De Pascua judía a Pascua cristiana

 

            Hasta ahora no hemos encontrado en el calendario judío ninguna fiesta que haya pasado al calendario cristiano. En cambio, con la fiesta de la primera gavilla, la antigua fiesta de la primavera, llegamos a la primera solemnidad nacida en el paganismo de las religiones cósmicas y progresivamente espiritualizada hasta el punto de ser hoy la fiesta cristiana por antonomasia, en continuidad externa con las fiestas humanas antiguas, pero íntegramente renovada en cuanto a su alcance y contenido. Recordemos brevemente el punto de partida humano de la fiesta. La caracterizan dos ritos esenciales: el pan ácimo y la sangre protectora del cordero.

            El rito del cordero es clásico entre las tribus nómadas, incluso actuales: se inmola un cordero (no hay por qué comerlo necesariamente) y se derrama su sangre sobre las estacas de la tienda para que sirva de preservativo contra las incursiones del espíritu maligno. En cuanto al rito de los ácimos, parece ser de origen agrícola y refleja la preocupación de los campesinos, al obtener la primera harina del nuevo trigo, por no mezclarle levadura procedente de la cosecha anterior. Con esto entramos de lleno en el sincretismo de los ritos nómadas y de los ritos agrícolas, tal como lo practicaba el mundo pagano cuando nació el pueblo hebreo: por una parte, la fiesta de la primavera, que pudo determinar durante algún tiempo el comienzo del año; por otra, el rito del cordero preservador.

            Se comprende que la aparición de la primavera pudiera concretarse en una fiesta con el mismo titulo que la riqueza de la recolección se plasmó en la fiesta del otoño. Si la fiesta de la primavera no llegó a alcanzar el esplendor de la fiesta de los Tabernáculos, ello se debió, sin duda, a que el duro trabajo de los campos coartaba en primavera un esparcimiento que el final de la recolección hacia más fácil y completo.

            Nuestros semipaganos de hoy día, que forman las masas populares, celebran espontáneamente, a menos que sea por un resto inconsciente de civilización cristiana, la fiesta de la primavera: vacaciones de Pascua, nueva costumbre de estrenar por Pascua, huevos de Pascua... Todo esto alude al sentido de renovación, al olvido de la vida antigua, a la evasión del mundo de todos los días a cambio de otra cosa. Pensando en estos ritos de la primavera pagana de nuestros días, podremos ver cómo se las ha ingeniado Dios para obligar a su pueblo a superar esos ritos sin oponerse a ellos, celebrando así la renovación de la vida espiritual y la marcha hacia la nueva era de los hijos de Dios.

            Si bien el rito mágico de la sangre del cordero no tiene prácticamente cabida en un mundo que cree poder sustituir la magia con la técnica para inmunizar al hombre contra los elementos, quedan todavía muchos cadáveres de pájaros o de roedores colgados a la puerta de los establos para preservar de epidemias al ganado y muchos quicios pintados de tiza o cal, para que podamos considerar a nuestros contemporáneos absolutamente ajenos a ciertos ritos preservativos, como el de la sangre del cordero.

            Parece, pues, que existe la posibilidad de una catequesis a partir de esas realidades humanas para llevar al cristiano hasta la plenitud del misterio pascual. Las líneas esenciales de semejante catequesis nos las indicará Dios mismo, si somos capaces de seguir paso a paso el desarrollo de su pedagogía en la Escritura.


Coincidencia de dos ritos

            El primer hecho que debemos considerar es la yuxtaposición del rito agrícola de los ácimos y del rito nómada del cordero. Entre ambos ritos no existe ningún nexo original, puesto que pertenecen a dos mundos distintos y, si el primero está ligado al decurso del año, el segundo depende de acontecimientos incontrolables. El uno pone al hombre en contacto con el ritmo cósmico y natural; el otro, en cuanto es posible, le previene de acontecimientos inesperados: epidemia, desgracia, etc.

            Sin embargo, los textos más antiguos de la Biblia nos muestran ambos ritos en coexistencia pacífica. La Pascua se celebra el catorce de nisán, mientras que la fiesta de los ácimos comienza al día siguiente. Es probable que este sincretismo obedezca en gran parte a la lenta penetración de los hebreos nómadas en la región agrícola de Canaán. Pero la Biblia da de ello una explicación diversa, apenas comprensible para nuestra mentalidad moderna.

            Durante la estancia del pueblo en Egipto, se desencadenan sobre el país una serie de plagas espantosas. La última es particularmente trágica: el espíritu del mal (el ángel exterminador, dice la Escritura) pasará dando muerte a todos los primogénitos. Inmediatamente los judíos nómadas echan mano del rito tradicional del cordero degollado y la sangre derramada. El yahvista refiere la tradición por su cuenta, entroncándola en la concepción del monoteísmo según la cual el ángel exterminador actúa por voluntad de Dios, pero pone gran cuidado en mostrar que los judíos poseían en su patrimonio un rito eficaz por cuya virtud se vieron protegidos al tiempo que sucumbían los egipcios:

"Tomad unas cabezas de ganado menor para vuestras familias e inmolad la Pascua. Luego cogeréis un manojo de hisopo, lo empaparéis en la sangre que contiene la fuente y aplicaréis esta sangre de la fuente al dintel y a los quicios de las puertas. ¡Que nadie de vosotros salga de casa hasta la mañana siguiente! Así, cuando Yahvé recorra Egipto para castigarlo, al ver sangre en el dintel y en los quicios pasará por delante de aquella puerta sin permitir al Exterminador entrar en vuestras moradas para asestar sus golpes" (Ex. 12, 21-24).

            Se adivina la preocupación del redactor de este pasaje por purificar la tradición, pero ello no quita que podamos ver todavía su trasfondo mágico en la prescripción de "no salir de casa hasta el día siguiente". Este aspecto preservativo de la sangre parece ser el portante del rito, pues el redactor se apoyará en una etimología fantástica de la palabra Pascua para hacerle decir que el exterminador pasará adelante o pasará por delante. Dios interviene en un antiguo rito mágico para manifestar así a su pueblo que El le salva del peligro que aplastará a Egipto.

