33 HOMILÍAS MÁS PARA LA MISA DE LA NOCHE
(30-33)

30.

El nacimiento de Jesús
Lucas 2, 1-20

1. Oración inicial

Espíritu de verdad, enviado por Jesús para conducirnos a la verdad toda entera, abre nuestra mente a la inteligencia de las Escrituras. Tú, que descendiendo sobre María de Nazareth, la convertiste en tierra buena donde el Verbo de Dios pudo germinar, purifica nuestros corazones de todo lo que opone resistencia a la Palabra. Haz que aprendamos como Ella a escuchar con corazón bueno y perfecto la Palabra que Dios nos envía en la vida y en la Escritura, para custodiarla y producir fruto con nuestra perseverancia.

2. Lectura

a) El contexto:

El pasaje evangélico que nos viene propuesto hoy forma parte del así llamado evangelio de la infancia lucano que abarca los dos primeros capítulos del tercer evangelio. Se trata de un evangelio de la infancia. Luego el interés primario del autor no es el de informarnos, de presentarnos todos los detalles del nacimiento de Jesús, sino más bien el de anunciar la buena nueva del nacimiento del Mesías prometido. El niño Jesús se ve ya como el Señor, así como venía proclamado en la predicación apostólica Como los dos primeros capítulos de las Actas de los Apóstoles sirven de transición del tiempo de Jesús al tiempo de la Iglesia, así los dos primeros capítulos del evangelio de Lucas sirven de transición del Antiguo al Nuevo Testamento. Las citas y alusiones al Antiguo Testamento son continuos. Los personajes, como Zacarías e Isabel, Simeón y Ana, José y sobre todo María, son los representantes de la espiritualidad de los pobres del Señor, que caracteriza el último período del Antiguo Testamento. Todos y particularmente María se alegran de la llegada de la salvación en la cuál ellos tanto tiempo han esperado. Lucas divide su evangelio de la infancia en siete escenas: el anuncio del nacimiento de Juan Bautista (1,5-25), el anuncio del nacimiento de Jesús (1,26-38), la visita de María a Isabel (1,39-56), el nacimiento de Juan Bautista (1,57-80), el nacimiento de Jesús (2, 1-21), la presentación de Jesús en el templo (2, 22-40) y Jesús entre los doctores (2, 41-52). Muchos exegetas son del parecer que Lucas intentaba poner en paralelo a Jesús y el Bautista para demostrar la superioridad de Jesús sobre Juan, el último profeta. Con el nacimiento de Jesús comenzamos los tiempos nuevos hacia los cuales todo el Antiguo Testamento está orientado.

b) El texto:

Por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Mientras estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue.

Lucas 2, 1-20Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el ángel del Señor, la gloria del Señor los envolvió en su luz y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial que alababa a Dios diciendo:«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.» Cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vamos a Belén a ver lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.» Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Hay puesto para Jesús en tu vida?
b) ¿Qué signos de su presencia me está ofreciendo Dios?
c) ¿Cómo reacciono frente a ellos?
d) Jesús ha nacido para traer gozo y paz. ¿Cuándo son parte de mi vida estos dones?
e) ¿Son portadores de gozo y paz para los demás?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

Jesús nace en extrema pobreza. No se trata sólo de la indigencia material de su familia. Es mucho más. Nace lejos de la aldea donde residen sus padres, lejos del afecto de familiares y amigos, lejos de la comodidad que podría haber ofrecido la casa paterna, aunque fuese pobre. Nace entre extranjeros que no se interesan por Él y no le ofrecen sino un pesebre donde nacer.

Aquí está el gran misterio de la encarnación. Pablo dirá que "de rico que era , (Jesús) se hizo pobre por vosotros, para que llegáseis a ser ricos por medio de su pobreza" (2 Cor 8,9). El prólogo del evangelio de Juan atestigua que siendo Él por medio del cual se ha hecho el mundo, Jesús, el Verbo hecho carne, "vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron" (Jn 1,11). Este es el drama que señala toda la vida de Jesús, llegando su culmen en el rechazo absoluto de Él en el proceso delante de Pilato (ver Jn 18,28-19,16). Es, en último análisis, el drama de Dios que se revela y se ofrece continuamente a la humanidad y es tantas veces rechazado.

