Mercaba, diócesis de Cartagena-Murcia HOMILÍAS PARA CUALQUIER MISA DE NAVIDAD


Estas homilías pueden utilizarse tanto en la misa de la noche como en las del día

 

1.

*¡FELICES PASCUAS! Ningún saludo mejor para esta mañana que el tradicional de estos días: ¡Felices Pascuas! Felicitémonos y comuniquemos a todos nuestro gozo. Y que estos buenos deseos, esta buena voluntad perdure siempre y se vaya haciendo realidad. Ninguna fiesta cristiana ha marcado como ésta la historia y posiblemente nuestra propia experiencia. Las navidades ocupan un puesto de excepción en el calendario y en la vida. En estos días nos sentimos especialmente contentos, y hasta nos parece descubrir sentimientos análogos en los demás. El mundo y la vida nos parecen distintos. Las vacaciones, las fiestas, los regalos, las compras, las reuniones familiares y entre amigos... Todo contribuye a hacer de las navidades una época maravillosa en el año.

*HOY ES NAVIDAD. Pero podría suceder, amigos míos, que las navidades nos impidieran descubrir el sentido profundo de la Navidad. Porque puede ocurrir que los insistentes reclamos de la publicidad y de la propaganda empañen el mensaje del evangelio. Y puede ocurrir también que las infinitas expectativas de la sociedad de consumo entibien la esperanza y sofoquen la caridad y el sentido de la justicia y de la igualdad. Nosotros celebramos la Navidad, un acontecimiento más allá de todos los incentivos navideños. Celebramos el nacimiento del niño Jesús, el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Celebramos el hecho insólito de que Dios se haya hecho uno de nosotros y esté con nosotros y entre nosotros. Tenemos su palabra, su ejemplo, su sacramento. Está aquí.

*NAVIDAD ES EL PRINCIPIO. El nacimiento de Jesús no es sólo el punto de partida de un nuevo calendario casi universal, sino el primer paso de una nueva historia, que es la historia de la salvación del mundo, a pesar de todo. Quizás pueda parecernos muy lenta la marcha de esta historia de salvación. Buena parte de culpa en esa lentitud radica en nosotros, en nuestra tibieza en aceptar y seguir el evangelio de Jesús. Pero la salvación avanza, a pesar de que nuestra historia sigue teñida de sangre, de violencia, de injusticia, de destrucción y de temores. No hace falta insistir en lo que de todos es conocido: que el hombre viene venciendo innumerables obstáculos de escasez y de enfermedad para hacer cada vez más amable la vida. La ciencia y la técnica, el trabajo y la política, todo y todos se han esforzado en este sentido. Pero todo ha sido y sigue siendo poco. Lo cierto es que queda todavía mucho por hacer.

*NAVIDAD DEBE SER UN PASO ADELANTE. La celebración cristiana de la Navidad, el auténtico sentido de la Navidad, no se detiene en el recuerdo nostálgico de lo que pasó en aquel tiempo, sino que es memoria y coraje para sacar adelante en este tiempo el espíritu y el cambio queridos por Jesús y manifestados en el evangelio. Lo que Cristo hizo, es lo que tenemos que seguir. La misión de Cristo es la de los cristianos. Tenemos que salvar el mundo. Salvar el mundo es, sobre todo, poner a salvo a los hombres, liberarlos de la ignorancia, de la impotencia, de la opresión y de la injusticia, que los condena a la pobreza y al hambre. Pero salvar el mundo es también, hoy lo reconocemos fácilmente, poner el mundo, las cosas y la vida fuera del alcance de la explotación, la contaminación y la destrucción. Salvar el mundo es humanizarlo, construirlo a la altura y al servicio del hombre, de todos sin excepción, respetando y conservando la naturaleza. Salvar el mundo es disfrutarlo de acuerdo con la voluntad de Dios.