            El hecho acontece, como por casualidad, en primavera. Está cerca la fiesta de la primera gavilla, con que se inaugura el período de los panes sin levadura. He ahí los dos ritos fortuitamente unidos según el modo de ver del redactor yahvista, el cual presenta a los judíos abandonando Egipto precisamente en el momento en que se elabora el pan sin levadura. Pero el redactor atribuye luego a este pan ácimo un sentido nuevo que lo hace pasar del nivel naturalista al nivel histórico. Será el pan que hubo de llevarse sin esperar a que fermentara, debido a la prisa por escapar de la tierra de la esclavitud:

"Los egipcios apremiaban al pueblo para apresurar su marcha, pues decían: Vamos a morir todos. La gente se llevó la masa antes de que fermentara, cargando las artesas al hombro, envueltas entre sus mantos. Los hijos de Israel partieron de Ramsés hacia Sukkot en número de unos seiscientos mil infantes, sin contar sus familias. Se unió a ellos una numerosa y variada muchedumbre, así como ganado mayor y menor formando inmensos rebaños. Cocieron ellos, en forma de tortas ácimas, la masa que sacaron de Egipto, porque no había fermentado. Expulsados de Egipto sin la menor demora, no habían podido procurarse provisiones para el viaje" (Ex. 12, 32-39).

            Este pasaje es particularmente interesante, porque nos demuestra una vez más cómo se las ha arreglado la liturgia para asimilar un rito de origen agrícola. Mientras que, por lo que se refiere al rito del cordero, se ha limitado a quitarle el carácter mágico y encuadrarlo en el monoteísmo (haciendo depender de Yahvé al ángel exterminador), en el caso del rito agrícola la labor de espiritualización consiste en procurarle nuevas referencias. Y así, en lugar de ser el signo del ciclo natural de las cosechas y de la renovación que ese ciclo introduce en la vida, el pan ácimo significa ahora un acontecimiento histórico: la prisa con que los israelitas abandonaron la tierra de Egipto. El rito pasa del significado agrícola al nómada, del naturalista al histórico. Es el proceso seguido por varios ritos agrícolas de la fiesta de los Tabernáculos, como hemos visto en el párrafo anterior: la experiencia del desierto es un foco universal de atracción que fuerza realmente el simbolismo obvio de los ritos. El rito hebreo no pierde de vista la renovación primaveral celebrada originariamente por el rito mismo; pero esa renovación adquiere una densidad inesperada: no es ya la simple novedad cíclica producida anualmente por la naturaleza, sino la novedad de vida que hizo pasar a todo un pueblo de la esclavitud a la libertad, que le dio nacimiento y le lanzó a la vida, a raíz de librarle milagrosamente de un mal extraordinario.


Rito y Palabra

            El primer documento legislativo importante que trata de la fiesta de Pascua pertenece a uno de los más antiguos estratos de la legislación judía: el Código de la Alianza. Este toma una posición decidida en favor de la interpretación histórica de la fiesta:

"Guardarás la fiesta de los ácimos. Durante siete días comerás ácimos, como te he mandado, en el tiempo fijado del mes de Abib: porque durante ese mes saliste de Egipto" (Ex. 23, 14-16).

            No se puede concluir gran cosa de este texto por lo que se refiere al silencio sobre el rito del cordero. Sin embargo, es significativo que se hable de fiesta de los ácimos, aplicándole el nombre agrícola, mientras que el término Pascua irá más bien ligado al rito del cordero. Advirtamos también cómo justifica su prescripción el texto legislativo: "porque durante ese mes saliste de Egipto". Tal justificación es importante y nos ilustra acerca de la necesidad de explicar la liturgia una vez que esta abandona el simbolismo simplemente natural. Mientras el rito no tiene otro significado que el natural, no hay necesidad de catequesis para hacerlo comprender. Un observador de la época que asistiera a una comida con pan ácimo, podía comprender su sentido obvio, sobre todo dentro de un contexto concreto. Pero, para que considere esos panes ácimos como signo de la salida de Egipto, le es necesaria una iniciación, una catequesis. Así es como nació la catequesis litúrgica: como compañera normal de un rito desde que éste adquiere otro significado además del contenido en su simbolismo obvio. Lo cual quiere decir que, desde que un rito pagano se espiritualiza para llegar a ser lo que es en nuestra liturgia, debe ir acompañado de una catequesis explicativa: la Palabra acompaña al Rito para determinar su nuevo alcance. La relectura de un rito humano sólo puede realizarse a través de la Palabra. Vemos, en efecto, ya desde la época del yahvista y sobre todo en la reforma deuteronomista, cómo esa catequesis se va ritualizando de algún modo en el ceremonial de la comida pascual en familia:

"Durante siete días, comerás ácimos, y no se verá en tu casa pan fermentado; no se verá pan fermentado en todo tu territorio. Aquel día, darás a tu hijo esta explicación: Esto es memoria de lo que Yahvé hizo por mi cuando salí de Egipto" (Ex. 13, 7-8).

            Idéntica catequesis a propósito del rito del cordero:

"Cuando hayáis entrado en la tierra que Yahvé os va a dar, guardaréis este rito. Y cuando vuestros hijos os pregunten: ¿Qué significa para vosotros este rito?, les responderéis: Es el sacrificio de la Pascua en honor de Yahvé, que pasa por delante de las casas de los hijos de Israel, en Egipto, cuando hirió a Egipto mientras perdonaba nuestras casas" (Ex. 12, 25-27).

            El diálogo entablado entre los hijos y el padre a propósito de los dos ritos pascuales viene a ser el origen de la catequesis litúrgica. La referencia al acontecimiento asegura la nueva autenticidad del rito, y la Palabra proporciona al rito su nuevo significado. Nos hallamos en el punto de partida de una evolución que permanecerá fiel a sí misma y se consagrará en una ley fundamental de la celebración litúrgica cristiana: la unión entre la Palabra y el Rito. Pero, por desgracia, la mentalidad católica que sucedió a la Contrarreforma y privó a los católicos de la Biblia, los privará igualmente de toda catequesis bíblica de los ritos, desembocando en la triste situación de nuestra época, en que los ritos se celebran sin catequesis y tienden por tanto a ser comprendidos, no ya en su significado sobrenatural, sino en su mero simbolismo humano


Rito y Acontecimiento

            Poco después del reinado de Salomón, las costumbres y la religión del pueblo elegido experimentan un profundo relajamiento. El pueblo olvida los acontecimientos antiguos y los ritos recaen rápidamente en su simple significado naturalista o incluso pagano: es el culto del becerro de oro, de los baales, de los dioses de los elementos. Son conocidos los esfuerzos casi estériles de los profetas, desde Elías hasta Isaías, por purificar un culto lleno de simbolismos paganos. Más tarde, el rey Josías y la reforma deuteronomista marcan la primera etapa hacia una espiritualización. Por una disposición un poco draconiana y que no conseguirá grandes resultados, Josías exige que vayan todos a Jerusalén para celebrar la Pascua: suprime así las costumbres paganas que pudieran nacer en una celebración local de la misma y unifica la práctica al tiempo que la purifica. Pero el elemento en que más insiste la reforma deuteronomista es la actualización del acontecimiento expresado por el rito. La razón es fácil: los hebreos han ido perdiendo de vista los acontecimientos del desierto y se han apartado de la espiritualidad que el desierto llevaba consigo, por culpa de una vida cómoda en una tierra fértil. Todo aquello está demasiado lejos, y ellos prefieren aferrarse a la religión de la naturaleza, que asegura la fecundidad de la tierra y la regularidad de las cosechas. Para enderezar esta espiritualidad y reanimar el interés por los acontecimientos del pasado, el Deuteronomio declarará que el rito no se limita a recordar unos acontecimientos antiguos, sino que sitúa al fiel de hoy en el mismo acontecimiento. El rito no es tan sólo recordatorio de un hecho pasado que pierde su interés a medida que se adentra en el pretérito. Al contrario, lleva al individuo de todos los tiempos hasta el hecho originario.