Es necesario decir sin embargo, que no era fácil para los contemporáneos reconocer a Jesús. No es nunca fácil para nadie, ni siquiera hoy, reconocerlo por lo que Él es verdaderamente. Sólo una revelación por parte de Dios nos puede desvelar el misterio (ver Jn 5,37; 6,45). En la narración de su nacimiento, el objetivo del anuncio angélico es precisamente el de revelar el misterio.

Nuestro testo de hecho está compuesto de tres partes. En los vv. 1-7 tenemos el hecho del nacimiento de Jesús en un contexto bien determinado. Es el nacimiento de un niño como el de tantos otros. Los vv.8-14 nos refieren el anuncio por parte de un ángel y la visión de ángeles que cantan. Es la revelación por parte de Dios (ver v.15) que nos descubre en el "signo" de "un niño envuelto en pañales, que yace en un pesebre" (v. 12) "el Salvador, Cristo Señor" (v,11). En la última parte (vv.15-20) encontramos varias reacciones con respecto a la revelación del misterio. El signo que Dios ofrece, cuando es acogido con humildad, señala el punto de partida en el camino de fe hacia aquel que se revela.

Nuestro texto nos presenta tres reacciones de frente al misterio de Jesús.

Están ante todo los pastores. Ellos se caracterizan por varias palabras de espera / búsqueda y descubrimiento: "vigilaban de noche haciendo la guardia" (v. 8): "vayamos a ver…" (v.15); "fueron con presteza y encontraron.." (v. 16). Los pastores estaban abiertos a la revelación del misterio. Lo han acogido con simplicidad creyéndolo (vv. 15 y 20) y se convirtieron en testigos de lo que a ellos se les reveló (v. 17). Después están también "aquellos que oyeron" lo que los pastores contaron de Jesús (v. 16). Ellos se maravillan, incapaces de acoger el verdadero significado del suceso acaecido entre ellos. Finalmente está la reacción de María. El evangelista quiere hacer contrastar la reacción de María con la de "aquellos que lo oyeron". En efecto, la introduce con la frase: "Por su parte" (v. 19). Como ellos, María no ha oído el anuncio del ángel y no ha visto el coro angélico, pero sí ha oido el testimonio de los pastores. Y sin embargo ella lo acoge. Cierto que ella había tenido un anuncio angélico dirigido propiamente a ella al principio de todos estos sucesos (1,26-38). El ángel le había hablado del Hijo que debía nacer de ella como del Hijo del Altísimo que debería reinar por siempre (ver 1, 32 y 35) Pero los últimos hechos, su nacimiento en aquellas circunstancias, podía poner en duda su palabra. Ahora vienen estos pastores y de nuevo dicen cosas grandes de su Hijo. María guarda todo esto en su corazón, las palabras del ángel, las palabras de los pastores, los hechos acaecidos y procura agruparlos para comprender quién es este hijo que Dios le ha dado, cuál sea su misión y que parte tiene Él en todo esto. María es una mujer contemplativa que tiene abierto los ojos y los oídos para no perderse nada. Después, conserva y medita todo en el silencio de su corazón. Virgen de la escucha, María es capaz de acoger la palabra que Dios le envía en la cotidianidad de su vida.

Sólo quien tiene el ansia de búsqueda de los pastores y el corazón contemplativo de María será capaz de descifrar los signos de la presencia y de las intervenciones de Dios en la vida y de acoger a Jesús en la casa de la propia existencia.

6. Salmo 98


Cantad a Yahvé un nuevo canto,
porque ha obrado maravillas;
le sirvió de ayuda su diestra,
su santo brazo. Yahvé ha dado a conocer su salvación,
ha revelado su justicia a las naciones;
se ha acordado de su amor y su lealtad
para con la casa de Israel.
Los confines de la tierra han visto
la salvación de nuestro Dios.
¡Aclama a Yahvé, tierra entera,
gritad alegres, gozosos, cantad!

Tañed a Yahvé con la cítara,
con la cítara al son de instrumentos;
al son de trompetas y del cuerno
aclamad ante el rey Yahvé.

Brame el mar y cuanto encierra,
el mundo y cuantos lo habitan,
aplaudan los ríos,
aclamen los montes,
ante Yahvé, que llega,
que llega a juzgar la tierra.
Juzgará el mundo con justicia,
a los pueblos con equidad.

7. Oración final

¡Oh, Pequeño Niño! Mi único tesoro, me abandono a tus Caprichos Divinos. No quiero otra gloria que la de hacerte sonreir. Imprime en mí tus gracias y tus virtudes infantiles, para que en el día de mi nacimiento en el cielo, los ángeles y santos lo reconozcan en tu pequeña esposa.