*¡FELIZ NAVIDAD! Dios se ha hecho hombre en Jesús para reconducir la evolución, manipulada y estropeada por la codicia de los hombres. Jesús nos ha enseñado que la salvación no está en la riqueza, ni en el poder, ni en la violencia, ni en la desigualdad. Siendo Dios, se hace hombre, uno cualquiera. Nace de una familia humilde, en soledad y pobreza, sin protocolos ni solemnidades cortesanas, sólo un niño, indefenso, impotente, accesible y amable. El amor será su praxis y su predicación, su lema y su ley. También la causa de su muerte, pero por eso la gloria de la resurrección. El amor es el mensaje de Navidad, el amor es la tarea a renovar cada Navidad. Si así lo creemos y hacemos, ¡Feliz Navidad! Y no será sólo un buen deseo, una expresión de buena voluntad, sino una hermosa y feliz realidad.

EUCARISTÍA 1990, 60


2.

-NACIMIENTO DEL JESÚS DE LA HISTORIA.

Hoy y durante todo el tiempo de Navidad que hoy empieza, celebramos en primer lugar un hecho histórico: el nacimiento de Jesús, el hijo de María, la esposa de José. El mismo que después de unos treinta años de vida oculta, pasó haciendo el bien y anunciando la buena nueva del evangelio del Reino, y que fue crucificado y sepultado y después resucitó. Nació en un sitio determinado, en Belén, y en un tiempo concreto, bajo el imperio del César Augusto y siendo Quirino gobernador de Siria.

Hace ya años que nos dicen que los evangelios no son "vidas de Jesús" -por lo menos en el sentido de las biografías modernas- pero quizás nos habíamos refugiado excesivamente en el Cristo de la fe, en detrimento del Jesús de la historia, Y si prescindimos de la historia de Jesús, fácilmente nosotros podríamos prescindir de la nuestra. Con razón hemos reaccionado, movidos tanto por la exégesis más reciente como por la urgencia de los cristianos comprometidos en la transformación del mundo, y redescubrimos la necesidad de apoyar nuestra fe, no en mitos atemporales, sino en acontecimientos históricos, entre los cuales el nacimiento de Jesús ocupa un puesto central.

Prácticamente toda la humanidad ha aceptado la era cristiana, es decir, que divide la historia en "antes" y en "después" de Cristo, y cuenta los años a partir de aquella primera Navidad. La historicidad de Jesús exige la historicidad del cristianismo: su repercusión en la historia. Nosotros, recordando el realismo de la vida mortal de nuestro Salvador, que nació en Belén y fue colocado en un pesebre, y que después de crucificado y muerto, fue colocado en un sepulcro en Jerusalén, nosotros "haremos histórico" a Jesús si contribuimos a la edificación de un mundo nuevo, más conforme con el plan de Dios.

-EL QUE HA NACIDO ES LA PALABRA DE DIOS, ESTA CON DIOS Y ES DIOS. Ha nacido un niño. Este niño es Dios hecho hombre. Pero si Dios se ha hecho hombre es para que el hombre pueda convertirse en hijo de Dios. Es "por nosotros los hombres y por nuestra salvación" (como decimos en la profesión de fe) que compartió nuestra condición mortal. En Jesucristo, la vida divina fue vivida humanamente, a través de una inteligencia, una voluntad y unos sentimientos de hombre, y esta vida divina vivida humanamente es comunicada por Jesucristo a todos los que creen en él, a los que no han nacido meramente "de sangre ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios". En Jesús de Nazaret la vida divina se hace perceptible a nuestros sentidos, para que "conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible" (prefacio de Navidad).

Todo hombre es llamado a convertirse en hijo de Dios. Para cada uno de los hombres, de las mujeres y de los niños, Dios se hizo hombre, murió y resucitó. Por eso, quien cree verdaderamente en el misterio de la Encarnación, debe creer también en la dignidad inviolable de la persona humana, y evitar profanarla: la propia por el pecado, la de los demás con tratos inhumanos.