            Ya hemos visto algunos textos que presentan esta óptica en los ejemplos de catequesis antes citados: "Esto es en memoria de lo que Yahvé hizo por mi..." o porque durante ese mes saliste de Egipto". Pero el Deuteronomio consagrará definitivamente este género de catequesis que no se limita a tender un puente entre el rito y el acontecimiento, sino que nos implica en el acontecimiento del pasado:

"Procura guardar el mes de Abib celebrando en él una Pascua a Yahvé tu Dios, porque fue en el mes de Abib cuando Yahvé tu Dios, de noche, te hizo salir de Egipto. Inmolarás a Yahvé tu Dios una Pascua de ganado mayor y menor, en el lugar elegido por Yahvé tu Dios para hacer habitar su nombre. Durante siete días no comerás, con la víctima, pan fermentado; comerás con ella ácimos, porque con prisa abandonaste Egipto: así te acordarás todos los días de tu vida del día en que saliste del país de Egipto. Durante siete días, no se verá levadura en todo tu territorio, y de la carne que sacrifiques por la tarde del primer día, no quedará nada para la noche hasta la mañana siguiente. No podrás inmolar la Pascua en cualquiera de las ciudades que te dé Yahvé tu Dios; silo en el lugar elegido por Yahvé tu Dios para hacer habitar su nombre. Sacrificarás la Pascua, a la tarde, al ponerse el sol, a la hora de tu salida de Egipto" (Dt. 16, 1-7).

            Varios pasajes de esta prescripción están simplemente tomados de legislaciones anteriores, pero la originalidad del Deuteronomio consiste en el afán de implicar en el rito a la persona del fiel: eres tú quien salió de Egipto.

            Esta observación nos permite descubrir un importante aspecto de la eortologia judía: la fiesta pone al individuo en contacto con el acontecimiento, pero no sólo por medio del simbolismo de los ritos, sino -y esto sobre todo- poniendo la conciencia del fiel en una actitud que se identifica con la actitud de los antepasados que vivieron realmente el acontecimiento. En otras palabras, el común denominador entre el acontecimiento y la fiesta no es, en rigor, el simbolismo del rito que recuerda tal o cual acontecimiento, sino la actitud de espíritu común al antepasado y al fiel que revive la historia. En la Haggadá actual de la fiesta de Pascua, el ritual tiene prevista esta munición:

"No sólo liberó a nuestros antepasados, sino que también nos liberó a nosotros con ellos. Porque no se alza un solo enemigo contra nosotros para exterminarnos. El Santo nos salva de sus manos" (Ed. Durlacher).

            En este estadio de purificación, la fiesta tiende a provocar, mediante el recuerdo del acontecimiento y el simbolismo del rito, una actitud de espíritu, una posición de fe, la cual caracteriza, en último término, el objeto esencial de la fiesta. Sin embargo, esta personalización de la fiesta no se realiza a costa del simbolismo del rito: la continuidad con las etapas precedentes está bien asegurada. Por el contrario, el simbolismo del rito se sirve de ella, en cierto modo, para espiritualizarse más. Parece ser, en efecto, si nos atenemos al texto bíblico, que la fiesta de Pascua ve nacer por entonces un nuevo rito: la manducación del cordero. Es probable que tal costumbre se extendiera en el pueblo bastante antes de la reforma de Josías, quizá bajo la influencia del medio ambiente; de todos modos, el Deuteronomio, es el primer texto legal que consagra la existencia del banquete con el cordero pascual.

"Sólo en el lugar elegido por Yahvé tu Dios para hacer habitar su nombre sacrificarás la Pascua, a la tarde, al ponerse el sol, a la hora de tu salida de Egipto. La cocerás y la comerás en el lugar elegido por Yahvé tu Dios, y de allí, a la mañana siguiente, te volverás para ir a tus tiendas" (Dt. 16, 6-7).

            Hasta entonces todo se reducía a la inmolación del cordero y a la efusión de su sangre sobre los quicios de la puerta. Si se comía luego el cordero, tal comida no formaba parte del rito pascual, que se limitaba exclusivamente a la comida de los ácimos. Pero, a partir del Deuteronomio, la comida del cordero pasa a primer plano. Semejante evolución es muy significativa por lo que se refiere a la personalización que se ha operado en el rito: lo que cuenta en primer lugar no es el simbolismo del rito (repetir lo que hicieron los antepasados), sino la actitud de espíritu provocada por el recuerdo del acontecimiento. La manducación del cordero es, a este respecto, mucho más apta para expresar la participación personal de los fieles en la fiesta que la sola inmolación. Téngase en cuenta, por lo demás, que la legislación del Deuteronomio no habla ya de derramar la sangre sobre las estacas de la tienda o los quicios de la puerta: asimilarse el cordero supone un compromiso personal mucho más profundo, expresado claramente por la misma manducación. Cuando entre en vigor la legislación sacerdotal, tomará el aspecto de una compilación en que se fusionan elementos diversos: cordero y ácimos, rito de la sangre derramada y de la manducación. Pero esta legislación no presenta novedad alguna, fuera del ceremonial para comer el cordero.

"El diez de este mes, procuraos cada uno una cabeza de ganado menor por familia; una cabeza de ganado menor por casa. Si la familia es demasiado reducida para consumir el animal, asóciese con su vecino más cercano a la casa, según el número de personas. Tendréis en cuenta el apetito de cada uno para determinar el número de comensales. El animal será sin defecto, macho, de un año. Lo escogeréis entre los corderos o las cabras. Lo conservareis hasta el día catorce de este mes; entonces la asamblea entera de la comunidad de Israel lo degollará entre dos luces. Tomaréis de su sangre y untaréis los quicios y el dintel de las puertas de las casas donde se coma. Aquella noche comeréis la carne asada al fuego; la comeréis con los ácimos y hierbas amargas. No lo comáis crudo o cocido, comedlo solamente asado al fuego, con la cabeza, las patas y las tripas. No guardéis nada para el día siguiente. Lo que sobrare, lo quemaréis al fuego. Lo comeréis así: ceñidos los lomos, calzados los pies, con el bastón en la mano. Lo comeréis con toda prisa, pues es una Pascua en honor de Yahvé" (Ex. 12, 1-12).