(Santa Teresa del Niño Jesús y del Santo Rostro, plegaria n. 14)



31.
Homilía del Papa en la misa de Nochebuena


CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 25 diciembre 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la misa del Gallo en la Nochebuena, celebrada en la Basílica de San Pedro del Vaticano.

* * *

"El Señor me ha dicho: Tu eres mi hijo, yo te he engendrado hoy". Con estas palabras del Salmo segundo, la Iglesia inicia la Santa Misa de la vigilia de Navidad, en la cual celebramos el nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo en el establo de Belén. En otro tiempo, este Salmo pertenecía al ritual de la coronación del rey de Judá. El pueblo de Israel, a causa de su elección, se sentía de modo particular hijo de Dios, adoptado por Dios. Como el rey era la personificación de aquel pueblo, su entronización se vivía como un acto solemne de adopción por parte de Dios, en el cual el rey estaba en cierto modo implicado en el misterio mismo de Dios. En la noche de Belén, estas palabras que de hecho eran más la expresión de una esperanza que de una realidad presente, han adquirido un significado nuevo e inesperado. El Niño en el pesebre es verdaderamente el Hijo de Dios. Dios no es soledad eterna, sino un círculo de amor en el recíproco entregarse y volverse a entregar. Él es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Más aún, en Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios mismo se ha hecho hombre. El Padre le dice: "Tu eres mi hijo". El eterno hoy de Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios. Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan potente que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso, a fin de que podamos amarlo. Es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, nos sea comunicada y continúe actuando a través de nosotros. Esto es la Navidad: "Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado". Dios se ha hecho uno de nosotros, para que podamos estar con Él, llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así. De este modo aprendemos a conocerlo. Y sobre todo niño resplandece algún destello de aquel hoy, de la cercanía de Dios que debemos amar y a la cual hemos de someternos; sobre todo niño, también sobre el que aún no ha nacido.

Escuchemos una segunda palabra de la liturgia de esta Noche santa, tomada en este caso del Libro del profeta Isaías: "Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos" (9,1). La palabra "luz" impregna toda la liturgia de esta Santa Misa. Se alude a ella nuevamente en el párrafo tomado de la carta de san Pablo a Tito: "se ha manifestado la gracia" (2,11). La expresión "se ha manifestado" proviene del griego y, en este contexto, significa lo mismo que el hebreo expresa con las palabras "una luz brilló"; la "manifestación" – la "epifanía" – es la irrupción de la luz divina en el mundo lleno de oscuridad y problemas sin resolver. En fin, el Evangelio relata cómo la gloria de Dios se apareció a los pastores y "los envolvió en su luz" (Lc 2, 9). Donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz. "Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna", nos dice san Juan (1 Jn 1,5). La luz es fuente de vida.

Pero luz significa sobre todo conocimiento, verdad, en contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Así, la luz nos hace vivir, nos indica el camino. Pero además, en cuanto da calor, significa también amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo queda en la oscuridad. Ciertamente, en el establo de Belén ha aparecido la gran luz que el mundo espera. El aquel Niño acostado en el pesebre, Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da como don a sí mismo y que se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor. La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre y mujeres a lo largo de los siglos, "los ha envuelto en su luz". Donde ha aparecido la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y los que sufren, la gracia del perdón. A partir de Belén, una estela de luz, de amor y de verdad impregna los siglos. Si nos fijamos en los santos –desde Pablo y Agustín a san Francisco y santo Domingo, desde Francisco Javier a Teresa de Ávila y Madre Teresa de Calcuta-, vemos esta corriente de bondad, este camino de luz que se inflama siempre de nuevo en el misterio de Belén, en el Dios que se ha hecho Niño. Contra la violencia de este mundo, Dios opone en aquel Niño su bondad y nos llama a seguir al Niño.

Junto con el árbol de Navidad, nuestros amigos austriacos nos han traído también una pequeña llama que encendieron en Belén, queriendo decir así que el verdadero misterio de la Navidad es el resplandor interior que viene de este Niño. Dejemos que este resplandor interior llegue a nosotros, que prenda en nuestro corazón la lumbrecita de la bondad de Dios; llevemos todos, con nuestro amor, la luz al mundo. No permitamos que esta llama luminosa se apague por las corrientes frías de nuestro tiempo. Que la custodiemos fielmente y la ofrezcamos a los demás. En esta noche en que miramos hacia Belén, queremos rezar de modo especial también por el lugar del nacimiento de nuestro Redentor y por los hombres que allí viven y sufren. Queremos rezar por la paz en Tierra Santa: Mira, Señor, este rincón de la tierra, al que tanto amas por ser tu patria. Haz que ella resplandezca la luz. Haz que la paz llegue a ella.