-EUCARISTÍA. El prefacio que he citado había sido compuesto originariamente para la fiesta de la Eucaristía, el Corpus. Porque la Eucaristía no sólo nos hace presente la fuerza salvadora de Cristo, como los demás sacramentos, sino también su misma persona, y en este sentido es un poco como la Encarnación. Pero no penséis que hoy al comulgar recibimos al niño Jesús; recibimos a JC resucitado, que se hizo un niño, pero que por su misterio pascual ha vuelto allí donde estaba antes, junto al Padre, donde le ha sido dado todo poder, con el fin de poder enviar el Espíritu, y con él la vida divina, a todos los que creen en él. Esta vida divina consiste, sobre todo, en amar, tal como Jesús nos amó, hasta el extremo. El amor que nuestro Padre nos ha manifestado, en la Encarnación y en la Eucaristía, nos urge, no sólo a imitar a Jesús, sino más aún, a no sofocar su Espíritu en nosotros.

ENC/DIVINIZACION: Decía un antiguo Padre de la Iglesia (·Orígenes) que de nada nos serviría la Encarnación si Jesucristo no nace y crece por la fe en nuestro interior. Lo mismo podríamos decir de la Eucaristía que nos disponemos a celebrar y a recibir.

HILARI RAGUER
MISA DOMINICAL 1979, 23


3.

-Navidad, o la humanidad de Dios. Ante un recién nacido, experimentamos sentimientos de ternura. Un nacimiento vivido de cerca es, cada vez, una verdadera maravilla: palpamos, podríamos decir, las fuentes de la vida, las fuentes de nuestra misma humanidad, y nos hacemos más "humanos". El Dios en el que creemos, el Dios que se nos ha manifestado en Jesús de Nazaret, es un Dios humano, un Dios-con-nosotros (D/ENMANUEL). A veces nos hacemos ideas extrañas de Dios (un personaje frío, distante, implacable; un juez riguroso, quizá vengativo o rencoroso). Mirémoslo, hoy: Dios ha acampado entre nosotros, ha querido hacer suya -¡desde dentro!- nuestra condición, "ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre". ¿Por qué? Pues porque sí, porque Dios es así: "no por las obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino que según su propia misericordia nos ha salvado". "Dios es amor".

El amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos por El" (/1Jn/04/08-09).

NV/FRATERNIDAD:- Navidad, o la fraternidad universal. Dios ha acampado entre nosotros. En un punto del tiempo y del espacio, claro está, y "nacido de una mujer" determinada, María. Hacerse hombre quiere decir hacerse un hombre; porque no existen hombres genéricos, sino hombres y mujeres concretos. Pero por este punto de inserción, Dios entra en comunicación con la humanidad entera: con toda la multitud de hombres y mujeres, en su amplitud geográfica y su curso histórico. Todos podemos decir. "Dios se ha hecho uno de nosotros; en Jesús yo puedo llamar de tú a Dios; hombre soy y nada humano me es extraño: por eso tampoco me es extraño ese Dios hecho hombre, Jesús". Todavía más: Dios entra en comunión con toda la creación material, dado que nuestro cuerpo nos une con el universo entero. La Navidad es un canto a la fraternidad humana, a la familia humana, que es la familia de Dios. Nadie queda excluido de ella: "ha aparecido la bondad de Dios... según su propia misericordia nos ha salvado". No le han movido ni nuestras buenas obras, ni el color de nuestra piel, ni el sonido de nuestra lengua, ni el nivel de nuestra civilización, ni..

-Navidad, o la prueba de los hechos. No estamos ante unos principios generales, sino ante unos hechos concretos. La fe cristiana es una fe histórica: alcanzamos y confesamos a Dios (su presencia, su revelación, su actuación) en unos hechos reales, de los que él es el protagonista. Lo mismo podemos decir del amor de Dios: no son sentimientos elevados; son hechos: se llama Jesús de Nazaret. La encarnación vincula a Dios a un hombre y -a través de él- a la humanidad y a la creación enteras. La Navidad es la demostración palpable (y no con palabras o razonamientos, sino con hechos) del amor de Dios.