            Prescindamos, por el momento, de los minuciosos preceptos de este ritual para quedarnos con los datos esenciales: cuando el fiel judío come el cordero pascual como lo haría un nómada, cree hacer algo más que recordar el acontecimiento; quiere hacer suya la actitud de sus antepasados, alcanzar su libertad, participar en la renovación de su vida interior. Por eso, el banquete está calcado sobre el antiguo rito de inmolación y de aspersión de la sangre. Así queda clara la rica evolución que ha seguido la fiesta de Pascua hasta llegar a nosotros. Antes hemos visto la exigencia de una catequesis; ahora vemos la exigencia de una actitud personal consciente, introducida por el banquete pascual: una manera de revivir el acontecimiento salvador en la medida en que cada uno se lo asimila por la fe. El rito evoca el acontecimiento, haciéndolo presente en cierto modo y exigiendo nuestra adhesión: tenemos ahí en primicias el alcance del Hodie de nuestra liturgia cristiana.


Fiesta de la Restauración

            Este aspecto de personificación no lo hemos encontrado tan intenso en nuestro análisis de la fiesta de los Tabernáculos ni en las fiestas de orden astronómico. Ello se debe, probablemente, a que la Pascua poseía el dinamismo interno necesario para supervivir definitivamente y doblar el cabo de la cristianización, en el cual se hundieron tantas fiestas judías. Esta preeminencia de la Pascua sobre las demás fiestas se va perfilando ya en el Antiguo Testamento, incluso en la época en que la fiesta de los Tabernáculos es todavía la fiesta por excelencia. Y así, en los distintos períodos de la historia del pueblo en que se afirma una restauración o se sanciona de nuevo la alianza, los reformadores señalan la Pascua y no los Tabernáculos como fiesta de esa renovación o restauración. Josías, después de proclamar solemnemente la renovación de la alianza, la sanciona con la celebración de la fiesta de Pascua:

            El rey dio esta orden a todo el pueblo:

"Celebrad una Pascua en honor de Yahvé vuestro Dios, del modio que está escrito en este libro de la alianza. No se había celebrado una Pascua como aquella desde los días de los Jueces que habían regido a Israel, ni durante todo el tiempo de los reyes de Israel y de los reyes de Judá. El año decimoctavo del rey Josías, en Jerusalén, se celebró aquella Pascua en honor de Yahvé" (2 Re. 23, 21-23).

            El aspecto moral pasa aquí a primer plano para afirmar el valor de esta renovación de la alianza sancionada por Josías y, al mismo tiempo, la restauración de la fiesta de Pascua. Más tarde, cuando Esdras concluya la restauración del pueblo liberado del destierro, tendrá lugar su celebración en torno a la fiesta de Pascua: Los exiliados celebraron la Pascua el catorce del primer mes. Todos los levitas, como un solo hombre, se habían purificado; y ellos inmolaron la Pascua por todos los exiliados, por sus hermanos los sacerdotes y por sí mismos comieron la Pascua: los israelitas que habían vuelto del destierro y todos los que, habiendo roto con la impureza de los pueblos de aquella tierra, se habían unido a ellos para buscar a Yahvé, el Dios de Israel. Celebraron con gozo durante siete días la fiesta de los Ácimos.

            La actitud personal, que es aquí actitud de conversión, ocupa realmente el lugar más importante de la fiesta. Poco después del destierro, los documentos sacerdotales dan cuenta de otra Pascua interesante: la que celebró el rey Ezequías para sancionar otra renovación de la alianza. Los Libros de los Reyes no habían prestado atención a esta celebración pascual, sin duda porque todavía no estaban preparados para ello. Por el contrario, los Libros de las Crónicas, dependientes de la corriente deuteronomista y sobre todo de la corriente sacerdotal, dan gran relieve a esta Pascua de restauración celebrada por Ezequías y refieren, en particular, que entonces la Pascua fue celebrada el segundo mes en lugar del primero, para asegurar una mayor purificación por parte del pueblo (2 Cor., 30). No es imposible, por otra parte, que los cronistas hayan trasladado al pasado de Ezequías un hecho que debió de tener origen en la reforma de Josías. Se advierte el mismo procedimiento de anticipación en la descripción de la primera Pascua celebrada por el pueblo a su llegada a Guilgal (Jos., 5, 10-12), relato ciertamente antiguo, pero releído en función de preocupaciones sacerdotales.

            Así, pues, tanto en el plano individual de la actitud de espíritu como en el plano colectivo de la restauración y renovación de la alianza, la Pascua aparece, cada vez con mayor claridad, como una fiesta personalista cuyo objeto esencial, provocado desde luego por el rito, es la actitud interior, la conversión, la fidelidad moral. Todo esto, sin embargo, se realiza en plena continuidad con el pasado: nunca faltan los ácimos para indicar la renovación primaveral, y la celebración de la antigua liberación de Egipto por la sangre del cordero sigue siendo el verdadero objeto de la fiesta, aunque sometido a incesantes relecturas por arte de unas almas llamadas a una conversión y una renovación interiores cada vez más profundas.

            Una última modificación en el ritual de la Pascua es introducida por la Thora de Ezequiel, que prevé una ceremonia de expiación antes de la celebración de la Pascua. Esta reforma, que desdobla la antigua fiesta de la expiación situada en dependencia de la fiesta de los Tabernáculos, viene a demostrar el creciente auge de la Pascua frente a la fiesta de los Tabernáculos y, sobre todo, la preocupación personalista y moralizante: si los antiguos pasaron de Egipto a la Tierra Prometida, nosotros hemos de celebrar hoy aquel acontecimiento pasando, a nuestra vez, de la impureza a la pureza:

"Así habla el Señor Yahvé. El primer mes, el día primero del mes, tomarás un novillo sin defecto, para quitar el pecado del santuario. El sacerdote tomará sangre de la víctima por el pecado y la pondrá en los postes del templo y en los cuatro ángulos de la base del altar y en los postes de los pórticos del atrio interior. Así hará también el séptimo mes, en favor de los que hubieren pecado por inadvertencia o irreflexión" (Ez. 45, 18-20).