Con el término "paz" hemos llegado a la tercera palabra clave de la liturgia de esta Noche santa. El Niño que anuncia Isaías lo llama él mismo "Príncipe de la paz". De su reino se dice: "La paz no tendrá fin". En el Evangelio, se anuncia a los pastores la "gloria de Dios en lo alto del cielo" y la "paz en la tierra". Antes se decía: "a los hombres de buena voluntad"; en las nuevas traducciones se dice: "a los hombres que él ama". ¿Por qué este cambio? ¿Ya no cuenta la buena voluntad? Formulemos mejor la pregunta: ¿Quienes son los hombres que Dios ama y por qué los ama? ¿Acaso Dios es parcial? ¿Ama tal vez sólo a determinadas personas y abandona a las demás a su suerte? El Evangelio responde a estas preguntas presentando algunas personas concretas amadas por Dios. Algunas lo son individualmente: María, José, Isabel, Zacarías, Simeón, Ana, etc. Pero también hay dos grupos de personas: los pastores y los sabios del oriente, los llamados reyes magos. Detengámonos esta noche en los pastores. ¿Qué tipo de hombres son? En su ambiente, los pastores eran despreciados; eran considerados poco de fiar y en los tribunales no se les admitía como testigos. Pero ¿quiénes eran en realidad? Ciertamente no eran grandes santos, si con este término se entiende personas de virtudes heroicas. Eran almas simples. El Evangelio destaca una característica que luego, en las palabras de Jesús, tendrá un papel importante: eran personas vigilantes. Esto vale ante todo en su sentido exterior: por la noche velaban cercanos a sus ovejas. Pero también tiene un sentido más profundo: estuvieron disponibles para la palabra de Dios. Su vida no estaba cerrada en sí misma; tenían un corazón abierto. De algún modo, en lo más íntimo de su ser, le estaban esperando. Su vigilancia era disponibilidad; disponibilidad para escuchar, disponibilidad para ponerse en camino; era espera de la luz que les indicara el camino. Esto es lo que a Dios le interesa. Él ama a todos porque todos son criaturas suyas. Pero algunas personas han cerrado su alma; su amor no encuentra en ellas resquicio alguno por donde entrar. Creen no necesitar a Dios; no lo quieren. Otros, quizás moralmente igual de pobres y pecadores, al menos sufren por ello. Esperan en Dios. Saben que necesitan su bondad, aunque no tengan una idea precisa de ella. En su espíritu abierto a la esperanza, puede entrar la luz de Dios y, con ella, su paz. Dios busca a personas que sean portadoras de su paz y la comuniquen. Roguémosle para que no encuentre cerrado nuestro corazón. Esforcémonos por ser capaces de ser portadores activos de su paz, precisamente en nuestro tiempo.

Además, la palabra paz ha adquirido un significado del todo especial para los cristianos: se ha convertido en un nombre para designar la Eucaristía. En ella está presente la paz de Cristo. Mediante todos los lugares donde se celebra la Eucaristía, se extiende en el mundo entero como una red de paz. Las comunidades reunidas en torno a la Eucaristía son un reino de paz vasto como el mundo. Cuando celebramos la Eucaristía nos encontramos en Belén, en la "casa del pan". Cristo se nos da, y con ello nos da su paz. Nos la da para que llevemos la luz de la paz en lo más hondo de nuestro ser y la comuniquemos a los otros; para que seamos agentes de la paz y contribuyamos así a la paz en el mundo. Por eso rogamos: Cumple tu promesa, Señor. Haz que donde hay discordia nazca la paz; que surja el amor donde reina el odio; que se haga luz donde dominan las tinieblas. Haz que seamos portadores de tu paz. Amén.

[Traducción del original italiano distribuida por la Santa Sede]


32. Fray Nelson

Temas de las lecturas: Un hijo se nos ha dado * Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres * Hoy nos ha nacido un Salvador

1. El Amor lo hizo posible
1.1 Isaías, que nos ha acompañado a lo largo de este precioso adviento, ahora nos invita a entrar en la navidad. Es el idóneo servidor de la casa de Dios que hoy nos abre la puerta y nos deja entrever el tamaño de las promesas que nuestro corazón ha venido acunando con paciencia y cierto temor. ¡Gracias, Isaías, gracias!

