitud. Fijémonos cómo Juan sitúa en la tarde de Pascua, en el
primer encuentro de los discípulos con el Resucitado, la donación del
Espíritu Santo, lo que Lucas ve realizado cincuenta días después en
la Pascua granada. Anticipemos que para Pentecostés también leemos la
primera parte del evangelio de hoy. Lo que hay que recordar es que el
gran don del Resucitado es el Espíritu.
Esta memoria del Espíritu, aliento
de la nueva creación, ha de ser más intensa en el tiempo que
transcurre entre la Pascua y Pentecostés, cuando celebramos y
recordamos los sacramentos de la iniciación cristiana que, por obra del
Espíritu, nos hace criaturas nuevas. Esto concuerda con la colecta de
la misa de hoy en la que pedimos comprender mejor "la inestimable
riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha
hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido".
4.
LA MISIÓN PASCUAL
En
la Historia de la Salvación, quien recibe un don es porque se le
confía una misión. No puede haber un don en vano. La donación del
Espíritu por parte del Resucitado incluye la misión, como sucede
también al final de los tres evangelios: "Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo". Los discípulos son enviados
a continuar la misión del Hijo de Dios, muerto y resucitado, misión
que éste recibió del Padre. El Espíritu hará efectiva esta misión
para destruir el reino del pecado y de la muerte, desvaneciendo el
pecado, haciendo una creación nueva, en la que resida la
"paz" eternamente, la "paz" que es un don mesiánico
por excelencia y que el Resucitado comunica también hoy, de entrada, a
sus discípulos.
Nosotros,
todos los creyentes, presididos por los sucesores de los apóstoles,
continuamos esta misión. De acuerdo con todo esto pedimos, en esta
octava de Pascua, que "la fuerza del sacramento pascual persevere
siempre en nosotros" (poscomunión).
PERE
LLABRÉS
MISA DOMINICAL 1998, 6, 19-20

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