-Navidad, o el amor entre nosotros. Si Dios nos ha amado tanto, ¿cómo podríamos nosotros no amarle a él? Con hechos, claro está, entrando en el mismo dinamismo de amor que contemplamos por Navidad. Pero pretender amar a Dios en sí mismo puede ser engañoso: "Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve" (1Jn 4, 20). El compromiso de Navidad es, pues, éste: "Si de esta manera nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nunca le vio nadie; si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros y su amor es en nosotros perfecto" (1Jn 4, 11-12). Y tengámoslo bien presente: si nadie queda excluido del amor de Dios, no tenemos ningún derecho a celebrar la Navidad y excluir a alguien de nuestro amor.

JOSEP M. TOTOSAUS
MISA DOMINICAL 1990, 23


4.

ESQUEMA POSIBLE: Hoy es preciso preparar un esquema que evite la dispersión.

1.Navidad nos recuerda un hecho pasado. Sucedió 2.000 años atrás. Pero el hecho sigue presente. Recordémoslo. Fue como un nacimiento de cualquier niño. Dios se injerta en la humanidad porque su Hijo nace en una familia del pueblo. En la dureza de los pobres. En el amor de los que saben quererse. Para los cristianos aquel niño es la encarnación de Dios, es decir, Dios que nace, llora, ríe, ama, lucha, muere... asumiendo plenamente un camino humano. Responde a una esperanza del hombre (una esperanza del pueblo judío, una esperanza de toda la humanidad).

Pero va más allá de esta esperanza humana, porque anuncia una salvación total, una alegría sin fronteras.

2. Navidad es un camino que continúa. Nada comprenderíamos del mensaje de Navidad si lo redujéramos a un hecho enternecedor pero simple recuerdo. El camino que entonces se inició, continúa ahora. Porque Jesús, Hijo de Dios e hijo del hombre, es ahora nuestro camino. Su mensaje de vida, de fraternidad, de justicia es nuestro camino. Anunció una gran esperanza que es la nuestra.

El dio su vida hasta la muerte por ello. Nosotros creemos que vive resucitado y que es garantía de vida para quienes -quizá sin saberlo- comulgan con su Evangelio. Por ello debemos preguntarnos hoy si su luz ilumina nuestro camino, si intentamos amar como él amó. No miremos sólo la cueva de Belén: miremos también nuestra vida. ¿Cómo continuamos su camino?

3. Navidad es también un anuncio de futuro. De plena salvación de vida con Dios. Queremos construir un mundo mejor y esperamos la total realización del Reino que anunció Jesús. Por ello, más allá del pecado y de las limitaciones de nuestra vida, hoy nos sumergimos en su alegre esperanza. Y lo celebraremos en la Eucaristía.

JOAQUIM GOMIS
MISA DOMINICAL 1986, 23


5.

-ACOGER PERSONALMENTE LA VENIDA DE DIOS.

Pero hay un SEGUNDO MENSAJE de la Navidad que tampoco podemos olvidar. Dios no vino sólo a nosotros -a la humanidad- entonces, hace dos mil años, en Belén. Dios viene ahora a nosotros. A cada uno de nosotros.

Que ninguno de nosotros se sienta excluido de esta venida de Dios. El amor de Dios -plenamente manifestado en Jesucristo- ES AMOR PERSONAL A CADA PERSONA. Por más que quisiéramos, ninguno de nosotros puede excluirse de este amor personal de Dios. Contemplar a Dios hecho niño, quizá nos pueda ayudar a acoger esta venida tan personal, tan propia, tan amorosa y entrañable, de Dios a cada uno de nosotros. Y recordemos hoy que, en el camino de Jesús, lo que fue una constante, fue su saber mirar y comprender y amar a cada persona, a cada hombre y a cada mujer.