1.2 La primera lectura, pues, deja claro un hecho: Jesús está entre nosotros, ante todo, como cumplimiento de las promesas hechas a nuestros padres. La fidelidad de Dios se ha hecho carne en Jesús.

1.3 Pero esa fidelidad tiene una raíz más profunda: el amor. Esta es la gran lección de la Navidad: la fidelidad brota del amor; y el amor que es amor es fiel.

2. Una paz sin límites
2.1 Entre las numerosas promesas del anuncio del profeta hay una que nos enamora: "la paz no tendrá límites" (Is 9,7). El reino de David se hizo famoso porque en aquel tiempo Dios puso "paz en sus fronteras" (Sal 147,14). Ya era algo maravilloso y memorable: un límite para el mal. Lo que ahora se anuncia es mejor: la victoria sobre la maldad. No se trata de tener a los enemigos a raya, se trata de desaparecer la amenaza misma de la acechanza del mal.

2.2 Cristo trae la paz sin límites. Mas no vemos llegar esa paz, ¿por qué? ¿Porque es un proceso? ¿Porque la llegada de Cristo que trae esta paz es la de su retorno y no la de su nacimiento en nuestra carne? Tal vez la explicación es otra. Esa paz, aunque tendrá su plenitud en el desenlace de la historia humana, al retorno de Cristo, ya tiene su inicio en todo lo que hizo y padeció Cristo. Su mansedumbre, su ofrenda de sí mismo, su amor que acoge son genuinas expresiones de una paz que no se deja vencer por el mal. El mismo Niño que padece un nacimiento tan sufrido padece una muerte de espanto. Y en ambos extremos la paz de su alma se deja sentir. Esa es la paz sin límites: la que sigue siendo paz en medio de la tribulación, el desaliento, la burla y la deshonra.

3. La Gracia de Dios se ha manifestado
3.1 La segunda lectura resume bien el regalo de la Navidad: "la gracia de Dios se ha manifestado" (Tt 2,11). Sabíamos que Dios nos amaba, lo habíamos oído, ahora lo ven nuestros ojos (cf. Sal 48,8). ¡Los ojos del Niño nos dejan ver el rostro del amor!

3.2 Es litúrgicamente bien significativo el texto que la Iglesia ha escogido. ¡El día mismo de Navidad se proclama la Pasión del Señor! Se ha manifestado la gracia, en la ternura de ese cuerpecito; pero sobre todo: se ha manifestado la gracia en las Llagas de ese Cuerpo en la Cruz. No podemos celebrar la querencia del Niño sólo porque es niño: le amamos porque nos ama, y nos ama para salvarnos. Lejos de una explosión de estéril afectuosidad que poco deja, la Navidad es el comienzo contemplativo del misterio de un amor que se dona hasta el extremo. La Hostia, Cuerpo suyo de Belén y del Calvario, está ahí para recordárnoslo cada día.


 

33.- Juan Pablo II.                         Año 2001

1. "Populus, qui ambulabat in tenebris, vidit lucem magnam. El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande" (Is 9, 1).

Todos los años escuchamos estas palabras del profeta Isaías en el contexto sugestivo de la conmemoración litúrgica del nacimiento de Cristo. Cada año adquieren un nuevo sabor y hacen revivir el clima de expectación y de esperanza, de estupor y de gozo, que son típicos de la Navidad.

El pueblo oprimido y doliente, que caminaba en tinieblas, vio "una gran luz". Sí, una luz verdaderamente "grande", porque la luz que irradia de la humildad del pesebre es la luz de la nueva creación. Si la primera creación empezó con la luz (cf. Gn 1, 3), mucho más resplandeciente y "grande" es la luz que da comienzo a la nueva creación:  ¡es Dios mismo hecho hombre!

La Navidad es acontecimiento de luz, es la fiesta de la luz:  en el Niño de Belén, la luz originaria vuelve a resplandecer en el cielo de la humanidad y despeja las nubes del pecado. El fulgor del triunfo definitivo de Dios aparece en el horizonte de la historia para proponer a los hombres un nuevo futuro de esperanza.

2. "Habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló" (Is 9, 1).

El anuncio gozoso que se acaba de proclamar en nuestra asamblea vale también para nosotros, hombres y mujeres en el alba del tercer milenio. La comunidad de los creyentes se reúne en oración para escucharlo de nuevo en todas las regiones del mundo. Tanto en el frío y la nieve del invierno como en el calor tórrido de los trópicos, esta noche es Noche santa para todos.