            Aquí aparece un nuevo tema: la víctima expiatoria hace el papel del cordero pascual liberador. Sin tardar mucho, una sola persona asumirá los dos papeles en su único sacrificio: será a un tiempo el macho cabrío de la expiación y el cordero pascual.


Pascua como Calendario perpetuo

            Parece ser que, hasta los documentos sacerdotales, la fecha de la Pascua estuvo bastante imprecisa. Los textos que hemos citado hablan tan sólo del tiempo fijado en el mes de Abib (Ex, 23, 15). Tampoco el Deuteronomio es demasiado claro:

"Procura guardar el mes de Abib celebrando en él una Pascua a Yahvé tu Dios, porque fue en el mes de Abib cuando Yahvé tu Dios, de noche, te hizo, salir de Egipto" (Dt. 16, 1-2).

            Esta imprecisión se comprende si la fiesta está determinada por el comienzo de la siega de la cebada y la ofrenda de la primera gavilla. El mismo término abib significa espiga. Pero, a medida que predominaba el rito del cordero sobre el rito de la espiga y de los ácimos, la fiesta pudo liberarse un poco de su servilismo demasiado material al ritmo agrícola y concretarse con más exactitud. Además, mientras el cómputo del tiempo estuvo basado esencialmente en las fases de la luna, la fiesta podía caer en cualquier día de la semana. Pero, después del destierro, se va imponiendo en ciertas esferas sacerdotales, aunque no sin provocar vivas reacciones, un nuevo computo, medio lunar y medio solar, que permite calcular de manera estable un determinado día del mes. A partir de entonces, en todos los documentos bíblicos de la época, los sucesos serán consignados con su fecha exacta, incluso con el día del mes.

            Este nuevo cómputo era un calendario perpetuo solar con algunas concesiones al calendario lunar. Así resultaba posible que el 14 de Nisán (nueva fecha de la Pascua) no cayera nunca antes del plenilunio del mes.

            Todos los documentos bíblicos datados después del destierro lo están de acuerdo con este calendario perpetuo. Y así la Pascua cae siempre el 14 de nisán por la tarde (nisán era el nuevo nombre del primer mes); por tanto, siempre en martes, para que la fiesta se celebre durante la jornada del miércoles 15 de Nisán. Pero no hemos de pensar que el calendario en cuestión se impuso por completo: oficialmente incluso, el clero del templo conservó (o adoptó de nuevo) el antiguo calendario en el que la Pascua podía caer en cualquier día de la semana, según el ritmo de las fases lunares.

            De hecho, parece ser que este calendario no será aplicado más que en ciertas comunidades judías de Palestina, en Babilonia y en Elefantina y sólo unos sectarios, como los miembros de la Comunidad de Qumrán, seguirían observando este calendario en abierta oposición con las costumbres vigentes en el Templo de Jerusalén, al menos en la época de Cristo. Las cuestiones de calendario siempre han sido, en todas las religiones, objeto de las peores querellas; no es extraño que también sucediera así en el pueblo elegido. Entre los argumentos que suscita la polémica, debemos fijarnos en uno: el que alegan los partidarios del calendario perpetuo diciendo que el otro cómputo, de base lunar, es de origen pagano y contribuye a mezclar las costumbres paganas con las costumbres judías. Semejante argumento no carece de razón y no es imposible que se llegara a regular por un calendario propio la celebración de la liturgia y de las fiestas judías, precisamente para caracterizar mejor su originalidad.

            La inclusión de la fiesta de la Pascua en los problemas de los calendarios tendrá dos repercusiones importantes por lo que se refiere a la espiritualización de la fiesta. En ellas vamos a detenernos.

            La primera característica nueva es que, de ahora en adelante, la Pascua se celebrará el primer mes del año; así el Año Nuevo dependerá de la Pascua, perdiendo este privilegio la fiesta de los Tabernáculos:

"Este mes será para vosotros el comienzo de los meses, el primer mes del año. El primer mes, el día decimocuarto del mes, entre dos luces, es la Pascua de Yahvé y el día decimoquinto de ese mes es la fiesta de los Ácimos de Yahvé" (Lv. 23, 5-6).

            En estas prescripciones hemos de ver una importante consagración de la evolución que ha hecho de la Pascua la fiesta más espiritual del ciclo judío. A propósito del ritual de la expiación, hemos visto que varias prerrogativas de la fiesta de los Tabernáculos han pasado o pasan a la de Pascua. Ahora le toca al comienzo del año. Se comprende fácilmente, en esta perspectiva, que la primera tradición cristiana, al trasladar de la fiesta de los Tabernáculos a la de Pascua el ritual de entronización del Mesías bajo la forma de la entrada de Cristo en Jerusalén, no hizo sino seguir el movimiento iniciado en el judaísmo. La segunda característica, por hipotética que sea, merece nuestra máxima atención. En la medida en que existieron dos cómputos pascuales distintos, ¿no habría también dos maneras de celebrar el banquete pascual?

            No es fácil imaginar, en efecto, que los partidarios del calendario perpetuo, para quienes la Pascua caía en la tarde del martes, comieran el cordero pascual de acuerdo con lo prescrito, ya que éste debía ser inmolado en el Templo por los sacerdotes, los cuales seguían oficialmente un calendario en el que la inmolación del cordero podía caer varios días más tarde. Se podría pensar que prescindían de corderos pascuales, lo cual no sería demasiado extraño. Pero, en concreto, parece probable que los monjes de Qumrán inmolaban el cordero pascual, aunque no en el Templo de Jerusalén, pues juzgarían que su propia comunidad y su servicio, constituía un verdadero Templo (doctrina que es fundamental en Qumrán), lo cual les daba derecho a inmolar el cordero. La hipótesis es atrayente y podría muy bien señalar una nueva etapa en la espiritualización de la Pascua, etapa que prepararla el comportamiento de Cristo en su propio banquete pascual: el cordero no es sino el símbolo de una actitud de espíritu. Desde el momento en que está creada tal actitud, ciertas prescripciones rituales referentes a la inmolación del cordero pueden ceder ante lo esencial y desaparecer. Más adelante insistiremos en la importancia de esta espiritualización.

            Idéntico problema se plantea a propósito de los ácimos. Si hubo dos calendarios distintos, es probable que hubiera también cierta confusión en el ritual de la Pascua y que los partidarios del calendario perpetuo celebraran a veces el banquete pascual sin disponer ya de ácimos, al menos si la confección de éstos estaba condicionada por el calendario oficial del templo. Podríamos pensar por tanto, que Cristo celebró la Cena el martes 14 de Nisán, sin cordero (puesto que no será inmolado hasta el viernes siguiente en el templo) e incluso sin ácimos. Tal es el punto que procuraremos dilucidar en el párrafo que sigue.