Especialmente -no lo olvidemos- a quienes se sentían más marginados, menos considerados, más alejados de quienes entonces eran los representantes oficiales de la religión.

Dios viene a nosotros -a la cueva de nuestra vida personal- y ESPERA SER ACOGIDO. El ya conoce nuestra pobreza personal -conoce nuestro pecado, nuestra mediocridad, nuestros defectos-, pero quiere venir a nosotros y nos ruega que le acojamos. No le respondamos -aunque sea educadamente- que no hay sitio para El en nuestra casa. Pidamos hoy, en la fiesta de navidad que es fiesta de esperanza, saber acogerle, saber hacerle sitio en nuestra vida. Y atrevámonos a preguntarnos -de verdad, pero también con confianza- qué significa eso para cada uno de nosotros. ¿Qué significa para mí acoger en mi vida personal la venida de Jesucristo? Quizá no hallemos en seguida la respuesta, quizá sea algo que debe ir madurando en nosotros. Pero atrevámonos a preguntarlo.

Os propongo, pues, que hoy PIDAMOS EN ESTA MISA DE NAVIDAD ESTAS DOS COSAS: que todos nos sintamos -y seamos realmente- más hermanos unos de los otros, sin exclusiones, de modo que crezca la calidad de nuestro amor. Porque eso es ser cristiano y así lo quiere Dios. Y que todos queramos acoger en nuestra vida la venida personal de Dios a nosotros, acoger su Palabra que es Jesús, para que cristianice nuestra vida, para que nos sintamos realmente queridos por El. Y para que así -no sólo hoy, sino durante todo este año que vamos a empezar- el amor de Dios dé fruto en todos nosotros.

JOAQUIM GOMIS
MISA DOMINICAL 1984, 24


6. NV/QUE-ES

La Navidad de 1991 nos esconde una tentación tremenda. Oímos hablar tanto de ella, hemos visto su nombre escrito tantas veces, que ya no sabemos qué es la Navidad. -¿Qué es la Navidad? ¿La fiesta de la luz? ¿Un retorno a la infancia, como quien buscar liberarse de todo el daño que hemos hecho de mayores? ¿Es la fiesta de la paz, de la justicia humana, de las libertades? Cuando nos felicitamos por Navidad, cuando deseamos paz, ¿qué deseamos? El misterio de Navidad es una joya que brilla tanto, que la hemos ido recubriendo de púrpura y oropeles. Creedme: ¡nos estafan! No nos dejan saber qué es la Navidad. Y lo que es más triste es que nosotros creemos saberlo.

La Navidad es mucho más que una revolución cósmica. Es un giro fenomenal. Pensemos en lo que supone que el Hijo de Dios se haga hombre.

Pensemos en lo que supone que, desde entonces, tú y yo seamos hijos de Dios. Pronto está dicho.

¿Hemos pensado en ello alguna vez? El vecino pesado, o el compañero neurótico, o aquel que me ha hecho daño, ¿pueden ser o son hijos de Dios? Los hombres y las mujeres ya no se miden por lo que rinden, por el grado de cultura o por si van limpios o sucios. Mucho menos aún por si tienen dinero o una casa unifamiliar adosada. Son hijos de Dios. ¿Qué más queremos? He aquí su gran dignidad.

Si cuando salimos de esta Eucaristía continuamos igual, celebrándolo como el año pasado, sin captar la revolución de la Navidad, dando un beso al Niño Jesús y escupiendo con la mirada a cualquier ser humano: al más malvado o al más desagradable... me han engañado. No me dejan celebrar la Navidad.

Que esta celebración nos lleve a abrir los ojos, a cambiar de vida, a descubrir a Dios en cada persona, a no adorar nunca a ningún dios falso: el dinero, el egoísmo insolidario, el orgullo...

Entonces sí que nos podremos decir: Felices Fiestas en este nuevo estilo de vivir: el de hijos de Dios.

LLUIS SUÑER
MISA DOMINICAL 1991, 17