El resplandor del nuevo Día, esperado por mucho tiempo, irrumpe por fin. ¡Ha nacido el Mesías, el Emmanuel, Dios con nosotros! Ha nacido Aquel que fue anunciado por los profetas e invocado constantemente por cuantos "habitaban en tierras de sombras". En el silencio y la oscuridad de la noche, la luz se hace palabra y mensaje de esperanza.

Pero, ¿no contrasta quizás esta certeza de fe con la realidad histórica en que vivimos? Si escuchamos las tristes noticias de las crónicas, estas palabras de luz y esperanza parecen hablar de ensueños. Pero aquí reside precisamente el reto de la fe, que convierte este anuncio en consolador y, al mismo tiempo, exigente. La fe nos hace sentirnos envueltos por el tierno amor de Dios, a la vez que nos compromete al amor efectivo a Dios y a los hermanos.

3. "Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres" (Tt 2, 11).

En esta Navidad, nuestros corazones están preocupados e inquietos porque aún persisten en muchas regiones del mundo guerras, tensiones sociales y penurias en que se encuentran muchos seres humanos. Todos buscamos una respuesta que nos tranquilice.

El pasaje de la carta a Tito que acabamos de escuchar nos recuerda que el nacimiento del Hijo unigénito del Padre "trae la salvación" a todos los rincones del planeta y en todos los momentos de la historia. Nace para cada hombre y mujer el Niño llamado "Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre perpetuo, Príncipe de la paz" (Is 9, 5). Él ofrece la respuesta que puede disipar nuestros miedos y dar nuevo vigor a nuestras esperanzas.

Sí, en esta noche evocadora de recuerdos santos, se hace más firme nuestra confianza en el poder redentor del Verbo hecho carne. "Verbum caro factum est". Cuando parecen prevalecer las tinieblas y el mal, Cristo nos repite:  ¡No temáis! Con su venida al mundo, él ha derrotado el poder del mal, nos ha liberado de la esclavitud de la muerte y nos ha readmitido al banquete de la vida.

Nos toca a nosotros recurrir a la fuerza de su amor victorioso, haciendo nuestra su lógica de servicio y humildad. Cada uno de nosotros está llamado a vencer, juntamente con él, "el misterio de la iniquidad", haciéndose testigo de solidaridad y constructor de paz. Vayamos, pues, a la gruta de Belén para encontrarlo, pero también para encontrar, en él, a todos los niños del mundo, a todo hermano herido en el cuerpo u oprimido en el espíritu.

4. Los pastores "se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho" (Lc 2, 17).

Al igual que los pastores, también nosotros hemos de sentir en esta noche extraordinaria el deseo de comunicar a los demás la alegría del encuentro con este "Niño envuelto en pañales", en el que se manifiesta el poder salvador del Todopoderoso. No podemos limitarnos a contemplar extasiados al Mesías que yace en el pesebre, olvidando el compromiso de ser sus testigos.

Hemos de reanudar de prisa nuestro camino. Debemos volver gozosos de la gruta de Belén para contar por doquier el prodigio del que hemos sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida! En él se nos ha dado el amor.

5. "Un Niño nos ha nacido..." (Is 9, 5).

Te acogemos con alegría, Señor todopoderoso del cielo y de la tierra, que por amor te has hecho Niño "en Judea, en la ciudad de David, que se llama Belén" (cf. Lc 2, 4).

Te acogemos agradecidos, nueva Luz que naces en la noche del mundo.

Te acogemos como a nuestro hermano, "Príncipe  de  la paz", que has hecho "de los dos pueblos una sola cosa" (Ef 2, 14).

Cólmanos de tus dones, tú que no has desdeñado comenzar la vida humana como nosotros. Haz que seamos hijos de Dios, tú que por nosotros has querido hacerte hijo del hombre (cf. san Agustín, Sermón 184).

Tú, "Maravilla de Consejero", promesa segura de paz; tú, presencia eficaz del "Dios fuerte"; tú, nuestro único Dios, que yaces pobre y humilde en la sombra del pesebre, acógenos al lado de tu cuna.

¡Venid, pueblos de la tierra y abridle las puertas de vuestra historia! Venid a adorar al Hijo de la Virgen María, que ha venido entre nosotros en esta noche preparada durante siglos.

Noche de alegría y de luz.

Venite, adoremus!