Cristo en la Celebración Pascual

            El rodeo que acabamos de dar con la cuestión de los calendarios no es inútil, porque nos permite, a la luz de los trabajos de A. Jaubert , ver más claro en la conducta de Cristo durante la Pascua que iba a ser suya como ninguna otra. La mejor explicación a las aparentes contradicciones entre los sinópticos y San Juan en cuanto a la cronología de la Semana Santa procede a partir del conflicto entre los dos distintos calendarios (conflicto que se prolongó en la primera tradición cristiana y dio origen, en parte, a las graves disputas pascuales que dividieron a la cristiandad hasta el siglo III). El año de la Cena, la Pascua del 14 de Nisán según el calendario perpetuo caía, como estaba previsto, en martes, mientras que la Pascua según el calendario lunar, tal como se observaba en el Templo, era el viernes siguiente. Según esto, Cristo celebró el banquete pascual con sus apóstoles el martes par la tarde, sin cordero y, probablemente, sin ácimos. Y murió el viernes, precisamente a la hora en que se inmolaba el cordero en el Templo, como subraya discretamente San Juan. Estos datos parecen actualmente ciertos a la mayoría de los exegetas de la Semana Santa.

            Pero entonces, ¿qué sentido tiene, para nuestro propósito un banquete pascual sin cordero ni ácimos? ¿No es la negación de la evolución hasta aquí seguida? ¿O será, por el contrario, su coronamiento? Aquí conviene subrayar un punto: después del destierro, Pascua es ante todo la fiesta de la renovación de la actitud de espíritu, la fiesta de la Restauración. Cada uno renueva su corazón y su fidelidad; renovación que se explicita en la comida del cordero pascual. La coordenada esencial de la fiesta no es ya la que pone en conexión el rito y su simbolismo con el acontecimiento del pasado que se conmemora, sino la que relaciona el rito con la presente actitud de espíritu del fiel.

            Pero he aquí que uno de esos fieles, Cristo, fiel por antonomasia, celebra la Pascua con una actitud de espíritu muy concreta, tan concreta que es el acontecimiento máximo de toda la historia de salvación: su sumisión al Padre, su deseo de servir a sus hermanos mediante su muerte expiatoria. Este acontecimiento es tan esencial que ante él se desvanece todo rito, resultando caduco e inútil. Es inútil inmolar un cordero cuando el Cordero de Dios está presente, en persona, como el Siervo de Dios (Is, 53, 7) que se ofrece por los pecados de los hombres y se da en alimento.

            Así se comprende por qué Cristo, para celebrar la Cena, eligió el calendario perpetuo en vez del calendario lunar. Con ello se liberaba mejor de la sujeción del rito y podía presentarse más fácilmente, sin velo y sin intermediario, como el rito y el acontecimiento a la vez. El rito tenía sentido en ausencia del acontecimiento que conmemoraba, pero resulta vacío en el acontecimiento mismo.

            La densidad del banquete pascual de Cristo no reside en su ritualismo, sino en la actitud de espíritu del Señor que procura comunicar a sus apóstoles. Es curioso, a este respecto, comparar los diferentes relatos del banquete pascual en los evangelios y en San Pablo. Mateo y Marcos se limitan a describir la institución del nuevo rito en torno al pan y el vino. En cambio, Lucas da un paso más al referir una singular disputa entre los apóstoles, disputa que los otros sinópticos sitúan en distinto momento de la vida de Cristo:

"Surgió luego entre ellos una disputa sobre quién de ellos había de ser tenido por el mayor. El les dijo: "Los reyes de las naciones imperan sobre ellas y los que ejercen autoridad sobre las mismas se hacen llamar Bienhechores. Pero entre vosotros no es así, sino que el mayor entre vosotros debe comportarse como el más joven, y el que gobierna, como el que sirve. ¿Quién es, en efecto, el mayor: el que está sentado a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que está sentado? Pues bien, yo estoy entre vosotros como quien sirve" (Lc. 22, 24-27).

            Lucas tiene, sin duda, una intención muy concreta al añadir a la Cena -o al conservar en su puesto- esta tradición que la sitúa en su perspectiva exacta: la presencia de un "siervo" doliente y humilde basta por si misma para justificar la celebración de la fiesta de Pascua, porque tal presencia es su contenido. Juan va todavía más lejos cuando sustituye totalmente el relato de la institución por el del lavatorio de los pies como elemento esencial del banquete de Pascua:

"Durante la cena, una vez que el diablo había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había salido de Dios y a Dios volvía, se alzó de la mesa, se quitó el manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego vertió agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a enjugarlos con la toalla que se había ceñido. Después de lavarles los pies, tomar de nuevo sus vestidos y sentarse a la mesa, les dijo: ¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Por tanto, si yo, que soy el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que hagáis vosotros como yo he hecho. En verdad, en verdad os digo: no es eI esclavo mayor que su señor, ni el enviado mayor que quien le envía" (Jn. 13, 1-16).

            Incluso el pan ácimo experimenta aquí una importante modificación, pues no es imposible que Cristo tomara pan ordinario para significar su Cuerpo. Parece sugerirlo la palabra artos, así como la fecha anticipada del banquete pascual tomado por el Señor. Es radical el cambio que introduce Cristo en los ritos de la fiesta de Pascua. Trastorna el calendario y suprime los dos elementos esenciales desde el punto de vista ritual: el cordero y los ácimos (lo cual tendrá como primera consecuencia permitir que las comunidades cristianas celebren la fiesta pascual todos los domingos), pero saca a plena luz el contenido subyacente a tales ritos: la sangre expiadora y liberadora del cordero sigue estando presente, pero bajo la figura de un siervo y en el drama de una persona humillada; sigue también presente la renovación primaveral de la fiesta, pero bajo la forma de la nueva alianza sellada con esa sangre, y, si los ácimos han desaparecido, su contenido de novedad y de huida del pasado continúa tan esencialmente incorporado al nuevo rito de la Pascua que San Pablo puede aludir a él sin que dé la impresión de que vuelve atrás:

"Purificaos de la vieja levadura para ser masa nueva, puesto que sois ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra Pascua, Cristo. Celebremos, pues, la fiesta no con vieja levadura, ni con levadura de malicia y perversidad, sino con ácimos de pureza y de verdad" (1 Cor. 5, 7-8).

