SAN
AGUSTÍN COMENTA LA SEGUNDA LECTURA
Ef 1,17-23: Hizo su camino y dijo: «Seguidme»
Hablando según la vida presente, se dijo a Moisés: Nadie vio el rostro de Dios y vivió (Éx 33,20). No se ha de vivir esta vida pensando en ver aquel rostro. Hay que morir al mundo para vivir por siempre para Dios. Entonces, cuando veamos aquel rostro que vence cualquier concupiscencia, ya no pecaremos, ni de obra ni de deseo. Es tan dulce, hermanos míos, tan hermoso, que, después de haberlo visto, ninguna otra cosa puede deleitar. Habrá una saciedad insaciable, pero sin molestia alguna. Estaremos siempre hambrientos y siempre saciados. Escucha ambas afirmaciones tomadas de la Escritura: Quienes me beben, dice la Sabiduría, volverán a tener sed, y quienes me comen volverán a sentir hambre (Eclo 24,29). Mas, para que no pienses que allí habrá indigencia y hambre escucha al Señor: Quien beba de este agua, jamás volverá a tener sed (Jn 4,13).
Pero preguntas: ¿Cuándo va a tener esto lugar? No importa cuando ocurra; con todo, tú espera al Señor; ten paciencia con él, compórtate varonilmente y sea confortado tu corazón. ¿Acaso falta tanto como lo ya pasado? Advierte cuántos siglos han pasado y han dejado de existir desde Adán hasta nuestros días. En cierto sentido, son pocos los días que quedan; así ha de hablarse en comparación con los ya pasados. Exhortémonos mutuamente, exhórtenos el que vino a nosotros, hizo su camino y dijo: «Seguidme»; el que subió en primer lugar a los cielos para, desde las alturas, socorrer como cabeza a sus miembros, que se fatigan en la tierra; el que dijo desde el cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hch 9,4). Por tanto, que nadie pierda la esperanza; al final se nos dará lo prometido; allí se hará realidad aquella justicia.
Escuchasteis también cómo el evangelio concuerda con estas palabras. Es voluntad de mi Padre, dice, que nadie de los que me dio perezca, sino que tenga la vida eterna; y yo los resucitaré en el último día (Jn 6,39). Se resucitó a sí mismo en el primer día; a nosotros nos resucitará en el último. El primer día esta reservado a la Cabeza de la Iglesia. Nuestro día, Cristo el Señor, no tiene ocaso. El último día será el fin de este mundo. No quiero que preguntes: «¿Cuándo será este día?». Para el género humano está lejano, y cercano para cada uno de los hombres, pues el último día es el de la propia muerte. Y, ciertamente, una vez que hayas salido de aquí, recibirás lo que corresponda a tus méritos, y resucitarás para hacerte cargo de tu cosecha. Entonces Dios coronará no tanto tus méritos como sus dones. Reconocerá cuanto te dio si supiste conservarlo.
Ahora, por tanto, hermanos, nuestro deseo ha de estar solamente en el cielo, en la vida eterna. Nadie ponga su complacencia en si mismo, como si fuera posible a alguien vivir aquí en plena justicia y medirse con quienes viven mal, como el fariseo aquel que se autoproclamaba justo (Lc 18,11) sin haber oído, al Apóstol: No que yo la haya alcanzado o que sea perfecto (Flp 3,12). Por tanto, aún no había recibido lo que estaba deseando. Había recibido la prenda. Éstas son sus palabras: Quien nos ha dado el Espíritu como prenda (2 Cor 5,5). Deseaba llegar a aquello de lo que poseía la prenda; ésta presupone una cierta participación, pero muy lejana. De una manera participamos ahora y de otra participaremos entonces. Ahora tiene lugar por la fe y la esperanza en el mismo Espíritu; entonces, en cambio, tendrá lugar la realidad, la especie: el mismo Espíritu, el mismo Dios, la misma plenitud. Quien llama a los que aún están ausentes, se les mostrará cuando ya estén presentes; quien llama a los peregrinos, los nutrirá y alimentará en la patria.
Habiéndose convertido Cristo en nuestro camino, ¿desesperaremos de llegar? Este camino no puede ni acabarse, ni interrumpirse, ni borrarse por lluvias o tormentas, ni ser asediado por ladrones. Camina seguro en Cristo; camina; no tropieces, no caigas, no mires atrás, no te quedes parado en el camino, no te apartes de él. Si te cuidas de todo esto, llegarás. Una vez que hayas llegado, gloríate ya de ello, pero no en ti. Pues, quien se alaba a sí mismo, no alaba a Dios, sino que se aparta de él. Sucede como a quien se aparta del fuego: el fuego permanece caliente, pero él se enfría; o como al que quiere alejarse de la luz; si lo hiciere, la luz permanece resplandeciente en sí misma, pero él queda en tinieblas. No nos alejemos del calor del Espíritu ni de la luz de la Verdad. Ahora hemos escuchado su voz; entonces, en cambio, lo veremos cara a cara. Que nadie se complazca en sí mismo ni nadie insulte a los demás. Que nuestro deseo común de progresar no nos conduzca a envidiar a los avanzados ni a insultar a los retardados, y se cumplirá en nosotros, con gozo, lo prometido en el evangelio: Y yo los resucitaré en el último día (Jn 6,39).
Sermón 170,9-11.