MISA
DE LA AURORA
La Iglesia pasa la noche de Navidad en vigilia festiva, ¡mitando a María, que «medita en su corazón». La noche es un tiempo propicio para el silencio o el diálogo meditativos.
La meditación del creyente, como la de María, consiste en escuchar el propio corazón, en «re-cordar» y «a-cordarse». La memoria es un recordar, es decir, un hacer que todos los ecos del mundo y de la historia, que como ondas nos circundan, resuenen en nosotros, cobren vida y actualidad, sintonizando a su vez con las otras ondas más profundas que nacen del fondo de nuestro ser, con nuestras aspiraciones, experiencias, sufrimientos y esperanzas.
La memoria nos hace presente el pasado de la historia santa y de la historia humana, pero de una manera real, vital, «cordial», para llevar a cabo y a término feliz todas las posibilidades que en el pretérito han quedado malogradas, desaprovechadas, frustradas y son germen de futuro. La Navidad nos recuerda la historia liberadora que Dios inicia en Israel y quiere llevar a su culminación con Jesús, el enviado para quebrar todas las cadenas de opresión y servidumbre.
Jesús, según la voluntad de Dios, nos libera desde dentro de nuestra propia esclavitud compartiendo en su mismo nacimiento nuestra menesterosidad y desvalimiento. Su acción liberadora de los pobres quedó como truncada por su muerte, causada por la persecución de los propios hermanos. La memoria de la vida y del nacimiento de Jesús, en fin, de su empresa libertadora nos permite hacerla presente en el corazón de los hombres que la aguardan con impaciencia y en la realidad de la historia, como una incitación, como una fuerza propulsora irreprimible que nos empuja hacia adelante.
MISA DE LA COMUNIDAD, pág. 93
![]()