            Este último pasaje expresa la nueva manera de celebrar la Pascua: la actitud de espíritu de Cristo le ha permitido personalizar la fiesta en su propio drama. Y la actitud de espíritu que nosotros adoptemos al participar en ese drama será asimismo el contenido de la fiesta: el rito de los ácimos será nuestra renuncia al mal y nuestra nueva alianza con Dios, al igual que el rito del cordero era Cristo mismo. No obstante, el rito perdura en la celebración cristiana de la Pascua:

"Cada vez que comáis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga. Por tanto, quien come el pan o bebe el cáliz del Señor indignamente, tendrá que responder del cuerpo y de la sangre del Señor" (1 Cor. 11, 26-27).

            Esto quiere decir que, si la actitud de espíritu del fiel, unida a la de Cristo-Siervo, es el contenido esencial de la fiesta de Pascua, su rito no está menos presenté corno presencia objetiva de Cristo y de su actitud de espíritu y como levadura capaz de suscitar en nosotros la actitud de espíritu correspondiente. Ha nacido así una nueva manera de celebrar la Pascua, de suerte que el rito ya no tiene el alcance mágico de antaño, ni siquiera el antiguo alcance simbólico, sino que pasa a ser sacramento, es decir, contiene el acto mismo de Cristo, objeto de la fiesta, y, al mismo tiempo, el acto del fiel que renueva en El la alianza eterna suscitada por el acto de Cristo.


Pascua cristiana definitiva

            Hemos advertido que la catequesis litúrgica apareció al lado del rito en el momento en que éste abandonó su simbolismo puramente natural para subir un grado en la escala de espiritualización. Podemos suponer con razón que esa catequesis litúrgica debió de alcanzar una importancia mucho mayor cuando el rito dobló el cabo del cristianismo y recibió el encargo de expresar y realizar el nuevo acontecimiento de Cristo y la correspondiente actitud de espíritu del fiel. Al parecer, tenemos una gran suerte a este respecto, pues poseemos una homilía del tiempo apostólico en los materiales de la primera carta de San Pedro. Carta que ha sido analizada recientemente y presentada como una composición que, entre numerosos. materiales reproduce un pequeño catecismo para la celebración de la noche pascual. Nos bastará señalar los puntos más característicos del estudio publicado por el P. Boismard, para descubrir a qué grado de purificación había llegado la fiesta de Pascua y qué exigencias concretas de vida suponía su celebración. Si prescindimos del encabezamiento de la carta, añadido en época tardía para incorporar la homilía al grupo de las cartas del Nuevo Testamento, leeremos en primer lugar una especie de himno introductorio a la Noche de Pascua, que Boismard reconstruye de este modo:

"Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor en su misericordia, el cual nos reengendró por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos para una esperanza viva para una herencia incorruptible para una salud pronta a manifestarse" (1 Pe. 1, 3-5).

            Después de esta bendición de entrada, se leería el capítulo 12 del Éxodo, lectura que se encuentra en todas las liturgias pascuales de la época, en toda la Iglesia, y que es ciertamente una herencia del judaísmo. Dicho capitulo contiene el relato del acontecimiento judío y la descripción del banquete pascual, que permite a los judíos asimilarse el acontecimiento y hacerlo suyo. A continuación, la primera carta de Pedro nos presenta unos elementos que podrían formar el tipo de homilía cristiana sobre esa lectura judía (1 Pe., 1, 13-21). Homilía particularmente interesante porque nos revela cómo desemboca el rito en una actitud de espíritu. He aquí lo que resulta del rito de los lomos ceñidos, previsto en el ceremonial del banquete (Ex., 12, 11):

"Ceñíos, pues, los lomos de vuestro espíritu, permaneced vigilantes, esperad plenamente en la gracia que os traerá la revelación de Jesucristo" (1 Pe. 1, 13).

            También el rito del cordero se espiritualiza:

"Sabed que habéis sido liberados de la vana conducta heredada de vuestros padres, no con cosas corruptibles, sino con una sangre preciosa como de un cordero sin defecto ni mancha, Cristo, conocido antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vuestra causa" (1 Pe. 1, 18-19).

            La salida de Egipto y el culto que había que tributar a Yahvé en el desierto (Ex., 12, 31) hallan también una traducción espiritual: son el abandono de los ídolos y el culto en espíritu y santidad:

"Como hijos obedientes, no os conforméis a las concupiscencias de antaño, del tiempo de vuestra ignorancia. Antes bien, lo mismo que el que os llamó es santo, sed santos vosotros en toda vuestra conducta, según está escrito: Sed santos, porque yo soy santo" (1 Pe. 1, 14-15).

            El rito halla, pues, su cumplimiento en la actitud de espíritu del cristiano. Pero esa actitud de espíritu es provocada, a su vez, y desarrollada por el rito sacramental. Según el P. Boismard, después de esta homilía se administraba el bautismo a los nuevos cristianos. Y, acto seguido, la explicación del misterio de este sacramento era tema de otra homilía cuyo esquema figuraría en la continuación de la epístola.

            Tal homilía consta de dos dípticos: una breve catequesis mistagógica y una exhortación moral. Analicemos, en primer lugar, la catequesis:

"Obedeciendo a la verdad, habéis santificado vuestras almas para amaros sinceramente como hermanos. Con corazón puro, amaos los unos a los otros sin desfallecer, engendrados de nuevo de una semilla no corruptible, sino incorruptible: la Palabra de Dios vivo y eterno. Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual no adulterada, para que, por medio de ella, crezcáis en orden a la salvación, si es que, al menos habéis gustado cuán bueno es el Señor" (1 Pe. 1, 22, 2-3).

            Esta exposición se centra, como vemos, en torno a las ideas del nuevo nacimiento y del tránsito de lo corruptible a lo incorruptible. Notemos la importancia que en este nuevo nacimiento tiene la Palabra, la cual es, a un tiempo, la persona de Cristo y la del Espíritu en la enseñanza de la Iglesia: el bautismo es "baño de agua acompañado de una palabra", dirá un San Pablo (Ef, 5, 26) como para indicar dónde reside la originalidad del rito cristiano; un rito, sí, pero acompañado de una palabra de Dios y de una obediencia a esa palabra. La catequesis prosigue entonces con una nota más eclesial: la constitución del nuevo pueblo, en torno al sacrificio y al sacerdocio espirituales:

"Acercaos a él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida por Dios, preciosa. Y vosotros, como piedras vivas, servid para la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, en orden a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios, por medio de Jesucristo.. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio regio, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo y que ahora sois el pueblo de Dios, que no habíais alcanzado misericordia y que ahora la habéis alcanzado" (1 Pe. 2, 4-10).

