COMENTARIOS A LA PRIMERA LECTURA
Is 62, 11-12

1.

Un profeta de la escuela de Isaías, ya posterior al exilio, alza su voz para levantar la esperanza del pueblo en un momento de depresión. El amor que siente por Jerusalén no le permite guardar silencio al ver las humillaciones que padece y el desprecio de que es objeto por parte de las naciones. Este profeta está convencido de que Yavé quiere y puede salvar al pueblo. De ahí que, lleno de impaciencia y también de esperanza, no cejará de gritar hasta que amanezca la salvación precedida por la aurora de la justicia y el Señor cambie la suerte de Jerusalén.

Porque ha de ser tal la transformación de esta ciudad bajo la gloria de Yavé que, en adelante, recibirá otro nombre, un nombre nuevo y salido de la boca del mismo Dios. Con sus torres bien plantadas y sus murallas reconstruidas, será como una corona de brillantes en las manos del Señor. Porque el Señor la sostendrá y la defenderá con sus manos, y se mirará en ella embelesado (cfr. Za. 9, 16).

Pero la gloria futura está en contradicción manifiesta con la miseria presente de Jerusalén. De momento se parece más a una esposa abandonada y así la llaman las gentes, y su tierra, dejada de la mano de Dios y entregada a la rapiña de sus enemigos, se la conoce por el nombre de "devastada". Pero el Señor recibirá un día a la "Abandonada" y le dará el nombre de "mi favorita" y llamara a la tierra de Judá "Mi desposada". Porque no se ha olvidado del amor de su juventud, de su primer amor (cfr. 54,6ss).

Hay que notar que todo este simbolismo alude siempre en la biblia a las relaciones de Dios con su pueblo, o al menos, con una parte de este pueblo. La imagen de los desposorios espirituales de Dios con un alma no se halla en la biblia. El amor de Dios es el pueblo.

EUCARISTÍA 1986, 5


 

2.

Este capítulo del tercer Isaías vuelve a tomar temas ya tratados, aunque dándoles un nuevo impulso. Hay unas relaciones entre Jerusalén y Dios como de esposo a esposa. Yavè dará a Jerusalén su brillo universal. Tocamos de nuevo el tema de la "aurora", lugar privilegiado de la manifestación de Dios, por oposición a tinieblas, medio del olvido de Dios.

La imposición del nombre es característico de la toma de posesión (Gn 2,19) o de la nueva orientación que se da a una persona o a una cosa (cf Jn 1, 42); decir el nombre es llegar a la esencia de la persona (Ex 3,13). El Señor mismo es el que pronuncia el nombre, el que da un nuevo impulso a Israel. Por eso mismo, por la obra del Señor, los pueblos vendrán a Israel. Es el milagro del Señor.

Las relaciones que se instauran entre Dios e Israel adquieren los tonos más fuertes del corazón humano, lo más profundo de la persona: el amor. Muchas veces en la Escritura se oyen estos acentos (cf. Ez 16). La amargura de la viudez desaparecerá y la irrisión del abandono ya no tendrá lugar, porque el señor toma a su cargo a la esposa infiel y abandonada.

En cuatro pinceladas describe el autor las relaciones más cálidas entre los hombres: el amor conyugal. Todo ello en términos de alegría: la alegría de después de la boda, la alegría interna de sentirse amado es lo que Israel va a experimentar. Nunca palabras tan consoladoras han sido dichas al creyente. El hombre es levantado hasta el plan de Dios, no hay lugar para la desesperanza porque el amor es sincero y hace vivir.

EUCARISTÍA 1977, 5


 

3.

A ti te llamarán "mi favorita", y a tu tierra "desposada". Vale para el Pueblo de Dios, para la comunidad y para cada creyente. No vamos solos, perdidos y abandonados. Por más que alguien nos diga, como Jerusalén, "abandonada" o "devastada", Dios nos ama y se ha unido íntimamente (se ha desposado) con nosotros. El creyente nunca va solo y abandonado: está siempre acompañado y amado.

J. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1986, 2