            La intención de este texto es mostrar que la Iglesia hereda ciertos privilegios del pueblo judío: al acontecimiento pascual de antaño, que aseguró al pueblo semejantes privilegios, responde ahora la persona y el misterio de Cristo, el cual eleva a la categoría de pueblo a quienes se incorporan a su vida y se unen a él, piedra fundamental, en el nuevo edificio. Notemos también la importancia del tema del Espíritu: todo es espiritual. La fiesta de Pascua nos introduce en la realidad escatológica, que se caracteriza precisamente por el don del Espíritu. Nos hallamos aquí en plena continuidad con el bautismo según el Espíritu, que acaba de celebrarse.

            Una vez terminada esta catequesis, se pasa a una exhortación moral que procura aplicar a la vida de cada día los temas del nuevo nacimiento y de la vida espiritual. Se pasa revista a todas las categorías sociales de los recién bautizados, con el fin de señalar en qué se manifiesta el comportamiento social de los cristianos (1 Pe., 2, 11-3, 12). Concluye la celebración con un nuevo himno que parece inspirado por el tema judío de los dos caminos y que ha sido reconstruido como sigue:

"Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes. Humillaos, pues, ante Dios y El os ensalzará. Resistid al Diablo y huirá lejos de vosotros. Acercaos a Dios y El se os acercará" (1 Pe. 5, 5-11).

            Si se la toma demasiado sistemáticamente, la tesis del P. Boismard y de otros exegetas que consideran esta carta como una homilía pascual resultará tal vez inexacta. Pero, en todo caso, hay que reconocer que esta catequesis utiliza un número impresionante de documentos parenéticos e himnológicos y que, catalogando esos documentos, se descubre en ellos una perfecta unidad con respecto a la fiesta pascual. Pero lo que se desprende, sobre todo, de tales documentos es la profunda relectura llevada a cabo en el medio cristiano primitivo sobre ciertos elementos antiguos de la fiesta de Pascua. En el centro de la celebración figura la persona misma del Señor: es la Palabra que acompaña al rito, Palabra que es revelación del plan de Dios en el rito y que exige obediencia por parte del fiel.


Conclusión

            A la luz de lo que Dios ha hecho para realizar su Pascua ideal, podríamos nosotros examinar nuestra manera de celebrar la Pascua. ¿Nos situamos realmente en ese nivel sacramental donde, en el rito, se une nuestra fe a la actitud de Cristo, o bien nos contentamos con la emoción suscitada por el simbolismo pascual... a menos que no hayamos pasado todavía del simple recordatorio histórico o nos hallemos en el rito de contenido mágico?

            La cuestión merece ser planteada, y un profundo examen de conciencia nos revelará tal vez que, si ciertas reformas como las que Roma introdujo recientemente en la Semana Santa y, más concretamente, en la Vigilia pascual- no dan los frutos apetecidos o manifiestan cierta inconsistencia, ello se debe principalmente a que pastores y fieles no se han situado de verdad en el nivel necesario. Es muy ilustrativo, a este respecto, seguir la decadencia de la Pascua en la historia de la Iglesia, examinando las sucesivas razones que la provocaron. Durante los primeros siglos, la noche de Pascua está dedicada esencialmente a los bautismos y a la eucaristía. Nos hallamos en pleno ámbito sacramental: el rito pascual, sea bautismal o eucarístico, moviliza a toda la comunidad (y no sólo a los neófitos) en una actitud de conversión, en una profesión de fe consciente y comunitaria por la que todos expresan su deseo de unirse a Cristo en su nueva vida de resucitado.

            La asamblea había ayunado previamente para mejor unirse en la aceptación de su muerte. Apenas si había en aquella época otros ritos fuera de las sumarias ceremonias de los sacramentos, y todo se centraba en la renovación interior producida por esos sacramentos en conexión con el acontecimiento pascual de Cristo. Pronto, sin embargo, se inicia un segundo periodo en el que desaparecen los bautismos de la Vigilia Pascual. Y entonces nacen dos ritos de carácter más simbólico que propiamente sacramental. Se amplia desmesuradamente la bendición del agua, que sustituye a la administración del bautismo: el agua como elemento simbólico reemplaza al sacramento y al acto vital de conversión. Se da asimismo una gran importancia a la bendición de la luz (cirio pascual), precisamente en una época en que, por irse anticipando cada vez más la vigilia, se podía prescindir de luz. Es cierto que cabía la posibilidad, a partir de los símbolos del agua y la luz, de proclamar el misterio pascual, provocando la indispensable actitud de espíritu. Pero ¿se pasó siempre de la posibilidad al hecho?

            Un tercer periodo procurará dar a los ritos un contenido histórico. Se olvidará un poco que el rito actualiza el pasado para reducirlo a simple recordatorio de ese pasado, de igual modo que los primeros judíos celebraban la Pascua en memoria de la liberación de Egipto. Por eso, se reproduce la Resurrección mediante la aparición repentina del cirio pascual en las tinieblas del templo, se reproduce la entrada de Cristo en Jerusalén mediante la procesión de los ramos, se reproduce el lavatorio de los pies. Una vez más, la catequesis, capaz de sacar fuego de cualquier astilla, podría servirse de estos ritos historicistas para llegar a lo esencial. Pero ¿llegó realmente? ¿No provocó, por el contrario, con harta frecuencia, algunas reacciones mas emotivas que auténticamente cristianas como, por ejemplo, esa "imitación" de la pasión que es el viacrucis o el rito de adoración de la cruz?

            El último período hará descender el contenido ritual de la Pascua a un nivel todavía inferior. Hay que encuadrar en este momento el tema del fuego sacado de la piedra que es Cristo (una forma de combatir ciertos ritos mágicos semejantes del mundo germánico), los trocitos de cirio pascual que tomaban los asistentes para llevárselos a casa a modo de sacramental y que se han convertido en los agnus Dei de nuestros días, la abundancia de agua bendita el sábado santo, la interminable bendición de los ramos, etcétera. ¿No nos da la impresión, al recorrer sumariamente la historia de esta decadencia, de que es la historia contada al revés de las sucesivas purificaciones a que Dios sometió la fiesta judía de la Pascua a lo largo del Antiguo Testamento? En cuanto a la feliz reforma de la Vigilia Pascual, dependerá de la manera en que los sacerdotes sepan adoctrinar a los fieles el que esa reforma logre su objetivo, restableciendo una verdadera fiesta pascual donde la renovación de Cristo se haga presente en el seno de una comunidad que toma conciencia de ello gracias a los sacramentos y que renueva igualmente su fe y se convierte de nuevo para acentuar su dignidad de hijos de Dios.

 

THIERRY MAERTENS

 Act: 28/03/16   @pascua cristiana           E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A